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Summary

En un reino donde la luz y la magia custodian secretos ancestrales, Dannas, heredero de Alfheim, y Kyren, su guardián más leal, descubren a un extraño que no pertenece a su mundo. Entre dudas, miedos y la fuerza de un destino que ninguno comprende, nacerá un lazo inesperado que pondrá a prueba su lealtad, sus corazones... y el delicado equilibrio de reinos enteros. Porque a veces, lo inexplicable no es la magia... sino el amor.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

LONDRES 1984

El cielo gris de Londres decidió acompañar el duelo de Elian y su madre. Parecía detenido, suspendido apenas sobre la ciudad como una manta pesada. No llovía, pero el aire húmedo sostenía ese silencio denso que solo los cementerios conocen. Entre lápidas antiguas —algunas inclinadas por el paso de los años, otras cubiertas de musgo y nombres casi borrados— madre e hijo permanecían inmóviles ante la tierra fresca donde descansaba el padre de Elian.

Un aroma a rosas cortadas demasiado pronto se mezclaba con el olor profundo de la tierra húmeda. Elian sostenía entre los dedos un pedazo de papel y una rosa blanca. Lo apretaba contra el pecho con una fuerza casi desesperada, como si temiera que cualquier gesto lo derrumbara por completo.

Su madre, Lady Jane Ashford, mantenía la vista fija en la lápida, sus labios temblando en un ruego silencioso por no quebrarse.

—Parece una mentira —murmuró, con un hilo de voz.

Elian bajó los ojos. No sabía cómo confortarla; su propio dolor lo mantenía en una especie de aturdimiento. Su padre había sido un hombre brillante, un académico entregado a la ciencia con la pasión de un poeta. Y aun así, había partido en su propio invierno, dejando investigaciones usurpadas, proyectos incompletos y un apellido que la Real Academia había enterrado con una rapidez cruel.

Habían perdido más que un padre y un esposo.

Habían perdido un hogar, un nombre y una estabilidad construida durante años.

Lady Jane tragó hondo antes de hablar de nuevo:

—Empezaremos una nueva vida en Escocia... lejos de este ruido, lejos de la gente que nos dio la espalda —dijo apenas en un susurro.

Elian asintió, aunque en su interior sentía una niebla espesa de miedo e incertidumbre. ¿Cómo empezar algo nuevo cuando lo anterior había sido arrancado de raíz?

Un viento suave recorrió el cementerio, levantando hojas secas como si quisiera dar por concluida la despedida. Lady Jane colocó una flor sobre la tumba y se retiró lentamente. Elian se quedó unos segundos más.

—Adiós, padre —susurró—. Mis manos no seguirán tu legado... pero dibujaré aquello que tú no alcanzaste a ver. Ojalá descanses, al fin.

Colocó la hoja con el retrato que había hecho de él y la rosa blanca sobre la tierra oscura. Luego se levantó, respiró profundo para contener el temblor en su pecho y siguió a su madre.

Al salir del cementerio, el clima parecía más frío, como si la ciudad entera quisiera congelar sus pasos. El carruaje oscuro que habían alquilado para la ocasión los esperaba junto a la entrada de hierro forjado. El humo blanco del escape se mezclaba con el aire helado, difuminándolo todo con un toque casi fantasmal.

El conductor, un hombre de abrigo largo y sombrero, revisaba la hora en un viejo reloj de bolsillo. Se apresuró a abrir la puerta al verlos acercarse.

—El clima no es el mejor—murmuró Jane, con una sonrisa amarga.

El carruaje avanzó por las calles londinenses aún húmedas. Elian observó desde la ventana cómo las luces de los escaparates se reflejaban sobre el asfalto y cómo la vida continuaba indiferente a su dolor: gente caminando con prisa, ciclistas esquivando charcos, autobuses rojos avanzando como gigantes cansados. Todo parecía seguir igual, salvo él.

Era extraño ver que la ciudad, tan conocida, ya no era su hogar.

Al llegar a la estación, Londres recuperó su ritmo frenético: el silbato de los trenes, el murmullo constante de pasajeros, el repiquetear de maletas siendo arrastradas sobre el suelo. El humo gris se mezclaba con el olor metálico del hierro, dando a todo un aire antiguo, casi victoriano, como si el tiempo no hubiera querido avanzar del todo

Elian descendió del carruaje con una maleta de cuero en la mano y una sensación de vacío ocupándole el pecho. Lady Jane bajó con cuidado, su abrigo largo ondeando con la brisa que arrastraba el aroma metálico del tren. Parecía frágil, como si una parte de ella hubiese quedado enterrada junto a su esposo.

El andén vibraba con vida: vendedores ambulantes pregonaban café caliente, familias despedían a otros con abrazos apresurados y viajeros solitarios leían el periódico como si el mundo no estuviera cambiando para nadie.

—Elian —llamó su madre con suavidad—. No te alejes, cariño. Nuestro tren no tardará.

—Lo sé, madre —respondió él, ajustándose la bufanda.

Mientras caminaban entre el gentío, algunas personas dedicaron a Lady Jane miradas curiosas. No era secreto que la mansión de los Ashford había sido rematada y que la sociedad londinense, voraz como siempre, se alimentaba de tragedias ajenas. Pero ella avanzaba con dignidad, como si su andar fuera su último escudo.

Sin embargo, justo antes de subir al vagón, una voz conocida los llamó.

—¡Ashford!

Elian se giró y sintió un nudo diferente en la garganta. El profesor Thorne, su maestro de dibujo en la Academia, caminaba hacia él con su eterno abrigo de tweed. A su lado, algo más rezagado, venía un viejo conocido de su padre, aunque Elian apenas lo reconocía.

El profesor Thorne hizo un ligero ademán de respeto antes de acercarse. Su mirada, siempre serena, se suavizó al posarse en Lady Jane.

—Lady Jane... lamento profundamente su pérdida —dijo con voz grave, casi un murmullo que intentaba no añadir más peso a la pena.

Ella inclinó la cabeza con dignidad, aunque sus ojos revelaban noches enteras sin descanso.

—Gracias, profesor —respondió con un hilo de voz, lo justo para no quebrarse frente a los presentes.

Elian, a su lado, soltó un suspiro que no pudo contener. No era de tristeza exactamente... sino de agotamiento, de ese cansancio que llega cuando uno ya no tiene fuerzas para sostener más despedidas.

Lady Jane posó una mano breve sobre el brazo de su hijo, como recordándole que debía ser fuerte, y luego se apartó para dirigirse al antiguo colega de su difunto esposo, que esperaba unos pasos más allá. Sus pasos resonaron con moderada elegancia, dejando a Elian y al profesor solos en la pequeña isla de silencio que se formó en medio del bullicio de la estación.

Thorne respiró hondo, posó una mano firme, cálida, sobre el hombro del muchacho. Allí, entre el silbido del tren y el murmullo constante de la estación.

—Escucha, muchacho —dijo con voz baja, quebrada apenas por la pena—. El mundo es cruel con aquellos que sienten demasiado... con los que ven belleza donde otros solo ven polvo. Pero por eso mismo el mundo los necesita. Eres uno de esos raros espíritus, Elian. No lo olvides. No permitas que la tristeza marchite tus manos.

Elian tragó saliva. Sentía una presión en el pecho que no sabía si era dolor, nostalgia o gratitud. Quizá todas juntas.

—No sé si podré volver, profesor —confesó, casi en un susurro.

Thorne negó despacio.

—El lugar no importa. Un buen artista siempre vuelve, aunque sea en recuerdos. Y tú... tú siempre tendrás un hogar en la academia —sonrió con ternura cansada—. Cuando el mundo te haga dudar, cuando pienses que nada de lo que haces tiene valor, recuerda esto: el arte no te salva del dolor... solo lo expresa, y al expresarlo, lo vuelve soportable.

Elian sintió que las lágrimas le ardían, pero las contuvo.

—Nunca olvidaré sus palabras.

Thorne apretó ligeramente sus hombros.

—Lo sé, Ashford. Ve... crece... sufre si es necesario... pero vive. Y dibuja. Aunque sea en la esquina de un papel arrugado. Aunque nadie lo vea.

—El tren está por partir —advirtió el conductor. Lady Jane hizo una leve inclinación de cabeza hacia el profesor, agradecida, antes de tomar la mano de su hijo.

—Debemos irnos, Elian —dijo ella con suavidad.

El muchacho dio un último paso hacia Thorne y lo abrazó. Un abrazo breve pero sincero.

—Gracias por creer en mí —susurró Elian.

—Adiós, Ashford... —murmuró—. Que tu lápiz sea tu brújula.

Elian, respiró hondo y caminó junto a su madre hacia el vagón. El profesor los siguió con la mirada hasta que la figura del muchacho desapareció entre los demás pasajeros.

Cuando Elian subió al tren, el interior cálido lo envolvió con suavidad. Lady Jane acomodó su bolso sobre el asiento y, tras un silencio, miró a su hijo con una mezcla de cansancio y ternura.

—Tu profesor tuvo un gesto considerado al venir a despedirte.

—Lo sé —respondió Elian, mirando por la ventana—. extrañare pasar horas en la academia de arte escuchando sus charlas.

El tren dio un tirón suave y comenzó a avanzar. Londres empezó a deslizarse hacia atrás: los adoquines, las farolas, los tejados húmedos, las chimeneas. Todo retrocedía como si fuese un dibujo borroso perdiéndose en el horizonte.

A medida que se alejaban, la ciudad gris se transformó en campos amplios, verdes, casi interminables. La luz tenue del sol se filtraba entre las nubes, iluminando colinas ondulantes que parecían dormidas bajo el manto del invierno.

Elian apoyó la frente contra el cristal. El vapor de su respiración empañó la ventana, y con un dedo trazó un pequeño boceto improvisado: un árbol, una casa diminuta, la silueta de una figura con sombrero.

Su madre lo miró sin decir nada, pero una sombra de tristeza le cruzó el rostro.

—El paisaje es hermoso —comentó ella después de un rato—. Escocia será... diferente.

—Lo sé —respondió Elian—. creo que me dará una perspectiva diferente.

Ambos guardaron silencio, escuchando el golpeteo rítmico de las ruedas sobre los rieles, mientras los campos se extendían hacia la distancia, salpicados de ovejas y muros de piedra. Un viento suave movía los árboles desnudos, y el cielo parecía abrirse apenas, como si les diera la bienvenida a una nueva etapa.

Horas después, cuando el sol comenzaba a ocultarse, el tren llegó a la estación rural anunciada en el boleto. Un viento más frío que el de Londres los recibió al bajar.

Un nuevo comienzo, pensó Elian. Uno incierto, extraño... pero comienzo al fin.

Un carruaje los esperaba: más rústico, con faroles laterales que iluminaban la niebla creciente. El cochero, un hombre escocés de complexión robusta y boina gastada, inclinó la cabeza en señal de saludo.

—¿Lady Jane Ashford?—la mujer solo asintio—Lord Edmund me envió —dijo con un acento marcado—. La mansión queda a una hora por el bosque. Suban, que la noche cae rápido por estos lares.

El carruaje avanzó lentamente mientras la tarde se desvanecía tras las colinas escocesas. A medida que se internaban en el pequeño pueblo, las casas de piedra oscura aparecían tímidamente entre la bruma, coronadas por techos de pizarra húmeda. Las chimeneas expulsaban hilos de humo que se disipaban en el aire helado, y algunos vecinos se detenían para observar la llegada del vehículo forastero.

Elian se acomodó en su asiento, inquieto.

No recordaba realmente a su tío Edmund; su única imagen de él era una fotografía antigua que su padre guardaba en el estudio. Ahora, mientras el carruaje avanzaba hacia lo desconocido, un nudo de anticipación le apretaba el pecho. Londres, con todo su ruido, su historia y su cadencia familiar, parecía quedar a mundos de distancia.

—Tranquilo, querido —murmuró su madre, posando una mano sobre la suya—. Tu tío estara dichoso de volver a verte.

Elian solo asintió. Fuera de la ventana, la neblina parecía espesarlo todo, como si la naturaleza misma quisiera guardar sus secretos.

Cuando el carruaje dobló por un camino flanqueado por enormes pinos, la casa del tío Edmund apareció, imponente como una sombra hecha de piedra y tiempo. No era un palacio, pero sí una mansión antigua, con altos ventanales y muros cubiertos parcialmente por hiedra. Ante ella se extendía un jardín inmenso e indomable, con senderos ocultos entre arbustos, puentes diminutos y árboles que parecían haber crecido antes que el propio pueblo.

El carruaje se detuvo frente a la entrada, donde Lord Edmund aguardaba con las manos entrelazadas tras la espalda. Vestía un abrigo largo y oscuro; su postura era rígida, pero su mirada una mezcla de seriedad y solemnidad

—Bienvenidos —dijo con una voz grave, profunda, que resonó con la misma solemnidad que la casa—. Lady Jane, Elian... me alegra verlos llegar sanos y salvos.

Su mirada se oscureció apenas, como si una sombra pasara por sus ojos.

—Quisiera decir que es un gusto recibirlos bajo este techo... pero las circunstancias son dolorosas para todos. —Hizo una leve pausa, bajando la mirada por un instante—. Lamento profundamente lo de mi hermano. Sigo consternado... aún me cuesta asimilarlo. Pero supongo... —respiró hondo— que es el orden natural de la vida.

Lady Jane apretó su bolso contra el pecho y asintió con un temblor apenas perceptible.

—Gracias, Edmund... —respondió con un hilo de voz.

Entonces él se giró hacia Elian, observándolo con un detenimiento casi asombrado. Aquellos ojos grises, tan parecidos a los del difunto Arthur Ashford, lo recorrieron de arriba abajo con una mezcla de nostalgia, reconocimiento y algo que podría llamarse ternura contenida.

—Elian... —murmuró, y su tono se volvió ligeramente más cálido—. No te veía desde que eras apenas un niño. Hoy... ya no sabría decir si eres el mismo pequeño que corría por estos jardines o un joven que intenta sostener un mundo que se desmoronó demasiado pronto.

Elian bajó la mirada, incómodo, pero hizo un esfuerzo por sonreír. Había algo pesado en la presencia de Edmund, algo que le recordaba demasiado a su padre, y eso le apretaba el pecho.

—Es un gusto verlo, señor —respondió en voz baja.

Edmund asintió, satisfecho con la cortesía.

—Bien... deben de estar exhaustos. La ruta desde Londres no es sencilla, y este clima menos. Acompañenme. —Hizo un gesto hacia la entrada—. Los llevaré a sus habitaciones. Mañana podremos hablar con más calma, sin el peso del viaje ni el de la noche encima.

El interior de la mansión los envolvió con un aroma a madera antigua, libros y hojas secas. Chandeliers de hierro ennegrecido iluminaban el pasillo con una luz suave y dorada. Mientras subían por la escalera principal, las pisadas resonaban con un eco acogedor, como si la casa misma los reconociera.

En el segundo piso, Edmund se detuvo frente a un corredor amplio, decorado con tapices escoceses y marcos dorados que contenían retratos de antepasados.

—Estas dos habitaciones serán las suyas —explicó, señalando ambas puertas contiguas—. Las renové hace unos meses, aunque intenté conservar la estructura original. Espero que estén cómodos.

Lady Jane abrió la suya primero, dejando escapar un suspiro de alivio.

Elian, en cambio, se quedó un momento frente a la suya, sintiendo que cruzar esa puerta sería el comienzo de una vida totalmente diferente.

—Descansen —añadió Edmund, esta vez con voz más suave—. Mañana podremos sentarnos a hablar, buenas noches.

Se inclinó levemente en un gesto respetuoso y descendió de nuevo por las escaleras, dejando a madre e hijo en un silencio casi sagrado, el tipo de silencio que solo una casa antigua en Escocia puede guardar entre sus paredes.

El cuarto de Elian era amplio, de techos altos y paredes en tonos crema desgastados por los años. La arquitectura victoriana se dejaba ver en los arcos decorativos, en los marcos tallados de las ventanas y en los muebles de caoba oscura, que daban carácter al lugar sin resultar pesados.

Una cama de dosel modesto pero elegante se alzaba contra la pared principal. A un lado, un escritorio antiguo, de superficie amplia, parecía esperar un nuevo comienzo. Y frente a él, la ventana... la ventana era un cuadro en sí misma.

Al abrir las cortinas, Elian descubrió un jardín inmenso, casi secreto. Densos rosales trepaban por muros cubiertos de musgo, senderos serpenteaban entre arcos de hierro forjado, y más allá, como custodiando todo, se levantaban los pinos del bosque escocés, oscuros y majestuosos bajo la luna.

Era un paisaje que parecía contener historias bajo cada hoja.

Elian dejó escapar un pequeño suspiro, una mezcla de asombro y melancolía.

Comenzó a desempacar sus cosas en silencio: colocó sus lápices y carboncillos sobre el escritorio, alineó su cuaderno de dibujo con cuidado casi ritual y apoyó su abrigo en un perchero antiguo que crujió suavemente como saludándolo.

Pasó una mano por la madera del escritorio, sintiendo la textura de los años, y después volvió a mirar el jardín. Las luces del exterior brillaban como pequeños faroles atrapados entre los árboles.

—Supongo... que este será nuestro nuevo hogar —murmuró para sí.

El cansancio del día lo alcanzó de pronto, y tras cambiarse la ropa, se recostó en la cama. El murmullo del viento del bosque fue la última cosa que escuchó antes de quedarse dormido.

********************************

A la mañana siguiente, la luz tenue y dorada del amanecer se filtró por las cortinas. Elian se incorporó, sorprendido por lo reparador que había sido el descanso. Había un silencio distinto allí, un silencio que no pesaba, sino que envolvía.

Al bajar al comedor, encontró a su madre y a Lord Edmund conversando en voz baja. Ambos levantaron la mirada al verlo.

—Buenos días, Elian —saludó Edmund, con un tono más relajado que la noche anterior.

—Buenos días —respondió él, tomando asiento.

El desayuno era sencillo pero cálido: pan recién horneado, mantequilla casera, mermelada de frambuesas y té humeante. La atmósfera tenía un aire hogareño que Elian no había sentido en mucho tiempo.

Tras unos minutos de conversación tranquila, Elian dejó su taza sobre el plato con un leve tintineo.

—Si no les importa —dijo, mirando a ambos—, quisiera salir un rato al jardín. Pensaba... dibujar un poco. Hay cosas que me gustaría capturar en mi libreta.

La madre sonrió, con ese orgullo suave que siempre tenía cuando hablaba de su talento.

—Claro, cariño. Te hará bien tomar aire.

Edmund asintió también.

—El jardín es seguro, y el bosque tiene senderos marcados si decides caminar más allá. Solo lleva tu abrigo. Aquí, el clima cambia sin avisar.

—Lo haré —respondió Elian, ya sintiendo ansia por descubrir cada rincón de ese nuevo mundo.

Elian cruzó el pasillo silencioso, aún sintiendo en los hombros la mezcla de cansancio y extrañeza que traía desde Londres. Empujó con suavidad la puerta de vidrio que daba al jardín, y el aire fresco de Escocia, limpio y cargado de hierba húmeda, le rozó el rostro como una bienvenida tímida.

El jardín de Lord Edmund no era un simple jardín. Era vasto, antiguo, y parecía respirarse como una criatura viva. Rosales trepaban por muros de piedra cubierta de enredaderas; senderos de grava blanca serpenteaban entre arcos de hierro forjado, y más allá, un pequeño bosque se extendía como una frontera misteriosa entre la mansión y la naturaleza indómita del norte.

Elian avanzó con paso lento, dejando que cada detalle se grabara en su memoria: las rosas de un rojo profundo, llenas de rocío; las campanillas azules meciéndose al viento; la fragancia tenue del romero y la lavanda que lo acompañaba cada vez que rozaba alguna mata.

El canto de un ave solitaria atrajo su mirada hacia un estanque circular. El agua era tan clara que reflejaba el cielo con fidelidad, y sobre una roca cubierta de musgo, un pequeño mirlo agitaba las plumas como si posara para él.

—Perfecto—susurró Elian, sacando su libreta y su pluma estilográfica.

Se sentó en el borde del estanque, cruzó las piernas y comenzó a dibujar. Trazos suaves, ligeros, que poco a poco daban forma al pequeño mirlo. Por un momento, el dolor por su padre pareció desvanecerse en el vaivén de la tinta.

Hasta que algo —suave pero preciso— le golpeó la cabeza.

Tac.

—¿Eh...?

Miró al suelo. Una bellota rodó lentamente hasta detenerse frente a su zapato.

Elian frunció el ceño y alzó la vista.

En la rama más baja de un roble centenario, una ardilla roja —pequeña, de ojos vivaces, pelaje encendido como cobre bajo la luz matinal— lo observaba con descaro. Luego inclinó la cabeza... y dio un pequeño chasquido.

—¿Fue eso un ataque? —murmuró Elian, incrédulo.

La ardilla descendió por el tronco con sorprendente agilidad, avanzó hacia él con absoluta falta de vergüenza... y antes de que Elian pudiera reaccionar, tomó su pluma con sus diminutas patitas y salió corriendo.

—¡Hey! ¡Esa es mi pluma! —exclamó poniéndose de pie de un salto.

El animalito corrió hacia un sendero lateral, alejándose del estanque, del jardín ordenado... adentrándose en la zona donde el césped perfecto daba paso a maleza suave y luego a árboles más espesos. Elian dudó un segundo, pero la visión de su herramienta favorita —la única que había pertenecido a su padre— lo obligó a seguirla.

Cada paso lo alejaba del jardín y lo acercaba más al bosquecillo. Las sombras se volvían más densas, la vegetación más salvaje, los sonidos más profundos. Aun así, la luz se filtraba entre las hojas con una belleza irreal, pintando el camino con destellos dorados.

—¿Dónde...? —susurró Elian, al detenerse.

Pero lo que realmente capturó su atención fue el árbol detrás de ella.

Un tronco ancho, antiguo, con una abertura en el centro, como si el interior hubiese sido tallado por manos invisibles. Y desde esa cavidad brotaba una luz muy suave, casi respirante, como un latido de un mundo escondido.

Elian dio un paso más hacia el pequeño árbol, incapaz de apartar la mirada de aquella luz tenue que respiraba desde dentro del tronco ahuecado. No era un brillo común: palpitaba como si tuviera un ritmo propio, un latido antiguo, profundo... vivo.

La ardilla roja, sentada sobre una raíz, lo observaba con los ojos muy abiertos, como si quisiera asegurarse de que él viera exactamente eso: la abertura en el árbol y la luz que la llenaba.

Elian tragó saliva.

—¿Qué... qué es esto? —susurró, aunque sabía que ningún ser humano estaba allí para responderle.

El bosque se volvió más silencioso. Ni el viento se atrevió a rozar las hojas.

La pluma robada yacía justo frente a la abertura, como dejada deliberadamente para él. Elian se agachó, la tomó entre los dedos, y sintió un leve calor recorrerle la mano, como una corriente suave de electricidad primaveral.

El resplandor dentro del árbol aumentó apenas, como si reaccionara a su toque.

Elian retrocedió un poco, sorprendido. Miró a su alrededor, buscando alguna explicación racional, algún truco de la luz, algún reflejo... pero nada tenía sentido. Todo era demasiado perfecto, demasiado extraño.

La ardilla chasqueó ligeramente, impaciente, y dio un pequeño salto hacia la raíz más cercana al portal. Lo miró otra vez, inclinando la cabeza con una expresión casi... ¿expectante?

—Esto es una locura —murmuró Elian—. Solo... solo estoy cansado.

Pero su cuerpo se movió por instinto.

La luz lo envolvía sin ser cegadora. Era cálida, suave, como el resplandor del amanecer visto a través de una ventana empañada.

Elian estiró la mano, dudando apenas un instante.

Y entonces la brisa cambió.

Un viento fino y helado surgió desde el interior del árbol, aunque eso era imposible. Elian sintió cómo el aire le erizaba la piel, cómo el sonido del bosque parecía desvanecerse detrás de él como si estuviera escuchando un mundo distinto al otro lado.

Su respiración se volvió corta.

—Solo... un vistazo —susurró.

Tocó la luz.

Un destello blanco, puro, silencioso, lo envolvió entero. La tierra pareció moverse bajo sus pies, o quizá fue el cielo que lo atrapó desde arriba. Sintió que caía hacia adelante, como si el mundo se inclinara y él no tuviera tiempo de sostenerse.

No hubo dolor.

Solo una sacudida suave.

Un susurro lejano, como voces que no podía entender.

Un silencio profundo... demasiado profundo.

Elian intentó aferrarse a algo, pero sus dedos solo encontraron aire.

Su visión se nubló. El bosque desapareció. La luz se tragó todo.

Y en un segundo eterno, antes de perder completamente el sentido, alcanzó a ver la silueta borrosa de un gran árbol, diferente a cualquier otro, alto como una torre, brillante como una aurora atrapada en madera.

Su cuerpo cayó hacia una superficie desconocida.

Suavemente.

Sin fuerza.

Sin control.

Elian perdió la conciencia.