ONE SHOT
Blackout, 00:47 h.
La fiesta ya no era solo de X-Hunter; ahora era de los dos.
La música había pasado de un tono duro a algo más lento, con bajo profundo y luces violetas que pintaban la piel de todos.
Los chicos, después de brindar y gritar como posesos, se habían dispersado un poco: Sonic y Pete bailando como idiotas en la pista, North y Way jugando al billar con apuestas absurdas, Alan hablando con el DJ como si fueran viejos amigos.
Babe y Charlie se habían quedado en la mesa del fondo, solos por primera vez desde el reencuentro.
Dos copas de whisky con hielo delante, apenas tocadas.
Charlie giraba el vaso entre los dedos, nervioso.
Babe lo observaba con esa media sonrisa peligrosa que siempre lo desarmaba.
—¿Entonces?— dijo Babe al fin, inclinándose un poco hacia delante.—¿Ya se te pasó el susto o todavía te tiemblan las piernas por la broma?
Charlie soltó una risa baja, mirándolo por encima del borde del vaso.
—Eres un hijo de puta, ¿lo sabías?
Casi me da un infarto. Pensé que de verdad lo habías cerrado todo.
—Y lo cerré.— respondió Babe, sin dejar de sonreír.—Cerré la versión en que sufría por ti. La nueva versión…tiene la puerta entreabierta. Pero con pestillo, Charlie. Tú decides si llamas o si empujas.
Charlie tragó saliva. La voz le salió más ronca de lo que esperaba.
—Quiero empujar. Pero despacio. Sin forzar nada. Porque ahora sé lo que es perderte…y no pienso volver a cagarla.
Babe se acercó un poco más, hasta que sus rodillas se rozaron bajo la mesa.
El contacto fue eléctrico.
Charlie sintió que el autocontrol volvía a tambalearse.
—¿Sabes lo qué más me jodió de todo esto?— murmuró Babe, bajando la voz.—Que incluso cuando no me recordabas…seguías siendo tú. El mismo cabrón que me vuelve loco con una sola mirada.
Charlie soltó el aire lentamente.
—Y tú seguiste siendo el mismo rey insoportable que me hace querer arrodillarme y pelearme contigo al mismo tiempo.
Babe se rió, de verdad, con los ojos brillantes.
—Pues haz las dos cosas. Pero hoy no. Hoy solo vamos a beber, a bailar como idiotas y a disfrutar de que estamos vivos y en la misma habitación sin querer matarnos.
Se levantó, agarró la mano de Charlie y tiró de él hacia la pista sin darle tiempo a protestar.
La canción que sonaba era lenta, pegajosa, con un ritmo que invitaba a acercarse demasiado.
Babe lo puso frente a él, una mano en su cintura, la otra entrelazada con la suya.
No era un baile inocente.
Era una declaración sin palabras.
Charlie intentó mantener la distancia de seguridad.
Babe no se lo permitió.
—¿Te acuerdas de cómo bailábamos antes?— susurró contra su oído.—Tú pegado a mí, fingiendo que no querías que te tocara…y después rogándome en el coche.
Charlie cerró los ojos, el aliento de Babe quemándole la piel.
—No juegues sucio.— murmuró.
—Siempre juego sucio contigo.— respondió Babe, y le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.—Pero hoy me porto bien…más o menos.
Se separó apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—Regla de esta noche: nada de promesas, nada de etiquetas. Solo somos dos hombres que se desean como locos y que hoy deciden no reprimirse. ¿Puedes con eso?
Charlie sonrió, por fin, grande y sin miedo.
—Puedo con eso y con más.
Y entonces fue él quien eliminó la distancia.
Puso las manos en la nuca de Babe y lo besó.
No suave, no tímido. Un beso de los de antes: hambriento, desesperado, lleno de meses sin tocarse.
Babe respondió al instante, gruñendo contra su boca, apretándolo contra sí como si quisiera fundirse con él.
La pista, la música, los chicos…todo desapareció.
Cuando se separaron, jadeando, con las frentes pegadas, Babe sonrió contra sus labios.
—Bienvenido a casa, Charlie.
Charlie le robó otro beso rápido.
—No estoy en casa todavía…pero ya encontré la puerta.
Y la noche siguió así: Besos robados entre copas, manos que se rozaban “sin querer”, miradas que prometían todo lo que no se decían con palabras.
Sin pareja.
Sin etiquetas.
Solo dos almas que habían vuelto a encontrarse y que, por primera vez en mucho tiempo, estaban exactamente donde querían estar.
Libres.
Pero eligiendo, una y otra vez, quedarse cerca del otro.
El lento regreso al “nosotros”
Semanas después del reencuentro en el Blackout, la ciudad los vio renacer.
Primero fueron noches robadas.
Charlie aparecía en el taller, con café y pad kra pao en mano, y se quedaba hasta que Babe cerraba la persiana.
Se sentaban en el capó del Supra, comían en silencio, se miraban demasiado y terminaban besándose contra la puerta metálica hasta que les dolían los labios.
Luego vinieron las carreras.
Charlie no corría aún (los médicos seguían siendo cautelosos), pero se subía al asiento del copiloto en los entrenamientos.
El rugido del motor, el olor a goma quemada, la mano de Babe cambiando marchas mientras rozaba su rodilla “sin querer”. Todo era exactamente igual…y completamente nuevo.
Una noche, después de ganar una carrera menor en Pak Kret, Babe paró el coche en el mirador del acantilado, el mismo donde todo había terminado meses atrás.
Apagó el motor, bajó las ventanillas y dejó que entrara el viento del mar.
—¿Te acuerdas de este sitio?— preguntó en voz baja.
Charlie asintió, mirando el horizonte.
—El día que me pediste ser tuyo…y el día que creí que te había perdido para siempre.
Babe giró la cabeza, sus ojos brillando bajo la luna.
—Pues hoy quiero pedirte algo distinto.
Charlie alzó una ceja.
—¿Qué?
Babe sacó del bolsillo una llave pequeña, la del taller.
La puso en la palma de Charlie.
—Quiero que vuelvas a tener tu sitio aquí.
No como antes. Como ahora. Con el Charlie que eres hoy y con el Babe que soy hoy. Sin mirar atrás. Solo hacia delante.
Charlie cerró los dedos alrededor de la llave, la garganta apretada.
—¿Estás seguro?
—Nunca estuve más seguro en mi vida.
Y entonces Charlie se inclinó y lo besó, lento, profundo, como quien sella un pacto nuevo.
A partir de ahí todo fue natural, inevitable.
Volvieron las mañanas de Babe preparando café demasiado dulce y Charlie robándole la mitad.
Las tardes pintando juntos en la terraza del taller (Charlie con sus lienzos, Babe con el Supra como modelo).
Las noches en que uno llegaba al piso del otro sin avisar, y terminaban durmiendo enredados sin importar de quién fuera la cama.
Los chicos los miraban como quien ve resucitar algo sagrado.
Sonic empezó a llamarlos “los tortolitos 2.0”.
Alan solo sonreía y decía: «Ya era hora».
Una tarde de domingo, después de una barbacoa en el taller, Babe y Charlie se quedaron recogiendo solos.
La música sonaba baja, una canción vieja que los dos conocían de memoria.
Babe dejó la bolsa de basura, agarró a Charlie por la cintura y lo pegó a él.
—Baila conmigo.— ordenó.
—Aquí no hay pista.— protestó Charlie, riendo.
—Aquí está todo lo que necesito.
Y bailaron entre cajas de herramientas y latas de cerveza vacías, descalzos, torpes, riéndose cuando se pisaban.
Al final de la canción, Babe apoyó la frente contra la de Charlie.
—Te amo.— dijo, simple, sin drama.—El de antes, el de ahora y el que venga después. Todo el pack.
Charlie sintió que el pecho se le llenaba de algo inmenso.
—Yo también te amo. Y esta vez no voy a olvidarlo nunca. Ni un segundo.
Babe sonrió, esa sonrisa grande, limpia, de rey que ya no necesita demostrar nada.
—Bien. Porque esta vez no pienso soltarte.
Y no lo hizo.
Volvieron a ser la pareja que paraba el mundo con una mirada.
La que se desafiaba, se cuidaba, se encendía con un roce y se curaba con un beso.
La que reía fuerte, peleaba fuerte y amaba más fuerte todavía.
No eran exactamente los mismos que antes del accidente.
Eran mejores.
Habían perdido, habían sanado, habían elegido volver a elegirse.
Y en cada carrera, en cada amanecer, en cada noche compartida, Babe y Charlie demostraron que hay amores que no necesitan memoria para ser eternos.
Solo necesitan dos corazones que decidan latir al mismo ritmo.
Celos en la línea de salida
Circuito clandestino de Rangsit, 02:13 a.m.
Carrera importante, ambiente eléctrico.
Babe estaba apoyado en el capó del Supra, riendo con la cabeza echada atrás, mientras un corredor alto y tatuado (Rome, un viejo conocido de cuando Babe corría en el norte) le hablaba muy cerca.
Demasiado cerca para el gusto de Charlie.
Rome tenía la mano en el hombro de Babe, le susurraba algo al oído y Babe reía como si fuera lo más gracioso del mundo.
Cada vez que Rome se inclinaba más, Babe no se apartaba.
Al contrario: le seguía el juego, le guiñaba un ojo, le tocaba el brazo como quien no quiere la cosa.
Charlie, desde la grada con los chicos, sintió cómo la sangre le subía a la cabeza.
—¿Ese quién mierda es?— preguntó, voz baja y peligrosa.
Sonic, con una sonrisa malvada, le pasó el móvil con una foto antigua: Babe y Rome abrazados en un podio de hace tres años.
—Un ex “amigo con derechos” de tu rey.— susurró Sonic, disfrutando.—Dicen que eran bastante…intensos.
Charlie apretó la mandíbula tan fuerte que casi se escucha el crujido.
Babe, como si sintiera la mirada asesina, giró la cabeza y lo encontró.
Y en vez de apartarse de Rome…sonrió más grande, le dijo algo al oído al otro y le dio una palmada en el culo “de broma”.
Charlie bajó de la grada como un rayo.
Llegó hasta ellos en cuatro zancadas.
Sin decir ni hola.
Agarró a Babe por la muñeca, tiró de él hacia sí y lo estampó contra el lateral del Supra con una mano en su cintura y la otra en la nuca.
—Hola, cariño.— dijo Charlie, voz ronca y oscura.—¿Pasando revista?
Rome alzó las manos, riendo.
—Tranquilo, príncipe. Solo saludaba a un viejo amigo.
Charlie ni lo miró.
Toda su atención estaba en Babe, que tenía los ojos brillantes de pura diversión.
—¿Viejo amigo?— repitió Charlie, acercándose tanto que sus narices casi se tocaban.—¿Este es el qué te mandaba mensajes a las tres de la mañana cuando estábamos juntos?
Babe se mordió el labio, claramente disfrutando cada segundo.
—Celoso, ¿eh? Pensé que ya no teníamos etiquetas, Charlie…
Charlie gruñó, literalmente gruñó, y lo empujó más contra el coche.
—No necesito etiquetas para saber que eres mío.— susurró contra su boca.—Y menos para que lo sepan los demás.
Babe soltó una risa baja, caliente, y le rodeó el cuello con los brazos.
—¿Tuyo? Qué posesivo te has vuelto…Me encanta.
Rome carraspeó, divertido.
—Vale, capto la indirecta. Me voy antes de que me mates con la mirada, Charlie.
Y se fue, riendo.
Cuando se quedaron solos, Charlie apretó más la cintura de Babe.
—¿Te hace gracia provocarme?
—Muchísima.— admitió Babe, sin dejar de sonreír.—Verte así de territorial…joder, me pone cardiaco.
Charlie le mordió el cuello, fuerte, dejando marca.
—Pues acostúmbrate. Porque ahora que te tengo de vuelta, no comparto ni el aire que respiras.
Babe jadeó, pero la sonrisa no se le borró.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer para recordármelo?
Charlie lo giró de golpe, lo inclinó sobre el capó del Supra y le habló al oído mientras le apretaba las caderas contra el metal.
—Te lo voy a recordar toda la noche. En el coche. En casa. Hasta que no puedas ni caminar sin pensar en quién es tu dueño.
Babe soltó un gemido bajo, excitado y feliz.
—Promesas, promesas…
Charlie le dio una palmada en el culo, fuerte y clara.
—Hecho.
Y cuando la bandera bajó y Babe salió a la pista, llevaba una marca roja fresca en el cuello y una sonrisa de rey que sabía exactamente quién lo esperaba en la meta.
Charlie, en la grada, cruzado de brazos y con la mirada oscura de posesión absoluta.
Porque sí.
Babe era el rey de la pista.
Pero Charlie era el único que podía hacerle arrodillarse.
Y los dos disfrutaban cada segundo de ese juego.
Vestuarios del circuito – 03:42 a.m.
El rugido de los motores ya se había apagado. Solo quedaba el eco lejano de la fiesta y el olor a victoria.
Babe entró primero en los vestuarios privados del equipo, todavía con la adrenalina en las venas y la marca roja en el cuello ardiendo.
Se quitó la camiseta empapada de sudor, la lanzó al banco y se quedó solo con los pantalones de carrera bajos en las caderas.
Encendió la ducha, dejó que el agua cayera caliente sobre los hombros y cerró los ojos, sabiendo perfectamente lo que venía.
Charlie entró dos segundos después.
Cerró la puerta con llave.
Y se quedó ahí, de pie, mirándolo.
Babe bajo el agua era un espectáculo que Charlie nunca se cansaba de ver: músculos tensos, agua resbalando por cada línea de su cuerpo, el tatuaje del dragón en la espalda brillando con cada gota.
La marca de su mordisco todavía roja y evidente.
Charlie sintió que se le secaba la boca y se le encendía todo lo demás.
Babe abrió un ojo, lo vio ahí plantado y sonrió lento, peligroso.
—¿Vienes a reclamar tu premio, celoso?
Charlie dio un paso adelante, voz ronca.
—Quítate lo que te queda.
Babe se giró despacio, dejando que el agua le cayera por el pecho, y se bajó los pantalones y el bóxer de una sola vez.
Desnudo. Completamente.
Sin vergüenza.
Solo provocación pura.
Luego se metió más bajo el chorro, se pasó las manos por el pelo, arqueó la espalda lo justo para que Charlie viera cada centímetro que le pertenecía…y que ahora mismo no podía tocar.
—¿Esto es lo qué querías ver?— preguntó Babe, voz baja y juguetona.—Porque puedes mirar…pero hoy no tocas.
Charlie apretó los puños.
—No me jodas, Babe.
—Exacto.— respondió Babe, riendo.—Hoy no te jodo. Tú me provocaste en la pista con tus celos de hombre de las cavernas…ahora yo te provoco aquí. Mírame todo lo que quieras.
Imagina lo que podrías hacerme. Pero no vas a tocarme hasta que yo diga.
Se acercó al borde de la ducha, tan cerca que las gotas salpicaban la camiseta de Charlie, y le habló casi en los labios.
—Quiero verte sufrir un poquito, rey. Quiero que te mueras de ganas…igual que yo me moría cuando me dejaste ir.
Charlie respiró fuerte por la nariz, los ojos oscuros de pura frustración y deseo.
—Estás jugando con fuego.
Babe le rozó los labios con los suyos, apenas un roce, y se apartó.
—No. Estoy jugando contigo. Y me encanta verte perder el control.
Se giró, cerró la ducha, agarró la toalla…y se la enrolló en la cintura sin secarse, dejando que el agua siguiera resbalando por su piel.
Luego pasó por delante de Charlie, rozándole el pecho con el suyo, y susurró:
—Nos vemos en casa, celoso.
Y cuando llegues…quizás te deje tocar.
O quizás te haga suplicar primero.
Abrió la puerta y salió, dejando a Charlie solo, empapado (aunque no había entrado en la ducha), con la respiración agitada y una promesa oscura en la voz.
—Cuando llegue a casa…no vas a caminar en tres putos días, Babe. Te lo juro por Dios.
Desde el pasillo se oyó la risa traviesa de Babe.
—¡Eso espero, cariño! ¡Corre, que el reloj corre!
Y Charlie salió detrás de él como un lobo hambriento, sabiendo que esa noche alguien iba a perder…y los dos iban a ganar.
La casa de Babe – 04:27 a.m.
La puerta se cerró de un portazo. Babe ni siquiera llegó a encender la luz.
Dejó caer la bolsa de carreras al suelo y se giró hacia Charlie con esa sonrisa de rey que sabe que está a punto de perder la corona.
—¿Y bien?— dijo, apoyándose en la pared, todavía con el cabello húmedo por la ducha.—¿Vas a cumplir tus amenazas o solo ladras?
Charlie no contestó con palabras.
Dio tres pasos, lo agarró por las muñecas y lo estampó contra la pared con tanta fuerza que Babe jadeo ante esa acción.
—Te advertí.— gruñó Charlie contra su cuello.—Tres días sin caminar.
Babe intentó reír, pero el sonido se le cortó cuando Charlie le mordió justo encima de la marca anterior, más fuerte, chupando hasta dejar una segunda huella roja.
—Charlie…
—Silencio.
Charlie lo levantó en peso (fácil, Babe pesaba nada en sus brazos) y lo llevó al dormitorio sin encender luces. Lo tiró sobre la cama boca abajo, se quitó la camiseta de un tirón y se cernió sobre él. También lo despojó de su ropa.
—Manos arriba.— ordenó.
Babe obedeció, riendo todavía, pero la risa se le quebró cuando Charlie le atrapó las muñecas con una sola mano y las sujetó contra el cabecero.
Con la otra bajó por su espalda, arañando ligeramente, hasta llegar al culo.
—Has sido muy valiente provocándome toda la noche.— susurró Charlie, voz oscura.—Ahora vas a pagar cada segundo.
Le dio una palmada fuerte, abierta, que resonó en la habitación.
Babe soltó un gemido ahogado y arqueó la espalda.
—¿Otra?— preguntó Charlie.
—Otra.— jadeó Babe.
Cinco más.
Cada una más fuerte, más precisa, hasta que la piel de Babe ardía roja y él temblaba debajo de Charlie, gimiendo su nombre como una súplica.
Charlie lo giró de golpe, le abrió las piernas y se colocó entre ellas.
Sin preámbulos, sin juegos: se desabrochó los vaqueros, se bajó lo justo y se hundió en Babe de una sola embestida profunda.
Babe gritó, la espalda arqueándose del colchón, los dedos clavándose en las sábanas.
—Joder…Charlie…
—Te dije que no ibas a caminar.— repitió Charlie, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo, lento y brutal.—Y cumplo mis promesas.
Empezó un ritmo implacable: fuerte, profundo, sin piedad.
Cada embestida hacía que la cama golpeara la pared, que Babe se retorciera y que los gemidos se convirtieran en súplicas rotas.
—Más…más rápido…por favor…
Charlie le agarró las caderas, lo levantó del colchón y lo folló con más fuerza, más rápido, hasta que Babe perdió la capacidad de formar palabras coherentes.
Solo gemidos, jadeos y el nombre de Charlie una y otra vez.
Cuando sintió que Babe estaba al borde,
Charlie se detuvo en seco, todavía dentro de él.
—¿Quieres correrte?— preguntó, voz ronca y cruel.
Babe asintió frenético, los ojos vidriosos.
—Pídemelo bonito.
—Charlie…por favor…déjame correrme…por favor…
Charlie sonrió, oscuro y satisfecho, y volvió a moverse, esta vez sin control, sin freno.
Dos, tres, cuatro embestidas más y Babe se corrió con un grito desgarrado, el cuerpo temblando, apretando alrededor de Charlie hasta que él también se dejó ir con un gruñido profundo, llenándolo por completo.
Se quedaron así un segundo eterno, jadeando, sudorosos, pegados.
Charlie salió despacio, dejó caer su peso sobre Babe y le mordió el hombro, posesivo.
—Día uno de tres.— susurró contra su piel.
Babe soltó una risa débil, rota, feliz.
—No…no siento las piernas ya…
—Perfecto.
Y antes de que Babe pudiera recuperarse,
Charlie lo giró otra vez, boca abajo, y empezó de nuevo.
Esa noche la cama crujió hasta casi romperse.
Esa noche Babe aprendió que provocar a Charlie tenía consecuencias muy reales…y muy deliciosas.
Y cuando al fin se durmieron, enredados y destrozados,
Babe apenas pudo murmurar contra el pecho de Charlie:
—Valió…cada…segundo.
Charlie le besó la frente, todavía con la respiración agitada.
—Te lo advertí, rey. Ahora eres mío otra vez.
Y Babe, con una sonrisa cansada y satisfecha, respondió:
—Siempre lo fui. Solo tardaste en recordármelo.
Día 2 – 11:17 a.m.
El sol entraba a cuchillazos por las persianas rotas.
Babe dormía de lado, boca abajo, con una pierna fuera de la sábana y el cuerpo lleno de marcas: mordiscos en el cuello, chupetones en el pecho, huellas de manos en las caderas y el culo todavía rojo de la noche anterior.
Charlie se despertó primero.
Lo observó un rato, con una sonrisa lenta y peligrosa, y decidió que dos días eran dos días.
Se levantó sin hacer ruido, fue al baño, se lavó la cara y volvió completamente desnudo, ya duro solo de pensar en lo que iba a hacer.
Babe seguía dormido, respirando profundo, con la boca entreabierta.
Charlie se arrodilló en la cama, apartó la sábana de un tirón y se colocó entre sus piernas.
—Hora de despertar, rey.— susurró.
Babe abrió un ojo, confuso, y soltó un gemido al intentar moverse.
—No…Charlie…ni de coña…estoy destrozado…
Intentó arrastrarse hacia el otro lado de la cama, pero sus músculos temblaron y apenas pudo levantar la cadera.
Charlie lo agarró por las caderas y lo arrastró de vuelta sin esfuerzo.
—¿Huir?— rió Charlie, voz oscura.—No puedes ni caminar, ¿recuerdas? Eso fue idea tuya.
Babe gruñó, medio protesta, medio súplica.
—Al menos…lubricate…cabrón…
Charlie ya tenía el bote en la mano.
Lo abrió con los dientes, se untó dos dedos y los hundió dentro de Babe sin aviso.
Babe gritó, la espalda arqueándose, todavía sensible y abierto de la noche anterior.
—Joder…demasiado…demasiado rápido…
Pero su cuerpo traicionó sus palabras: se empujó hacia atrás, buscando más, gimiendo contra la almohada.
Charlie sonrió, satisfecho.
—Mira qué bonito desastre tengo aquí.— susurró, añadiendo un tercer dedo y abriéndolo sin piedad.—Todo roto, todo mío, y todavía me pide más.
Babe intentó cerrar las piernas.
Charlie las abrió más, le levantó las caderas hasta dejarlo de rodillas, cara hundida en la almohada.
—Quieto.
Sacó los dedos, se untó la polla con más lubricante y entró de una sola embestida hasta la base.
Babe soltó un grito ahogado, las manos arañando las sábanas.
Charlie no esperó.
Empezó a moverse lento al principio, profundo, disfrutando cada gemido roto que salía de la garganta de Babe.
—¿No querías huir?— preguntó, inclinándose para morderle el hombro.—¿Por qué me aprietas tanto entonces?
Babe lloriqueaba, perdido entre el dolor placentero y la necesidad.
—No…no puedo más…pero no pares…joder, no pares…
Charlie aceleró, agarrándole el pelo y tirando hacia atrás hasta arquearle la espalda al límite.
—Nunca voy a parar.— gruñó.—Te voy a follar hasta que solo sepas decir mi nombre.
Y lo hizo.
Una hora después, Babe estaba hecho un desastre absoluto: lágrimas en las mejillas, la voz rota, el cuerpo temblando de orgasmos consecutivos que Charlie le había arrancado sin piedad.
Se había corrido dos veces sin que lo tocaran, solo con Charlie dentro de él, y la tercera vez Charlie lo había masturbado mientras lo follaba, obligándolo a correrse otra vez hasta que lloró de puro exceso.
Cuando Charlie se corrió por segunda vez dentro de él, Babe se derrumbó sobre la cama, incapaz de sostenerse ni siquiera de rodillas.
Charlie se tumbó a su lado, lo giró con cuidado y lo abrazó por detrás, pegando su pecho sudoroso a la espalda marcada de Babe.
—Mírate.— susurró contra su nuca, acariciándole el vientre tembloroso.—Destrozado, lleno de mí, sin poder moverte…Y aún así eres lo más bonito que he visto nunca.
Babe soltó una risa débil, entrecortada.
—Eres…un puto animal…
—Y tú mi presa favorita.— respondió Charlie, besándole la marca fresca del cuello.—Día dos completado. Mañana te toca el tercero…si sobrevives.
Babe cerró los ojos, exhausto pero absurdamente feliz.
—Te odio…
—No, no me odias.— rió Charlie, apretándolo más.—Me deseas tanto que duele. Y yo a ti.
Babe giró la cabeza lo justo para rozarle los labios con los suyos.
—Te amo, psicópata posesivo.
Charlie le devolvió el beso, lento y profundo.
—Y yo a ti, rey destronado. Ahora duerme…porque cuando despiertes, seguimos.
Y Babe, completamente rendido, se dejó llevar por el sueño sabiendo que nunca había estado tan feliz de perder el control.
Día 3 – 14:22 p.m.
El sol de la tarde entraba por la ventana de la cocina, iluminando la mesada de mármol donde Babe se había refugiado.
Después de la maratón de la mañana, había conseguido escaparse de la cama mientras Charlie dormía (o fingía dormir), cojeando como un animal herido hasta la cocina.
Sus piernas temblaban con cada paso, el culo ardía como si lo hubieran marcado con hierro, y cada músculo gritaba piedad.
Pero estaba vivo. Y hambriento.
Se sentó con cuidado en el taburete alto, soltando un siseo cuando el asiento tocó su piel sensible.
Agarró una manzana del frutero, roja y jugosa, y le dio un mordisco lento, saboreando el jugo dulce que le corría por la barbilla.
«Por fin paz», pensó.
Charlie había cumplido sus amenazas con creces: dos días de destrucción absoluta.
El tercero no iba a pasar. No hoy.
Necesitaba descansar, aunque su cuerpo traidor aún vibraba con el recuerdo de cada embestida.
Cerró los ojos, mordiendo otra vez, imaginando que podía esconderse ahí para siempre.
Error.
Charlie apareció en la puerta de la cocina, desnudo como el día que nació, con el pelo revuelto y esa sonrisa depredadora que hacía que el estómago de Babe se contrajera.
Sus ojos recorrieron el cuerpo de Babe: la camiseta oversized que apenas cubría sus muslos, las piernas cruzadas con cuidado, la manzana a medio comer en su mano.
—Hola, rey.— dijo Charlie, voz ronca de sueño y deseo.—¿Pensabas qué podías huir?
Babe dio un respingo, casi cayéndose del taburete.
La manzana rodó por la mesada.
—No…Charlie…espera…necesito un respiro…
Charlie dio un paso adelante, lento, como un lobo acechando.
—Te prometí tres días. Y cumplo mis promesas.
Babe intentó bajar del taburete, pero sus piernas flaquearon.
Cojeó hacia atrás, apoyándose en la mesada, buscando la salida al salón.
Charlie fue más rápido: en dos zancadas lo acorraló contra la encimera, manos a ambos lados de su cuerpo, atrapándolo.
—¿Huir?— rió Charlie, inclinándose para morderle el lóbulo de la oreja.—No puedes escapar de mi, Babe. Y eso me encanta.
Babe empujó su pecho, débilmente, pero sus manos se quedaron ahí, sintiendo el calor de su piel.
—Basta…por favor…estoy roto…
Charlie ignoró la súplica.
Le quitó la camiseta de un tirón, dejándolo desnudo y expuesto sobre la mesada fría.
Babe jadeó al sentir el mármol contra su espalda caliente.
—Roto y perfecto.— susurró Charlie, abriéndole las piernas con las rodillas y colocándose entre ellas.—Mírate: todo marcado, todo mío. Y todavía quieres más, aunque lo niegues.
Babe negó con la cabeza, pero su polla ya se endurecía traicionera contra el muslo de Charlie.
Charlie sonrió, victorioso.
Agarró la manzana caída, le dio un mordisco lento y luego la pasó por los labios de Babe, untando jugo dulce por su boca, su barbilla, bajando por el cuello hasta el pecho.
—Sabe mejor así.— dijo, lamiendo el rastro pegajoso desde el pezón de Babe hasta su ombligo.
Babe gimió, las caderas moviéndose solas, buscando fricción.
Charlie lo levantó con facilidad, sentándolo en el borde de la mesada, y se arrodilló entre sus piernas.
Sin preámbulos, abrió el culo de Babe con las manos y hundió la lengua dentro, lamiendo profundo, húmedo, sin piedad.
Babe gritó, las manos agarrando el borde de la mesada hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—Charlie…joder…no…
Pero su cuerpo cedió: se empujó contra la boca de Charlie, gimiendo roto, necesitando más a pesar del dolor placentero que lo atravesaba.
Charlie lamió y chupó hasta que Babe temblaba entero, su miembro goteando pre-semen sobre su vientre.
Luego se levantó, escupió en su mano y se untó el falo, duro y pesado.
—Dime que lo quieres.— ordenó, la punta rozando la entrada sensible de Babe.
Babe negó, lágrimas de frustración y deseo en los ojos.
—No…por favor…
Charlie empujó apenas la punta dentro, deteniéndose.
—Mientes.
Babe sollozó, las piernas temblando.
—Sí…sí lo quiero…fóllame, joder…
Charlie sonrió y entró de una embestida brutal hasta la base.
Babe gritó, la cabeza echada atrás, golpeando el gabinete.
El mármol estaba frío contra su culo ardiente, pero Charlie lo follaba con un ritmo implacable, fuerte, profundo, cada golpe haciendo que la mesada temblara.
Agarró el miembro de Babe y la masturbó al ritmo de sus embestidas, apretando en la base para prolongar el placer.
Babe estaba perdido: lloriqueando, suplicando, las uñas clavándose en los hombros de Charlie.
—Más…más duro…por favor…
Charlie aceleró, follándolo como un animal: saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo, golpeando la próstata de Babe con cada estocada.
El sonido húmedo y obsceno llenaba la cocina, mezclado con los gemidos rotos de Babe.
Cuando Babe estuvo al borde, Charlie se detuvo en seco, todavía dentro.
—No te corras.
Babe lloró de verdad, las caderas moviéndose desesperadas.
—Charlie…por favor…necesito…
Charlie lo besó, brutal, mordiendo su labio hasta sangrar.
—Vas a correrte cuando yo diga.
Volvió a moverse, más rápido, más profundo, hasta que Babe perdió el control: se corrió con un grito ahogado, el semen salpicando el pecho de Charlie, el cuerpo convulsionando alrededor de él.
Charlie gruñó, perdió el ritmo y se corrió dentro, llenándolo de nuevo, profundo y caliente.
Se quedaron así, jadeando, Babe derrumbado contra el pecho de Charlie, incapaz de moverse.
Charlie lo levantó con cuidado, lo llevó a la cama y lo tumbó boca abajo.
—Día tres completado.— susurró, besándole la nuca.—Pero si quieres huir otra vez…repito.
Babe soltó una risa débil, exhausta.
—Eres…el demonio…
Charlie se rió, abrazándolo por detrás.
—Y tú mi adicción favorita.
Ahora descansa…porque si te mueves, empezamos de nuevo.
Y Babe, completamente rendido y feliz, se dejó llevar, sabiendo que nunca había estado tan vivo como en los brazos de su posesivo amante.
Los días después – El reino en pausa
Durante los cuatro días siguientes, el Supra no rugió, el taller cerró y las carreras quedaron en pausa.
El rey había sido destronado temporalmente…y le encantaba.
Charlie convirtió el piso en un santuario de mimos.
Cortinas bajadas, aire acondicionado a 24 °C, sábanas limpias cada día y una bandeja constante de frutas cortadas, batidos de proteína y analgésicos disfrazados de “vitaminas”.
Babe apenas podía caminar los primeros dos días.
Cojeaba como un ciervo recién nacido, se quejaba cada vez que se sentaba y, sin embargo, tenía una sonrisa permanente en la cara que no se le borraba ni con ibuprofeno.
Charlie lo llevaba en brazos del sofá a la cama y de la cama al baño como si Babe pesara menos que una pluma.
Lo metía en la bañera llena de agua caliente y sales, se sentaba detrás de él y le masajeaba los hombros, la espalda, las caderas marcadas, con una lentitud casi reverente.
—Eres un desastre precioso.— le susurraba al oído mientras le pasaba la esponja por el pecho.—Mira esto…todo mordido, todo mío.
Babe, con la cabeza apoyada en su hombro y los ojos entrecerrados de puro placer, solo suspiraba.
—Eres un psicópata tierno, ¿lo sabías?
Charlie sonreía, besándole la sien.
—Solo contigo.
Por las noches se quedaban en la cama viendo series malas, Babe recostado entre las piernas de Charlie, con la espalda contra su pecho.
Charlie le pasaba los dedos por el pelo, le dibujaba círculos lentos en el vientre, le contaba chistes malos solo para escuchar esa risa ronca y cansada que tanto había echado de menos.
A veces se quedaban en silencio, simplemente respirando juntos.
Charlie no podía dejar de mirarlo: la curva de su cuello, los labios hinchados de tanto besarlos, las pestañas largas que rozaban sus mejillas cuando cerraba los ojos.
Era imposible no admirarlo.
—Tienes la cara más bonita que he visto en mi vida.— le dijo una tarde, mientras Babe dormitaba sobre su pecho.—Y el cuerpo…joder, podría pasarme horas solo mirándote.
Babe abrió un ojo, sonrojado (algo raro en él).
—Cállate, cursi.
Pero se acurrucó más, escondiendo la cara en su cuello.
Al quinto día, Babe ya podía caminar sin hacer muecas de dolor.
Se levantó temprano, preparó café para los dos y se lo llevó a Charlie a la cama con una sonrisa tímida.
—Gracias.— dijo simplemente, sentándose a su lado.—Por cuidarme. Por…todo esto.
Charlie lo atrajo hacia sí, lo sentó a horcajadas sobre sus piernas y le acarició la mejilla.
—No me des las gracias. Me encanta tenerte así: meloso, mimado, solo para mí. Es mi versión favorita de ti.
Babe bajó la mirada, vulnerable de una forma que solo Charlie conocía.
—Pensé que después de todo lo que paso… no merecía esto.
Charlie le levantó la barbilla, obligándolo a mirarlo.
—Mereces todo. Y yo merezco dártelo.
Así que cierra la boca y déjame quererte en paz, ¿vale?
Babe sonrió, grande, luminoso, y se inclinó para besarlo suave, lento, sin prisa.
—Vale.
Y durante los días que siguieron, no hubo carreras, ni provocaciones, ni juegos de poder.
Solo ellos dos: Charlie cuidando cada moretón como si fuera una medalla, Babe dejando que lo mimaran hasta los huesos, y un amor tan grande y tan tranquilo que llenaba cada rincón del piso.
El rey había vuelto a su trono… pero por primera vez, estaba feliz de dejar la corona en la mesita de noche y simplemente ser de alguien.
Fin de la tormenta.
Principio de la calma más bonita que habían conocido nunca.
Tarde de domingo, 17:08 h.
Cama deshecha, sol filtrándose por las persianas, aire acondicionado susurrando.
Están los dos desnudos bajo una sábana ligera, Babe boca abajo con la cabeza apoyada en el brazo de Charlie, Charlie de lado, acariciándole la espalda con la yema de los dedos como quien toca un instrumento favorito.
—Oye.— dice Babe, voz perezosa.—¿Te acuerdas cuando me dijiste qué me ibas a dejar sin caminar tres días y al final fueron cinco?
Charlie suelta una risa baja, le besa la nuca.
—Fue tu culpa. Tenías esa cara de “por favor rómpeme otra vez” y no pude resistirme.
Babe gira la cabeza lo justo para mirarlo con fingida indignación.
—¿Yo? Tú eres el que me miraba como si fuera un postre.
—Y lo eres.— responde Charlie, deslizando la mano por debajo de la sábana hasta apretarle una nalga con fuerza.—El postre más caro y más adictivo del mundo.
Babe suelta un gritito juguetón y le da un manotazo flojo en el pecho.
—Para, bruto…o no.
Charlie ignora la protesta, le abre la pierna por encima de la suya y le mete la mano entre las nalgas, rozando despacio.
—¿O no qué?
Babe se muerde el labio, ya medio jadeando.
—O no pares, joder…
Se giran al mismo tiempo.
Babe se sube encima de Charlie, sentándose a horcajadas, las manos apoyadas en su pecho.
Charlie le agarra las caderas y lo mueve despacio, solo para sentirlo rozarse contra él.
—¿Sabes qué eres precioso cuando estás así de mimoso?— le dice Charlie, robándole un beso rápido.
—Cállate.— responde Babe, pero se inclina para devolverle el beso, lento, húmedo, con lengua y todo.
Entre beso y beso, Charlie le va dejando un reguero de caricias: le pellizca un pezón, le araña la espalda, le aprieta el culo hasta que
Babe suelta un gemidito contra su boca.
—¿Quieres qué pare?— pregunta Charlie, fingiendo inocencia mientras le mete un dedo juguetón, solo la punta.
Babe le muerde el labio inferior en represalia.
—No te atrevas.
Charlie ríe, lo gira de golpe y lo pone boca arriba, quedándose encima.
—Vale, pues no paro.
Y empieza una guerra de besos robados, risas ahogadas y manos que no saben dónde quedarse quietas.
Charlie le besa el cuello, la clavícula, le chupa un pezón hasta que Babe se arquea y le tira del pelo.
—Charlie…me vas a matar de ganas…
—Esa es la idea.— susurra contra su piel, bajando más, dejando un camino de besos húmedos por el vientre.
Babe le agarra la cara y lo sube para besarlo otra vez, profundo, desesperado y dulce a la vez.
—Te amo tanto que duele.— le dice entre beso y beso, voz temblorosa de pura felicidad.
Charlie se detiene un segundo, lo mira a los ojos y le acaricia la mejilla.
—Y yo a ti, rey. Siempre.
Y vuelven a perderse entre risas, besos robados, manos que tocan sin prisa y susurros tontos que solo ellos entienden.
No hay urgencia.
No hay carreras.
Solo ellos dos, desnudos, enamorados y felices de estar exactamente donde están:
en la cama, enredados, robándose el aliento y el corazón una y otra vez.
Viernes por la tarde, 16:47 h.
El salón está en penumbra, solo la luz de la pantalla de la laptop ilumina la cara concentrada de Charlie.
Está en el sofá, piernas abiertas, camiseta negra y pantalones de chándal bajos en las caderas, tecleando números para un cliente del taller de Phuket.
Auriculares puestos, música baja, ceño ligeramente fruncido.
El retrato perfecto del Charlie serio y responsable.
De pronto, la puerta del dormitorio se abre sin ruido.
Babe aparece en el marco: camiseta oversized de Charlie (le llega casi a medio muslo), pelo revuelto, mejillas sonrojadas y una mirada que dice claramente “tengo hambre de ti”.
Camina descalzo, silencioso, y antes de que Charlie pueda reaccionar, se sube al sofá de un salto y se sienta a horcajadas sobre sus muslos, quitándole los auriculares de un tirón.
—Babe, joder, ¿qué…?— Charlie parpadea, preocupado.—¿Te duele algo? ¿Necesitas hielo? ¿Analgésico?
Babe niega con la cabeza, muy serio.
Se inclina, apoya las manos en sus hombros y le susurra al oído con voz ronca:
—No. Necesito que me folles. Ahora.
Charlie se queda congelado dos segundos.
Luego suelta una carcajada baja, sorprendido y encantado.
—¿En serio? ¿De cero a cien así, sin aviso?
Babe se frota despacio contra él, ya duro bajo la tela fina del bóxer, y le muerde el lóbulo de la oreja.
—Llevo toda la tarde pensando en ti dentro de mí. Me desperté caliente, me duché caliente, comí caliente…y ahora estoy aquí.
Así que sí, de cero a cien. Hazme el amor, Charlie. O te lo hago yo a ti.
Charlie siente cómo su propia erección responde al instante.
Cierra la laptop de golpe, la tira al otro lado del sofá y agarra a Babe por las caderas.
—Joder, me encanta cuando te pones así de necesitado.— gruñe, riendo contra su boca.—Eres un puto peligro con esa cara de ángel.
Babe le quita la camiseta por la cabeza en un movimiento rápido y se frota pecho contra pecho, gimiendo bajito.
—Entonces fóllame como si fuera el último día del mundo.
Charlie no necesita que se lo repitan.
Le baja el bóxer de un tirón, lo suficiente para liberar su polla dura y brillante en la punta.
Babe ya está mojado de anticipación (literalmente, había estado tocándose en la ducha pensando en esto).
Charlie escupe en su mano, se humedece y se guía directo a la entrada de Babe.
Lo agarra por las nalgas, lo levanta un poco y lo baja despacio, empalándose centímetro a centímetro.
Babe echa la cabeza atrás, gimiendo alto, las manos clavadas en los hombros de Charlie.
—Más…todo…dame todo…
Charlie obedece.
Lo baja de golpe hasta la base y los dos sueltan un jadeo al unísono.
Luego empieza a moverse: caderas hacia arriba, fuertes, profundas, mientras Babe se monta encima como si su vida dependiera de ello.
La laptop cae al suelo con un golpe sordo (a ninguno le importa).
—Así…justo así…— gime Babe, moviéndose en círculos, apretando alrededor de Charlie.—Me vuelves loco…
Charlie le agarra el pelo, tira hacia atrás y le chupa el cuello mientras lo folla con más fuerza.
—Y tú a mí, joder…mira cómo me tienes…duro solo porque respiras.
Babe ríe entre gemidos, sudoroso, desatado.
—Entonces rómpeme otra vez…quiero sentirte mañana cuando camine.
Charlie gruñe, lo gira sin salir de él y lo pone de espaldas en el sofá, de rodillas contra el respaldo.
Le abre las nalgas y vuelve a entrar de una embestida brutal.
—Te voy a dejar recordándome cada paso que des.— promete, follándolo rápido, duro, con una mano en su cintura y la otra acariciándole la polla al mismo ritmo.
Babe grita su nombre, se corre primero, salpicando el sofá y temblando entero.
Charlie lo sigue segundos después, corriéndose dentro con un gemido ronco, llenándolo hasta que se desborda.
Se quedan así un rato, jadeando, pegajosos, riendo entre besos torpes.
Babe gira la cabeza, todavía empalado, y le sonríe con los ojos brillantes.
—Te quiero, psicópata.
Charlie le muerde el hombro, juguetón.
—Y yo a ti, rey cachondo. Ahora ve a ducharte…o repetimos en diez minutos.
Babe se ríe, se levanta con las piernas temblorosas y le guiña un ojo.
—Dame cinco.
Y se va cojeando hacia el baño, dejando a Charlie tirado en el sofá, riendo solo como un idiota enamorado.
Esta versión de Babe —necesitado, directo y sin vergüenza —era oficialmente su favorita.
Y pensaba disfrutarla cada vez que apareciera.
¡FIN!
Dedicado a @Negritafeliz198, @DanielaHerrera271, @Taeliguk y @CaritoP9…Aquí tienen la continuación, que lo disfruten y gracias por el apoyo…









ameeee 😍😍 gracias de ❤️
Woooooow, muchas gracias 🫂