💥Fuego en el piso 42💥

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Summary

Aveces polos opuestos se atraen Será que esta historia será así....

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El edificio Hawthorne Industries se alzaba sobre la ciudad como un recordatorio de poder. En el piso 42 estaba la oficina de Alexander Hawthorne, un hombre cuya sola presencia hacía que el aire pareciera vibrar. Su voz grave y controlada, su postura firme y sus ojos fríos daban la impresión de que nadie podía tocarlo… hasta que llegó ella.

Kaena Morales empujó la puerta de Recursos Humanos ese lunes por la mañana. Morena, de piel brillante, curvas definidas y cabello crespo que llevaba con orgullo. Estudiante universitaria, inteligente, autosuficiente, acostumbrada a sobrevivir sin que nadie la salvara. No le debía nada a nadie, y mucho menos pensaba deberle algo a un jefe millonario.

La contrataron como asistente administrativa del director general. No sabía que ese “director general” era Alexander en persona.

Cuando entró por primera vez a su oficina, él levantó la mirada. Ese segundo bastó.

Kaena caminó con seguridad, sin agachar la cabeza, sin vacilar. Alexander ladeó la mandíbula apenas, como alguien que se encuentra con un desafío que no esperaba y que, en el fondo, lo emociona.

—Tú debes ser Kaena Morales —dijo él, con la voz profunda que parecía una orden disfrazada de saludo.

—Sí. Y vengo a trabajar, no a inclinarme ante nadie —respondió ella sin pestañear.

El silencio siguiente fue casi eléctrico.

Alexander no estaba acostumbrado a eso. Las personas lo obedecían, lo complacían, lo adulaban. Kaena no. Ella era capaz, directa, segura. Cada vez que él intentaba imponer reglas innecesarias, ella le marcaba límites claros. No lo retaba por rebeldía, sino por dignidad.

Y a él… le encantaba.

Los días avanzaron y la tensión entre los dos se volvió tan evidente que ni las paredes podían ignorarla.

Miradas cargadas. Rozes que parecían accidentales pero no lo eran. Conversaciones que empezaban profesionales y terminaban ardiendo sin tocarse.

Una noche, mientras revisaban documentos, la ciudad iluminaba la oficina con un brillo dorado. Kaena se acercó para entregarle un informe. Él tomó la carpeta, pero sus dedos rozaron los de ella. Fue un toque mínimo, pero suficiente para romper el control.

—Si sigues mirándome así —murmuró Alexander— voy a olvidar que soy tu jefe.

Kaena se aproximó un poco más, con esa fuerza tranquila que lo desarmaba.

—Yo no vine a esta empresa a obedecerte. Vine a hacer mi trabajo. Lo demás… tú decides si puedes manejarlo.

Alexander la sostuvo del mentón, sin apretar, solo guiando su mirada hacia la suya.

—Puedo manejar muchas cosas, Kaena. Pero contigo… no estoy seguro.

Ella sonrió con una mezcla de desafío y deseo.

—Entonces tendrás que aprender.

Y ahí, en ese filo entre poder y entrega, empezó la historia que ninguno de los dos estaba preparado para detener.