El Último Reclamador

Summary

Un alma marcada por el fracaso y el dolor de su primera vida en México, recibe una segunda oportunidad en el vacío cósmico. Renace como Giorno Giovana en la opulenta, pero decadente, Venecia, Italia. Entre intrigas, corrupción y fuerzas que operan más allá del mundo conocido, Giorno deberá enfrentarse no solo a su destino, sino al sistema que quiere etiquetarlo, controlarlo… o eliminarlo. Porque un niño sin identidad es un misterio. Pero un niño sin límites… es una amenaza.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: La Vigilancia Nocturna

Nota del Autor: Pido disculpas por cualquier error que pueda persistir, soy nuevo en la redacción.

POV Narrador;

La luna, menguante y distante, se alzaba perezosamente sobre el horizonte de un México profundo. En algún punto recóndito y olvidado del país, la oscuridad de la noche se sentía pesada, casi tangible. La única luz que cortaba la negrura era el haz potente de los faros de una camioneta en movimiento. Al volante, la silueta tensa de un joven que no superaba los diecisiete años se distinguía. Aquella persona respondía al nombre de Jesús.

Su vehículo era su burbuja, su única compañía en el traslado. Debía pasar el fin de semana en vigilancia dentro de un rancho, una tarea solitaria e impuesta. La razón era un eco constante de alarma: la zona rural, escasamente poblada, se había convertido en el blanco de constantes robos. Su obligación era custodiar la propiedad de su padre, quien, por motivos de origen médicos, no podía acompañarlo. A Jesús no le preocupaba la ausencia paterna. De hecho, internamente, prefería que su padre se mantuviera lo menos involucrado posible en esos asuntos peligrosos.

Jesús manejaba con las manos firmes sobre el volante, la vista fija en el asfalto que se deslizaba bajo la luz. La radio estaba apagada, solo se escuchaba el murmullo constante del motor.

Jesús:

—Sí que hay muy poco tráfico esta noche... es algo inusual. La carretera está desierta. Pero la verdad es que es mejor, podré ir más veloz en mi carcanchita sin encontrarme con ningún otro cristiano por la carretera. Aun así, debo mantener la precaución para no provocar un accidente.

Se dijo a sí mismo, su voz apenas una exhalación en el aire viciado de la cabina.

Mientras terminaba de pronunciar sus pensamientos, su mirada se desvió un instante. De reojo, notó la presencia constante en el asiento del copiloto: un arma de fuego. Era una pistola semiautomática muy conocida, apodada de manera coloquial como "Súper". Sus ojos, entrenados por la necesidad, comprobaron que el arma estaba lista, prácticamente con un tiro en la recámara. Era una medida de seguridad vital. La inseguridad constante que flotaba en esos lugares a altas horas de la noche hacía que estar desprotegido fuera un riesgo mortal.

Volviendo a concentrarse, Jesús notó el desvío. Pisó el freno con suavidad y decisión, provocando que la velocidad descendiera de golpe. De 60 millas, la aguja cayó a unas prudentes 40 millas. Con esa reducción, giró el volante con un movimiento seco hacia la derecha, abandonando el pavimento y tomando un nuevo camino de terracería. El traqueteo de las llantas sobre la grava se convirtió en el único sonido que rompía el silencio.

A los pocos minutos, un sonido familiar y electrónico resonó desde su bolsillo: la llamada de su celular. Frenaría el automóvil por completo para sacar el aparato y contestar.

Jesús:

—Buenas, ¿qué pasó, Señor Juan? ¿Por qué la llamada tan repentina?

Juan:

—Nada, nada ha pasado. Solamente estaba llamándote para saber si ya estás cerca del lugar.

Jesús:

—Oh, era eso... Pues sí, ya estoy cerca. En unos cuantos minutos llego al rancho. Por favor, avise a los muchachos. No quiero que, al ver los focos de la camioneta, vayan a dejar como un calador.

Juan:

—Está bien, muchacho. Entonces, cuando estés cerca, enciende las luces intermitentes para saber que eres tú.

La comunicación finalizó. Jesús colgó, puso el pie nuevamente en el acelerador y el motor rugió, recuperando de manera repentina y con fuerza las 40 millas. Tal como había previsto, el camino se acortó, y logró divisar la silueta oscura y maciza del rancho, el punto de reunión. Tocó un botón, y las luces intermitentes parpadearon, una señal de su presencia acordada.

Segundos después, como respuesta, unas luces por dentro de la propiedad se encendieron. Dos focos potentes barrieron la oscuridad, apuntando directamente al joven y su automóvil. Jesús siguió hasta el portón, por donde pasó rápidamente. Al cruzar, observó las sombras de sus compañeros, quienes le saludaron entre aquella penumbra apenas visible.

Jesús devolvió el gesto de saludo e introdujo su camioneta dentro de la huerta, lejos de la vista de cualquier observador externo. El objetivo era claro: que nadie notara la presencia del equipo vigilantes que habían echó. Al terminar, descendió del vehículo, tomando el arma. El click metálico sonó mientras procedía a quitarle el tiro que estaba ya preparado en la recámara.

Jesús:

—Bueno, espero que hoy esos sinvergüenzas muerdan el anzuelo para poder darles un alto. Será por las buenas... o por las malas.

Murmuró en un tono bajo, marcado por la impaciencia y una tensión latente. Sus palabras tenían una base reciente esa misma tarde, habían dejado a propósito material valioso de trabajo en los cuáles estaban motores, bombas de riego, además de máquinas de podar y más objetos valiosos. La idea era que, si un "Halcón" (un vigía) los estaba observando en la carretera, fuera a avisar sobre la presencia de cosas de valor dentro de los ranchos, atrayendo a los intrusos. Jesús apartó ese recuerdo sobre la trampa estratégica. Puso el seguro a la "Súper" y la fajó en su pantalón negro de vestir, un movimiento que denotaba una triste profesionalidad. Luego, se dirigió a donde estaban sus compañeros.

Juan:

—Por un momento pensamos que no llegarías.

Nacho:

—Concuerdo con él. Ya estábamos por colocar los pinchos, pensando que hoy no estarías con nosotros.

Las voces pertenecían a dos hombres que rondaban los veinte años. Juan, quien había hablado primero, vestía ropa de camuflaje en tonalidad verde oscura. Una correa de cuero le cruzaba el torso, sujetando un rifle de cerrojo Remington calibre .22. Nacho, por su parte, tenía una vestimenta negra, con un sombrero de la misma tonalidad. Su armamento era una escopeta de mecanismo de bombeo. El aire se sentía cargado por el olor a tierra húmeda y aceite de armas.

Jesús:

—Para nada. Simplemente se me hizo tarde para salir de casa y quise esperar a que fuera más de noche para partir.

Lo dijo en voz baja, casi un susurro, asegurándose de que solo los que estaban con él pudieran escucharlo. Sin más, comenzó a caminar hacia el puesto de guardia, con Juan y Nacho siguiéndole el ritmo.

Nacho:

—Sinceramente, nosotros tres no tendríamos por qué hacer estas cosas. Esto le corresponde a las autoridades, ¿saben?

Juan:

—Tienes razón. Pero, ¿qué han hecho ellos para ayudarnos? Nada, solo se dedican al papeleo y ya. La verdad es que a este punto ya deberían haber hecho algo, ¡ya son tres veces que roban los tres ranchos!

Jesús:

—La verdad, no es que puedan hacer mucho. Solamente hay dos judiciales que se ocupan de la seguridad del pueblo. Tomen en cuenta que la policía estatal fue removida de aquí, si es que recuerdan bien.

Las palabras de Jesús arrastraban un desdén notable por el factor olvidado de la seguridad actual. Sin embargo, él mismo sabía que esa situación no era razón para quedarse de brazos cruzados ante los robos. La indiferencia de la ley era tan profunda que los había forzado a tomar una decisión drástica y desesperada.

Sus pensamientos se cortaron al llegar al punto de vigilancia, donde tenían sillas y hamacas. Se sentaron rápidamente. La primera acción de los tres fue desenfundar sus respectivas armas y colocarlas sobre sus piernas, prevenidos por si se presentaba alguna posible eventualidad de riesgo.

Jesús observó su arma. Solo podía pensar en la posibilidad sombría de matar a alguna persona o morir por tratar de detener el robo. Era la cruda realidad de la vigilancia que hacían constantemente, habían tomado una responsabilidad que les quedaba grande, pero no había de otra opción. Por su lado, Juan miró su rifle, sacó munición de una caja y comenzó a cargar. Al jalar el cerrojo, el clip indicó que ya tenía un tiro subido. Nacho, rellenó su escopeta de cartuchos, terminando con un bombeo manual, que significaba que estaba lista para ser detonada en cualquier momento.

Jesús:

—¿Saben? Esto está muy tranquilo, ¿no lo creen?

Nacho:

—Pues tienes razón. Hay una tranquilidad muy prolongada para mi propio gusto.

Juan:

—Concuerdo con ustedes... do-

La frase de Juan se detuvo abruptamente. Vio dos luces moviéndose a una velocidad considerable desde el lado izquierdo. Sus instintos se dispararon. Los tres se movilizaron para lograr tomar sus respectivas posiciones de emboscada. Juan avanzó rápidamente al lado izquierdo, camuflándose entre los matorrales para obtener el factor sorpresa con su rifle. Nacho corrió hacia un montón de tierra, lo suficientemente alto para cubrirlo. Jesús, por su parte, se puso rápidamente de espaldas contra la pared mientras retiraba el seguro de su compañera de noche aquella pistola.

Se escucharon pasos y, por el rugir del motor, era una camioneta. Los tres, escondidos, comenzaron a oír murmullos, dándose cuenta de que eran tres intrusos.

Sujeto 1:

—Esta vez nos ganamos el pez gordo. Esos estúpidos fueron ingenuos al dejar sus máquinas aquí.

Sujeto 2:

—Tienes la razón. Al menos con esas cosas podremos comprar nuevamente algo de droga.

Sujeto 3:

—O mejor, pagar unas cariñosas para una buena noche de diversión.

Las voces sugerían que los tres ladrones no superaban los treinta años. La idea de que, a esa edad, fueran una jauría de bastardos llenó a Jesús de furia. Dedicarse al robo en vez de tener un trabajo como todos los demás. Comenzó a escuchar los golpes a la puerta de la habitación donde estaba la maquinaria parecía que solamente traían martillos, debido al sonar del metal contra metal. Jesús hizo unos movimientos con su mano, la señal acordada para que sus compañeros se movieran y tendieran la trampa, el objetivo era dejarlos sin posibilidades de lograr huir. Juan se movió de manera lenta por el matorral, evitando hacer el menor ruido posible. Logró ubicarse bajo un árbol de limón, apuntando con su rifle de cerrojo al vehículo de los ladrones, previniendo un escape. Nacho avanzó en cuclillas, usando el montón de tierra como cobertura. Su posición le permitía tener a la vista a los tres sujetos, esperando el acto de Jesús.

Sin más dilatación, Jesús se movió, para colocarse contra la pared de la casa de una manera táctica ante la situación. Él sería la carne de cañón en aquella situación donde actualmente se encontraban envueltos. Haciendo su mayor esfuerzo este recolectó todo su valor, sujetó su arma y en un desliz rápido pero también silencioso, se ubicó por detrás de los tres ganando una ventaja de superioridad, por otro lado los ladrones solo miraban cómo uno de ellos intentaba derribar la puerta. Apuntó con su pistola, calmando sus nervios. Luego, con molestia y seriedad, pronunció las palabras que buscaban detener el asalto.

Jesús:

—¡Dense la vuelta! Y si intentan algo, los mandaré directo al Mictlán a conocer el sufrimiento eterno.

Su voz, alzada y potente, dio resultado. Al voltear, vieron el arma que Jesús sostenía, con el dedo cerca del gatillo. Dos de ellos soltaron lo que parecían un marro y un cincel, subiendo las manos en un reflejo de supervivencia. Pero uno de ellos, el tercero cuál parecía no tenerle miedo, hizo el intento de lanzarle el cincel que sostenía. El silencio llegó después de tres detonaciones consecutivas, y con ello el sonido seco de un cuerpo azotando contra el frío suelo.

Jesús:

—Les advertí que cualquier cosa que ustedes hicieran solamente provocaría su muerte.

Sujeto 1:

—¡Bastardo, cómo te-

El ladrón, con la adrenalina bombeando a mil por hora, apenas pudo articular las primeras sílabas de una frase. Sin embargo, aquellas palabras quedaron ahogadas por el estruendo ensordecedor de una nueva detonación. El arma escupió fuego y plomo una vez más, cada disparo resonando como una sentencia de muerte inapelable en el silencio de la noche. La penumbra, antes cómplice de la escena, se veía violentamente interrumpida por el fogonazo incandescente que emanaba del cañón. En cuestión de segundos, los tres sujetos que momentos antes irradiaban una peligrosa confianza, yacían desplomados sobre el suelo frío y duro. Un charco carmesí comenzaba a extenderse lentamente bajo sus cuerpos, tiñendo la superficie con la evidencia palpable de la violencia desatada. Dos de ellos se retorcían de dolor, aferrándose a sus piernas y estómagos, donde los impactos de bala habían dejado una marca imborrable.

Eran lesiones graves, peligrosamente cerca de la línea que separa la vida de la muerte. Los orificios en el abdomen, aunque pequeños en apariencia, ocultaban un daño interno devastador. Él lo sabía, la potencia de un calibre .38 súper no se limitaba a la perforación; dentro del cuerpo, la bala causaba estragos, destrozando tejidos y órganos vitales. La mano le temblaba, su postura con el arma se fragmentaba la conciencia lo atrapó, el había quitado tres vidas.

Jesús (Pensamiento):

—A pesar que sabía que esto podría ocurrir, creo que no estaba preparado para arrebatar la vida de estas personas.

Habia bajado la guardia en aquel momento, lo que provocó que de manera desprovista en cuestión de segundos, se escuchará cómo un arma era nuevamente detonada. Un dolor indescriptible lo asaltó al sentir cómo algo le atravesaba la espalda y salía por el abdomen. Un líquido húmedo y caliente, su propia sangre, brotaba sin control.

Soltó el arma y cayó al suelo a causa del dolor indescriptible que le provocaba el impacto. Su cuerpo no respondía, pero, de manera instintiva, intentó sujetar la zona del impacto, luchando contra el dolor insoportable. Logró levantarse un poco para recargarse en la pared. Eso le permitió ver la causa de su agonía: un cuarto sujeto, dentro del vehículo de los ladrones, apuntándole con un rifle de cerrojo. En ese momento, nació en él el sentimiento de estupidez. Jamás pensó que habría un cuarto sujeto escondido, y ya era tarde; el daño estaba hecho y su arma, fuera de su alcance.

Jesús:

—Mal... cof... maldi... cof... ción.

Apenas podía formular palabras. El dolor era inmenso. Aun así, logró esbozar una sonrisa. Sabía que Juan ya debía tener en la mira al que le había disparado. Como si fuera una señal divina, se escucharon dos detonaciones provenientes del lugar de su amigo. Jesús solo pudo ver el cuerpo del último integrante de los ladrones caer.

Pasos muy veloces se acercaron; eran Nacho y Juan, corriendo desesperadamente. Escuchó sus voces, que intentaban darle ánimos para seguir apegado a la vida. Pero él no tenía fuerza. Su visión se hizo borrosa, y el sonido se volvió indistinguible. Alcanzó a oír el timbre de un celular y una voz hablando sobre un herido de balas, seguramente una llamada al 911. Pero ya no importaba. Sintió cómo se atragantaba con su propia sangre y, a la par, el descenso rápido de su ritmo cardíaco, solamente se arrepentía de no volver a ver a su familia.

Sabía que su fin era inminente. Con ese último pensamiento, cerro sus ojos y su corazón por fin había dejado de latir, dando fin a su vida.