#0. Prólogo.
Desde lejos, la ciudad de Santa Mónica parece el futuro. Rascacielos de cromo, publicidad de neón que se refleja en el asfalto mojado, vehículos de alta gama. Pero si rascas un poco la pintura metalizada, te das cuenta de que seguimos en la edad de piedra, solo que ahora nos matamos con mejores juguetes.
Todo se reduce al gen. La gran lotería biológica.
En este mundo, cuatro de cada diez bastardos nacen con la capacidad de doblar la realidad. La magia. No es algo que aprendas en libros antiguos; está en tu sangre. Si tienes suerte y disciplina, terminas en los Federales con un rifle de plasma en una mano y un hechizo de barrera en la otra. Si no, terminas en las calles, usando tu don para reventar cajeros automáticos o trabajar para capos como El Santo.
¿Y el resto? Los "normales" compran su poder. Baterías de maná artificial, revólveres con munición rúnica grabada en fábricas ilegales, amuletos defensivos producidos en masa. Aquí nadie es realmente inocente, y nadie está realmente desarmado.
Y luego estoy yo. Yo no lanzo fuego ni levanto escudos. Mi mutación es diferente. Es un error del sistema.
Mi nombre es Célida Castañeda, y tengo lo que los psicólogos clínicos llaman "telepatía sensorial", y lo que yo llamo "una puta mierda de don".
No leo mentes. Eso sería elegante. Telepatía. Limpio. Aséptico. No. Yo siento. Si tú tienes miedo, yo no sé que tienes miedo; yo siento un bloque de hielo seco quemándome las venas. Si estás furioso, no veo tu aura roja; siento que me clavan astillas calientes debajo de las uñas. Tu intención es mi dolor físico.
Es por eso que terminé en la policía. Cuando los interrogatorios fallan, cuando las pruebas físicas no cuadran y el sospechoso se ríe en su cara, me llaman a mí. Soy el último recurso. La canaria en la mina de carbón. Me meten en una habitación con un monstruo que sonríe y dice que es inocente, y yo dejo que su verdadera naturaleza me golpee hasta que mi cuerpo no aguanta más.
Ellos obtienen la verdad. Yo obtengo una resaca.
Después de un trabajo, mi mundo se apaga. Las horas siguientes a una sesión intensa son el único momento en que la ciudad se calla para mí. No siento el frío, no siento el calor, el café me sabe a agua y podría clavarme un cuchillo en la mano sin darme cuenta. Es una anestesia bendita y maldita al mismo tiempo.
Es el precio que pago por ser la mejor en el peor trabajo del mundo.
Bienvenidos a mi realidad. No toquen nada. Y por favor, traten de no pensar en nada demasiado asqueroso mientras están cerca de mí. No quiero tener que probarlo.