Viaje a mundos paralelos

All Rights Reserved ©

Summary

Elían, joven profesor de Cosmología, rompe la orbita de un amigo que lo usa, hasta que descubre su destino, cruzar otras realidades y vengar a su única amiga, acompañado por un ex alumno que relamente lo ve.

Status
Complete
Chapters
23
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Migajas de amor

El teléfono descansaba boca arriba sobre el escritorio, burlándose de él con su silencio.

Una sola tilde azul.

Elián la conocía bien. Demasiado bien. Era el color exacto de la indiferencia disfrazada de “ocupado”. El tono preciso de “leí tu mensaje pero no mereces una respuesta ahora”.

“Oye, ¿llegaste bien del viaje? ¿Quieres que pasemos el fin de semana viendo esa serie que te gusta?”

Cuatro horas. Cuatro malditas horas desde que había presionado “enviar” con esa mezcla patética de esperanza y desesperación que ya era tan familiar como su propia sombra.

“Estará ocupado”, se dijo, aunque la excusa ya sonaba hueca incluso en su propia mente. “Con los niños. Con su vida. Una vida de la que tú solo eres un espectador ocasional, un cameo en los créditos finales que nadie se queda a leer.”

La verdad dolía más que la mentira, pero Elián era bueno ignorándola. Llevaba meses perfeccionando ese arte.

—El método del paralaje —su voz resonó en el aula, clara y controlada, todo lo que su vida personal no era— es la forma más fundamental que tenemos para medir la distancia a las estrellas.

Veintiocho pares de ojos lo miraban expectantes. Veintiocho personas que creían que él tenía las respuestas. Que entendía cómo funcionaba el universo.

Si supieran.

—Se basa en un principio simple —continuó, trazando líneas en la pizarra con movimientos automáticos—: observar un objeto desde dos puntos de vista diferentes.

Como observar a Joel desde la perspectiva de “mejor amigo” y desde la perspectiva de “hombre desesperadamente enamorado de ti”. Dos ángulos. Misma distancia imposible.

—La única forma de medir la distancia —hizo una pausa, sintiendo el peso de sus propias palabras— es cambiando nuestra propia perspectiva.

Qué ironía. Él, que era incapaz de cambiar la suya. Que seguía mirando a Joel desde el mismo ángulo doloroso, esperando que algún día la geometría del universo se apiadara de él.

Su mirada vagó por el aula y se detuvo, sin querer, en Damián.

El chico estaba inclinado sobre su cuaderno, mordiéndose ligeramente el labio inferior mientras escribía. Ese kepi azul marino ocultaba su cabello como siempre, pero algunos rizos rebeldes escapaban por los lados, atrapando la luz de la ventana.

Había algo en la intensidad con la que Damián tomaba apuntes. En la forma en que se concentraba como si las palabras de Elían fueran lo único que existiera en el mundo.

Nadie lo miraba a él así.

Ciertamente Joel no.

Elián apartó la vista rápidamente, sintiendo una punzada de algo que no quería nombrar.

—La próxima vez que miren el cielo nocturno —concluyó—, recuerden: para entender cuán lejos está algo, primero debemos tener el valor de movernos.

El timbre sonó. El hechizo se rompió. El murmullo de voces llenó el espacio.

Elián volvió a su escritorio y, como un adicto en busca de su dosis, tomó el teléfono.

Una tilde azul.

Todavía una maldita tilde azul.

Su pecho se apretó con esa mezcla familiar de decepción y resignación. Pero antes de que pudiera hundirse más en su miseria, una voz lo ancló al presente.

—¿Profesor Elián?

Levantó la vista.

Damián estaba frente a él, nervioso, jugueteando con la correa de su mochila. Sus dedos se retorcían alrededor del nylon gastado con una ansiedad que Elián reconoció. Era la misma que él sentía cada vez que le escribía a Joel.

—Sí, Damián. ¿En qué puedo ayudarte?

—Esa última parte, sobre cambiar de perspectiva... —el chico hizo una pausa, como si midiera sus palabras—. ¿Podría recomendarme algo para leer más sobre eso?

Elián asintió, buscando un papel en su desordenado escritorio. Mientras garabateaba títulos y referencias, su mente seguía dividida. Mitad aquí, con este estudiante que realmente parecía interesado. Mitad en ese mensaje sin respuesta que quemaba como una brasa en su bolsillo.

Y entonces, sin pensarlo, sin filtro, las palabras simplemente salieron:

—Por cierto, Damián. Deberías dejar de esconder ese cabello bajo el kepi.

Su propia voz lo sorprendió. ¿Por qué había dicho eso?

Pero ya no podía detenerse.

—Es una lástima tapar algo que se ve tan hermoso. Está bien tener textura. Le da carácter al rostro.

El silencio que siguió fue absoluto.

Cuando Elián finalmente levantó la vista, lo que vio lo dejó sin aliento.

Damián estaba completamente sonrojado. Un rojo intenso que subía desde su cuello hasta las puntas de sus orejas. Sus ojos, grandes y brillantes, lo veían. Algo que hacía mucho tiempo Elián no veía dirigido hacia él.

Alguien que lo veía como si sus palabras importaran.

Como si él importara.

—Yo... gracias, profesor —Damián apenas podía hablar. Tomó el papel con manos temblorosas, sosteniéndolo como si fuera un tesoro.

Y Elián entró en pánico.

Porque reconoció esa mirada. Esos ojos llenos de esperanza. Ese sonrojo que decía más de lo que las palabras podían expresar.

Dios, ¿qué había hecho?

—Solo... es un comentario de física —tartamudeó, refugiándose en lo único que conocía—. La luz interactúa mejor con texturas definidas. Los rizos crean un patrón de difracción interesante. Dispersan la luz de manera más... estética. Nada más.

Cobarde.

La excusa sonó patética incluso para sus propios oídos.

Pero Damián sonrió. Una sonrisa genuina que iluminó todo su rostro, haciendo aparecer un pequeño hoyuelo en su mejilla. No se había tragado la explicación científica.

Y no le importaba.

—Claro, profesor. La difracción —repitió con un brillo travieso en los ojos—. Gracias.

Se marchó diferente a como había llegado. Con la cabeza más alta. Los hombros más rectos. Como si alguien acabara de decirle que tenía derecho a ocupar espacio en el mundo.

Un espacio hermoso.

Elián se quedó solo en el aula vacía, rodeado del polvo de tiza y el eco de sus propias palabras.

Había pasado años mendigando migajas de atención de Joel. Años esperando un mensaje, una llamada, una señal de que importaba aunque fuera un poco.

Y acababa de darle a un desconocido, sin pensarlo, sin esfuerzo, lo que él mismo moría por recibir: validación. Reconocimiento. La sensación de ser visto.

Qué ironía tan cruel.

Guardó sus cosas mecánicamente y salió del edificio hacia la fría tarde de octubre.

El teléfono vibró en su bolsillo.

Su corazón se detuvo. Luego se aceleró tan rápido que sintió que podría estallar.

Joel.

Joel: Hno, ocupadísimo. Los niños son un terremoto. Hablamos mañana, tal vez.

Leyó el mensaje una vez. Dos veces. Tres.

“Hno.”

“Tal vez.”

Migajas.

Pero sonrió de todos modos. Esa sonrisa tonta, patética, desesperada que reservaba solo para Joel.

“Hablamos mañana.”

Era suficiente. Tenía que serlo.

Porque Joel era su estrella lejana, y Elián era el astrónomo tonto que seguía midiendo la distancia, aferrándose a la esperanza de que algún día el ángulo de paralaje cambiara y descubriera que siempre había estado cerca.

Pero mientras caminaba a casa, una imagen se coló en sus pensamientos sin permiso.

Unos ojos grandes y brillantes. Un rostro sonrojado. Una sonrisa tímida que hacía aparecer un hoyuelo.

Alguien que lo había mirado como si sus palabras fueran lo más importante del mundo.

Elián sacudió la cabeza, tratando de deshacerse de la imagen.

No podía. No debía.

Su corazón ya tenía dueño, aunque ese dueño no lo quisiera.


Lo que Elián no sabía era que, en ese mismo momento, Damián caminaba en dirección opuesta con el kepi guardado en su mochila.

Sus rizos caían libres por primera vez en meses, atrapando los últimos rayos del sol.

Y en su pecho, una chispa , una esperanza.