Sombras de Acero

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Summary

En un mundo tan vasto que aplasta a los hombres como si fueran polvo, él solo quiere responder a una pregunta: ¿de verdad su vida importa, aunque sea un poco? Marcado por la guerra, condenado a vagar entre ruinas y cadáveres, ha aprendido que los poderosos dictan las reglas y los débiles solo intentan llegar vivos al amanecer. Pero no está esperando a que llegue esa respuesta, sin antes acabar con los responsables de su desgracia.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Forjado en la carne

Nací de nuevo en una pila de cadáveres. No fue un nacimiento limpio ni digno; fue un jadeo áspero, una bocanada de aire mezclada con humo, sangre y lluvia helada. Me abrí paso entre cuerpos rotos, resbalando en la carne fría de aquellos que, minutos antes, intentaban matarme.

Me puse en pie como pude. Mis músculos temblaban, no solo por el cansancio, sino por el peso de lo que veía. A mi alrededor, los cuerpos sin vida de mis enemigos formaban una montaña grotesca. Debería haber sentido gloria, orgullo, algo… pero lo único que encontré fue una culpa espesa que se me pegó al pecho más que la sangre al metal.

La aldea ya no existía. Casas quemadas, techos desplomados, puertas arrancadas. Lo que alguna vez fue un hogar para alguien, ahora era solo ceniza y barro. La lluvia caía sin compasión, y unos cuervos, caminaban entre los muertos, peleando por un pedazo de carne, como si nada de aquello importara.

Ese fue mi verdadero comienzo: no en un salón iluminado, no con aplausos por mis hazañas, sino solo, de pie, en medio de la destrucción… preguntándome si seguir vivo era un premio o un castigo.


Bajó la mirada y vio su espada tendida en el barro, bañada en sangre ajena pero casi intacta. La recogió sin pensarlo, más por hábito que por decisión consciente, y sintió de nuevo ese peso tan familiar en la mano.

«Mientras tenga mi espada, no voy a morir», pensó. Y enseguida, otro pensamiento le atravesó la mente: «¿De verdad eso debería ser algo bueno?»

Echó a andar entre los restos de la aldea, esquivando cuerpos, madera rota y charcos enrojecidos que la lluvia no terminaba de limpiar. A cada paso algo crujía bajo sus botas: un hueso, una viga… o quizá un cadáver.

Entonces lo vio. A lo lejos, más allá de las casas derrumbadas, una silueta solitaria se recortaba entre la cortina gris de la lluvia: un hombre a caballo, avanzando con paso contenido, como quien teme llegar demasiado tarde o demasiado pronto. Por el emblema en la capa del jinete, el caballero entendió que no se trataba de un campesino huyendo, sino de un mensajero.

Nadie enviaba un jinete solo a un campo de cadáveres por simple curiosidad. Venía a buscar una noticia. Y él ya sabía cuál esperaba escuchar.


El jinete se fue acercando, primero como una sombra entre la lluvia y luego, a pocos metros, tiró de las riendas y el caballo resopló, inquieto por el olor a sangre.

—¡Oye, tú! —alzó la voz—. ¿Qué haces aquí? ¿Eres un sobreviviente… o soldado de nuestro ejército?

Su tono exigía una respuesta inmediata, una explicación que pusiera orden a aquella escena de pesadilla. Pero el caballero no dijo nada. Permaneció en silencio, con la espada colgando a un lado y la mirada perdida entre los cuerpos, como si las palabras fueran un lujo que ya no podía permitirse.

El mensajero frunció el ceño. Dejó que sus ojos recorrieran el campo: la montaña de cadáveres de sus compañeros, la aldea arrasada, los estandartes rotos, y solo un hombre en pie. Hizo el cálculo que cualquier hombre con juicio haría en su lugar… y el resultado le heló la espalda.

—Eres tú… —murmuró primero, casi sin voz. Luego, tragando saliva, lo dijo más claro, como si buscara convencerse a sí mismo—. Eres tú. El objetivo.

El rostro se le descompuso en una mezcla de asombro, frustración y terror.

—Maldito seas… —escupió, sin poder contenerlo—. ¿Cien hombres no fueron suficientes para acabar contigo? ¡¿Ni cien?!

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Solo se escuchaba caer la lluvia, golpeando la armadura del caballero, el cual no se mostraba arrepentido, como si las vidas que había cobrado ese día, no significaran nada.

El jinete desenvainó su espada; el acero soltó un destello opaco bajo la lluvia gris. Casi al mismo tiempo, el caballero alzó la suya y adoptó una posición de combate, como si aquel gesto le resultara tan natural como respirar.

El jinete, aún desde la montura, lo vio con claridad: no había en su rostro ni una pizca de duda, ni rastro de cansancio. Solo una calma fría, insoportable.

—Eres… un demonio —escupió, con la voz rota entre furia y miedo—. No te basta asesinar a mis compañeros y destruir esta aldea... ¡¿todavía quieres más?!

Apretó con fuerza la empuñadura, dudando solo un instante, como si esperara que el otro negara, que mostrara remordimiento o siquiera interés. El caballero no hizo nada de eso. Simplemente lo miró, en silencio.

—Si no soy yo… —continuó el jinete, obligándose a tragar saliva—, alguien más te arrancará la cabeza de los hombros. ¡Te lo juro, tu muerte llegará muy pronto!

Espoleó al caballero con un grito ahogado y se lanzó hacia adelante, cargando con toda la rabia y la convicción que le quedaban. El caballero se afirmó sobre el barro, ajustó apenas el ángulo de su espada y esperó.

El resto ocurrió demasiado rápido.

El soldado nunca vio el golpe.

En un parpadeo, la carga se convirtió en silencio. El cuerpo del jinete siguió avanzando unos pasos más, sin control, antes de desplomarse pesadamente en el fango. Su cabeza, en cambio, salió despedida hacia arriba, trazando un arco grotesco en el aire lluvioso.

El caballero alzó la mano libre y la atrapó sin esfuerzo, como si detuviera algo mucho más ligero que una vida. Se quedó mirándola un segundo eterno: el rostro congelado en una sorpresa absoluta, los ojos desorbitados, incapaces de comprender que la batalla ya había terminado para él antes siquiera de que su espada alcanzara a levantar el primer golpe.


El hombre de la armadura volvió a ponerse en marcha. Caminó sin prisa, sin mirar demasiado a su alrededor, como si el mundo reducido a ruinas ya no tuviera nada más que ofrecerle. Sin embargo, a unos pasos, algo lo obligó a detenerse.

Entre el barro ennegrecido, vio el cuerpo pequeño de un niño, inmóvil, apenas protegido por los brazos calcinados de quienes debieron ser sus padres. Eran poco más que sombras carbonizadas, unidos todavía en un último intento de resguardo que no había servido de nada.

El caballero apretó el mango de la espada hasta que los nudillos le crujieron. La garganta se le cerró un instante, y cuando por fin logró hablar, su voz salió grave, como si arrastrara piedras:

—Lo siento…

No añadió nada más. Siguió caminando, dejando atrás aquel lugar de muerte que, alguna vez, alguien llamó hogar.


Mientras tanto, en las entrañas de un inmenso fuerte de piedra, un hombre se consumía en la impaciencia. El barón Gawren caminaba de un extremo a otro de la sala principal, con la mirada clavada, una y otra vez, en la puerta por donde debía aparecer su mensajero.

—Mi señor… llegan noticias de la aldea cercana. Nuestras fuerzas no pudieron acabar con ese hombre. Nuestro mensajero… fue hallado decapitado.

—Maldita sea… ¿Estamos hablando de algo sobrenatural? ¡¿Cómo demonios pudo un solo hombre masacrar a cien de mis soldados?!

—No lo sabemos con certeza, mi señor. Algunos dicen que no luchaba solo, que alguien —o algo— lo asistía en las sombras. No sabemos quién. ¿Cuáles son sus órdenes?

—Convocaré a los demás Señores. Hasta entonces, nadie moverá un solo hombre sin mi permiso. ¿Entendido?

—Sí, señor, con permiso.

—No descansaré hasta tener la cabeza de ese maldito perro. Estoy deseando ver su cadáver colgando de nuestro estandarte.


Mientras tanto, el caballero llegó a una taberna al caer la tarde. Empujó la puerta y el ruido interior se apagó de golpe. Un par de miradas curiosas, otras asustadas; la armadura sucia hablaba por él.

Se sentó en una mesa apartada, de espaldas a la pared. Dejó la espada recargada junto a la silla, al alcance de su mano.

—¿Qué le sirvo? —preguntó el posadero, con cautela.

—Comida. Y agua —respondió, con voz cansada.

Le llevaron un plato sencillo, pero caliente. Comió despacio, como si no estuviera seguro de merecerlo. El estofado sabía a hogar, a algo que él ya no tenía. Cada cucharada le traía de vuelta lo que había visto ese día: fuego, gritos, cuerpos.

Alrededor, la gente murmuraba en voz baja. Él apenas los escuchaba. No necesitaba enemigos para sentirse inquieto; le bastaba con lo que llevaba dentro.

En esa mesa, con el estómago medio lleno y las manos vacías de batalla, descubrió que descansar no era tan fácil como sentarse. Era mucho más difícil callar la guerra que seguía sonando en su cabeza.

«Debo disfrutar mi comida —pensó—. Es por ellos que puedo pagar estos alimentos… ni siquiera pude protegerlos. Lo mínimo que me queda es agradecerles por este momento.»

Bajó la mirada hacia el plato, apretó la mandíbula y murmuró casi sin voz:

—Gracias…


Mientras tanto, en la sala principal del fuerte Gawren, se reúnen los tres señores de Marcas Quebradas.

—No tengo forma de expresar mi descontento. Este hombre por el que "me preocupo demasiado" asesinó a cien de mis soldados ¡Cien soldados en una sola noche! ¡¿Tienen ustedes a alguien capaz de siquiera asesinar treinta?!

—Lord Ragnar y yo, entendemos tu descontento, pero se sigue tratando de un hombre, ¿No es así? Trata de calmarte, después de todo eres un eñor, Gawren.

—No me vengas con eso, no solo se trata de lo que pasó anoche. Lleva días acosando a mi gente, haciendo preguntas, y matando indiscriminadamente. ¡¿Cómo no he de estar furioso, Cedrik?!

—Ya basta de esta conversación sin sentido. Yo te ayudaré con tu problema, siempre y cuando me garantices que, en un futuro cercano, estarás de mi lado, con todo lo que eso implica.

—...

Con esto podía darse por terminada la reunión de estos tres poderosos y ambiciosos hombres.

Una gran amenaza asecha a este vagabundo en armadura.