1. Método de Escape.

🌀 Primer método: Si querés escapar, un viaje a Disney no esta mal.——————————————————————————
—No entiendo.
—Louise, por décima vez, compré pasajes.
Miro el celular de mi amiga. La pantalla blanca iluminada me ciega y hago una mueca de dolor cuando recuerdo que el sol da directo a mi cara.
—Entiendo la situación —digo, cerrando los ojos; tengo la boca seca y el corazón palpita a una velocidad anormal con cada respiración—, no tu forma de actuar.
—Estaba inspirada. —Margot acerca sus manos torpes a mi cuello dolorido y desenreda mi collar con mucho esfuerzo.
—Borracha.
—Liberada —corrige.
Muerdo mi labio, sus manos masajean el cuello y su respiración en mi nuca hace que olvide que hace dos segundos planeaba su muerte.
El ruido de una bocina retumba por toda mi cabeza; me estremezco. Las ventanas blancas están abiertas y las cortinas solo sirven de fachada, porque el sonido de pleno New York sigue apareciendo. Maldigo por dentro al escuchar el murmullo de la gran ciudad.
—Dame tu celular —le pego en la mano que masajea—. Necesito confirmar que esto es verdad y no consecuencias de la resaca.
—Técnicamente es consecuencia.
El suelo de mármol congela mis extremidades, mi departamento desolado nos recuerda que el efecto del alcohol es, en su mayoría, el deseo de morir.
Entrega su celular y ya veo mi ruina.
—¿Margot, eres idiota? —suspiro; la frente me arde y la imagen de mi mejor amiga se duplica—. ¿Orlando? ¿Nueve pasajes?
Mi cuerpo suda y el calor de afuera no se compara con la forma en que voy a estallar.
Margot aprieta sus labios tal que el labial rojo desaparece. Refriego los ojos con fuerza hasta ver nubes de colores; Orlando no es el lugar de destino que tenía planeado.
Me levanto, sintiendo el suelo bajo mis pies descalzos. Mi pollera está subida hasta la cintura y la remera de algún ex se extiende hasta el medio muslo. Mi cuerpo se tambalea y por un segundo veo estrellas.
—Supongo que los vas a devolver —sugiero, con una sonrisa cómplice que no llega a mi rostro.
La rubia que tengo delante no responde; guarda sus manos en los bolsillos de su buzo y sus pupilas se transforman en pequeños diamantes.
—¿Por qué devolverlos? —encoge los hombros.
Mi sonrisa tiembla.
—No tenemos suficientes amigos. Disney parece un destino infantil y recurrente —resoplo—. Ya tenía todo planeado, Margot. Además, mis padres me van a asesinar si se enteran de que gastó dinero en Disney, es fin de mes.
Mi celular está en la mesa, sigo esperando el nuevo pago que prometieron. Difícil es sobrevivir si ni tus propios padres contestan.
Margot voltea mi teléfono y hace una seña con los ojos.
—Escucha, tenemos una semana para convencer a los chicos de ir. —Alza las cejas, expectante—. Es Disney, la magia fluye. —Hace una ola con sus brazos.
Frunzo las cejas.
—¿Quién dijo que me convenciste? —murmuro.
—Yo.
Muevo la boca para responder, pero una ráfaga de cansancio impacta en lo profundo de mis entrañas.
El departamento da vueltas y mi cerebro amenaza con dormirse; mis manos se paralizan y las luces se ven más radiantes e insoportables que antes, obligándome a apartar la vista. Llevo la mano a la boca y salgo disparada hacia el baño, tropezando con mis propios pies descalzos.
Margot corre detrás de mí, pero lo único que soy capaz de oír es el grito de un vendedor.
Llego justo a tiempo, caigo de rodillas frente al inodoro de mármol y expulso todo lo que combiné ayer.
Mi pelo se mete por mi boca y el sabor a vómito se expande por todo mi paladar. Convulsiono mientras intento no dormirme en pleno acto. Largo pequeñas lágrimas y reafirmo que nunca volveré a tomar vodka de la botella.
Mi mejor amiga se ríe con una carcajada detrás.
—¿Estás bien? —pregunta con experiencia, agarrando mi pelo.
Asiento, escupiendo la saliva que queda. Mi frente se inunda de sudor y mis manos sobre el inodoro se resbalan.
Pensar en el viaje sin resolver de Margot me hace escupir más bilis. La lista mental de mi cerebro se arruga cada vez que pienso en Disney.
Cuando recupero fuerza suficiente para levantar la mirada, encuentro mi reflejo pálido y un comprobante de compra directo a mi vista. Entrecierro la mirada y me alejo de ella.
—¿El vómito fue una señal para ir? —me atormenta.
Tiro el cuello para adelante, ignorando las quejas de los músculos; apenas tengo fuerza para levantar los párpados.
Trago mi propia saliva; el ardor a vómito baja por mi estómago y pensar en coquetear con Mickey Mouse ya no parece tan horrendo.
—No —arrastro la palabra.
—Proyéctate ahora que estás sobria, Louise —ironiza, haciendo un gesto de arcoíris—. Disney, Florida, sol, sin padres, sin planes...
—Eso no me atrae —susurro.
Mi celular suena desde el comedor con tanta insistencia que parece un taladro perforando mi cráneo.
—Margot, apaga eso —ordeno, colgándome de sus brazos.
Saca la lengua y me guía hacia el celular. Mis pasos son lentos y al tercer ringtone estoy por desmayarme en el piso. Suspiro cuando esquivo una prenda de ropa.
Mi amiga me tira en el sillón y este rebota ante mi peso. Agradezco al diseñador que inventó este almacén de plumas y almohadas.
—Louise —llama Margot cuando mi cabeza ya está hundida—. Creo que Disney puede olvidarse por un rato, ¿tenías algo con tu mamá?
Las imágenes de anoche remueven mi cabeza. Intento buscar en algún lado el archivo de “mamá“, pero solo encuentro a una rubia bailando con el bartender. Sacudo la cara y los mechones húmedos se pegan a mi piel.
Intercambio miradas con mi amiga, quien tiene las cejas fruncidas y me apura para atender el celular. Abro la boca, pero sale aliento a podrido.
—Contesta —articula con gestos grandes, como si ya estuviera en llamada.
Cierro las cortinas con fuerza, dejando el departamento sin luz y permitiéndome descansar la vista antes de escuchar la voz de mamá. Margot acerca la llamada y se sienta al lado mío.
Mi mano tiembla por la fuerza; el celular casi se resbala entre mis dedos y el perfil de mamá en Italia provoca arcadas.
Contesto con la sensación de estar a segundos de la muerte.
—Mamá. —Mi voz suena más rasposa que antes, y se puede oler a kilómetros mi resaca.
Detrás de la llamada se escucha caos: risas demasiado graves y muchos cubiertos chocando entre sí. Aparto el oído.
—Louise Clarke, ¿por dónde estás? —Parece frustrada; su voz calma rara vez significa algo apetecible.
Por poco pierdo mi cordura y contesto que estoy en un avión yendo a Disney.
Mierda.
Margot busca mi mirada; tiene la boca abierta y la nariz fruncida. Simula vómito con sus manos y se agarra el cuello para mandarme códigos que no entiendo. Gira la cabeza y apoya sus manos en su oído, aparentando dormir.
Pongo los ojos en blanco y me paro; mis piernas hacen el doble de trabajo para mantenerme firme.
—Tu abuela llegó hace treinta minutos, y eso es temprano considerando quién es. Así que te pregunto, hija: ¿dónde estás?
—La reunión es a las cuatro y media... no entiendo —pregunto, pero mi corazón ya rebota en mi pecho y mis piernas pierden fuerza.
Mi madre es la versión moderna del demonio; puede no aparecer por un mes entero, pero toca la puerta de mi casa si es necesario para sus deseos.
Podría criticarla, aunque yo no estaría contestando su llamada en primer lugar si no fuera porque su ridícula obsesión con el trabajo mantiene mi culo en un departamento en New York.
Mi amiga niega con los brazos cruzados y le doy la vuelta para ignorarla.
—Son las cinco. —Su voz es helada; congela, me estremece a metros de distancia, y ni la magia que Margot promete la puede calentar.
Miro el reloj de la pared: cinco y diez. Pensar en siquiera respirar parece un privilegio con mamá atrás del celular y mi amiga con los boletos de Disney.
—Salgo en cinco minutos —digo, y cuando escucho a mi mamá replicar, cuelgo.
El pelo húmedo con olor a vómito ahora se hace más presente.
—¿Me veo tan mal? —pregunto, agarrando mi bolso.
Margot hace una mueca.
—Sí.
—Gracias —ironizo.
Me quito la remera sucia, dejándola en el piso. El aire pega en mi estómago y mi sostén se desabrocha cuando corro hacia mi habitación.
Agarro mi agenda para confirmar que mi madre tiene razón; dentro mío espero que esté equivocada. No lo consigo, porque la reunión está marcada con color rosa y brillos a su alrededor.
Me visto con la primera remera decente que encuentro y dirijo mis piernas al baño privado tan rápido que no logro escuchar los gritos de Margot.
El agua llega como una promesa de sueño. Recorre todo mi rostro; mis músculos ya no arden tanto, y cuando termino de lavarme el pelo puedo confirmar que estoy más sobria que ebria.
Huelo un mechón de rulo y toso al darme cuenta de que el olor a resaca no se va con solo agua.
—En Disney no estaría pasando esto —grita mi amiga.
—En Disney tendría que cuidarte —murmuro, cepillándome los dientes.
El cepillo raspa mis encías con violencia. El sabor a menta intenta tapar el vodka que todavía persiste en mi lengua, pero fracasa. Escupo en el lavabo y miro al espejo.
Si quisiera representar la imagen de una hija millonaria, no lo logro.
Todavía tengo el rimel corrido y, en combinación con mis ojeras, podría pasar por un mapache si no fuera por las marcas rojas en mi cuello que sugieren otra cosa.
Mi piel está entre la muerte y la vida, y aunque intento sonreír para disimular, solo logro demostrar lo horrenda que estoy.
Tapo el desastre de mi cabellera con una boina roja y huyo del baño.
—Son las cinco y veinte, Clarkie —dice, con una sonrisa que grita diversión.
Consigo abrocharme las botas de ayer y siento cómo mis pies protestan por el calor de la noche que todavía guardan. Margot me sigue hasta la puerta, ofreciéndome un abrigo —aunque estamos en pleno agosto— y un labial que compré para ocasiones que no mencionaban esconder una resaca.
Como si el universo odiara mi existencia, escucho la risa de Mickey Mouse proveniente del celular de mi amiga. Le dedico una mirada torpe y ella sonríe.
—Nuevo ringtone. Es para ponerme al día con nuestras vacaciones —presume.
Tiene el pelo rubio atado y lleva un buzo gris que le cubre todo el cuerpo. Tapa su cara con la capucha y, si no fuera porque está descalza, pensaría que saldría conmigo a la guerra.
Aprieto los ojos, planeando posibles escenarios y diálogos para convencer a mamá de que cubra todo un viaje a Disney.
—Tara ya dijo que va —menciona Margot con el celular en la mano. Cuando la corto con la mano, saca la lengua—. Motivación antes de irte: piensa en las montañas rusas lejos de tu madre.
—En realidad estoy pensando en cómo vas a convencer a tu papá de que te dé más dinero antes de que termine el mes —digo buscando las llaves—. Y en cómo vamos a morir en el intento de escapar.
Mi amiga me guiña el ojo.
—Escapar a Disney es un método divertido —imita las orejas del ratón que me persigue—. Además, nueve personas es un número grande para tus planes cronometrados.
Bufo, le tiro un par de llaves para que no quede encerrada en mi departamento si es que no vuelvo, y lanzo un beso al aire.
—Todavía no acepté, y por ahora mi prioridad es no morir.
—La única opción para no morir es la magia —se abraza a sí misma.
Carcajeo con ironía.
—Eso lo dices ahora.