Capítulo 1: El último experimento de control
4:17 AM - La hipótesis del vacío
Si la adolescencia fuera un experimento científico, yo sería el grupo de control.
Mientras los demás participantes (llamémoslos “sujetos normales”) reaccionaban a estímulos sociales, segregaban hormonas de la felicidad ante la aprobación externa y formaban colonias basadas en leyes de atracción superficial, yo permanecía en mi jaula de observación(Neutral. Inalterado) Tomando notas mentales de un procedimiento en el que, claramente, mi muestra estaba contaminada desde el principio.
El ruido blanco del ventilador era mi única variable constante. “Zzzz-hum. Zzzz-hum”. Un ciclo infinito que no refrigeraba, solo movía el aire caliente de un lado a otro, como todos nosotros, realmente.
En el escritorio, el cuaderno abierto mostraba un problema de física sin resolver ...“Calcular la velocidad de caída de un objeto considerando la resistencia del aire” ... Lo había dejado a medias tres días antes, cuando comprendí la verdadera ecuación: la resistencia del aire siempre gana. Todo cae, pero nada llega al suelo con la pureza teórica. Todo se ralentiza, se desvía, se corrompe en el descenso.
Apoyé la cabeza contra el vidrio de la ventana - *Frío *- Fuera, el mundo dormía su sueño de verano. Las farolas pintaban círculos de luz naranja en el asfalto vacío. Un gato cruzó como una sombra líquida entre dos coches aparcados.
Mi teléfono, boca abajo, era un ladrillo negro, había realizado mi último experimento social veinticuatro horas antes: enviar un mensaje al grupo de la clase.
“¿Alguien quiere hacer algo hoy?”
La pregunta, neutra, inespecífica, diseñada para no parecer desesperada.
El resultado: tres horas de silencio hasta que el sujeto alfa, siempre cumpliendo protocolos de cordialidad básica, respondió: “Uf, yo estoy hasta arriba. ¡Otro día!” Luego.... un emoji de fatiga______ Luego... nada más.
No era personal, era estadística; cuando tu tasa de interacción positiva cae por debajo del 5%, te conviertes en outlier. Y los outliers, en cualquier conjunto de datos decente, se eliminan.
Mis padres pensaban que estaba “pasando una fase”. Ese eufemismo bonito para “no sabemos qué hacer contigo”. Sus conversaciones habían evolucionado de intentos torpes de conexión (“¿Por qué no sales más?“) a un lenguaje de gestión de crisis (“El terapeuta dijo que debemos darle espacio”). Me trataban como un mueble inestable que podría caerse si se movía demasiado rápido. Su amor se había convertido en precaución. Y la precaución, con el tiempo, se siente exactamente igual que la indiferencia.
Pero aquí estaba la parte interesante del experimento: yo no sentía tristeza. No sentía rabia. No sentía esa “angustia existencial” de la que hablan en los libros. Sentía... nada. Un vacío perfectamente sellado. Como esos termos que mantienen la temperatura: fuera, el mundo hervía o se congelaba; dentro, yo estaba a una temperatura ambiente constante, neutral, muerta.
Y eso me llevaba a mi hipótesis final.
Si mi existencia era esencialmente un instrumento de medición defectuoso —incapaz de registrar las variables emocionales que el resto de la humanidad parecía detectar—, entonces continuar con el experimento carecía de sentido científico. Peor aún: consumía recursos (oxígeno, comida, espacio, la preocupación fantasma de mis padres) sin generar datos útiles. Era ineficiente. Era irracional.
Por lo tanto, la conclusión lógica era terminar el ensayo.
Me levanté. Mis movimientos eran precisos, metódicos. No había drama en ellos, solo la eficiencia de quien sigue un protocolo por última vez.
**Paso 1: Limpiar la estación de trabajo.** Cerrar el cuaderno de física. Colocar la calculadora al lado, perfectamente alineada con el borde del escritorio. Los lápices, en el vaso. Era importante dejar las cosas ordenadas. No por consideración, sino para evitar la narrativa del “caos interior”. Mi interior no era caótico. Era un laboratorio vacío.
**Paso 2: Preparar la solución final.** En el cajón, entre cables USB viejos y cargadores rotos, estaba el blíster. Zolpidem. Había robado —no, *redistribuido para fines de investigación*— tres pastillas de la mesilla de mi madre durante su “etapa de insomnio post-promoción”. Ella había dejado de tomarlas cuando consiguió la vicepresidencia. Yo las había conservado, sin saber muy bien por qué. Ahora lo sabía: eran mi variable independiente.
Las saqué. Pequeñas, ovaladas, con una raya en el centro para partirlas. No las partiría. Tres deberían ser suficientes. La dosis letal era mayor, por supuesto, pero combinadas con la fatiga extrema y, lo más importante, con la **voluntad experimental** de que funcionaran, creía en el efecto placebo inverso. Si uno cree lo suficiente que algo te matará, a veces el cuerpo cumple la profecía.
**Paso 3: Documentar los hallazgos.** El teléfono. Notas. Cursor parpadeante.
Escribí:
**INFORME FINAL - PROYECTO: EXISTENCIA**
* Hipótesis: La conexión emocional es necesaria para una existencia sostenible.
* Método: Observación participante no participativa durante 16 años.
* Resultados: Hipótesis confirmada. El sujeto (yo) demostró incapacidad permanente para establecer conexiones auténticas. La calidad de los datos obtenidos por terceros (familia, colegio) indica que mi presencia afecta negativamente sus métricas de bienestar.
* Conclusión: Terminar el experimento es la opción lógica. Elimina una fuente de error en el sistema.
* Nota: No realicen autopsias emocionales. Los datos están todos aquí. Son aburridos.*
Firmé con mis iniciales. Pulsé guardar.
Ahí estaba. No un grito de ayuda. No una acusación. Un informe. Frío, claro, impecable en su lógica retorcida.
Apagué el teléfono. La oscuridad volvió, más profunda ahora. El ventilador seguía su zzzz-hum. Zzzz-hum.
Me senté en la silla, con las tres pastillas blancas alineadas frente a mí, como pastillas de control en una placa de Petri. Cogí la botella de agua medio vacía del escritorio. La abrí.
Entonces, una variable no controlada.
No fue emocional. Fue física. Un espasmo en mi estómago, una sensación de vacío que no era metafísica, sino gástrica. Hambre.
Había cenado poco —arroz, algo de pescado que dejé a medias— y ahora, en el momento más trascendental de mi vida, mi cuerpo decidía recordarme que era una máquina bioquímica con necesidades estúpidas.
Un pensamiento cruzó mi mente, tan nítido y fastidioso como el trazo de un escalpelo:
*Si tomo las pastillas con el estómago completamente vacío, el efecto podría ser errático. Los vómitos son una posibilidad. Eso sería desordenado. Antiestético. Científicamente sucio.*
Fruncí el ceño. Maldita biología. Malditos instintos primarios arruinando mi elegante despedida.
Suspiré, un sonido de pura exasperación contra la carne que habitaba.
Las pastillas podían esperar. Primero necesitaba un "datapoint final" sobre el estado de la nevera. Tal vez un yogur. Algo para anclar las variables químicas.
Dejé las pastillas en el escritorio, al lado del cuaderno de física abierto por el problema sin resolver.
Me levanté y salí de la habitación, hacia la oscuridad del pasillo, sintiéndome menos como un filósofo existencial y más como un técnico de laboratorio cuyo experimento se había visto interrumpido por un fallo en el suministro eléctrico.
El último acto de mi vida, y estaba yendo a la cocina a por un yogur de fresa.
La ironía era tan densa que casi, casi, me provocó algo parecido a una emoción.
Casi.