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Mi Familia《CharlieBabe》

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Summary

Babe decidió terminar con su relación luego de que le fue infiel...5 años después su pasado vuelve aparecer otra vez ante él...

Genre
Drama
Author
Vanesa
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ONE SHOT

Narra La Escritora

Babe estaba tirado en el sofá, con el celular en la mano y una serie de fondo que ya ni veía. Era una noche cualquiera, de esas en las que James había dicho que “tenía que quedarse hasta tarde en la oficina otra vez”. Babe ya se había acostumbrado a las excusas, o eso creía.

De repente, un mensaje de un número desconocido.

Una foto.

Luego otra.

Y otra.

En la primera, James besaba a alguien en el cuello, en un bar con luces rojas que Babe reconoció al instante: el mismo lugar donde habían celebrado su primer aniversario.

En la segunda, la mano de James estaba metida por debajo de la camiseta de ese chico.

En la tercera, los dos se miraban como si el mundo se acabara ahí. Y el chico…rubio, pecas, ojos verdes que Babe había visto antes, hace años, en fotos antiguas que James guardaba en una caja que decía “no abrir”.

Alex.

Su primer amor. El que James juró que “ya era pasado”, que “había quedado en la universidad”, que “no significaba nada ahora”.

Babe sintió que el aire se le escapaba del pecho, pero no gritó. No rompió nada. Solo agrandó las fotos una por una, como si estuviera buscando un error, una broma, un montaje. No lo había.

Escribió un mensaje corto a James:

“Ven a casa. Ahora.”

No puso signos de interrogación. No puso emojis. Solo eso.

Una hora después, la llave giró en la cerradura. James entró con cara de cansado, la corbata floja, el pelo revuelto como si hubiera estado corriendo.

—Amor, perdón por llegar tarde, el proyecto con…— Babe levantó el celular sin decir nada.

La pantalla seguía encendida en la última foto: James y Alex abrazados, sonriendo como idiotas.

James se quedó helado en la puerta.

—Babe…yo…

—¿Desde cuándo?— preguntó Babe con una calma que asustaba más que cualquier grito.

James tragó saliva. Cerró la puerta despacio, como si el tiempo pudiera arreglar algo.

—Tres meses.— susurró.— Empezó…empezó con tomar un café. Solo para hablar. Y luego…

—¿Y luego qué, James? ¿Luego te acordaste de qué te gustaba más cómo te miraba él que cómo te miro yo?

James bajó la cabeza.

—No es así. Te amo, Babe, pero…con Alex es diferente. Es como volver a tener diecinueve años. No sé explicarlo sin sonar como un hijo de puta.

—Pues ya sonaste como uno igual.— dijo Babe, y por primera vez su voz tembló un poco.— Me mentiste en la cara. Cada vez que decías “voy con los chicos”, “tengo reunión”, “estoy cansado”…¿estabas con él?— James asintió, apenas.

Babe se levantó del sofá. No gritó. No lloró.

Solo lo miró fijo, como si estuviera viendo a un extraño.

—¿Sabes qué es lo peor? Que yo te hubiera entendido si me lo hubieras dicho. Si me hubieras dicho “no sé qué siento, necesito tiempo, necesito hablar con él para cerrar algo”. Te habría esperado. Habría dolido como la mierda, pero te habría esperado. Porque te amo, James. Te amo tanto que me da vergüenza admitirlo ahora.

James dio un paso hacia él, los ojos rojos.

—Babe, por favor, no…

—No.— Babe levantó la mano.— Ya no. Porque tú no me diste la opción de elegir si quería esperar o no. Tú decidiste por los dos. Y elegiste mal.

Agarró su chaqueta del perchero, las llaves, el celular.

—¿Te vas?— preguntó James con la voz rota.

—Sí. Porque si me quedo cinco minutos más, voy a empezar a odiarte. Y no quiero odiarte. Solo quiero dejar de amarte. Y para eso tengo que irme.

James intentó agarrarle el brazo, pero Babe se soltó sin fuerza, solo con firmeza.

—No me busques.— dijo antes de abrir la puerta.— Cuando estés seguro de quién carajo querés en tu vida, ahí hablamos. Pero ya no soy yo el que va a estar esperando.— Cerró la puerta sin portazo.

Suave.

Como quien cierra un capítulo que dolió demasiado.

En el pasillo del edificio, Babe se apoyó contra la pared, respiró hondo y dejó que las lágrimas cayeran por fin. No hizo ruido. Solo lloró en silencio, mientras el ascensor bajaba.

Y cuando salió a la calle, la noche estaba fría, pero por primera vez en meses, sintió que podía respirar.

Han pasado cinco años desde esa noche en que Babe cerró la puerta sin mirar atrás.

La vida había seguido su curso, a veces a tropezones, otras con una velocidad que lo dejaba sin aliento.

Ahora, Babe vivía en una casa con jardín en las afueras de la ciudad, casado con Charlie, un hombre tranquilo y leal que había aparecido en su vida como un bálsamo después de la tormenta. Juntos habían adoptado a Malee, una niña de seis años con rizos rebeldes y una risa que iluminaba todo.

Malee era su mundo ahora, un recordatorio constante de que el amor podía reconstruirse, pieza por pieza.

Era un sábado soleado en el parque central.

Babe empujaba el columpio de Malee, riendo con ella mientras Charlie compraba helados en un carrito cercano. Malee chillaba de alegría: "¡Más alto, papi! ¡Más alto!". Babe sonreía, sintiéndose completo por primera vez en mucho tiempo.

Entonces, lo vio. James, caminando por el sendero con un perro atado a una correa.

Más delgado, con el pelo un poco más negro de lo que recordaba, pero con esa misma mirada que Babe recordaba tan bien.

Sus ojos se cruzaron, y el tiempo se detuvo por un segundo. James se acercó, titubeante, como si no pudiera creerlo.

—Babe...¿Eres tú?— dijo James, su voz un poco ronca, deteniéndose a unos metros. El perro ladró suavemente, pero él lo ignoró.

Babe dejó de empujar el columpio. Malee se balanceaba sola ahora, ajena a la tensión.

Babe sintió un nudo en el estómago, pero no era dolor; era algo más parecido a la indiferencia mezclada con un leve fastidio.

—James.— respondió Babe, neutro, cruzando los brazos.— Qué sorpresa. ¿Qué haces por aquí?

James miró a Malee, que ahora saltaba del columpio y corría hacia Babe, abrazándose a su pierna. Sus ojos se agrandaron un poco, procesando la escena.

—¿Es...tu hija?— preguntó, con una sonrisa tentativa, pero su voz traicionaba la confusión.

Babe asintió, agachándose para peinar un rizo de Malee.

—Sí, Malee. La adoptamos hace tres años. Es una fierecilla, ¿verdad, princesa?— Malee rio y asintió, escondiendo la cara en la pierna de Babe.

James tragó saliva, mirando alrededor como si buscara palabras.

—Adoptamos...¿Tú y...?

En ese momento, Charlie regresó con los helados en la mano. Alto, con un perfil bastante tranquilo y una sonrisa cálida, extendió uno a Malee y otro a Babe.

—Aquí tienen, familia. ¿Todo bien?— preguntó Charlie, notando la presencia de James.

No había hostilidad en su voz, solo curiosidad.

Babe tomó el helado y besó la mejilla de Charlie brevemente.

—Sí, amor. Este es James...un viejo conocido. James, él es Charlie, mi esposo.

James palideció un poco, pero extendió la mano para saludar a Charlie, quien la apretó con firmeza.

—Encantado.— dijo Charlie, educado.— Malee, ¿quieres qué vayamos a ver los patos mientras papi charla?

Malee asintió entusiasmada, tomando la mano de Charlie. Se alejaron un poco, dejando a Babe y James solos bajo la sombra de un árbol.

James soltó un suspiro largo, frotándose la nuca.

—Vaya...Casado. Con una hija. Te ves...feliz, Babe. Realmente feliz.

—Lo soy.— dijo Babe, lamiendo su helado con calma.—¿Y tú? ¿Sigues con Alex? O...¿qué pasó ahí?

James bajó la mirada, atando la correa del perro a un banco cercano.

—Terminó hace un par de años. Fue un error, Babe. Todo lo fue. Me di cuenta tarde, pero...nunca dejé de pensar en ti. En lo que tiré por la borda.

Babe arqueó una ceja, pero no interrumpió.

Dejó que James siguiera, sabiendo que vendría.

—He cambiado. Terapia, tiempo solo...Estoy listo ahora. Por eso vine a este parque, en realidad. Sabía que vivías cerca, averigüé por amigos en común. Quería...quería pedirte una oportunidad. Una segunda chance. Sé que no lo merezco, pero...¿podríamos intentarlo? Solo un café, hablar. Por los viejos tiempos.

Babe lo miró fijo, el helado derritiéndose en su mano. No había ira en sus ojos, solo una claridad fría, como el agua de un lago en invierno.

—¿Una oportunidad?— repitió Babe, casi riendo, pero sin humor.— James, mírame. Tengo una familia. Un esposo que me respeta, una hija que me hace levantarme cada mañana con una sonrisa. ¿Y tú vienes ahora, después de cinco años, a pedirme qué vuelva a esa...esa incertidumbre?

James dio un paso adelante, su voz suplicante.

—Sé que la cagué. Fui un idiota. Pero el amor como el nuestro no se va así nomás. Podríamos reconstruir, Babe. Por favor.

Babe negó con la cabeza, tirando el resto del helado a un basurero cercano. Su voz era firme, sin elevar el tono, pero cada palabra cortaba como un cuchillo preciso.

—No, James. A diferencia de ti, yo no regreso con la misma basura dos veces. Tú volviste con Alex porque era cómodo, familiar, ¿verdad? Porque te hacía sentir joven otra vez. Pero yo aprendí la lección. No repito errores. No vuelvo a algo que me rompió solo porque el tiempo pasó. Tengo demasiado que perder ahora, y nada que ganar contigo.

James se quedó en silencio, los ojos vidriosos. Intentó hablar, pero Babe levantó la mano.

—No digas más. Ve con tu perro, vive tu vida. Y si realmente cambiaste, empieza por respetar esto: no me busques de nuevo.

Babe se giró y caminó hacia Charlie y Malee, que jugaban con los patos en el estanque. Malee lo vio venir y corrió hacia él, abrazándolo. Charlie lo miró con una pregunta en los ojos, pero Babe solo sonrió y sacudió la cabeza.

—Todo bien.— dijo Babe, besando la frente de Malee.—Vamos a casa.

Mientras se alejaban, James se quedó allí, solo con su perro, viendo cómo la familia de Babe desaparecía a la distancia.

El parque seguía lleno de risas, pero para él, el sol parecía un poco más frío.

Esa misma noche, después de dejar a Malee con el papá de Babe, Babe y Charlie salieron con la pandilla de siempre: Pete, Way, Alan y un par más. Habían reservado una mesa en “Luz de Neón”, el bar de siempre, con música alta, luces violetas y la pista llena de cuerpos que se movían sin vergüenza.

Babe estaba feliz de verdad. El encuentro con James en el parque ya era un recuerdo lejano, algo que podía archivar como “cosas que ya no me tocan”. Charlie lo abrazaba por la cintura mientras brindaban con shots de tequila, y Way, su alma gemela platónica, lo arrastró a la pista gritando: “¡Esta es nuestra canción, perra!”.

Y ahí estaban: Babe y Way bailando como si tuvieran dieciocho otra vez, riendo, sudando, haciendo coreografías ridículas que solo ellos entendían. Charlie los miraba desde la barra con esa sonrisa enamorada que nunca se le borraba, apoyado en el codo, tomando una cerveza.

Todo perfecto.

Hasta que la música bajó un segundo entre canción y canción y Babe sintió una mano pesada en el hombro.

—Babe…por favor…una última vez…

James.

Olor a whisky barato, ojos rojos, camisa medio desabrochada. Se tambaleaba un poco, claramente pasado de copas.

Way se puso delante al instante.

—¿Qué mierda haces aquí, James? ¿En serio?

James lo ignoró y miró solo a Babe, con esa cara de cachorro mojado que antes funcionaba.

—Solo quiero hablar…cinco minutos… te juro que esta vez…

Babe soltó una risa seca, sin dejar de moverse al ritmo que volvía a subir.

—No, James. Ya te lo dije hoy: se acabó. Vete.

—Babe, por favor…te amo, siempre te amé…— La gente alrededor empezó a mirar.

Way ya estaba listo para empujarlo, pero no hizo falta.

Charlie apareció como una sombra alta y firme detrás de James. Lo agarró del brazo con fuerza controlada, pero sin ser bruto...todavía.

—Suéltalo.— dijo Charlie, voz baja, peligrosa, nada que ver con su tono habitual de buenazo.—Te lo voy a decir una sola vez: mi esposo te dijo que no. Respeta o te saco yo mismo.

James giró la cabeza, sorprendido de ver a Charlie así: los ojos entrecerrados, la mandíbula tensa, todo el cuerpo en modo “no me toques lo mío”.

Era la primera vez que Babe lo veía tan abiertamente posesivo, y mierda…le gustó.

James intentó soltarse.

—Esto no es asunto tuyo, yo…

Charlie dio un paso más cerca, bajando aún más la voz, pero cada palabra se oía perfecta entre la música.

—Babe es mi esposo. Mi familia. Mi todo. Y tú ya lo perdiste hace mucho. Ahora lárgate antes de que pierda la paciencia y te arrastre hasta la puerta.

El bar entero parecía contener la respiración.

Hasta el DJ bajó un poco el volumen por instinto.

James miró a Charlie, luego a Babe…y vio que Babe no iba a intervenir. Al contrario: Babe tenía una media sonrisa peligrosa, como disfrutando el espectáculo.

James soltó el aire, derrotado. Soltó el brazo de Babe y retrocedió tambaleándose.

—Okay…okay…me voy.

Charlie no lo soltó del todo hasta que James dio tres pasos hacia la salida. Solo entonces lo liberó, pero le habló una última vez, casi al oído:

—Y la próxima vez que se te ocurra acercarte a él, borracho o sobrio, vas a lidiar conmigo. ¿Entendido?

James asintió sin mirar atrás y desapareció entre la gente.

La música volvió a subir de golpe. La gente aplaudió y silbó como si hubieran visto una escena de película.

Way soltó un “¡DIOS, CHARLIE, QUÉ CALIENTE!” y todos en la mesa empezaron a gritar y brindar.

Pero Babe solo tenía ojos para su esposo.

Charlie se giró hacia él, todavía con el pulso acelerado, respirando fuerte. Babe se acercó despacio, le pasó los brazos por el cuello y le habló al oído, ronco:

—¿Sabes qué nunca te había visto así de celoso?

Charlie gruñó, todavía en modo protector, rodeándolo por la cintura con fuerza.

—Nadie toca lo que es mío. Nadie.

Babe sonrió contra su boca, mordiéndole el labio inferior.

—Llévame a casa, señor posesivo. Ahora.

Charlie no esperó ni un segundo más.

Agarró la mano de Babe, gritó un “¡nos vamos, chicos!” por encima de la música, y prácticamente lo arrastró hacia la salida mientras Way y los demás los despedían con gritos, aplausos y un par de silbidos subidos de tono.

En el auto, Babe se sentó encima de él, besándolo con urgencia.

—Te amo tanto cuando te pones así.— susurró contra sus labios.

Charlie sonrió por primera vez en toda la noche, apretándolo más.

—Y yo te amo siempre. Pero esta noche...esta noche vas a sentir exactamente cuánto eres mío.

Babe solo rió, bajo y caliente, y cerró la mampara del auto con un golpe seco.

La noche apenas empezaba.

La casa estaba en silencio cuando llegaron, excepto por el tic-tac del reloj en la cocina y el eco distante de la ciudad que se filtraba por las ventanas entreabiertas.

Malee no estaba ahí; la habían dejado con el papá de Babe esa tarde, planeando una noche libre para ellos dos. "Abuelo la va a malcriar con dulces", había dicho Babe riendo en el auto, pero ahora, con la adrenalina del bar todavía corriendo por sus venas, el ambiente se sentía cargado de algo más.

Charlie se dejó caer en el sofá del estudio, encendiendo la lámpara de mesa y sacando una carpeta de papeles del trabajo. "Solo reviso esto rápido, amor, y soy todo tuyo", murmuró, besando la frente de Babe antes de que este desapareciera hacia la sala.

Ya que le había llegado un mensaje del trabajo importante a última ahora y debía revisarlo.

Charlie se ajustó las gafas y empezó a hojear los documentos, intentando concentrarse en números y gráficos que de repente le parecieron aburridos como el infierno.

Entonces, la música empezó. Al principio fue suave, un bajo profundo que vibraba desde la sala contigua, pero pronto subió el volumen: una canción con ritmo latino, de esas que hacen que el cuerpo se mueva solo.

Charlie frunció el ceño, curioso, y dejó los papeles a un lado. Se levantó despacio y caminó hacia la puerta entreabierta.

Allí estaba Babe. Llevaba puesta solo la camisa de Charlie —esa blanca de botones que le quedaba un poco grande, arremangada hasta los codos y desabrochada lo suficiente para dejar ver la curva de su pecho y el abdomen tonificado—.

Bailaba con los ojos cerrados, los pies descalzos sobre la alfombra, moviéndose como si el mundo no existiera. Sus caderas giraban en círculos perfectos, las manos subiendo por su propio cuerpo en un gesto de baile que era puro arte: un twist aquí, un drop allá, el pelo revuelto cayéndole sobre la frente mientras el ritmo lo llevaba.

Charlie se quedó congelado en el umbral, embobado. Babe siempre había sido bueno bailando —lo había visto en fiestas, en el bar esa misma noche—, pero esto era diferente.

Era íntimo, seductor, como si cada movimiento estuviera diseñado para torturarlo. La camisa se abría un poco más con cada giro, revelando piel bronceada y músculos que se contraen al compás de la música. Charlie sintió la boca seca, el pulso acelerándose en las sienes. Olvidó los papeles, olvidó todo.

Babe abrió los ojos en ese momento y lo vio.

En lugar de parar, sonrió con esa picardía que lo volvía loco. Siguió bailando, ahora más lento, más deliberado, acercándose un poco al ritmo mientras se burlaba: "¿Qué pasa, Charlie? ¿Te quedaste sin palabras? Pensé que eras el posesivo aquí". Dio una vuelta completa, dejando que la camisa se deslizara un hombro abajo, y río bajo, juguetón.

"Mírate, todo serio con tus gafas...¿o es qué te gusta el show?"

Charlie no respondió con palabras. Sus ojos se oscurecieron, esa posesividad del bar regresando con fuerza. Dio un paso adelante, luego otro, hasta que estuvo lo suficientemente cerca para agarrar a Babe por la cintura y pegarlo contra su cuerpo. "Te lo advertí en el taxi", gruñó contra su oído, la voz ronca y baja. "Esta noche vas a sentir exactamente cuánto eres mío".

Babe jadeó, pero no se resistió; al contrario, se apretó más contra él, sintiendo la dureza de Charlie ya presionando contra su cadera.

"Muéstrame, entonces", susurró, mordiéndose el labio mientras sus manos subían por el pecho de Charlie.

Charlie no esperó más. Lo besó con urgencia, devorando su boca como si fuera la primera vez, las manos bajando para apretar su trasero y levantarlo del suelo.

Babe envolvió las piernas alrededor de su cintura, y Charlie lo llevó así hasta el sofá de la sala, tirando la camisa al piso en el proceso. La música seguía sonando de fondo, un soundtrack perfecto para lo que venía.

Lo depositó en el sofá con cuidado, pero sus movimientos eran firmes, dominantes.

Charlie se quitó la camiseta de un tirón, revelando su torso ancho y marcado, y se arrodilló entre las piernas de Babe.

—Eres tan jodidamente perfecto bailando.— murmuró, besando su cuello mientras sus manos exploraban: primero los pezones, pellizcándolos hasta que Babe arqueó la espalda con un gemido; luego bajando por el abdomen, trazando los músculos con la lengua. Babe se retorció, sus dedos enredándose en el pelo de Charlie.

—Charlie...por favor...

Charlie sonrió contra su piel, posesivo como nunca. "Dilo. Di que eres mío". Babe lo miró con ojos nublados de deseo: "Soy tuyo. Solo tuyo". Eso fue suficiente. Charlie le quitó los pantalones con un movimiento rápido, liberando su erección ya dura y goteante. Se inclinó y lo tomó en la boca, succionando lento al principio, luego más profundo, usando la lengua para torturarlo en círculos alrededor de la punta. Babe gritó, las caderas empujando hacia arriba, pero Charlie lo sujetó con una mano en la cadera, controlando el ritmo. "No tan rápido, amor. Quiero que sientas cada segundo".

Después de minutos que parecieron horas, Charlie se levantó, se desabrochó los jeans y se quitó todo lo demás. Babe lo miró hambriento, extendiendo la mano para tocarlo, pero Charlie lo detuvo. "Date vuelta", ordenó, y Babe obedeció, poniéndose de rodillas en el sofá, el trasero expuesto.

Charlie se posicionó detrás, lubricando con saliva y un poco de lo que tenían en la mesita (siempre preparados), y entró despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Babe jadeó, apretando los cojines: "Dios... sí... más fuerte".

Charlie gruñó, agarrándolo por las caderas con fuerza, y empezó a moverse: embestidas profundas, rítmicas, cada una más posesiva que la anterior. "Eres mío", repetía entre dientes, una mano subiendo para tirar del pelo de Babe y besarlo por encima del hombro. Babe respondía con gemidos, empujando hacia atrás para encontrarse con él, el sudor corriendo por sus espaldas. El sofá crujía bajo ellos, la música ahogada por sus sonidos: piel contra piel, respiraciones entrecortadas, nombres susurrados como oraciones.

Charlie aceleró, sintiendo que Babe se tensaba alrededor de él. Bajó una mano para masturbarlo al ritmo de sus embestidas, y ese fue el fin: Babe se vino con un grito ahogado, temblando entero, su liberación manchando los cojines. Charlie lo siguió segundos después, enterrándose profundo y soltando todo con un rugido bajo, colapsando sobre su espalda.

Se quedaron así un rato, jadeando, Charlie besando su nuca con ternura ahora.

—Te amo.— murmuró, saliendo con cuidado y girándolo para abrazarlo.

Babe sonrió, exhausto pero feliz, acurrucándose contra su pecho.

—Yo también. Y me encanta cuando te pones así de...mandón....

Rieron bajito, la música apagándose sola. La noche era de ellos, y por fin, todo estaba en su lugar.

La luz de la mañana entraba tímida por las rendijas de las persianas, dibujando rayas doradas sobre la cama deshecha. Babe se había despertado primero, como siempre.

Le encantaba ese momento: el silencio de la casa vacía (Malee seguía con su abuelo), el olor a sexo y a ellos todavía flotando en el aire, y Charlie durmiendo profundamente a su lado.

Charlie estaba boca arriba, un brazo bajo la almohada, el otro extendido como si, incluso dormido, quisiera alcanzarlo. El pecho subía y bajaba lento, los labios entreabiertos, el pelo revuelto y esa expresión de paz absoluta que solo tenía cuando estaba en casa, con él.

Babe se apoyó en un codo y lo miró sin vergüenza: la línea de la mandíbula, la pequeña cicatriz en la ceja, los músculos del brazo que todavía se marcaban aunque estuviera relajado…Todo. Todavía le parecía increíble que este hombre fuera suyo.

Se acercó despacio y le pasó un dedo por el pecho, apenas rozando, siguiendo la línea de músculos marcados hasta el ombligo. Charlie se removió un poco, pero no abrió los ojos.

Babe sonrió para sí y siguió explorando, bajando más, hasta el borde de la sábana que apenas cubría sus caderas.

De pronto, una mano grande le atrapó la muñeca.

—¿Me estás usando de lienzo otra vez?— murmuró Charlie con la voz ronca de sueño, sin abrir los ojos todavía.

Babe soltó una risita baja.

—Solo admiraba la obra de arte, esposo. No te quejes.

Charlie abrió un ojo, luego el otro, y lo miró con esa sonrisa lenta y peligrosa que prometía problemas.

—¿Admirando o planeando tu próximo ataque?

Babe se encogió de hombros, fingiendo inocencia.

—Las dos cosas.

Charlie soltó su muñeca solo para rodearle la cintura y arrastrarlo encima de él en un solo movimiento. Ahora Babe estaba a horcajadas sobre su regazo, todavía desnudo de la noche anterior, la piel sensible y marcada en algunos sitios. Charlie le pasó las manos por la espalda, deteniéndose en las marcas de sus dedos en las caderas.

—Buenos días, hermoso— susurró, besándole el cuello con pereza.

—Buenos días, señor posesivo.— respondió Babe, inclinándose para besarlo en la boca, suave, sin prisa.

Se besaron así un rato, lento, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Charlie le mordisqueó el labio inferior, luego la barbilla, mientras sus manos bajaban hasta el trasero de Babe y lo apretaban con calma.

Babe suspiró contra su boca, ya medio duro solo por el roce.

—¿Dormiste bien?— preguntó Charlie, fingiendo conversación normal mientras una de sus manos se deslizaba entre sus nalgas, apenas rozando.

—Como un ángel.— mintió Babe, porque en realidad había dormido poco y mal, deliciosamente mal.— ¿Y tú?

—Perfecto.— dijo Charlie, y sin aviso metió un dedo en su entrada, lento, sin lubricante más que la saliva de la noche anterior que aún quedaba. Babe jadeó fuerte, arqueando la espalda.— Aunque despertarme con tu cara mirándome así…me da ganas de no dejarte salir de la cama en todo el día.

—Charlie…— protestó Babe, pero su voz salió rota, temblorosa.

Charlie sonrió, malvado, y empezó a mover el dedo despacio, apenas entrando y saliendo, rozando justo lo suficiente para volverlo loco pero sin darle lo que realmente quería.

—¿Qué? ¿Ya quieres más?— preguntó, añadiendo un segundo dedo y curvándolos apenas, sin llegar a esa zona que lo haría gritar.—Todavía estás tan abierto de anoche…tan suave por dentro. Me encanta sentirte así.

Babe se mordió el labio, intentando no empujar hacia atrás como su cuerpo le pedía a gritos.

—Eres un hijo de puta.— jadeó, apoyando las manos en el pecho de Charlie para mantener el equilibrio.

Charlie rió bajito, acelerando un poco el movimiento, pero solo un poco. Con la otra mano le acarició el miembro, apenas rozándolo con las yemas, sin apretar.

—Dime qué quieres, amor.

—Sabes perfectamente qué quiero— gruñó Babe, los ojos cerrados, la frente apoyada en la de Charlie.

—Dilo igual.

Babe abrió los ojos, furioso y excitado a partes iguales.

—Quiero que me folles. Ahora.

Charlie negó con la cabeza, lento, disfrutando cada segundo de esa tortura.

—No. Hoy no. Hoy solo voy a jugar contigo hasta que me supliques…y luego igual no te doy nada.

Y cumplió.

Durante lo que parecieron horas (aunque fueron apenas veinte minutos), Charlie lo mantuvo al borde: dedos dentro y fuera, curvándose justo cuando Babe estaba a punto de venirse, luego retirándose; boca en su cuello, en sus pezones, en su oreja susurrando cosas sucias (“mira lo mojado que estás solo con mis dedos”, “te ves tan bonito desesperado”, “esto es por mirarme dormir como si quisieras comerme”).

Babe gemía sin control, temblando encima de él, las uñas clavadas en sus hombros, pero Charlie no cedía.

Cuando Babe ya estaba al borde del llanto, balbuceando “por favor, por favor, Charlie…”, Charlie lo abrazó fuerte, sacó los dedos y lo besó suave, calmándolo.

—Shh…tranquilo, amor. Ya está. Respira.

Babe lo miró con ojos vidriosos, frustrado y enamorado hasta los huesos.

—Te odio.

—No, no me odias— respondió Charlie, riendo y besándole la punta de la nariz.— Me amas. Y esta noche, cuando Malee esté dormida…ahí sí te voy a destrozar de verdad. Prometido.

Babe gruñó, dejándose caer sobre su pecho, todavía temblando.

—Eres el peor esposo del mundo.

Charlie le acarició la espalda, lento, con ternura ahora.

—Y tú el más perfecto. Te amo.

Babe sonrió contra su piel, agotado pero feliz.

—Yo más. Pero esta me la pagas.

—Cuando quieras.— susurró Charlie, y los dos se quedaron así, abrazados, desnudos, riendo bajito mientras el sol subía y la mañana se volvía más cálida que nunca.

Esa misma tarde, después de recoger a Malee y de la comida familiar, la niña se quedó dormida temprano (agotada por el parque y los cuentos del abuelo).

Charlie la arropó, le dio un beso en la frente y cerró la puerta de su habitación con suavidad.

Cuando salió al pasillo, Babe lo esperaba apoyado en la pared, con una sonrisa que no prometía nada bueno.

—¿Listo, mi amor?— preguntó Charlie, acercándose para robarle un beso rápido.

Babe lo dejó acercarse…y justo cuando Charlie iba a besarlo, giró la cara y le susurró al oído:

—Esta noche me toca a mí, amor.

Charlie arqueó una ceja, divertido.

—¿Ah, sí? ¿Y qué tienes planeado?

Babe no respondió con palabras. Solo tomó su mano y lo llevó al dormitorio principal.

Cerró la puerta con llave (por si Malee se despertaba) y encendió la luz tenue de la lámpara de noche. Luego puso música: algo lento, sensual, con un bajo que retumbaba bajo.

Charlie se sentó en el borde de la cama, esperando, curioso. Babe se paró frente a él, a un metro de distancia, y empezó a desabrocharse la camisa muy despacio. Un botón. Dos. Tres. Sin prisa. Dejando que la tela se abriera lo justo para mostrar la línea del pecho, el abdomen, el inicio del bóxer negro que llevaba puesto.

—¿Te acuerdas de esta mañana?— preguntó Babe, voz baja, mientras se pasaba una mano por el torso, pellizcándose un pezón con descaro.—De cómo me tuviste rogando como un idiota.

Charlie tragó saliva, ya notando cómo la sangre se le iba al sur.

—Perfectamente.

Babe sonrió, se quitó la camisa por completo y la dejó caer al suelo. Luego se acercó un paso, solo uno, y empezó a moverse al ritmo de la música: caderas lentas, ondulantes, como si estuviera bailando solo para él. Se giró, mostrándole la espalda, y bajó el bóxer apenas lo suficiente para que asomara la curva del trasero antes de subirlo otra vez.

—Babe…—murmuró Charlie, la voz ya ronca.

—Shh.— lo cortó Babe, volviéndose de nuevo.—Hoy no hablas. Hoy solo miras.

Se arrodilló entre las piernas de Charlie sin tocarlo aún. Le desabrochó el botón del pantalón con los dientes (lento, tortuoso) y bajó la cremallera con la misma calma.

Charlie ya estaba duro, marcándose contra la tela. Babe lo miró a los ojos mientras bajaba los bóxers lo justo para liberar su erección.

Y entonces empezó la venganza de verdad.

Lo tomó en la mano, apenas rozando con las yemas, subiendo y bajando con una lentitud criminal. Cuando Charlie intentó empujar hacia arriba, Babe se apartó.

—Quieto.— ordenó, y se inclinó para lamer solo la punta, una vez, dos, tres…como quien prueba un helado y decide que no quiere más. Charlie soltó un gruñido bajo.

—Babe, por favor…

Babe se levantó, se quitó el bóxer por completo y se quedó desnudo frente a él. Se sentó a horcajadas sobre sus muslos, pero sin dejar que sus erecciones se rozaran del todo. Solo el roce leve, insuficiente. Empezó a moverse, simulando que lo montaba, pero sin penetración, solo fricción, calor, promesas.

—Esta mañana me dejaste con las ganas, ¿te acuerdas?— susurró contra su boca, mordiéndole el labio.— Me tuviste temblando, suplicando…Ahora te toca a ti.

Charlie intentó agarrarle las caderas, pero Babe le atrapó las muñecas y las puso contra el colchón.

—Manos quietas, Charlie. Hoy mando yo.

Y siguió así: besos que no llegaban a ser besos, lamidas que se detenían justo antes de volverse intensas, roces que nunca eran suficientes. Se levantó, se dio la vuelta y se inclinó hacia delante, apoyándose en el tocador, mostrándole todo, abriéndose un poco con las manos para que viera lo que no iba a tener.

—Joder, Babe…—Charlie ya estaba sudando, los músculos tensos, la respiración agitada.

Babe se giró, se acercó de nuevo y se arrodilló. Lo tomó en la boca…pero solo la punta, succionando suave, luego retirándose.

Una y otra vez. Hasta que Charlie empezó a suplicar de verdad.

—Babe, por favor…te lo pido… metela en la boca, fóllame, haz lo que quieras, pero no pares…

Babe se levantó, se inclinó para besarlo en la comisura de la boca y susurró:

—Esta me la cobré, amor.

Y sin más, se apartó, recogió su bóxer del suelo, se lo puso con calma y caminó hacia la puerta.

—¿A dónde vas?— preguntó Charlie, desesperado, la voz rota.

Babe se giró en el umbral, sonriendo con dulzura venenosa.

—A ducharme. Fría. Tú puedes hacer lo que quieras con esa…situación que tienes ahí. Pero esta noche, cuando estés a punto de dormirte, acuérdate: la próxima vez que juegues a torturarme, yo juego peor.

Cerró la puerta con suavidad, dejando a Charlie solo, duro, jadeando y con una sonrisa de incredulidad en la cara.

Desde el pasillo se oyó la voz cantarina de Babe:

—¡Te amoo, esposo!

Y luego el agua de la ducha abriéndose.

Charlie se dejó caer de espaldas en la cama, riendo y gimiendo al mismo tiempo.

—Te amo, cabrón cruel…Dios, cómo te amo.

Habían pasado cuatro días desde la venganza de Babe.

Cuatro días en los que Charlie había sido el marido más atento del mundo: desayunos en la cama, masajes en los pies, besitos en la nuca cada vez que pasaba por detrás…pero con esa mirada de “te lo voy a cobrar cuando menos lo esperes”.

El viernes por la mañana llegó el papá de Babe con su sonrisa de siempre, golpeando la puerta con energía.

—¡Abuelo viene a secuestrar a la princesa!— anunció, abriendo los brazos para que Malee corriera a abrazarlo.

Babe y Charlie salieron al pasillo todavía en pijama. Malee ya tenía su mochila lista, emocionada por el plan: centro comercial, cine, helados y dormir en casa del abuelo hasta el domingo.

—¿Seguro qué no es mucha molestia, papá?— preguntó Babe, agachándose para abrocharle la chaquetita a Malee.

—¡Qué molestia ni qué nada! Esta niña es mi vicio favorito.— respondió el hombre, guiñándole un ojo a Charlie.— Además, ustedes dos necesitan un fin de semana libre de vez en cuando.

Charlie le puso una mano en el hombro al suegro.

—Cualquier cosa, a cualquier hora, nos llamas. ¿Sí?

—Tranquilos, chicos. Disfruten.— dijo, y se llevó a Malee cantando el último hit de Disney mientras cerraba la puerta.

La casa quedó en silencio absoluto.

Babe soltó un suspiro largo y feliz.

—Dos días enteros sin “¡papi, tengo hambre!”, “¡papi, dónde está mi unicornio!”…Creo que voy a llorar.

Charlie lo miró de reojo, con esa sonrisa lenta que ya anunciaba tormenta.

—Llora después. Ahora ve a ducharte, que yo recojo la cocina.

Babe no sospechó nada. Se metió al baño principal, puso música suave en el altavoz, abrió la ducha y dejó que el agua caliente le cayera por la espalda. Cerró los ojos, disfrutando del vapor, del olor a su gel favorito, de la paz.

Diez segundos después, la puerta se abrió.

Charlie entró completamente desnudo, cerrando con pestillo. El agua ya empezaba a empañar el espejo, pero Babe lo vio perfectamente: alto, duro, con esa cara de “se acabó la tregua”.

—Charlie, estoy duchán…— empezó Babe, retrocediendo hasta chocar con el azulejo frío.

Charlie se acercó despacio, como un depredador que disfruta viendo correr a su presa.

—Hace cuatro días me dejaste con las ganas más grandes de mi vida.— dijo, voz baja, entrando bajo el chorro de agua sin inmutarse.— Hoy me toca cobrar con intereses.

Babe intentó escabullirse hacia la izquierda.

Charlie lo atrapó por la cintura y lo pegó contra la pared de azulejos con una mano.

—¡No! ¡Esto es trampa!— protestó Babe, medio riendo, medio nervioso, intentando empujarlo por el pecho.— ¡Dijiste que los dos jugábamos limpio!

—¿Limpio?— Charlie soltó una carcajada oscura.— Tú me torturaste delante de mi propia erección y luego te fuiste a darte una ducha fría. Esto es justicia poética.

Babe intentó de nuevo escapar por el otro lado, resbalando un poco con el agua.

Charlie lo atrapó de nuevo, esta vez pegando su cuerpo entero al suyo, atrapándolo entre la pared y él.

—¿Ves? No hay salida.— susurró contra su oído, mordiéndoselo.— Te tengo exactamente donde quería.

Babe jadeó cuando sintió la erección de Charlie presionando contra su trasero.

—Eres un cavernícola.— murmuró, pero su voz ya temblaba de anticipación.

—Y tú estás durísimo, así que no te quejes.

Charlie le separó las piernas con la rodilla, sin prisa, disfrutando cada segundo de la resistencia inútil de Babe. Le pasó una mano por el pecho, pellizcándole un pezón, mientras con la otra bajaba hasta su entrada.

Estaba relajado, resbaladizo por el agua y el gel. Metió dos dedos de golpe, sin aviso.

Babe gritó, arqueándose contra la pared.

—¡Joder, Charlie!

—Shh…—susurró Charlie, moviendo los dedos lento, curvándolos justo donde sabía que lo volvía loco.— Vas a disfrutar cada segundo de esto.

Sacó los dedos, agarró el gel de la repisa y se lubricó bien. Luego levantó una pierna de Babe, apoyándola en el pequeño banco de la ducha, y entró de una sola embestida profunda.

Babe soltó un gemido largo, las manos buscando algo a lo que aferrarse, encontrando solo los azulejos resbaladizos.

Charlie empezó a moverse duró desde el principio, sin piedad, como había prometido.

Cada embestida lo empujaba contra la pared, el agua cayendo por sus cuerpos, el sonido húmedo mezclándose con los jadeos y los golpes de piel contra piel.

—¿Te gusta, amor?— gruñó Charlie al oído, agarrándole la mandíbula para girarle la cara y besarlo con lengua mientras lo follaba sin pausa.—¿Te gusta que te folle así de duro después de hacerme sufrir?

Babe solo podía gemir, los ojos en blanco, la boca abierta contra la pared.

—Contesta.— ordenó Charlie, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo.

—¡Sí! ¡Sí, joder, sí!— gritó Babe, temblando entero.

Charlie sonrió satisfecho, acelerando aún más, una mano bajando para masturbarlo al mismo ritmo brutal. El agua los empapaba, el vapor los envolvía, y Babe se deshizo en menos de un minuto, corriéndose con un grito ahogado contra el azulejo, las piernas flojas.

Charlie lo sostuvo para que no se cayera y lo siguió segundos después, enterrándose hasta la base y soltando todo con un gruñido largo y profundo.

Se quedaron así un rato, jadeando bajo el agua, Charlie todavía dentro de él, abrazándolo por detrás.

—Te odio.— murmuró Babe sin fuerzas, pero con una sonrisa enorme.

Charlie rió contra su cuello, besándolo suave.

—No, no me odias. Me amas. Y ahora estamos en paz.

Babe giró la cabeza lo justo para morderle el labio.

—Nunca estamos en paz, cavernícola. Esto recién empieza.

Charlie soltó una carcajada, salió despacio y lo giró para besarlo bien, lento, bajo el agua caliente.

—Toda la vida para seguir peleando, amor. Toda la vida.

El sábado transcurrió como un sueño lento y perfecto: café en la cama hasta las once, películas en el sofá con mantas y palomitas, sexo lento en la sala cuando la película se volvió aburrida, siesta abrazados, cena improvisada con vino y risas. El domingo amaneció igual de tranquilo: Charlie preparó panqueques mientras Babe cantaba desafinando en la ducha, luego pasearon por el jardín descalzos, hicieron el amor otra vez en la hamaca bajo el sol de la tarde, riendo cuando casi se caen.

La noche del domingo llegó suave. Se metieron en la cama temprano, exhaustos y felices, con la ventana abierta dejando entrar la brisa fresca. Charlie se durmió primero, con un brazo pesado sobre la cintura de Babe, respirando profundo contra su nuca.

Pasada la medianoche, Charlie se despertó por un sonido raro.

Un gemido ahogado, entrecortado.

Pensó que era el viento, pero luego lo oyó otra vez: un sollozo bajito, casi infantil.

Se giró y vio a Babe temblando en sueños, la cara contra la almohada, las mejillas húmedas. Lágrimas de verdad, silenciosas, cayendo sin parar.

—Amor…—susurró Charlie, tocándole el hombro con cuidado.— Babe, despierta.

Babe se despertó de golpe, los ojos muy abiertos, el pecho agitado, como si hubiera estado corriendo. Miró a Charlie sin reconocerlo por un segundo, las lágrimas todavía rodando.

—Ey, ey…soy yo, soy yo.— Charlie lo abrazó fuerte, sentándose en la cama y atrayéndolo a su regazo.— Respira, mi vida. Estoy aquí.

Babe se aferró a él como si fuera a desaparecer, los dedos clavándose en su espalda.

—Soñé…soñé que… que supuestamente te engañaba con James.— la voz se le quebró.—Y tú…tú me dejabas. Me decías que ya no confiabas en mí, que no podías vivir con alguien que te había traicionado. Te ibas con Malee y me dejabas solo…y yo no sabía cómo respirar sin ustedes…

Las palabras salían entre sollozos que parecían arrancados del pecho. Charlie sintió que algo se le rompía por dentro; nunca, jamás, había visto a Babe así de vulnerable.

Ni cuando lo dejó James, ni cuando adoptaron a Malee y lloró de miedo a no ser suficiente. Nunca.

—Babe…mírame.— Charlie le tomó la cara entre las manos, obligándolo a mirarlo.— Eso no va a pasar nunca. ¿Me oyes? Nunca.

Babe negó con la cabeza, las lágrimas cayendo sin control.

—Prométemelo. Prométemelo, Charlie…que no me vas a dejar. Que no nos vas a dejar a Malee y a mí…

Charlie sintió que se le apretaba el corazón tan fuerte que dolía. Lo besó en la frente, en los párpados, en las mejillas mojadas.

—Te lo prometo. Con todo lo que soy. Somos una familia para siempre. Nadie ni nada va a cambiar eso. Ni James, ni un sueño, ni el puto universo entero.

Babe soltó un sollozo más profundo, casi un grito ahogado, y se aferró más a él.

—Hazme el amor…por favor.— susurró contra su cuello.—Necesito sentirte…necesito sentir que soy tuyo. Que no me vas a soltar nunca.

Charlie no dijo nada más. Solo lo besó, lento, profundo, como si quisiera meterle la promesa dentro del cuerpo con cada caricia.

Lo acostó de espaldas con una ternura infinita, le secó las lágrimas con los pulgares y empezó a besarlo por todo el rostro, el cuello, el pecho…como quien adora algo sagrado.

Le quitó la camiseta con cuidado, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Bajó por el abdomen, deteniéndose en cada cicatriz pequeña, en cada lunar, como si quisiera memorizarlo otra vez. Cuando llegó a sus bóxers, se los quitó despacio y lo miró entero, desnudo y tembloroso bajo él.

—Eres mío.— susurró Charlie, la voz rota de emoción.—Y yo soy tuyo. Para siempre.

Babe asintió, los ojos todavía húmedos, y abrió las piernas sin vergüenza, invitándolo.

Charlie se acomodó entre ellas, se lubricó con calma (quería que todo fuera lento, que cada segundo borrara el miedo). Entró despacio, centímetro a centímetro, sin dejar de mirarlo a los ojos. Babe soltó un suspiro tembloroso cuando lo sintió completamente dentro, llenándolo, como si por fin pudiera volver a respirar.

Charlie empezó a moverse con una lentitud casi dolorosa, profundas embestidas que llegaban hasta el fondo y se retiraban casi del todo, como olas que regresan una y otra vez al mismo lugar. Sus manos nunca soltaron las de Babe; las tenía entrelazadas sobre la almohada, los dedos apretados.

—Te amo.— decía Charlie con cada movimiento.— Te amo tanto que a veces no me cabe en el pecho.

Babe lloraba otra vez, pero ahora era diferente: lágrimas de alivio, de amor tan grande que dolía. Subió las piernas para rodear la cintura de Charlie, atrayéndolo más adentro.

—Más cerca…por favor…no te vayas nunca…

Charlie lo abrazó fuerte, sin dejar de moverse, el ritmo aumentando apenas un poco cuando sintió que Babe empezaba a temblar de placer y no de miedo. Le besó la boca, la nariz, las lágrimas nuevas.

—Nunca. Te lo juro. Somos eternos, tú y yo.

Babe se vino primero, con un gemido largo y roto, apretando a Charlie con todo el cuerpo, como si quisiera fundirse en él. Charlie lo siguió casi al instante, derramándose dentro con un susurro de su nombre que sonó como oración.

Se quedaron abrazados después, Charlie todavía dentro, sin ganas de separarse nunca. Babe tenía la cara escondida en su cuello, respirando contra su piel, las lágrimas ya secas.

—¿Mejor?— preguntó Charlie bajito, acariciándole el pelo.

Babe asintió, la voz ronca.

—Mucho mejor. Gracias…por quedarte.

Charlie lo apretó más fuerte.

—Gracias por elegirme todos los días. Aunque a veces tengas pesadillas tontas.

Babe soltó una risita húmeda.

—Cállate, cavernícola.

Charlie sonrió contra su pelo.

—Nunca me voy a callar cuando se trata de decirte que te amo. Acostúmbrate.

Y así se quedaron, piel con piel, corazón con corazón, hasta que el sueño los atrapó otra vez.

Esta vez sin pesadillas.

Solo con la certeza de que, pase lo que pase, siempre volverían al mismo lugar: el uno en los brazos del otro.

Un domingo cualquiera (y perfecto) en casa.

Era uno de esos domingos de lluvia fina que no invita a salir, pero llena la casa de olor a café y pan tostado. Malee había despertado a las siete en punto saltando sobre la cama de sus papis, gritando “¡DESAYUNO FAMILIAR!” como si fuera el evento del año.

Ahora, a las once de la mañana, la sala parecía un campo de batalla feliz: cojines tirados, mantas convertidas en cueva, y un castillo de cartón que Charlie había armado la noche anterior (y que Malee juraba que era “el castillo más fuerte del mundo”).

Babe estaba tirado en el suelo, boca arriba, con Malee subida encima de su pecho haciendo de caballo.

—¡Papi, galopa más rápido!— ordenaba la niña, golpeando con los talones.

—¡Soy un caballo viejo, princesa! —se quejaba Babe, pero igual se movía más rápido, haciendo ruidos de caballo que provocaban carcajadas en Malee.

Charlie observaba desde el sofá, con una taza de café en la mano y esa sonrisa boba que no se le quitaba nunca cuando los veía juntos.

Malee giró la cabeza de repente.

—¡Papá Charlie! ¡Tú también tienes que jugar!

—Ya estoy jugando.— respondió Charlie, levantando la taza.—Soy el rey que observa desde su trono.

Malee frunció el ceño, cruzó los bracitos y declaró con toda la autoridad de sus cinco años:

—No. El rey tiene que pelear con el dragón. Y el dragón soy yo.

Babe soltó una carcajada tan fuerte que casi la tira.

—¿Tú eres el dragón? ¡Pero si eres la dragona más bonita del mundo!

Malee se bajó de Babe de un salto, corrió hasta Charlie y empezó a empujarle las piernas.

—¡Baja, rey flojo! ¡Tienes que rescatar al príncipe Babe!

Charlie fingió resistencia.

—¿Y si prefiero quedarme aquí mirando lo guapo qué está tu papi en el suelo?

Babe le guiñó un ojo desde abajo.

—Buena respuesta, rey flojo. Pero vas a perder el trono.

Malee aprovechó la distracción: trepó al sofá, se lanzó encima de Charlie y empezó a hacerle cosquillas en el cuello.

—¡Ríndete! ¡Ríndete o el dragón te come!

Charlie soltó un grito exagerado y se dejó caer de lado, fingiendo derrota.

—¡Nooo! ¡El dragón es demasiado poderoso!

Malee reía a carcajadas, victoriosa, hasta que se dio cuenta de algo muy importante: Babe estaba libre.

Corrió de nuevo hacia él y se tiró encima, abrazándolo fuerte.

—¡Mío! ¡Papi Babe es mío!

Charlie se incorporó, fingiendo indignación.

—¿Perdona? ¿Y yo qué soy? ¿El vecino?

Malee lo miró muy seria, abrazando más fuerte a Babe.

—Tú eres mi papá Charlie. Pero ahora papi Babe es solo mío cinco minutos.

Babe soltó una risita y miró a Charlie por encima del hombro de la niña.

—¿Ves? Tengo una guardaespaldas celosa.

Charlie se arrastró por el suelo hasta llegar a ellos, se acostó de lado y abrazó a los dos a la vez, metiendo a Malee en medio como un sándwich.

—Pues yo tengo una idea mejor.— dijo, voz grave de broma.— Abraza a los dos papis al mismo tiempo. Así nadie se queda sin nadie.

Malee pensó un segundo, luego abrió los bracitos lo más que pudo y los rodeó a ambos.

—¡Abrazo de osos triple!

Y ahí quedaron los tres, enredados en el suelo, riendo sin motivo, con la lluvia golpeando suave las ventanas.

Después de un rato, Malee levantó la cabecita y dijo muy seria:

—¿Saben qué?

—¿Qué, mi vida?— preguntaron los dos al unísono.

Malee sonrió con todos los dientes.

—Que los dos son los mejores papis del mundo entero. Y los amo hasta la luna y de vuelta mil veces.

Babe sintió que los ojos se le humedecían un poco. Charlie carraspeó, emocionado, y lo apretó más fuerte.

—Y nosotros a ti, princesa —dijo Babe, besándole la frente.

—Hasta el infinito y más allá —añadió Charlie, besándole la mejilla.

Malee soltó un gritito feliz y los abrazó más fuerte.

—¡Entonces nadie se va nunca! ¡Promesa familiar!

—Promesa familiar— repitieron los dos, mirándose por encima de su cabecita, con los ojos brillantes.

Y en ese momento, con la lluvia afuera y el calor de los tres cuerpos juntos dentro, no había lugar en el mundo donde quisieran estar más que ahí.

Juntos.

Siempre.

Familia.

¡FIN!

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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author

plis más ameeeeee

8 months
1
author

todas tus historias de los chicos son tan encantadoras! gracias por ellas y por las que vendrán 🤭❤️

8 months
1
author

Amé está historia!!! 🫶🏻 Cómo es que me la había perdido!!??

6 months
1