Chapter 1
Realidad y Ficción se distinguen únicamente por aquellos que están dispuestos a aceptar sus propias mentiras.
El autoengaño es propio del ser humano.
Desperté algo mareado con el sabor del aguardiente aún en mi boca, eran las 6 de la tarde de un sábado y yo apenas me acordaba de que pasó el viernes. Vivía con mi novia en una pequeña suite que pagaba con el salario que ganaba por trabajar como vendedor de autos, vocación que fui obligado a tomar después de fallar en mi carrera como cocinero. “Solo se gana un nombre en esta carrera si es que estás dispuesto a sacrificarlo todo” es lo que solía decir mi profesor en el instituto donde estudié. Mi novia salió del baño con un porro en la boca. “¿Quieres?” dijo mientras me miraba aún en ropa interior. “La pregunta ofende”, respondí mientras me cogía la cabeza por la tremenda borrachera del día anterior. Su nombre es Beatriz o Bacha para los enemigos, yo la llamaba “flaca” por su hermosa contextura en la que me fascinaba posar mis ojos, no era una belleza obscena como una prostituta de Medellín, mostrando sus grandes pechos y nalgas con orgullo, sino era elegante y sutil, que bien a simple vista podría ser apreciada como perfecta, la realidad reflejaba su inseguridad al desvestirse, después de todo no era perfecta, sus rollos y estrías podían ser percibidas como fallas, pero a mí no me importaba en lo absoluto.
Podría pasar hablando por horas de sus ojos cafés claros que irradiaban una absoluta felicidad cada vez que llegaba a casa y veía comida caliente en su plato, sus labios enormes llamaban a la absoluta lujuria, pero sus expresiones casi frías acallaban el impulso, su hermoso cabello color castaño era una invitación a dormir sobre él y no despertar nunca, pero lo que me enamoraba de ella era la forma en la que me presionaba a mejorar ciertos hábitos, pero solo los que no comparaba conmigo.
Nos conocimos en la universidad por casi una casualidad, yo le gustaba, pero necesitaba ayuda para decírmelo.
- Mi amiga dice que le gustas, solo para que sepas, le advertí de ti, porque todo el mundo sabe muy bien el tipo de persona que eres, después de todo, no respetas ni a las amigas de tus ex.
- No sé de lo que hablas, ¿Cómo se llama tu amiga?
- Beatriz, pero si alguna vez le haces daño, te juro que yo misma te corto las bolas.
- ¿Tiene nombre el verdugo?
- Sofía, ya sé por qué todos dicen que eres un pelele también.
Me miro con desprecio una vez más y se fue, mi madre siempre dice “hazte fama y échate a la cama”. Beatriz y yo nos observamos durante mucho tiempo antes de que ella se acercara a mí, el patio de la UDLA (Universidad de las Américas) era muy amplio y lleno de gente, pero la fija postura de ambos reveló lo obvio.
El entorno tan frío de Quito en neblina, un misticismo que solo sus propios habitantes logran romantizar, apoyo al perverso resultado, ese en el que me enamoré de alguien como Beatriz, nuestra bella agonía se sentía en cada lugar que tenía su vibra. Después de fumar, nos abrazamos mientras pensaba en lo perfecto que era ese momento y cómo no quería que nada cambie, la cama de tres plazas que robé de casa de mi madre y los posters que adornaban las paredes me reflejaban a mí.
Mientras que los pequeños detalles de decoración que puso Beatriz le daban al lugar una vibra de caos organizado, la ropa sin lavar en su lugar y libros Hrados por toda la habitación complementaban el ambiente de paz en el que vivíamos, yo estaba muy cómodo con el camino de vida que tome, y la venta por comisión financiaba los diferentes tragos y drogas que nos gustaba consumir para olvidarnos del resto de la semana.
Mientras yo disfrutaba más de un aguardiente con coca para hacer trampa, ella prefería las pastillas para fomentar la felicidad en su cabeza, felicidad que desapareció cuando volvimos a la sobriedad. “¿Usted me ama?” me preguntó mientras posaba su cabeza sobre mi pecho. “¿No te basta con vivir juntos, estar 5 años y decirte que te amo a diario para que me creas?” respondí mientras la apartaba y ponía una almohada debajo de su cabeza.
Me fastidiaba mucho cuando me hacia ese tipo de preguntas, no entendía como es que alguien tan guapa podría dudar tanto de sí misma, parecía que todos los fines de semana había constante lucha por demostrar que la amaba, y a mí no me gustaba luchar por nada, mi madre solía describirme como el tipo más mediocre y conformista que hay.
“Dagas” (palabras) que me dijo cuando se enteró de que vendía autos. Nos levantamos a las 8 para cocinar algo, después de todo, no habíamos comido nada en todo el día, la depresión post-fiesta no nos lo permitió. Me encantaba cocinar para ella, a pesar de que ella no hacía absolutamente nada.
Si le pedía que haga algo, lo hacía por un segundo y eventualmente yo lo terminaba, después de 5 años dejó de importarme porque su felicidad era más importante para mí, sobre todo si yo le podía dar un efímero segundo de esta. Vimos una película de Tarantino antes de volver a dormir.
Al siguiente día salimos de la suite para ir a comer donde mi madre, a pesar de que no la hacía muy feliz a lo que me dedicaba, siempre nos recibía en su casa, aparte, aprovechábamos para lavar ropa. Mi madre tenía mucho dinero gracias a las distintas fincas que mi abuelo manejó en vida, heredadas por mi madre y cedidas a mi hermano. Martha o Martita para sus cercanos, era una mujer que ahora estaba dedicada al estilo de vida fitness, y que, a pesar de haber leído muchos libros sobre relaciones interpersonales, le gustaba recordarme mi fracaso como cocinero.
Su casa quedaba en la parte más alta de una colina que solo se podía entrar después de pasar varios puntos de control, el estilo rústico de su mansión y la decoración absolutamente elegante pero femenina reflejaban perfectamente a Marta en todo, una mujer que sabe lo que quiere, pero nunca pierde la elegancia para encontrarlo.
Después de almorzar juntos nos sentamos en la sala con ella, para conversar y esperar al ciclo de lavado. “No sea tan duro con él, solo le falta encontrar algún lugar donde pueda ganar experiencia”, le dijo la “flaca” mientras mi madre la miraba con una expresión seria y preocupada.
“Me hizo pagar tanto dinero para que termine igual que el mediocre de su padre, vendiendo pendejadas para sobrevivir” siempre tan sutil para apuñalarme con sus palabras.
- Sabes bien que no es solo eso, puedo pagar mis huevadas sin tener que pedirte dinero prestado.
- Eso te lo puedo ceder, hijo, pero mira el costo de eso, los veo más flacos a los dos, ¿si están comiendo seguido?
- No te preocupes por eso, mamá, de hambre no vamos a morir.
- Sí, pero sé que de las cosas que se meten sí.
Henry interrumpió trayendo té a la mesa, era un buen tipo a pesar de ser calvo. Nunca entendí realmente por qué tenía esa idea de esas personas, tal vez mi viejo tuvo que ver con eso. Martha vivía a las afueras de la ciudad de Quito, mansión que pagó después de transformar un par de fincas en oro líquido gracias a sus ideas de cambiar el palmito por algas. La casa era gigante para ella, vivía junto a su nuevo esposo, Henry era un hombre decente para ella a pesar de que pensábamos que no estaba en su liga, le brindábamos el mismo respeto que él nos daba, no como padrastro sino como un amigo en quien podíamos contar.
No tuvieron más hijos, se dedicaban a viajar y a disfrutar del dinero que mi madre hizo durante sus años en la compañía, dinero que nunca me sentí merecedor. Después de doblar nuestra ropa regresamos a casa, a Beatriz le gustaban las mismas cosas que yo, música, libros y drogarse para olvidar nuestros fracasos, intentábamos no discutir, sin embargo, siempre venían las peleas innecesarias de cómo permito que mi madre me hable así. “La verdad es su espada”, le solía responder, solo para enojarla más.
- Pero no estás mal en la vida, tienes una mujer que te ama, un trabajo estable, comida en tu mesa…
- Y cerveza en la nevera.
Reí mientras le destruía el embrague a mi viejo Volvo.
- Mira, la cosa es que estamos los dos muy bien en esta vida, siempre se puede estar peor.
Casi bajando de tono cada vez que se acercaba a la ventana para apoyar la cara y ver caer a las gordas gotas que la ciudad apunta a su propia gente. Estoy seguro de que me hubiera dejado hace años si no se sintiera identificada con mi fracaso, lo que la cocina es para mí, la música fue para ella, después de años tocando la guitarra, cantando y componiendo, tenía una voz única y hermosa, sus letras eran inspiradoras, aunque nadie nunca se interesó por ellas.
Sin embargo, yo no podía sentirme más enamorado cada vez que la escuchaba cantar, sus melodías me envolvían de una forma casi perversa, pero su creatividad se estancó y terminó de mesera en un restaurante “aniñado” (caro) del centro de Quito. Tenía una paga justa, muy buenas propinas y fines de semana libres. La envidiaba por estar más cerca de la industria alimentaria que yo, pero me hacía feliz que estuviera cómoda trabajando allí.
Me desperté el lunes aun con dolor de cabeza, odiaba tomar pastillas, pero Beatriz insistió para poder aguantar el día, ella entraba en las tardes mientras yo tenía que madrugar, al llegar al trabajo me reuní con el resto del equipo para saber sobre el feedback de la semana, yo era el único menor de 30 dentro de la sucursal, sin embargo, me respetaban.
Después de todo era muy amable con todos, no me gustan los conflictos, por lo que evitaba revelar quién de ellos me caía mal, aguanté durante mucho tiempo que me llamen “bolsita” después de que se me cayó una bolsa pequeña durante una reunión en la que se veían rastros de un polvo blanco. Los días entre semana pasaban muy tranquilos, yo solía llevar un libro para distraerme mientras llegaban clientes, cosa que a mi jefe no le gustaba a pesar de que no había nada más que hacer, lo cual era extraño ya que si estábamos en el celular no le daba tanta importancia.
Mi jefe tenía un nombre extraño para alguien tan enojado, Ariel o “Bombita” a sus espaldas, era un hombre robusto y pequeño, su complejo napoleónico entraba a la sala de reuniones antes que él por medio de sus gritos. “¿Quién putas deja el café en el anaquel de arriba?” dijo mientras luchaba con su respiración para poder llegar. “Fue “bolsitas””, dijo Frank mientras se reía. “Yo no tomo café aquí, prefiero tomar mi café antes de llegar”, dije mientras lo observaba con odio.
Frank era un buen amigo mío, era un poco más alto que yo y tenía contextura atlética, nada mal para un hombre pasando sus 30, por eso se las dejaba pasar sin problemas. Y al igual que la “flaca”, también compartía vicios conmigo, como el de escaparnos a fumar un cigarro atrás del hangar de la mecánica. A pesar de nuestra diferencia de edad, nos llevábamos muy bien, él me contaba sobre cómo su esposa y su hijo le llenaban el alma al llegar a casa y yo me quejaba de cómo Beatriz llegaba a las 2 am después del trabajo para despertarme para que le cocine algo, y yo nunca podía decir que no. Esta era la dinámica de mi rutina, estaba consumiendo lo poco de interesante que le quedaba a mi vida, sin contar los fines de semana, mis días son, en resumidas cuentas, odiar a todos y sentir que todos me odian con un par de excepciones.
Beatriz era lo único que justificaba todo, verla al despertarme me hacía sentir que todo tenía sentido, yo la amaba y ella me amaba a mí, era la idea más perfecta en la que podía pensar. Después de todo, no era un tipo fácil de tratar, mi alcoholismo y mi profunda depresión me definían como un fracaso, todos los que sabían sobre mí lo reconocían, mi madre lo hacía, por alguna razón veía a mi padre en mí.
Recuerdo los años antes de que mi padre se fuera, recuerdo cómo me enseñaba que no tenía que llorar a los golpes, recuerdo las peleas con mi madre cuando ella quería salir a tomar algo con sus amigas, su expresión de ira cuando por culpa nuestra él no podía salir a beber con sus amigos, y tenía que conformarse bebiendo en casa mientras nos humillaba por no “ser suficiente machos para el mundo que hay afuera”.
Me prometí que no repetiría esos patrones, y aún peor ser igual que él, un mediocre conformista. Vivía pensando que no era igual que él, me trataba de convencer de esto casi a diario, sin embargo, el alcohol me ponía agresivo y Beatriz a veces pagaba las consecuencias, mi forma de reflejar mi propia frustración era (al igual que mi madre) lastimarla con mis palabras y así lo fue ese fin de semana. Los viernes yo salía a las 8 pm, iba a mi apartamento, me bañaba y llamaba a mi dealer, Ricardo, un ex compañero del colegio con el que nunca perdí contacto, su cliente más fiel.
Después de tantos años se podría suponer que éramos buenos amigos, pero, todo lo contrario, nos odiábamos en secreto. Aunque no siempre fue así, de adolescentes éramos inseparables, íbamos a todas las fiestas juntos y teníamos la mala costumbre de compartir ligues, pero nada fue igual después de que me acosté con su novia cuando uno de nuestros compañeros me reto. No fue mi movida más audaz, después de todo, él era mayor que yo y estaba armado. Pero por alguna razón nunca me lo reclamó, supongo que estaba más dolido por el hecho de que no volvería a confiar en mí desde ese día en el que perdió una novia y un amigo.
“¿Cuánto quieres esta vez?” dijo apenas se conectó la llamada.
“3 (gramos) serán suficientes”, dije mientras buscaba mis llaves.
“Ok, donde siempre”, colgó sin decir más.
Salí a las calles a caminar durante un par de cuadras, para comprarle a la madre de Rick (Ricardo) una media cajetilla de cigarrillos de 60 dólares, por suerte nunca me cobraba los cigarrillos. La madre de John era una buena persona, como a cualquier madre soltera, le tocó tomar medidas más drásticas que otros para cuidar de sus hijos, y lo hizo bien, su hijo era ingeniero en alimentos y su hija menor estudiaba medicina. Tenía mucho respeto por esa señora.
Me prendí un cigarrillo y caminé por las calles de Quito, tenía un extraño sentimiento al hacerlo, como si todo fuera a salir bien, disfrutaba cada esquina de mi ciudad, desde las grietas y baches hasta los adictos al “basuco” vendiendo chicles y amenazas. Consideraba a Quito como una amante, me gustaba romanzarla a pesar de lo descuidada que su propio gobierno la Hene, no es solo la cantidad de perros callejeros, sino también la cantidad de desechos que hay, y no solo humanos.
Me daba tristeza que nadie amara esta ciudad tanto como yo lo hacía, pero se me pasaba cuando no tenía donde botar las colillas de cigarro. No siempre tenía que caminar, pero Beatriz se llevaba mi auto para poder salir sin problemas a altas horas de la noche de su trabajo, no me molestaba en absoluto, ella era mi prioridad.
Llegué a donde un viejo amigo que le llamaban “Jack”, su nombre era Ernesto, pero todos lo habían olvidado hace mucho, él vivía por la 12 de octubre, me quedaba muy cerca desde la floresta.
“¿Si compraste los juguetes?” me preguntó mientras me saludaba con un abrazo.
“Obviamente, si no, luego te ahuevas a tomarte un trago” le dije mientras me sentaba en su sillón.
Nunca me considere de muchas palabras estando sobrio, prefería guardar silencio y no decir nada fuera de lo necesario, pero con gente de confianza no podía evitar ser un hablador sin filtro, especialmente si ya me había tomado algo, eran las 12 am y el resto de los amigos se habían reunido, no eran mis amigos, yo era el “más uno” que hay todo grupo que ama a un tipo en específico y se aguanta a sus amigos, Jack era ese tipo y solo me conocían como el novio de la “Flaca”. Beatriz también era muy extrovertida, pero nunca al punto de ser coqueta, ella se mantenía al margen como yo, pero no le molestaba socializar.
Después de unas botellas de caña y norteño, compartimos varios Uber al rave que había en la 10 de agosto, era un casa vieja sin espacio para estacionar, el olor a marihuana se mezclaba con el del sudor que un montón de veinteañeros emanaban al bailar techno, las luces parpadeantes y coloridas apuntaban brevemente las miradas perdidas de los zombis que llenaban la pista de baile, esas miradas perdidas y anestesiadas me hacían sentir mejor al verme al espejo, por unas breves horas era parte de algo más grande que yo. Beatriz me alcanzó allá, donde yo ya tenía la quijada inquieta, después de besarme como saludo le di un éxtasis que Jack me facilitó.
Como todo junkie en su faceta, Beatriz se volvía una con la droga y casi se movía al mismo tiempo que esta palpaba sus nervios por medio de su preciosa sangre. No sé cómo se lo imaginaba ella, pero en la realidad solo bailaba abrazada a mí, “hecha babosa”. Bailamos toda la noche, y mientras ella se sentía en las nubes yo seguía jalando y bebiendo, cuando se acabó la fiesta, generalmente por la llegada de la amable fuerza del orden.
Nos fuimos a donde Jack para saludar al sol como era costumbre, no dejé de beber en ningún momento, para las 8 am llegamos a la casa y Beatriz me reclamó el hecho de que no limpie ni un poco la suite.
“Ese también es tu puto problema” le dije mientras buscaba algo para comer.
“no voy a permitir que me hables así”, me dijo mientras se quitaba los zapatos.
“Con tu puta inseguridad, ¿vas a decirme que hacer? Si no eres más que una flaca aburrida que Hene que drogarse para sentirse un poco más interesante” ya estaba muy ebrio, me acosté y le di la espalda.
Desperté al siguiente día con vergüenza de mí mismo, estaba solo, encontré una nota que decía: “Fui a donde mi madre, espero te acuerdes lo que me dijiste, regreso mañana. Beatriz”
La madre de Beatriz me odiaba con todo su ser o al menos era algo que ella mencionaba a menudo, a pesar de nunca conocerla, sabía que yo no era bueno para ella, pues cada vez que nos peleábamos, ella regresaba a sus brazos. Era razonable, en ese tiempo no era bueno ni para mí mismo, eran las 2 pm y no pude volver a dormir, llamé a Jack para ver qué hacía, y en media hora pasó por mí.
“¿Y la Bacha?” me preguntó mientras aceleraba.
“Dije cosas que no debí, está donde su madre”, respondí.
Él ya sabía qué significaba esto, comimos algo antes de pasar por la tienda comprando cerveza, me llevó a la casa de una de sus amigas, allí conocí a Daniela, era el tipo de chica con la que se puede pasar divertido, pero no al punto de la convivencia. Ella nunca paraba, yo sabía que le gustaba, pero siempre me mantenía al margen para evitarme problemas.
Estaba orgulloso de mi fidelidad, pero no presumía de mi relación cuando salía sin la flaca, la gente solía preguntarle a Jack si era gay, mi amabilidad y silencio se confundían con debilidad, eso y que no solía coquetear con mujeres, conversar con otros hombres me era más fácil, y no me hacía sentir culpable. Yo no era consciente de que la gente pensaba eso de mí. Estábamos sentados jugando algún juego estúpido para tomar, eventualmente fue mi turno. Saque una carta y el juego me obligaba a hacer un reto, Daniela me reto a besarla, a lo que dije que no, dentro de mi si lo quería, ella era muy hermosa para alguien tan fiestera, tenía unos hermosos ojos color verde que casi te distraían de las gigantes ojeras que les servían de pedestales y una cintura a la que cualquier artista puede dedicarle una paja.
Jack, que estaba sentado junto a mí, me pidió que lo acompañara a la cocina, donde me contó acerca de la opinión de los demás sobre mí. “Con esto solo acabas de confirmar lo puto que eres, nada va a salir de aquí” me mintió mientras abría una cerveza.
Al regresar a la sala, le dije que sí y nos besamos sin titubear, recuerdo bien ese sentimiento de adrenalina al besarla, como si no hubiera besado a una mujer en mucho tiempo, todos celebraron y siguieron con el aguardiente, el reguetón y la coca que se mezclan muy bien cuando solo buscas tu autodestrucción. Una vez más el alcohol me transformó en algo que yo no quería reconocer. No recuerdo cómo llegué a mi casa, cuando me desperté, Beatriz estaba llorando. No puedo olvidar su rostro, decepción e ira se reflejaban mientras yo seguía confundido.
- Trajiste a esa zorra a nuestra cama, este era nuestro templo, tanto Hempo defendiéndote frente a mi madre para que le des la razón. Eres una basura.
- No sé de lo que habl…
En ese momento sentí un aroma conocido, un aroma que había sentido el día anterior después de sentirme el hombre más macho de toda la cuadra y todo regreso a mí como un baldazo de agua. Daniela seguía durmiendo cuando Beatriz llegó, Beatriz era igual de cobarde que yo, no le gustaba el conflicto, Beatriz era lo suficientemente madura como para reconocer que todo era mi culpa, y así fue. Le pidió que se vaya mientras ella empezaba a hacer maletas.
“No recuerdo qué pasó” le dije sin poder mirarla a los ojos. “No me mientras, de alguna forma tuvo que haber comenzado, el borracho no come mierda.” No pude responder nada más durante unos minutos, dentro de mí sabía que todo había acabado, las palabras no podían salir de mí, la vergüenza seco mi boca, la decepción mojó mis ojos, sentí un vacío en el pecho, un dolor parecido al de un corazón roto.