EL PULSO CERO

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Summary

Descubre "El Pulso Cero" ⏳✨ Adéntrate en un viaje fascinante con "El Pulso Cero" de Francisco Araya Pizarro. La historia sigue a Kaen Rhé, quien despierta en un mundo congelado en el tiempo, atrapado entre infinitas líneas temporales. Con el peso de sus decisiones sobre sus hombros, Kaen debe enfrentar versiones de sí mismo que lo acusan de traición y redimir su pasado para salvar a la humanidad. Con la ayuda de Sen-Linn, una figura enigmática que conoce las verdades del tiempo, Kaen se embarca en una carrera contrarreloj hacia el Instante Primordial. ¿Aceptará convertirse en el ancla que detenga el tiempo a costa de las vidas que ama, o encontrará la manera de restaurar el flujo del tiempo sin sacrificar su humanidad? "El Pulso Cero" es una exploración intensa sobre las consecuencias de nuestras decisiones y la lucha entre el deber y el deseo. Una narrativa llena de giros emocionantes que hará que te cuestiones el verdadero significado del tiempo. Ahora disponible en Wattpad. ¡No te pierdas esta emocionante odisea que te enseñará a latir con el tiempo! 🌌📖 #ElPulsoCero #LecturaRecomendada #CienciaFicción

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Kaen Rhé despertó con un sonido que no existía. No era un zumbido; era algo entre ambos, una vibración que recorría su médula y hacía que sus dedos temblaran antes de que él supiera por qué. Todo a su alrededor estaba congelado. El humo de un accidente que aún no había ocurrido flotaba inmóvil. Un ave suspendida en medio de su vuelo parecía mirar directamente a Kaen. Las luces de neón de la ciudad eterna del año cero brillaban, pero ningún reflejo bailaba en las superficies metálicas. El tiempo se había vuelto tangible, y él era el único capaz de moverse a través de él. Su cuerpo no corría: vibraba. Cada molécula de su ser se extendía entre microinstantes, desdoblándose en versiones que existían y no existían al mismo tiempo. Recordó el mensaje que había recibido antes de despertar: “Eres la única constante. Corre hacia el principio”. El Pulso Cero había destruido el Centro Temporal de Valak. Millones de seres habían perdido sus memorias, sus identidades o envejecieron siglos en segundos. Para Kaen, solo había un camino: viajar al primer segundo de la Red Temporal Artificial y reparar lo que él mismo había comenzado.

Su primer salto lo llevó al siglo XXV. Las ciudades estaban en ruinas, torres torcidas yacían como huesos gigantes bajo cielos grises. En ese mundo, Kaen vio su primera sombra: un eco de sí mismo que lo acusaba de traición.

—“¡Mírate!” —gritó el eco—. “Activaste el Primer Salto para salvar a tu madre y condenaste a todos nosotros”.

Kaen no respondió. Sus sentidos percibían las infinitas líneas temporales convergiendo y divergiendo. Cada paso que daba generaba versiones incompletas de sí mismo que aparecían y desaparecían, acusándolo, consolándolo, retándolo. Fue entonces cuando Sen-Linn apareció. Su traje brillaba con microcircuitos que vibraban al ritmo del tiempo, y sus ojos mostraban la precisión de quien había visto más de lo que debería.

—“Kaen” —dijo, con voz firme—. “Si no te enfrentas a lo que hiciste, todo el tiempo colapsará. Encontré tu muerte en una línea alterna… y no puedo permitir que eso pase”. Kaen la miró. Sabía que cada palabra era verdad. Él había creado fracturas en el tiempo para salvar a su madre, pero en su acto altruista había generado anomalías que amenazaban con destruir la continuidad humana.

—“No soy un héroe” —respondió Kaen—.” Soy lo que queda cuando nadie más puede recordar haber existido”.

La carrera hacia el Instante Primordial no era sencilla. Cada salto lo llevaba a eras que colapsaban o desaparecían. El tiempo se había vuelto maleable, casi consciente, y parecía intentar detenerlo en cada paso. Llegó al Corredor de Cronoentropía: una región donde el tiempo no fluía, sino que colapsaba en sí mismo. Allí, todo era simultáneo: Kaen podía ver la destrucción de la ciudad antes de que sucediera y, al mismo tiempo, sentir el pulso de una civilización futura que aún no existía.

El Espectro Fijo apareció ante él. Su rostro cambiaba con cada parpadeo: a veces era un niño, a veces un anciano, otras veces idéntico a Kaen. Su voz surgía de todos lados y de ninguno al mismo tiempo:

—“Detente” —dijo—. “Puedes ser el ancla que estabilice todo el tiempo. Si lo haces, nadie más se moverá jamás, pero todo será seguro”.

Kaen vaciló. Sabía que aceptar significaba renunciar a cada instante de vida que no fuera suyo. Cada parpadeo congelado, cada lágrima suspendida, cada historia de amor o pérdida se detendría para siempre.

—“No” —replicó—. “Ya no correré más. No seré un ancla inmóvil”.

Por un instante, fue uno solo y todos al mismo tiempo. A través del salto final, Kaen percibió el tiempo. Sen-Linn apareció a su lado, flotando en un microinstante donde el tiempo aún conservaba resquicios de lógica. Con eso, el Espectro desapareció, disuelto en su propio deseo de quietud. Las realidades colapsadas empezaron a reorganizarse en un caos armonioso: los tiempos se entrelazaban, se recordaban a sí mismos y a sus habitantes, pero sin coerción, sin imposición. Cuando Kaen desapareció, solo quedó Sen-Linn.

En el año 3025, en una línea donde la humanidad ya no viajaba por el tiempo, los niños escuchaban historias sobre un hombre que corría en segundos congelados, dejando detrás una estela de luz.

—“Él no salvó el tiempo” —decían los ancianos—. “Nos enseñó a latir”.