Prefacio
El cheque era real, pero la vida que compraba no lo era.
Mara mantuvo los ojos fijos en la cifra de seis ceros que Mikhail Petrova, el dueño y director creativo de Velve Rose, había deslizado sobre la inmensa mesa de caoba. Su mano, apenas visible sobre el papel satinado, era perfectamente inmóvil, la de un hombre que dictaba transacciones, no las pedía. Ella, en cambio, sentía que las yemas de sus dedos temblaban solo de pensarlo.
El silencio en el despacho del último piso, con vistas al skyline de Toronto, era denso, frío. Se rompía únicamente por el suave clic de un reloj Patek Philippe sobre la chimenea de mármol. Desde allí, el mundo de la moda se extendía, indiferente a que una secretaria estuviera a punto de vender un año de su intimidad a cambio de la supervivencia.
–No lo pienses tanto, Mara.
exigió Mikhail, su voz baja y pulida como el acero. No había rastro de ruego, solo una impaciencia costosa. Se recostó en su sillón de cuero italiano
–Es un año. Un papel. Cero sentimientos. Un contrato blindado. Yo obtengo lo que quiero, usted obtiene la solvencia. La única variable aquí es si eres lo suficientemente inteligente como para tomar esta oportunidad. ¿Aceptas o no aceptas ser la Señora Anderson?"
Mara respiró hondo, tragándose la vergüenza, el miedo y, sobre todo, la humillación de ser un mero producto financiero. Vio de reojo la pila de facturas en su bolso, la necesidad ineludible de pagar las deudas que sus propios padres le habían provocado. El dinero era un arma; a ella le acababan de ofrecer la munición.
–¿Qué obtiene usted exactamente, Señor Petrova? – preguntó Mara. Su voz salió más firme de lo que se sentía.
Mikhail la miró como si su pregunta fuera una molestia infantil.
–Obtengo mi libertad operativa. Mis padres están decididos a encadenarme con Andrea Morgan, la heredera de los holdings Morgan, antes de que finalice el Año. Una unión que cimentaría aún más su patético imperio y que me pondría una soga en el cuello. No lo voy a permitir. – Se inclinó, la intensidad de sus ojos grises la perforó. – Necesito una esposa ahora para deshacerme de Andrea. Una esposa que firme, que sea creíble y que, sobre todo, no me dé problemas. Eres eficiente y discreta. Y, como no te interesa mi apellido ni mi dinero más allá de esta transacción, puedo confiar en ti. ¿No es así?
Mikhail deslizó la pluma de oro por la mesa, deteniéndola justo delante del Anexo C. El nombre de la cláusula estaba en negrita, cruelmente claro.
Cláusula de Cero Sentimientos.
–Tienes cinco segundos para agarrar esa pluma, Mara. El tiempo es dinero, y mi tiempo vale más que tu indecisión.
Mara miró el cheque. Luego la pluma. Y luego los ojos gélidos de Mikhail. El futuro de su vida y su propia alma estaban en juego.