Los ojos del ciervo

All Rights Reserved ©

Summary

En un mundo dividido por castas inquebrantables, donde la belleza es poder y los poderes psíquicos determinan el destino, un Dominador descubre algo que jamás buscó: la perturbadora necesidad de poseer aquello que nunca debió llamar suyo.

Genre
Drama
Author
Marcela
Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

El amanecer se filtraba por las altas ventanas de la habitación de Arel. Luz pálida, casi enferma, el mismo otoño interminable que llevaba meses cubriendo Aurum con su calma muerta. Despertó tras apenas tres horas de sueño. El cuerpo obedecía. La mente también. Y sin embargo, algo seguía pesándole en algún lugar que no alcanzaba a identificar.

Se incorporó. El mármol helado mordió la planta de sus pies descalzos. La ducha tibia recorrió su piel perfecta sin arrancarle el cansancio incrustado. Frente al espejo, la rutina de siempre: pómulos altos, mandíbula limpia, labios delgados. Los ojos gris plateado, tan claros que parecían agujeros de hielo. Arel se observó como quien inspecciona un arma antes de usarla: sin orgullo, sin reproche. Sin nada.

Perfecto.

En los establos, los caballos de sangre pura golpeaban la madera noble con impaciencia. Debajo, en los cuartos sin ventanas, se oían los ronquidos entrecortados y el tintineo de cadenas de los Marcados que los alimentaban desde antes del amanecer.

Bajó al comedor. El aroma del café recién hecho flotaba como un perfume humilde. Tomó la taza, dio un sorbo… lo suficiente para sentir el amargor fuera de lugar.

Dejó caer la taza con un golpe seco.

—¿Quién lo preparó?

Una mujer dio un paso al frente. La cabeza hundida entre los hombros. Temblor en las manos.

—Fui yo, señor —murmuró.

Arel inclinó la taza todavía tibia.

El café hirviendo le cayó encima como plomo líquido. Pelo, rostro, cuello, clavículas. El vapor subió en una nube tenue.

Ella abrió la boca en un grito que se quebró antes de salir. Las manos subieron por instinto, se detuvieron en el aire. Levantó la vista un instante, apenas un reflejo animal, con los ojos llenos de lágrimas brillantes.

Arel habló sin elevar la voz:

—¿Quién te dijo que podías levantar la mirada?

Dos dedos. Un gesto casi perezoso.

Algo crujió dentro de la rodilla derecha de la mujer.

El chasquido resonó en la sala como una ramita seca.

Ella se desplomó. La pierna se dobló en un ángulo grotesco. Entonces sí, el grito estalló, áspero, desbordado, inhumano. Se retorció en el mármol, arañando el suelo, la piel quemada pegándose a sus dedos temblorosos.

—Y la voz —añadió Arel con calma—. ¿Quién te dijo que podías usarla?

Otro leve gesto.

El grito se cortó. Su garganta se cerró como si la estrangulara una mano invisible. Solo gorgoteos húmedos salieron de ella mientras intentaba respirar.

Quedó en el suelo, la piel burbujeada por las quemaduras, la rodilla convertida en una masa informe, los ojos desorbitados.

Arel se inclinó apenas, lo suficiente para verla bien.

—Tu nombre.

Ella tragó aire con espasmos.

—Cris… Cristin…

—Que no vuelva a pasar, Cristin.

Se levantó sin mirarla más y alzó la voz:

—Miller.

El administrador de la finca entró de inmediato. Alto, traje gris impecable, expresión disciplinada. Tolerado de nacimiento. Sabía cuándo no mirar demasiado.

—Señor.

Arel se sirvió otra taza de café, esta vez él mismo.

—Cristin ya no sirve. Que siga trabajando como siempre.

Y si no puede… ya sabes qué hacer con ella.

Miller asintió, firme, sin dudar.

—Sí, señor.

Arel salió caminando descalzo, dejando un rastro de huellas húmedas de café y sangre sobre el mármol blanco. El silencio del pasillo lo recibió como si fuera parte de él.

Jorge lo esperaba afuera, junto al coche negro. Inclinó ligeramente la cabeza.

—Buenos días, señor. ¿A la empresa?

—Sí.

El vehículo arrancó. Los canales de Aurum brillaban bajo el sol naciente, rectos y fríos como cicatrices de cristal. Arel observó el reflejo distorsionado de los edificios dorados. La ciudad entera parecía sostener la respiración.

—¿Los Marcados se portaron bien? —preguntó sin apartar la mirada del paisaje.

—Como siempre, señor —respondió Jorge, tenso.

—Deberían besar el suelo que piso solo por respirar el mismo aire.

Jorge apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Usted es generoso… comparado con otros Dueños.

Arel dejó escapar una sonrisa mínima. Una línea sin calor.

—No te engañes. La verdadera generosidad sería matarlos rápido.

Jorge no contestó. El motor rugió suave, uniforme, llenando el silencio.

Arel apoyó la cabeza en el vidrio. Hubo un segundo, apenas un parpadeo, en el que vio algo moverse en el borde de su visión: un destello oscuro, una silueta que no debería estar ahí. Como una sombra que lo observaba.

Parpadeó. Nada.

El tráfico seguía. El canal brillaba. El sol avanzaba.

Pero la sensación quedó, clavada en la nuca.

Algo estaba empezando.

Y, sin saber por qué, Arel sintió que ese día… no sería igual que los otros.