Capítulo 1
LA ÚLTIMA PALABRA QUE NO DIJE
CREADO: SEARD KAZATO DREANS
Debo contarte algo,
aunque llego tarde,
aunque mi voz sea ahora solo un hueso ahogado en la noche:
la última palabra que no dije
me persigue como un animal hambriento.
Yo la cargaba en la lengua,
temblorosa,
pequeña,
llena de miedo.
La acaricié tanto en silencio
que se volvió espina.
Y cuando quise soltarla,
cuando intenté liberarla como a un pájaro cansado,
ya era tarde:
el mundo había cerrado sus puertas,
y tú habías cerrado tus ojos.
No sabes cuánto pesa el silencio
cuando se lleva sobre la espalda como un cadáver.
Cuánto duele guardar en el pecho
algo que debí gritar,
algo que pudo haberte salvado,
algo que tal vez hubiera evitado
que la noche se tragara tu nombre.
Ahora camino por las calles
como un fantasma que no termina de aprender a desaparecer.
La gente pasa,
y nadie intuye que llevo un puñal de sombra
atravesándome el alma.
Porque la palabra que no dije
se quedó aquí,
atascada en mi garganta,
respirando con mi aliento,
muriendo con mi culpa.
Yo te vi partir.
Te juro que lo vi.
Tus pasos eran lentos,
como si dudaran,
como si esperaran algo más,
algo mínimo,
una sílaba,
un temblor en mi voz
que dijera “quédate”,
“te necesito”,
“no me abandones a este invierno”.
Pero yo guardé silencio,
ese silencio cobarde,
ese silencio que pesa como una lápida.
Y fue entonces cuando la soledad
aprendió a pronunciar mi nombre.
Fue entonces cuando la casa,
esa casa donde alguna vez brilló tu risa,
se volvió un animal desangrado.
Las paredes quedaron oliendo a despedida,
y la cama,
ay, la cama…
se convirtió en un desierto que no perdona.
He intentado reconstruirte en sueños,
pero hasta los sueños tienen límites.
Te dibujo con memoria cansada:
tu rostro nublado,
las manos que ya no recuerdo del todo,
tu voz que se me escurre entre los dedos
como agua negra.
Intento retenerte,
pero mi mente es un colador roto,
y tú ya no cabes en ningún lugar
que no sea mi dolor.
A veces te hablo en la noche.
No espero respuesta.
No la merezco.
Solo dejo que el viento lleve mi arrepentimiento,
como si pudiera depositarlo en algún rincón
donde tú aún existas.
Te digo lo que no dije entonces,
lo que me consumió por dentro,
lo que hubiera cambiado el destino:
te amo,
pero no lo dije.
Te necesito,
pero me callé.
No sabía vivir sin ti,
pero me escondí en mi propio miedo.
Eso es lo que arrastro,
lo que me mantiene despierto
cuando el mundo duerme.
Porque la última palabra que no dije
creció dentro de mí como una raíz enferma,
atravesando mis costillas,
bebiendo mis recuerdos,
devorando mi paz.
Si pudiera volver atrás,
aunque fuese un segundo,
aunque fuese un pestañeo,
te juro que te alcanzaría la voz,
que rompería mi silencio
como se rompe un vaso contra el suelo,
que dejaría caer de mis labios
toda la verdad herida que llevaba guardada.
Pero no puedo.
Y ese “no puedo” es la cruz que cargo.
Por eso hablo ahora,
tarde, inútil, quebrado.
Por eso dejo estas palabras
como flores marchitas
sobre la tumba invisible
donde enterré mi cobardía.
Si alguna vez me escuchas,
en algún rincón del tiempo que ya no compartimos,
solo quiero que sepas
lo que mi corazón gritó
cuando ya no estabas:
Perdón.
Perdón por la última palabra que no dije.
Perdón por llegar tarde a tu vida.
Perdón por quedarme a solas con lo que nunca fue.
Y aunque el mundo siga girando,
aunque todo cambie,
aunque yo también me desgaste,
sé que la última palabra que no dije
será siempre mi herida más fiel,
mi sombra más larga,
mi muerte más viva.