Introducción
Harry soñaba cada noche con que alguien lo rescatara de la oscura prisión que eran sus tíos y lo llevara muy, muy lejos, a un sitio donde la palabra “hogar” no fuera una burla. Estaba cansado de los abusos, cansado de la dureza con la que lo trataban, y a veces pensaba que debía de haber hecho algo terrible para merecer semejante castigo. Se atormentaba tratando de encontrar la causa: tal vez aquel día en que se mareó en el coche del tío Vernon y vomitó en el asiento, o cuando confundió la sal con el azúcar al preparar el té.
Su cuerpo pequeño se estremecía al recordar los golpes que habían seguido a esos errores. Desde entonces aprendió a moverse con cautela: caminaba de puntillas para no hacer ruido, para no despertar la ira de sus tíos, para no ser descubierto por su primo, que ya lo atormentaba lo suficiente en la escuela con su pandilla de amigos.
Los escondites se le habían acabado. Durante un tiempo había logrado refugiarse en la sala de los maestros, pero lo descubrieron, y desde entonces no hubo rincón seguro para él. Recordaba también la única vez que, con un hilo de esperanza, le contó a un profesor lo que vivía en aquella casa. La visita de los servicios sociales le dio un respiro breve, un destello de ilusión, pero sus tíos supieron engañarles con sonrisas falsas y palabras cuidadosamente elegidas. Esa noche, como castigo, durmió en el patio trasero, bajo la lluvia fría, preguntándose cómo no había muerto ahí mismo.
A veces creía que se estaba volviendo loco. No solo por la tristeza que lo envolvía, sino porque, de cuando en cuando, creía ver criaturas imposibles, seres que parecían arrancados de un libro de fantasía. Y, sin embargo, había algo en su interior que le decía que no estaba delirando.
Pero entonces el niño de 11 años presentía que todo cambiaría. La primera carta llegó una mañana cualquiera, dirigida a él, con su nombre escrito con tinta verde. Harry ni siquiera pudo abrirla: su tío Vernon se la arrancó de las manos con el rostro desencajado. A partir de ese día, las cartas no dejaron de llegar. Primero por debajo de la puerta, luego por la chimenea, después incluso por las rendijas de las ventanas. Eran incontables, ineludibles, y eso volvía a su tío cada vez más furioso… y más asustado.
Una noche, escondido tras la puerta, Harry escuchó la discusión de sus tíos. No comprendía del todo, pero alcanzó a oír lo suficiente: esas cartas hablaban de una escuela llamada Hogwarts y de que él debía asistir. Eso era lo que Vernon más temía. Y por eso habían decidido huir lo más lejos posible, incluso hasta Estados Unidos.
Muy temprano, antes de que amaneciera del todo, lo despertaron a él y a Dudley aún en pijama. Los subieron al coche a toda prisa, junto con un montón de maletas y cajas, y partieron rumbo al puerto. Allí los esperaba un barco que zarparía en un viaje de siete días.
El único que parecía emocionado era Dudley, que celebraba aquel viaje inesperado sin sospechar nada extraño. Harry, en cambio, percibía el miedo en el temblor constante de su tía y en la mirada inquieta de su tío, que no dejaba de vigilar a su alrededor como si alguien los persiguiera.
Ya a bordo, los llevaron a su camarote. Era una habitación pequeña, sin ventanas, con una sola cama y un armario. A Harry lo arrinconaron en ese armario, donde le pusieron una manta y una almohada. Al menos me dieron algo con qué abrigarme, pensó con amargura.
Durante los días que siguieron, apenas salió de ahí. Cuando oía a sus tíos acercarse, corría a encerrarse de nuevo, como si el simple contacto visual pudiera enfurecerlos. Solo cuando se marchaban se atrevía a salir un poco para estirar las piernas. Cada tanto, se acordaban de él y le dejaban las sobras de comida, que devoraba en silencio, con una mezcla de hambre y resignación.
Al llegar a su destino, tomaron un camión rumbo a Las Vegas. Allí se hospedaron en un hotel barato mientras encontraban un lugar más permanente donde quedarse. Mientras su tío hacía el registro en recepción y Dudley le suplicaba a su madre que lo pusieran en una habitación aparte —lejos de “la peste” de su primo—, Harry se quedó mirando a su alrededor.
De pronto, algo captó su atención: un edificio iluminado con cientos de luces, del que salía el bullicio de risas y gritos infantiles. Decenas de niños entraban, divertidos. Al alzar la vista, leyó el cartel que brillaba sobre la entrada: Casino Lotus. Intrigado, y como si algo lo llamara desde dentro, cruzó la puerta sin pensarlo demasiado.
El lugar era deslumbrante, lleno de juegos que jamás había visto, con niños corriendo de un lado a otro. Harry permaneció unos segundos maravillado, hasta que un botones se acercó con una sonrisa impecable.
—¿Puedo llevar su equipaje, señor? —preguntó.
Harry se quedó confundido; no estaba hospedado allí. Estaba a punto de replicar cuando el hombre le entregó una tarjeta negra.
—Este pase cubre todos sus gastos, señor —añadió con cortesía.
El pequeño la tomó sin pensarlo, sorprendido por aquella oportunidad inesperada. Al menos podré comer algo decente, pensó.
—La tarjeta funciona para todos los servicios dentro del casino —explicó el botones antes de marcharse.
Harry no dudó en aprovecharlo. Pasó horas explorando, jugando en máquinas y atracciones que parecían sacadas de un sueño. Se olvidó por completo de por qué había entrado allí, perdió la noción del tiempo y se dedicó únicamente a divertirse como nunca antes lo había hecho. Comió hasta saciarse, probando manjares que jamás había imaginado, y hasta hizo un amigo: un niño llamado Nico, que estaba allí junto a su hermana.