Prólogo
Mi padre me contó una vez que, hace mucho tiempo, cuando la humanidad todavía intentaba aprender qué era vivir en comunidad, un padre perdió a su hijo.
Aquel hombre acomodado, que había sido bendecido con dos herederos, decidió repartir parte de su herencia en vida porque el pequeño se lo pidió.
El hombre que veía a su hijo menor como un alma inquieta, incapaz de encajar en las normas de su hogar y sus rutinas, quiso darle libertad para que se encontrase a sí mismo. Pensando que aquella generosidad le ayudaría a madurar.
Pero aquel padre no supo ver que la ambición en la petición de su hijo estaba lejos de conducirle a ningún propósito.
La madurez exige siempre sacrificio, y él no estaba preparado.
El hijo menor se marchó sin mirar atrás, buscando vivir su sueño en otra tierra donde fue libre y vivió bien, pero no aprendió nada.
Y cuando no aprendes, la vida se encarga de enseñarte.
Te pone en tu sitio al precio que sea.
Acabó sin dinero, sin comida e incluso sin orgullo.
Trabajó sin formación ni conocimiento en lo primero que encontró para sobrevivir... y conoció, por primera vez en su vida, la ansiosa precariedad que le mordió hasta los huesos.
Su deseo de descubrir el mundo, de conocer lugares, de enamorarse de la vida... se esfumó.
Y entonces, un nuevo deseo ocupó su lugar: volver a casa.
Y en ese instante empezó a aprender...
Quiso regresar porque comprendió que el hogar no es un lugar: es quien lo llena, quien te hace sentir en casa por dentro, quien te da calor en la noche más fría.
Y él, que lo había tenido todo, regresó empujado por el anhelo de sentir de nuevo aquel calor tan familiar.
Cuando llegó cargado de culpa y vergüenza, maltrecho y destrozado, su padre le recibió con alegría, pues no le guardaba ningún rencor.
Celebró su vuelta matando a su mejor res y organizó, con gran júbilo, una fiesta.
¡Su hijo pródigo había vuelto a casa!
Pero no todo fue alegría y acogimiento.
Su hermano mayor no entendió aquel despliegue para alguien que decidió abandonarlos; que se marchó lejos por no considerar aquel hogar suficiente.
El primogénito, airado, recrimino a su padre el error, dejando clara su postura:
Para él, aquello era una falta de lealtad hacia ambos y, en especial, hacia sí mismo, que había decidido quedarse, trabajar duro por engrandecer aquel lugar y luchar por sostener el buen nombre de la familia.
Él jamás le abandonó por un sueño...
El padre, simplemente le respondió:
«Todo lo mío es tuyo cada día y siempre.
Tu hermano estaba muerto y hoy ha vuelto a la vida.
Estaba perdido y ahora ha sido hallado.»
❧❈❧
¡Menuda estupidez!
Corro por el bosque en dirección a mi casa.
La sangre cae de mi labio roto y resbala por mi barbilla, empujada por la lluvia que aún empapa mi cara.
¡Al menos los árboles amortiguan el temporal! —me interrumpe mi subconsciente, ofreciéndome un patético amago de consuelo.
No soporto este puto lugar.
No soporto a esta gente.
No han hecho más que destrozar mi vida. Su vida.
Ella era luz y, ahora que no está, todo es oscuridad.
Dicen que no llegamos a entender del todo cuánto necesitamos a una persona hasta que la perdemos, pero yo siempre supe lo que suponía para mí. Era mi refugio y ahora estoy a la maldita intemperie.
¡Le odio!
Corro más fuerte porque quiero llegar cuanto antes, meter cuatro cosas en una bolsa y desaparecer.
Lejos de ellos.
Lejos de él.
Dejar de respirar este aire que me asfixia por dentro como una nube de ácido.
El olor a pino y tierra mojada me atraviesa las doloridas fosas nasales en cada inspiración y, en cada exhalación, me matan las punzadas en las costillas.
Pero no puedo parar.
Mi cuerpo va en piloto automático y hace rato que he perdido el control sobre él.
Aprieto más los puños como si ese pequeño gesto me diese la inercia necesaria para llegar antes a mi destino, lejos de aquí.
Me acuerdo del cuento del hijo pródigo y me río por dentro.
Hay que ser cínico...
El muy cabrón siempre me ha marcado el camino a seguir con sus historias de mierda, a modo de migas de pan.
Un nudo más en mi soga.
Otra forma más de recordarme que este es mi lugar.
Adonde «pertenezco».
«Eso mismo le hizo creer a ella... ¿De qué me sorprendo ahora?» —mi mente intrusiva vuelve al ataque.
Pero estoy más claro que nunca.
Más vivo y dolorido, pero más despierto.
Estiro los dedos de las manos para relajar la tensión y veo que tengo raspones en los nudillos; de ahí el escozor que me lleva molestando un rato.
Veo la sangre que comienza a pegarse a los tramos en los que me falta la piel, y vuelvo a apretar el paso.
¡Le he dado duro!
Seguro que es algo que no olvidará...
¡Genial! Que no lo haga, porque yo tampoco lo pienso hacer.
Me voy a ir de este pueblo y no pienso volver jamás.
¿Quién, en su sano juicio, querría volver a este lugar?