Catching the Fire of District 12 | Los Juegos del Hambre

Summary

Desde hace tiempo quise hacer un What if/One-Shot de lo que me hubiera gustado que pasase en Hunger Games: Catching Fire y principios de Sinsajo, donde Haymitch entra a la arena en lugar de Peeta. Es un relato adulto, psicológico y brutal que sigue fielmente la trama original, pero con un cambio central que se convierte en la mente estratégica que guía la rebelión desde dentro. Se alterna entre tres puntos de vista, Katniss, Peeta y el propio Haymitch. Un ciclo se rompe, otro comienza, y todos pagan el precio.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Acto I: Nobody Soldier


Me paré en la plaza del Distrito 12, con el sol del mediodía golpeándome la espalda y el aire espeso cargado con ese hedor eterno a carbón y sudor rancio que se pega a la piel como una segunda capa de miseria.

La multitud era un mar de rostros demacrados, ojos hundidos por el hambre y el miedo que nunca se va, todos apiñados bajo esa plataforma improvisada donde Effie revoloteaba como un pájaro exótico atrapado en una jaula.

Sentía mi pulso latiendo en las sienes, un ritmo constante que ahogaba los murmullos de la gente a mi alrededor. Mi mano apretaba la de Katniss con una fuerza que no podía controlar, nuestros dedos entrelazados en un nudo que era tanto consuelo como una despedida silenciosa.

Sabía exactamente lo que venía.

Después de todo lo que habíamos pasado en los últimos Juegos: la cueva donde nos acurrucamos fingiendo amor para sobrevivir, las bayas venenosas que nos unieron en una rebelión accidental, la promesa implícita de que yo la protegería siempre, sin importar el costo.

Miré a Katniss de reojo, su perfil afilado recortado contra el cielo nublado y gris, su trenza oscura cayendo sobre su hombro como una soga lista para apretarse.

Ella era fuego puro, determinación encarnada, pero yo veía las grietas debajo de esa armadura: el horror que le nublaba los ojos cuando soñaba con Rue cayendo, con los mutos acechando en la oscuridad, con la sangre que nunca se lava del todo.

- No te dejaré sola. - le había murmurado una noche, mis labios rozando su oreja mientras yacíamos despiertos, pero ahora, aquí en esta plaza maldita, me sentía completamente impotente. Un panadero fingiendo ser un guerrero, un chico que horneaba pan y pintaba flores, no un tributo listo para matar.

Effie sacó el papel del tazón de las mujeres, sus uñas pintadas de un rosa chillón revolviendo los nombres como si fueran confites en una fiesta. Su voz cortó el silencio como un cuchillo desafilado

- Katniss Everdeen

Sentí un vacío helado en el pecho, como si me hubieran arrancado el aire de los pulmones. Katniss se tensó a mi lado, su mano apretando la mía con más fuerza, y yo abrí la boca para hablar, pero las palabras se me atoraron en la garganta.

No era mi turno aún.

El tazón de los hombres esperaba.

Effie revolvió los papeles con esa sonrisa plástica suya, y yo me preparé mentalmente, mi mente corriendo a toda velocidad. Mi nombre, diría ella, y yo entraría con Katniss, la protegería hasta el final, aunque eso significara morir en sus brazos.

Sacó el papel y suspiró. “Ahí viene...”, me dije a mi mismo.

- Peeta Mellark.

Una voz ronca y quebrada irrumpió desde el fondo de la multitud, como un trueno borracho retumbando en el aire quieto.

- Yo me ofrezco como voluntario.

Me giré tan rápido que el mundo se inclinó por un segundo.

Haymitch se abría paso entre la gente, tambaleante sobre sus pies, su chaqueta raída colgando de sus hombros encorvados como un trapo viejo, y su aliento apestando a licor blanco incluso desde donde yo estaba.

La multitud jadeó colectivamente, un oleaje de sorpresa y horror que recorrió la plaza como una ola. Haymitch, nuestro mentor , el superviviente roto de los 50º Juegos del Hambre.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Él era el que se suponía que nos salvaba desde fuera, no el que entraba al matadero.

Sentí un alivio culpable que me hizo odiarme a mí mismo al instante, como si una mano invisible me hubiera salvado de ahogarme pero hubiera empujado a otro al agua en mi lugar. Debería ser yo, no este borracho roto que apenas podía mantenerse en pie sin apoyarse en algo. Katniss soltó mi mano y dio un paso adelante, su voz un susurro furioso que solo yo oí.

- Haymitch, no. Por favor, no.

Pero él la ignoró por completo, subiendo a la plataforma con pasos inestables, tropezando ligeramente en el último escalón. Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en los míos por un segundo fugaz, y vi algo allí: una promesa silenciosa, una resignación profunda que me heló la sangre.

- El chico se queda. - gruñó Haymitch a Effie, quien parpadeaba confusa bajo su peluca rosa chillona, como si no entendiera que el guion se había roto. - Yo entro por él. Fin de la discusión.

La plaza estalló en susurros ahogados, pero yo no oía nada más que el zumbido en mis oídos. Mi mente era un torbellino caótico: culpa, alivio, ira pura.

¿Por qué Haymitch?

Recordé las noches en el tren después de nuestros Juegos, Haymitch bebiendo hasta el olvido, derrumbado en su asiento mientras murmuraba sobre aliados perdidos, sobre un acantilado venenoso que había usado para ganar, sobre una chica llamada Maysilee que había muerto en sus brazos.

“No soy soldado de nadie”, me había dicho una vez, riendo amargamente mientras vertía otro trago. “Tú y la chica... sois lo único que me queda por salvar”. Ahora tomaba mi lugar, y yo me sentía como un cobarde, salvado a costa de un hombre que ya estaba medio muerto por dentro.

En el Edificio de Justicia, mientras los pacificadores nos separaban para las despedidas rituales, abracé a Katniss con toda la fuerza que pude, mi rostro enterrado en su cabello que olía a humo y bosque.

- No lo dejes morir por nada. - le murmuré, mi voz quebrada y ronca por las lágrimas que no dejaba caer. - Volved los dos.

Ella asintió contra mi pecho, sus lágrimas mojando mi camisa, pero vi el horror en sus ojos: ella, la protectora eterna de Prim, de Gale, ahora cargando con la culpa de otro sacrificio en su nombre.

- Lo haré, Peeta.

La besé entonces, un beso desesperado que sabía a sal y miedo, antes de que los pacificadores la arrastraran.

Luego, fue mi turno con Haymitch. Entré en esa habitación pequeña, él estaba sentado en una silla destartalada, vertiendo un chorro de licor blanco en un vaso.

- ¿Por qué? - le espeté, mi voz temblando de furia contenida mientras cerraba la puerta detrás de mí. - Debería ser yo ahí dentro. Katniss me necesita a mí, no a un... un borracho que apenas puede mantenerse en pie sin una botella.

Haymitch levantó la vista lentamente, su sonrisa cínica torciéndose en una mueca que no llegaba a sus ojos hundidos.

- Siéntate, chico. O quédate de pie, me da igual. -Tomó un sorbo largo, el licor derramándose por su barbilla sin que le importara. - Porque tú eres blando, Peeta. Hice...bueno, no importa. No me arrepiento, es lo que intento decir. - Sus ojos se clavaron en los míos, lúcidos pese al alcohol, como si el licor solo empañara la superficie. - Gané mis Juegos matando a 4 o 5 tributos, manipulando la arena como podía. ¿Sabes lo que es ver a tus aliados morir, a tus mejores amigos, tu hermana? Yo sí. Katniss necesita alguien que piense sin piedad. No un amante soñador que se desmorona al primer corte.

Sentí la agonía como un cuchillo retorciéndose en mi pecho, mis puños apretados a los lados.

- Te estás sacrificando por mí. ¿Cómo se supone que viva con eso? Sabiendo que tú estás ahí dentro por mi culpa...

Haymitch se rio, un sonido hueco y amargo que resonó en la habitación pequeña.

- Viviendo, chico. Manipulando desde fuera como yo te enseñé. Sé el estratega que yo no puedo ser ahí dentro, porque estaré ocupado manteniendo a la chica viva. - Se puso de pie con esfuerzo, tambaleante, y puso una mano pesada en mi hombro, su aliento cálido y agrio contra mi cara. - Prometí romper el ciclo para ella. Tú... tú eres parte de eso ahora. No lo arruines sintiéndote culpable. La culpa te mata más rápido que cualquier tributo.

Salí de allí con el estómago revuelto, la impotencia royéndome las entrañas como un ácido lento. En el tren hacia el Capitolio, me senté solo en mi compartimento, mirando por la ventana cómo el Distrito 12 se desvanecía en la distancia, un borrón de casas grises y minas oscuras.

Katniss y Haymitch estaban en otro vagón, planeando estrategias en voz baja, pero yo me sentía excluido, un espectador en mi propia vida trágica. Pinté esa noche, mis manos temblando mientras mezclaba colores en el lienzo. Era mi forma de gritar, de procesar la transformación que sentía venir: de tributo potencial a peón impotente, de amante devoto a conspirador desesperado en un nido de víboras.

Una vez en el Capitolio, los preparativos fueron un torbellino cegador de luces artificiales, perfumes empalagosos y sonrisas plásticas que me daban náuseas. Observé desde las sombras mientras Cenna vestía a Katniss con su traje icónico de la Chica en Llamas, el fuego danzando en la tela como un presagio vivo de destrucción.

- Estás hermosa. - le dije en un susurro cuando la vi desfilar en el carro, pero mis palabras se perdieron en los aplausos ensordecedores de la multitud. Haymitch, por su parte, rechazó cualquier arma vistosa durante las sesiones de entrenamiento.

- Un kit de suturas y licor. - pidió con su voz ronca cortando las risas burlonas de los asistentes y estilistas. - No necesito brillar como un payaso. Necesito sobrevivir al infierno que viene.

Lo vi entrenar después: torpe por el alcohol que aún corría en sus venas, pero con una astucia letal en cada movimiento, sus cuchillos volando con precisión mortal hacia los blancos.

- Veterano de verdad. - murmuraban los otros mentores en los pasillos, pero yo veía el trauma acechando en sus ojos: pausas repentinas donde parecía revivir horrores pasados, flashes de un acantilado venenoso y aliados caídos que lo perseguían como fantasmas.

La noche antes de que entraran en la arena, me colé en la azotea del edificio de tributos, el viento frío del Capitolio azotando mi rostro mientras encontraba a Katniss y Haymitch allí, sentados en el borde, mirando las luces parpadeantes de la ciudad.

- El plan es tener aliados. Como Finnick y Mags. - susurraba Haymitch en voz baja, su aliento empañando el aire.

Me senté a su lado, tomando la mano de Katniss.

- Desde fuera. - dije, mirando a Haymitch,. - Mandaré lo que pueda.

Haymitch asintió, su mirada extrañamente lúcida.

- Bien. Y tú, chico, no te quedes mirando las pantallas paralizado. Trabaja. Seduce a esa audiencia. Somos dos piezas del mismo plan ahora. No falles.

- No lo haré. - juré, pero la impotencia era un veneno en mi sangre.- Desde fuera, mandaré patrocinadores lo mejor que pueda. - dije, mi voz baja pero firme.

Pero por dentro, la culpa me devoraba viva: salvado, pero a qué costo? Yo debería estar allí, no Haymitch, no este hombre que ya había pagado suficiente por sus pecados.

El día de la entrada a la arena, me quedé en el centro de control del Capitolio, rodeado de pantallas gigantes y mentores que apostaban como si fuera un juego.

Vi los tubos elevarse, Katniss y Haymitch emergiendo en esa arena infernal del reloj, la jungla húmeda y traicionera extendiéndose ante ellos como una trampa viva y pulsante. Sentí el peso aplastante de cada decisión que había llevado a esto: mi transformación completa, un estratega impotente rogando al universo por que su sacrificio no fuera en vano.

La arena los tragó enteros, y yo me quedé atrás, un soldado de nadie en un mundo construido sobre mentiras y sangre.

- Volved con vida. - murmuré para mis adentros, una oración inútil dirigida a nadie.

Los días en el Capitolio, tras la ceremonia de apertura, fueron una tortura de lujo y luz artificial. Me movía por los pasillos del edificio de los mentores como un fantasma, un tributo sin arena. Effie, despojada de su papel habitual, flotaba a mi alrededor con una energía nerviosa y nueva.

- Peeta, cariño, debes comer algo. - decía, empujando hacia mí un plato de algo que brillaba con colorantes. - Necesitas fuerzas para... para...

- Para verlos morir en una pantalla, Effie. - terminaba yo, sin poder contener la amargura.

Ella palidecía y se retorcía las manos.

- No digas eso. Haymitch es un veterano. Y Katniss... es nuestra chica. Sobrevivió una vez.

- Y esta vez no soy yo quien está a su lado. - recordaba en voz baja, y Effie no encontraba respuesta.

El centro de control era una caverna iluminada por el resplandor frío de decenas de pantallas. Olía a café fuerte, polvo electrónico y el perfume dulzón de los capitolinos que acudían a observar el «espectáculo» con la misma frivolidad con que verían una obra de teatro.

Me instalé en un rincón, desde donde podía ver todas las tomas. A mi izquierda, un mentor del Distrito 3 lloriqueaba por su tributo, Beetee, el hombre del cable, que en la pantalla parecía estar calculando el voltaje del cielo nublado de la arena.

Finnick.

Lo vi en otra pantalla, deslumbrante y letal como un cuchillo de oro, protegiendo a Mags con una ferocidad que desmentía su sonrisa de playa. Y a su lado, Wiress, la mujer del Distrito 3, canturreando suavemente mientras sus dedos trazaban patrones invisibles en el aire.

- Aliados. - murmuré para mí, recordando el plan de Haymitch en la azotea. El reloj. La jungla.

En la pantalla central, vi a Katniss.

Estaba en su plataforma, tensa como la cuerda de un arco, sus ojos escudriñando la espesura. A pocos tubos de distancia, Haymitch.

No miraba la jungla.

Miraba hacia arriba, como si pudiera ver a través del domo y encontrarme aquí, en esta silla. Su rostro no mostraba borrachera, ni cinismo. Solo una fatiga antigua y una resolución absoluta que me heló la sangre.

Effie se acercó, su mano temblorosa posándose en mi hombro.

- Oh, Peeta... - susurró.

El locutor, Caesar Flickerman con otro extravagante traje, llenaba el aire de comentarios vacíos.

- ¡Qué emotivo reencuentro, querida audiencia! ¡Nuestros queridos veteranos, de vuelta al lugar que los hizo famosos! ¡Y qué giro, el mentor convertido en tributo!

Apreté los puños hasta que los nudillos blanquearon. El plan era claro en mi mente: mantener la fachada, hacer entrevistas llenas de dobles sentidos, canalizar los patrocinadores hacia los que protegieran a Katniss y a Haymitch.

Beetee y su inteligencia, Wiress y su percepción, Finnick con su fuerza y su lealtad probada hacia Mags (y, por extensión, hacia quien ella protegiera). Mags, la frágil clave que unía a Finnick con nuestro grupo. Todos eran piezas en el tablero del reloj, y yo tenía que moverlas desde fuera.

La cámara hizo un barrido por las 24 plataformas. Vi los rostros de los otros tributos: Brutus, Enobaria, Cashmere, Gloss... asesinos profesionales con sonrisas de depredador. La amenaza real no era la jungla, sino ellos.

Un silencio repentino cayó sobre el centro de control. En la pantalla, el contador digital sobre el domo marcaba los últimos segundos. 10... 9... 8...

Effie dejó escapar un gemido ahogado, sus uñas clavándose en mi hombro.

7... 6... 5...

Vi cómo Katniss se agachaba levemente, los músculos listos para el sprint.

4... 3... 2...

Los ojos de Haymitch se cerraron por un segundo. Una paz extraña se apoderó de su rostro. Luego los abrió y miró fijamente a la cornucopia. Un soldado, al fin.

1...

El gong sonó, un estruendo metálico que resonó en los altavoces del centro de control y, sin duda, en cada rincón de Panem. Las figuras en las pantallas se lanzaron al vacío, hacia la arena, hacia la sangre, hacia la historia.

Katniss corriendo como un antílope, Haymitch avanzando hacia un kit de suministros, Finnick blandiendo su tridente con gracia mortal para abrirse paso hacia Mags.

- Suerte. - murmuré.