La decisión
La lluvia caía con un peso extraño aquella noche, como si el cielo intentara borrar los pecados de Gótica a fuerza de truenos y agua sucia.
En la distancia, los relámpagos delineaban la silueta imponente de la Mansión Wayne, quieta, vieja, como un guardián cansado de velar por los errores de una ciudad que nunca dormía.
En el camino de entrada, un coche viejo y destartalado se detuvo. De él bajó una figura encapuchada, con el maquillaje corrido y los ojos enrojecidos por el cansancio. Harley Quinn ya no era la payasa del crimen que el mundo conocía.
Era solo una mujer empapada, temblando, con una niña dormida entre los brazos.
-Shh, mi lucerito... -susurró con voz quebrada-. Todo va a estar bien. Mamá te lo promete.
La puerta se abrió antes de que ella tocara el timbre. Bruce Wayne ya la esperaba.
Sabía que alguien había cruzado los perímetros de seguridad, pero no esperaba verla a ella.
-Harleen. -La voz de Bruce fue grave, desconfiada, pero no hostil.
-No me llames así, Batsy... ya nadie lo hace -dijo ella con una media sonrisa triste-. Y tranquila, no vengo a romperte los cristales. Vengo a arreglar algo... por una vez en mi vida.
La niña, de rizos rubios y ojos verdes, se movió entre los brazos de su madre, murmurando algo entre sueños. Bruce observó la escena con una mezcla de sorpresa y desconcierto. No veía a la villana. Veía a una madre.
Harley respiró hondo.
-Ella se llama Lucy... -dijo con un hilo de voz-. Tiene cuatro añitos. Es lista, Bruce. Más lista de lo que debería ser a su edad. Y tiene un corazón que todavía no se ha roto.
Bruce frunció el ceño, comprendiendo lentamente lo que Harley pedía sin decirlo.
-No puedo cuidar de un hijo de criminales -respondió él, aunque la frase se le atoró en la garganta.
-No es una hija de criminales. Es una niña. Una que nació en el lugar equivocado, con la madre equivocada... y un padre que jamás debe saber que existe.
Harley dio un paso hacia él, empapada, desesperada.
-Tú puedes darle algo que yo nunca podré, Bats. Disciplina. Propósito. Luz.
Y quiero que la enseñes, que la protejas... pero sobre todo, que nunca sepa quién soy. Que nunca sepa quién fue él.
Hubo un largo silencio.
Bruce miró los ojos de Harley y vio el miedo genuino. No el que se siente ante un enemigo, sino el que nace al amar a alguien más que a uno mismo.
-Si se queda conmigo -dijo al fin-, dejarás atrás todo. No podrás buscarla, ni escribirle, ni verla jamás.
-Lo sé -susurró Harley-. Pero quiero que crezca creyendo que vino de un lugar bueno. No quiero que el caos la reclame.
Bruce asintió lentamente.
-Lo haré.
Harley sonrió, cansada, y se inclinó hacia su hija.
-Te amo, mi lucerito... -susurró, besándole la frente-. No te olvides de reír... pero ríe por ti, no por el mundo.
Y sin mirar atrás, desapareció en la lluvia.
Semanas después...
Lucy se adaptó con una rapidez que sorprendió incluso a Alfred. Era curiosa, observadora.
Le gustaba dibujar, y a veces lo hacía en los muros del jardín, dejando figuras coloridas.
Bruce la observaba desde lejos. En ella veía una chispa que no lograba descifrar: no era maldad, pero tampoco inocencia pura.
Era... caos contenido.
Por las noches, Lucy soñaba.
Soñaba con una mujer que reía y lloraba al mismo tiempo. Soñaba con luces de colores y un hombre malo que hablaba con voz rota, que contaba chistes sin sentido.
A veces despertaba asustada, pero cuando veía la sombra de Bruce en la puerta, se sentía a salvo.
-¿Tuviste otra pesadilla? -preguntaba él, con su tono sereno.
-No lo sé... había una señora que me cantaba. Pero luego se iba.
-¿Y tú qué hacías?
-La esperaba -decía Lucy-. Pero nunca regresaba.
Bruce apretaba los labios, sabiendo que en algún rincón de Gótica, aquella mujer seguía velando, aunque nadie pudiera verla.
En las noches más silenciosas, Bruce caminaba por los pasillos de la mansión y recordaba las palabras de Harley:
"Enséñale a ser fuerte. No dejes que el caos la reclame