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Summary

Román solo tenía un trabajo: entregar la pizza en la dirección señalada. Sin embargo, cuando se encuentra con dos omegas en celo, su rígido autocontrol se rompe, no puede ignorar su instinto y se entrega a una fogosa noche de pasión.

Genre
Erotica
Author
thony
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo único

Román sabía que algo iba fundamentalmente mal, y esa certeza, fría y punzante, le erizó el vello de la nuca.

No se trataba solo de la hora, avanzada hasta casi la medianoche, ni el territorio, la elitista y absurdamente silenciosa zona de Stonehaven, un laberinto de cristal y piedra donde las casas parecían castillos modernos. Era la mezcla de todos esos elementos, el silencio absoluto en un lugar que debería hervir con la pretensión de la riqueza.

Román se deslizó de su motocicleta, la cual hizo un ruido áspero antes de ahogarse en la pesadez de la noche. Se quitó el casco, sacudiendo su cabello oscuro y grueso. Agradeció las altas horas y que las calles estuvieran desoladas, porque tenía la certeza de que cualquier persona que viviera en ese lugar y viera sus antebrazos tatuados, lo tomaría como un delincuente, cuando no era más que un alfa joven que se dedicaba a repartir pizzas.

Soltando un suspiro, se ajustó el cuello de su camiseta de uniforme, de un rojo chillón que ahora le parecía absurdo.

—Avenida del Roble —murmuró, revisando el papel de la comanda. La casa frente a él no era una casa, era un complejo. Imponente, de fachada oscura y una puerta principal de caoba tan maciza que parecía impenetrable. No era el tipo de lugar que ordenaba pizza de descuento. Caminó con la bolsa térmica bajo el brazo, sintiendo la incomodidad de la tela de su pantalón de trabajo contra sus músculos tensos.

Y entonces, la primera anomalía que encendió todas las alarmas en su cerebro: la puerta estaba abierta. Apenas una grieta, un espacio tentador y oscuro que rompía la perfección aséptica del lugar. Román frunció el ceño, sus labios apretados. Era una invitación, o una emboscada. Su sentido común gritó que diera media vuelta. Pero su pragmatismo le recordó el costo de la pizza y la propina.

—¿Hola? ¡Llegó el repartidor! —llamó, golpeando la madera con los nudillos.

Nadie respondió. Un silencio tan denso que parecía absorber el sonido. Román esperó, pero de nuevo no hubo contestación de nadie. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza.

—Disculpen, necesito dejar el pedido. ¿Hay alguien?

Silencio. Román sacó su teléfono, marcando el número del cliente. El leve y molesto tintineo de un teléfono vibrando llegó desde el interior de la casa. Colgó. Estaban dentro. Lo estaban ignorando. ¿O habían olvidado el teléfono? Román se sintió insultado. Seguramente habían sido víctimas de una broma. No sería la primera vez. Había gente muy desocupada y aburrida que hacían ese tipo de bromas absurdas. Debió darse de cuenta de que se trataba de una cuando vio la dirección. No era normal que alguien de ese lugar pudiera pedir algo como una pizza. Seguramente eran de esos ricachones que ni siquiera soportaban el olor de la comida de verdad y llenaban sus planos de porciones absurdas de hierbas y esas tonterías.

Román dejó salir un gruñido de pura frustración. Supo que no le quedaba más opción que irse.

Dio media vuelta. Estaba a punto de regresar a su motocicleta, a punto de justificar su retirada como sentido común, cuando la atmósfera cambió. No fue un cambio gradual; fue una explosión sensorial que lo golpeó en el pecho con la fuerza de un ariete. El aire, que antes era frío, se convirtió en una sustancia cálida, embriagadora, tan densa que podía saborearla en la parte posterior de su garganta.

Era el aroma. El aroma de omega.

Y era el olor más potente, más dulce, más perfecto y más devastador que Román había olido en toda su existencia. Era una cascada de dulzura pura, como miel silvestre calentada por el sol, pero con notas complejas y delicadas: la frescura efervescente de la flor de naranjo y el calor reconfortante y especiado del azúcar caramelizado. Era el olor de la necesidad biológica en su punto álgido. Era el celo.

Román se tambaleó. El aire salió de sus pulmones en un jadeo incontrolado. La bolsa térmica cayó de sus dedos, y tuvo que agarrarla con la otra mano con un agarre desesperado. El calor era instantáneo, una fiebre violenta que le subía por la espina dorsal. Sintió la sangre correr a lo loco, abandonando su cabeza y sus extremidades para concentrarse en su centro. La racionalidad se esfumó. El Román profesional desapareció bajo el peso de milenios de biología sin domesticar.

Perdió el control de su cuerpo. Su nariz se dilató involuntariamente, tratando de aspirar hasta la última partícula de ese veneno dulce. Un gruñido sordo, posesivo, vibró en su garganta, un sonido que era puro alfa y pura necesidad. Sus ojos se inyectaron en sangre, y la grieta oscura de la puerta entreabierta se convirtió en el único punto focal del universo.

La lucha interna era brutal.

«Vete, idiota. Es una trampa. Es la ruina», le decían algo en su interior, pero el instinto era una fuerza elemental, y el aroma era una droga de diseño perfecto. Sentía que si no entraba y reclamaba esa fuente de dulzura, su propia existencia dejaría de tener sentido. Era una necesidad más fuerte que la supervivencia.

Román dio un paso, lento, inestable, hacia la puerta. La empujó. Entró en el vestíbulo, vasto y lujoso, pero no encontró la fuente de ese aroma que lo volvía inestable por ninguna parte.

—¿Hola? ¿De verdad, hay alguien aquí? —logró preguntar, su voz ronca, apenas un gruñido. Solo el silencio respondía, excepto por el latido desbocado de su propio corazón.

Siguió el rastro del aroma. No había duda: se concentraba hacia el fondo y luego ascendía. Román vio la magnífica escalera de caracol, de cristal y metal, perdiéndose en el piso superior. Era una invitación a la perdición. Su lobo había tomado el control total.

Subió, cada paso era una rendición más profunda. Sus músculos estaban tensos. Y su miembro, a pesar de la tela gruesa de sus pantalones de reparto, se endureció hasta un punto doloroso. No era solo excitación; era la necesidad de completar, de sellar. Su mente se inclinó hacia adelante, intentando aliviar la presión sobre el doloroso bulto, pero era un gesto inútil.

Se detuvo en el rellano del piso superior. El aroma era una pared que lo golpeaba.

Y entonces, los sonidos. Eran inconfundibles. Jadeos. Suspiros. Gemidos que se elevaban y caían con un ritmo urgente y desenfrenado. El sonido no era de uno, sino de al menos dos cuerpos en el éxtasis de una pasión desesperada. La feromona era tan intensa que Román sintió un mareo placentero.

Una punzada de celos primitivos le desgarró el pecho. Quería entrar, detener lo que sea que estuviera ocurriendo, y hacer que todo ese glorioso aroma fuera solo suyo.

Se detuvo frente a la puerta doble de caoba, de donde emanaban los sonidos y la esencia.

Golpeó. Tres veces, con la fuerza de la desesperación.

—¡¿Hay alguien ahí?! ¡¿Necesitan... necesitan ayuda?! —gritó Román, la última, patética defensa de su lado racional.

Los ruidos cesaron. El silencio se hizo tenso, pero el aroma no solo persistió, sino que se hizo más potente, más dulce. Era una invitación activa que estaba destruyendo su propia capacidad para razonar. Era como si dos voces le hablaran a cada lado de su oído, llamando, exigiendo su presencia.

Román ya no luchó. Sabía que era una locura, que estaba cruzando un límite profesional, legal y personal. Podrían acusarlo de allanamiento, de agresión. Pero la razón se había ahogado en la miel. Su mente se nubló, y con una fuerza impulsada por el instinto, empujó la puerta.

El cartón de la pizza, que aún sujetaba tontamente, se resbaló de sus dedos insensibles y golpeó el mármol con un ruido sordo. Román no lo registró. Su visión se fijó en la cama.

Era una vasta y lujosa cama king size. Y en ella, dos omegas estaban enredados en un caos glorioso, sudoroso y completamente desnudo.

Eran delgados, pero elegantemente musculosos, sus cuerpos hechos de líneas sensuales y curvas tensas. Ambos estaban cubiertos por una fina capa de sudor y el brillo húmedo del celo. Estaban tan íntimamente mezclados, la piel clara contra la oscura, que parecían una sola criatura de dos tonos.

Uno de ellos era de piel clara, con cabello castaño suave que se pegaba a su frente. Sus ojos, de un café claro con motas doradas, estaban entreabiertos en un éxtasis febril.

El segundo era de piel oscura, un ébano rico que se contrastaba con patrones de vitiligo en sus hombros y caderas, como encaje. Su cabello rizado se elevaba, y sus ojos, de un verde impactante y brillante, se abrieron de repente.

Ambos eran la perfección.

Ambos estaban en el pico del celo.

Ambos eran tan atrayentes que lo hicieron contener la respiración por un largo rato.

Román soltó un gruñido ahogado, el sonido de la rendición. Su miembro, dolorosamente lleno y duro, pulsó bajo la tela, una punzada que resonó en todo su cuerpo. Parecía ser ese gruñido, o la pura potencia de las feromonas que Román estaba emitiendo sin control, lo que capturó la atención de los omegas.

Sus movimientos cesaron por completo. Lentamente, ambos giraron sus cabezas hacia el alfa en la puerta.

Y lo miraron. Sus ojos, los dorados de uno y los esmeralda del otro, ardían con lujuria. Con hambre. Con una necesidad primitiva al notar que un alfa había entrado en su espacio de celo. Dejaron de tocarse, deteniendo el juego entre ellos para dedicarse por completo al intruso.

El omega de piel oscura, jadeó, su respiración superficial y entrecortada.

—Llegó el repartidor, Leo —dijo, su voz un susurro ronco, cargado de calor.

Leo sonrió, una curva lenta y predadora. Se lamió los labios, un gesto que hizo que una punzada de deseo le recorriera el abdomen a Román.

—Me pregunto por qué tardó tanto, Asher —replicó Leo, su voz meliflua y dulce. Se inclinó, exponiendo la línea vulnerable de su cuello—. Ven aquí, alfa. Queremos saber tu nombre.

Román sintió que la saliva se le había pegado a la lengua. Intentó hablar, pero solo logró carraspear.

—Yo... Yo... soy Román —tartamudeó, el nombre sonando como una confesión forzada—. Tengo que irme. La pizza... está...

Leo y Asher se miraron, y luego ambos soltaron una risa suave y coordinada. No se estaban burlando, solo parecían complacidos. Mucho. El nombre de Román era la respuesta que esperaban.

—Román —repitió Asher, saboreando el nombre—. Un nombre fuerte. Un alfa para una noche muy larga. Y hueles... delicioso...

Leo asintió, su mirada de fuego fija en la erección de Román.

—Su aroma es especiado, caliente, Asher. Mucho mejor que cualquier cosa que hayamos olido. Román, yo soy Leo, y él es Asher. Y te aseguro que tienes que quedarte.

—No puedo quedarme —dijo Román, intentando dar un paso hacia atrás, golpeando el marco de la puerta. Su mente estaba luchando contra la marea, tratando desesperadamente de encontrar una tabla de salvación—. Mi turno... estoy en servicio. Esto está mal. Ustedes están en celo. No pueden... no pueden tomar decisiones.

Asher se incorporó en la cama, su torso oscuro y elegante irradiando calor.

—No, Román. Lo que está mal es que un alfa tan... vigoroso como tú se esté asfixiando ahí parado, sin hacer nada mientras nosotros estamos aquí deseando uno. ¿Crees que no sabemos lo que queremos? Estamos en celo, pero estamos lúcidos. Y lo que queremos eres tú.

Leo se arrastró, un movimiento lento y fluido. Se arrodilló sobre el borde de la cama, su cuerpo de desnudo, expuesto sin vergüenza.

—Hemos estado esperando, Román. Y tú eres el alfa ha aparecido en nuestra puerta, así que eres el elegido. Eres nuestro. ¿De verdad vas a negarnos la única cosa que puede calmar este fuego?

La palabra "calmar" resonó en el pecho de Román. La necesidad de aliviar la angustia de esos omega era más fuerte que cualquier lógica. Su mano tatuada se crispó.

—Deben llamar a un médico. Necesitan supresores, o un alfa que conozcan —insistió Román, la voz temblándole.

—Ya tenemos al alfa que queremos, Román —replicó Asher, levantándose con una gracia perezosa. Era más alto que Leo, pero con una cintura estrecha—. Y si hubiéramos querido supresores, los habríamos tomado hace horas. Queremos ser tomados. Y tú has sido atraído aquí por nuestro aroma. No le mientas a tu lobo, Román. Él está gritando por nosotros. Sabes que quieres unirte a nosotros. No vamos a ponerte ninguna queja a lo que desees, puedes usarnos como te plazca.

Leo comenzó a caminar hacia él. Cada paso era una tortura, una cadencia hipnótica de seducción. Román no pudo desviar la mirada de la perfecta curva de su cadera y la tensión de sus músculos.

—Eres tan grande —susurró Leo, llegando a él. Se detuvo a menos de un metro, y la diferencia de temperatura fue palpable. La piel de Leo irradiaba el calor de la fiebre del celo—. Tu aroma es como canela y whisky. Es fuerte. Es posesivo. Nos dice que somos tuyos.

Leo levantó la mano y rozó el brazo de Román, justo donde la camiseta roja terminaba. El toque fue una descarga. Román jadeó.

—No... no puedes tocarme —dijo Román, pero su voz era un gemido débil.

—Claro que puedo —susurró Leo, acercándose al cuello de Román y aspirando profundamente cerca de su glándula aromática. El gesto era de una intimidad brutal—. Me gusta tu olor. Es el olor de un alfa trabajador. Puedo saborear tu sudor, tu fuerza, lo que te hace un alfa. Quisiera tener tu aroma en mis sábanas, así puedo usarlas para tocarme cada vez que sienta la necesidad de que me poseas. Estoy anhelando chuparte hasta sacarte cada gota de semen que tengas para mí.

Asher se acercó por detrás, deslizando sus manos por el hombro opuesto de Román, por encima de la tela de la camiseta.

—Eres fuerte. Eres dominante. Y nos estás volviendo locos a los dos, Román. ¿Por qué luchas? Solo ríndete a nosotros.

Asher deslizó sus manos por la espalda ancha de Román, sobre el músculo tenso, y luego, con una audacia que hizo que Román gimiera, deslizó su mano hacia adelante, la bajó hasta los pantalones y rozó el bulto dolorosamente erecto. El toque fue fugaz, pero suficiente para romper los últimos vestigios de su cordura.

—Maldita sea —susurró Román, sintiendo su cabeza caer hacia atrás. La rendición era total.

—Buen alfa. Nuestro alfa —susurró Leo. Con una agilidad hipnotizante, metió la mano debajo de la camiseta roja de Román. La tela se sintió como una barrera estúpida y delgada contra el calor de la piel. Los dedos de Leo se deslizaron sobre sus abdominales duros y definidos, trazando las líneas de su abdomen sinuoso.

—Estás tan duro. Todo —susurró Leo—. Quiero sentir tu calor. Quiero sentir tu cuerpo presionando el mío en las sábanas, hasta que me llenes por completo. Quema mis entrañas con tu semen, Román.

Mientras Leo jugaba con el músculo de su abdomen, Asher se inclinó desde atrás y deslizó su mano hasta la base del cuello de Román, en el hueco sensible. Asher ejerció una presión suave pero posesiva, casi una mordida mental, como si lo estuviera marcando sutilmente.

—No tienes que irte, Román —insistió Asher—. Quédate. Toma lo que te estamos dando. Prueba cada parte de nuestros cuerpos. Queremos ser tu comida. Ambos. Y queremos que tú seas la nuestra.

—No... no soy comida —dijo Román.

—Claro que lo eres —dijo Leo, desabrochando el cinturón de los pantalones de Román con una habilidad espantosa—. La más deliciosa de todas. El plato fuerte. Y te vamos a servir.

Román sintió que su cuerpo se movía por sí mismo. Su instinto primitivo estaba en la superficie, en control, y la única orden que emitía era: Aceptar. Reclamar. Poseer.

Leo lo tomó de la cintura y lo guió hacia la cama. Román se dejó llevar, su mente una niebla caliente de feromonas y deseo. Cayó hacia atrás sobre la suave seda, sus ojos fijos en los dos omegas desnudos que ahora lo flanqueaban.

—Nos has visto. Nos has deseado. Ahora, déjanos adorarte, Román —dijo Asher, levantando la camiseta roja de Román sobre su cabeza y arrojándola al suelo—. Muéstranos lo que tienes. Muéstranos tu hambre.

Leo, arrodillándose ante él, comenzó a bajar los pantalones del uniforme.

—Te vamos a mostrar lo que has encontrado, alfa. Hemos estado calientes, solos, y ahora, tienes que hacernos tuyos. Ambos. Estamos esperando tu nudo, Román. Te queremos tan dentro de nosotros. Déjanos tu marca.

La mención de la marca y el nudo fue la última estocada a la cordura de Román. El deseo de reclamar a los dos omegas era tan violento que sintió un dolor agudo en la pelvis.

—Muéstranos quién eres, alfa —susurró Asher, sus manos deslizándose sobre la piel desnuda de su torso, sintiendo la dureza de su pecho—. Queremos ver de qué estás hecho.

Román, con una lentitud que le costó el último esfuerzo de voluntad, se rindió por completo. Se terminó de quitar los pantalones junto a su ropa interior, revelando su erección. La tensión y el dolor se convirtieron en un alivio fugaz. Los zapatos se perdieron en algún punto. Él ya no era Román el repartidor. Era Román, el alfa, y había encontrado su destino. Se sentó en el centro de la cama, rodeado por el éxtasis del celo de Leo y Asher. Su cuerpo desnudo en el corazón de su tormenta.

—Hemos estado esperando, Román. Hemos estado calientes, solos, y ahora, tienes que hacernos tuyos —dijo Leo, acercándose.

—Te lo estamos dando. Tómalo todo —susurró Asher, y su aroma se volvió un fuego líquido que consumió la última de sus defensas.

Román extendió sus manos, listo para tomar las caderas de sus dos omegas. La negación había terminado, era momento de aceptar lo que le estaban ofreciendo. Él era de ellos, y ellos eran suyos.

Así que no dudó. El último vestigio de su identidad se había desvanecido con la caída de sus pantalones. Era Román, el alfa, reclamado por la urgencia de dos omegas en celo que olían a la dulzura más letal del universo.

Extendió sus manos, grandes y fuertes, las palmas callosas rozando el aire caliente cargado de feromonas. No tuvo que moverse mucho. Leo y Asher eran rápidos, como depredadores que se abalanzan sobre la presa esperada.

Leo se deslizó sobre su regazo. Su piel, húmeda por el sudor del celo, era suave y caliente contra los muslos tensos de Román. Leo lo cabalgó sin montar, simplemente sentándose a horcajadas, su vientre plano presionando la base de la erección de Román, el contacto directo a través de la piel caliente.

—Mío —murmuró Leo, apoyando ambas manos en el pecho musculoso de Román.

Asher, el omega de ébano, no se quedó atrás. Se inclinó sobre el hombro izquierdo de Román, su torso elegante cubriendo el músculo duro. Su mano voló hacia la nuca de Román, y lo atrajo hacia un beso.

El beso fue un incendio.

La boca de Asher era ardiente y húmeda, su respiración superficial y entrecortada. Román respondió con una urgencia que no le era propia. Abrió su boca, saboreando el dulce sabor de las feromonas que se liberaban en cada suspiro de Asher. Era adictivo. Román agarró las caderas de Asher con una necesidad instintiva, sintiendo el desliz de su piel tensa, y lo acercó aún más, profundizando el beso con una fuerza posesiva. No era solo un beso; era una afirmación, un mordisco silencioso.

Mientras tanto, Leo se ocupó del torso de Román. Sus labios viajaron por el cuello, besando con una devoción febril, succionando la piel justo encima de la glándula aromática. Román gimió, su espalda arqueándose con el placer.

—Sí, alfa. Marca tu territorio con tu aroma, haz que todos sepan que somos tuyos —susurró Leo, sintiendo cómo el aroma de canela y whisky de Román se disparaba, reaccionando a la estimulación directa.

—No vamos a ir despacio —dijo Asher, separándose del beso solo para mordisquear la oreja de Román—. No podemos. Estamos demasiado calientes. Tienes que hacernos olvidar todo.

La respiración de Román se aceleró hasta convertirse en jadeos entrecortados. No necesitaba más persuasión. Su lobo había tomado las riendas. Necesitaba dominar, poseer y distribuir placer con una eficiencia brutal.

Román tomó el control con un gruñido profundo. Empujó a Asher suavemente hacia su lado derecho y a Leo hacia el izquierdo. Los dos omegas obedecieron al instante, sus cuerpos vibrando con la expectativa de la dominación.

—Me dijeron que me rindiera —dijo Román, su voz más profunda, cargada de la autoridad que el celo había despertado—. Ahora, los dos se van a rendir a mí.

Leo y Asher lo miraron con los ojos brillantes, sus rostros sonrojados y expectantes. El aroma de miel y flor de naranjo se intensificó aún más, una marea de dulzura que prometía sumisión total.

Román se recostó sobre las almohadas de seda, su cuerpo desnudo y fuerte bajo la luz tenue de la habitación. Era una invitación a ser explorado.

Leo se movió primero. Se deslizó hacia la base de la cama, a los pies de Román. El omega de piel clara se arrodilló, su rostro inclinado en un acto de sumisión absoluta. Román observó, con el pulso martilleándole en las sienes. Leo tomó uno de los pies de Román y comenzó a besarlo.

Los labios suaves de Leo se movían sobre el tobillo, el empeine, descendiendo hasta los dedos. No era lujuria inmediata, era adoración. Leo deslizó su lengua por la planta del pie, prestando una atención devota a cada curva y al arco fuerte. Román sintió un escalofrío eléctrico que recorrió todo su cuerpo, desde los dedos del pie hasta la médula.

—Eres fuerte, Román —susurró Leo contra el pie—. Tus pies te trajeron a nosotros. Merecen ser besados.

Mientras Leo se dedicaba a la tarea, Asher se ocupó de la parte superior del cuerpo de Román. Se sentó a su izquierda, sus dedos largos y oscuros explorando la cartografía de tatuajes en el antebrazo. Asher trazó las líneas con una lentitud exasperante, antes de ascender hasta el hombro y el cuello. Se inclinó y besó la línea de la mandíbula de Román, descendiendo por el pecho hasta detenerse en el pezón izquierdo, tomando el botón sensible entre sus dientes y succionando con un gemido grave.

Román gimió y apretó los puños, la tensión acumulándose en su centro. Nunca se había sentido tan expuesto y tan venerado. El doble asalto de placer era embriagador.

Asher continuó descendiendo, su lengua y sus manos recorriendo el abdomen de Román. Besaba cada línea, cada músculo, moviéndose con una cadencia hipnótica.

—Hueles a calor. A trabajo duro. Queremos probar cada parte de donde vienes —murmuró Asher.

Cuando Leo terminó con el primer pie, se levantó con gracia y cambió de posición, arrastrándose por el interior del muslo derecho de Román. El contacto del cuerpo de Leo contra el muslo de Román era una fricción ardiente. Leo subió hasta la cadera, usando sus labios para besar y lamer la línea del hueso, acercándose peligrosamente a la fuente principal del deseo de Román.

Asher, por su parte, se movió hacia el muslo izquierdo, sus dedos jugando con el borde de la piel, y luego se detuvo en el tatuaje de un dragón que Román llevaba allí. Asher lo acarició suavemente antes de inclinarse y besarlo también.

—Eres maravilloso, tan caliente —dijo Asher—. Y ahora, te necesitamos. Tanto... Necesitamos probarte. Aplaca con tu lujuria el deseo de nuestros cuerpos.

Finalmente, ambos omegas convergieron en el centro del deseo de Román. Leo se colocó de rodillas en su derecha, Asher en su izquierda, ambos flanqueando su erección, dura, pulsante y a la espera.

Leo fue el primero. Se inclinó con una reverencia sensual. Su cabello cayó a cada lado, enmarcando el momento. Tomó a Román con ambas manos, acariciándolo desde la base hasta la punta con una suavidad que lo hizo temblar.

Román cerró los ojos y un gruñido de puro deleite escapó de sus labios.

Asher no esperó. Se inclinó y tomó la punta con la lengua. El toque fue abrasador. Asher lamió la cabeza, rodeándola con su lengua en un movimiento lento y posesivo. La mezcla de Leo acariciando y Asher lamiendo hizo que Román arqueara su espalda una vez más, gritando el nombre de Asher en un gemido.

Lo estaban torturando. Estaban aplacando sus propias necesidades y deseos de ser destruidos por el alfa, para darle a él todo el placer que pudieran.

—No te corras aún, alfa —dijo Leo, su voz baja y cargada de burla—. Hay mucho más para ti.

Los dos omegas se turnaron, se coordinaron, se superpusieron. Sus bocas trabajaron en perfecta sincronía, una sinfonía de succión y lengua que llevó a Román al borde, una y otra vez. Se sentía como si lo estuvieran vaciando, absorbiendo su aroma, su esencia, su fuerza.

Román no pudo soportarlo más y, con un grito sofocado, se corrió por primera vez, una ola intensa y prolongada que lo hizo agarrar las sábanas con fuerza. Los omegas lo tomaron todo. Tanto Asher como Leo se inclinaron y lamieron su semen con una devoción hambrienta, sus cuerpos vibrando con el sabor de su semilla. Román estaba aturdido al notar que los omegas ni siquiera tenían problema en lamerse los labios entre ellos mismos para chupar su corrida. Su pene no tardó en crisparse de nuevo. Aunque todo a su alrededor pareció moverse por un segundo, siguió anclado a esa fuerte necesidad de poseerlos. De dejar que lo posean. Ser usado para el placer del celo de esos omegas estaba siendo la experiencia más caliente en toda su jodida vida. Nunca antes se había sentido tan desarmado. Tan deseado.

Después de un momento de recuperación febril, Román se sentó, su respiración aún superficial. La cabeza le daba vueltas por la mezcla de feromonas, placer y agotamiento.

—Mi turno —jadeó Román, sus ojos inyectados en sangre fijos en los dos omegas.

Leon y Asher se miraron con satisfacción.

—Pensamos que nunca lo dirías—susurró Asher.

Román tomó a Leo primero. Lo guió para que se acostara boca arriba, en el centro de la cama. Su piel clara, tan pálida como la luna, sus curvas y ángulos expuestos a la luz tenue.

Román se inclinó sobre él y comenzó con un beso profundo en la boca. Permitió que su lengua explorara la cavidad bucal del omega a su gusto, lo recorrió y tragó cada gemido y jadeo de Leo, pero rápidamente descendió. Besó el pecho de Leo, el vientre, el interior de los muslos, con una meticulosidad posesiva. El aroma de miel era abrumador a esta proximidad.

Leo se estremeció, agarrando las sábanas.

—Román...

Román no habló. Su lengua ya estaba en el miembro de Leo, el nido húmedo donde el aroma era más intenso. Leo gimió, su cuerpo retorciéndose al sentir la lengua fuerte de Román en su piel sensible. Román chupó, lamió y succionó con una intensidad enfocada, llevando a Leo a un estado de éxtasis inmediato.

Mientras Leo se retorcía bajo el placer oral de Román, Asher se acercó, arrastrándose hasta el rostro de Román. Sus manos grandes tomaron el cabello oscuro de Román y lo acariciaron.

—Eres tan bueno, alfa. Tan dominante, dándonos lo que necesitamos —susurró Asher.

Román no quitó la boca de la erección de Leo hasta que el omega se corrió con un grito que resonó en la habitación, sus manos temblando, cubriendo su rostro con una vergüenza placentera. Leo se hundió en las sábanas, temblando.

Román se levantó, sus labios y barbilla brillando con el néctar de Leo.

Ahora se dirigió a Asher.

—Sobre tu espalda, omega. Ahora. —Las palabras salieron con un gruñido que no admitía a réplica.

Asher se acostó de espaldas con una gracia felina, su piel oscura resaltando contra la seda blanca. Román se inclinó sobre él, y la primera orden que dio no fue con palabras.

Román besó a Asher, y luego descendió rápidamente. Besó la clavícula, la línea de la cintura, el abdomen marcado. Asher era más atlético y Román se tomó su tiempo, usando su boca como una herramienta de tortura lenta y placentera.

—Eres diferente —murmuró Román, antes de deslizar su lengua por el muslo interno de Asher, acercándose a su centro.

Cuando Román llegó al miembro de Asher, el omega de ébano soltó un fuerte gruñido que era más animal que humano. Román se dedicó a él con la misma intensidad que había dedicado a Leo, su boca fuerte, su lengua incansable, haciendo que Asher jadeara, rogara, y finalmente, se rindiera a su propia corrida, un gemido ronco y profundo que terminó en un temblor violento que sacudió la cama.

Pero Román aún no había terminado. Su lujuria se había intensificado con el sabor de ambos omegas mezclados en su boca y su cuerpo, y sintió una necesidad primitiva de explorar cada rincón.

Román le dio una palmada suave en el muslo a Leo, que aún estaba temblando.

—Dense la vuelta. Ambos.

Leo se dio la vuelta sin dudarlo, exponiendo la curva perfecta de sus nalgas blancas y suaves. Asher, más recuperado, hizo lo mismo.

Román se arrodilló entre ellos, observando la deliciosa simetría. Su lobo le ordenó ir más allá, buscar una intimidad completa.

Tomó a Leo primero, besando la piel suave de sus nalgas y descendiendo con audacia. Leo jadeó, sorprendido por el atrevimiento. Román se inclinó y usó su boca para explorar la entrada.

Para Román, pese a la suciedad y lascivia del acto, aquello también fue un acto de devoción absoluta. Román lamió y chupó con una fuerza concentrada, encontrando puntos sensibles que hicieron que Leo gimiera sin control alguno. Totalmente devastado por las sensaciones que corrían por todo su cuerpo sin descanso. Era como ser azotado por el placer de una forma dolorosamente exquisita. El celo de Leo hacía que la zona fuera sensible, y Román la explotó, conduciendo al omega a un segundo clímax, un gemido ahogado y espasmódico.

Agotado, Leo se hundió contra las sábanas, incapaz de moverse.

Román se levantó, su rostro sucio de placer, y se dirigió a Asher.

Asher lo observó con los ojos entreabiertos. Su respiración era rápida. Román se inclinó y besó la piel de sus nalgas, lo mordió, lo saboreo y luego fue hasta el centro. La entrada de Asher era más apretada, más tensa, pero Román usó su lengua para relajarlo, lamiendo con suavidad antes de aumentar la intensidad. Asher gritó, un sonido estrangulado que era puro placer y sorpresa. Se aferró a las sábanas, su cuerpo temblando bajo la devoción de Román.

Román continuó hasta que Asher se corrió con un profundo gemido calmando su nombre, su cuerpo convulsionando con un placer abrumador.

La habitación estaba ahora densa y pesada, llena del aroma de Román, Leo y Asher. Sudor, semen y feromonas llenaban el aire. Los tres estaban calientes, húmedos y dolorosamente necesitados.

Román se levantó, su erección aún dura y goteando, y se paró sobre los dos omegas. Su tiempo de servicio había terminado. Era el momento de tomar.

—Aún hay más para ustedes —jadeó Román—. Necesito más.

Leo y Asher se giraron, sus ojos de fuego fijos en la promesa de Román.

—Por supuesto... —susurró Leo—. Todo lo que quieras es tuyo. Puedes tomar lo que gustes de nosotros.

Román gimió y se acostó boca arriba en el centro de la cama, abriendo sus piernas. Asher se movió primero y sujetó al alfa por la mandíbula para besarlo. No podía tener suficiente de sus besos necesitados y calientes, luego se arrastró hacia arriba, y pasó sus piernas a cada lado de la cabeza de Román antes de sentarse en su rostro.

Asher se colocó cuidadosamente, bajando lentamente sobre el rostro de Román hasta que su centro húmedo y caliente se encontró con la boca de Román. Román abrió la boca y de inmediato comenzó a lamer y succionar, mientras Asher se balanceaba y se movía, tomando placer de la boca de Román.

Mientras Asher lo montaba al revés en la cara, Leo tomó el control de la erección de Román. Se sentó a horcajadas, su centro ardiente buscando el cuerpo de Román. Leo se alineó, puso sus manos sobre el abdomen tenso del alfa y, con un gemido de puro alivio, se hundió sobre Román.

El encaje fue un suspiro áspero. Leo estaba perfectamente ajustado, y la fricción del celo era una locura. Leo se hundió y se levantó, cabalgando a Román con una pasión desenfrenada.

Román estaba en el centro de un paraíso. Su boca estaba ocupada con la piel caliente y húmeda de Asher, sus manos agarrando las caderas de Leo, guiando su movimiento. Se enterraba profundamente en esas estrechas paredes que lo apretaban y se negaban a dejarlo salir.

Leo gimió al montarlo, su cuerpo chocando rítmicamente.

—Eres tan grande, Román. Tan duro. Pudo sentir cómo lates en mi interior. ¡Dámelo, por favor, dámelo todo!

Román, sintiendo la fricción de Leo en su cuerpo, y la respuesta húmeda de Asher en su boca, sintió que el placer era demasiado. Chupó con más fuerza a Asher, haciendo que el omega jadeara sin aire. Al mismo tiempo, empujó con su pelvis, encontrando el punto dulce de Leo.

La tensión se rompió. Román gimió, su cuerpo temblando. Leo sintió la pulsación y gritó, su cuerpo contrayéndose con un orgasmo violento y prolongado. Leo se corrió sobre Román, cubriendo su torso y abdomen con su semilla caliente.

Asher, sintiendo la ola de energía que emanaba de la corrida de Román, se aferró al rostro de Román y se corrió con un grito animal, su semilla cubriendo la boca, barbilla y cuello de Román.

El trío se quedó inmóvil por un segundo, jadeando, temblando.

Pero el celo no permitía el descanso. Leo se deslizó fuera de Román. Asher se levantó de su cara, y los dos omegas se miraron, sus ojos llenos de una lujuria insaciable.

Román sujetó a Asher y lo lanzó a la cama con fuerza, dejándolo bocabajo. Su cuerpo no tardó en cubrirlo. Más. Más. Todo lo que pedía su lobo era más de esos dos omegas. No tardó mucho en hundirse en Asher. Estaba tan húmedo y suave por todo el trabajo anterior de su boca, que sintió que tocaba el cielo. Aún sus músculos no se recuperaban del orgasmo reciente, pero eso no le impidió empujar con ímpetu contra el omega una y otra vez, creando un sonido húmedo en cada golpeteo. Lo quería desgarrar. Necesitaba tanto romper a esos dos omegas. Dejar su marca en ellos para que no puedan conformarse nunca más con menos de lo que él les daba.

—Más duro, Román. Sé que puedes más duro —gimió ansioso Asher, goteando bajo su cuerpo.

Román gruñó e hizo lo que le pidieron. Se impulsó más fuerte, tirando del cabello de Asher para provocarle dolor. Sentir los labios húmedos y las mordidas que Leo dejaba a su costado en diversas partes de su cuerpo no hizo más que motivarlo a embestir a Asher como si de ello dependiera su vida. Y cuando el orgasmo lo alcanzó, todo se volvió borroso. Su piel se calentó como si bajo ella corriera lava, y un gruñido potente reverberó en su pecho.

El alfa se quedó ahí, profundamente atrapado en el calor de Asher hasta que recuperó el aliento, y al instante, se apartó. Vio cómo su semen se escurría de la entrada del omega, y no tardó en arder con la necesidad de penetrarlo de nuevo hasta hacerlo perder la razón.

Y fue lo que hizo. Primero a él, y luego a Leo. Después perdió la orientación. Solo era él y esos dos omegas lascivos y sucios. Sus cuerpos sudorosos frotándose entre sí.

El resto de la noche se desvaneció en una niebla de sensualidad sin fin. Hubo más besos, más exploraciones, más lenguas, más manos, más posesiones.

Román tomó a Leo en una posición, luego a Asher, y finalmente, a ambos juntos. El calor era insoportable. El placer era una droga que ya no podían controlar. Hubo gritos, ruegos, gruñidos de posesión y gemidos de éxtasis. La cama de seda se convirtió en un campo de batalla de cuerpos desnudos, sudor y semen. Se corrieron juntos, separados, uno tras otro, hasta que la pura intensidad de la experiencia los dejó al borde del desmayo.

Las horas pasaron sin sentido. El amanecer comenzaba a teñir las ventanas de un gris pálido cuando el fuego finalmente se consumió.

El cuerpo de Román, exhausto y tembloroso, se hundió en el centro de la cama empapada. Estaba rodeado por un desorden de sábanas revueltas, pegajosas y calientes. Su piel estaba cubierta de sudor y la semilla de los omegas. Su propio cuerpo estaba vacío, su lobo satisfecho hasta el punto del dolor.

Leo se acurrucó a su derecha, su cabeza reposando sobre el hombro ancho de Román. La mano de Leo trazó suavemente los tatuajes de su brazo, su respiración era un suave susurro. El aroma de Leo se había calmado, pasando de una dulzura violenta a una miel suave y reconfortante.

Asher se acurrucó a su izquierda, su torso apoyado en el costado de Román, su rostro hundido en su pecho. Asher era más pesado, más sólido, un ancla. La mano de Román se cerró alrededor de la cintura de Asher, un agarre de posesión cansada. El aroma de Asher también era ahora un perfume suave de azúcar caramelizado.

Román no podía moverse. Sus músculos gritaban de agotamiento. Su cabeza no procesaba nada más allá del calor de los dos cuerpos a su lado.

Miró el techo, sus ojos luchando por enfocar. El lobo en él estaba en paz, profundamente satisfecho, arrullado por el aroma combinado y calmado de sus dos omegas. No había espacio para la razón. No había espacio para la culpa.

Él no sabía lo que había hecho. Un repartidor de pizza que se había convertido en el alfa de dos desconocidos. No sabía lo que pasaría, si lo demandarían, si lo arrestarían, si lo harían su esclavo... o su rey.

Solo sabía que en ese momento, con un omega en cada lado, sus cuerpos pegados, la paz del celo satisfecho llenándolo...

Se sentía jodidamente bien. Román apretó a los omegas contra sí mismo, y permitió que el agotamiento lo consumiera, hundiéndose en un sueño profundo y sin sueños.