Mi Glorioso Desastre culinario

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Summary

Cuando el fabuloso y perfeccionista Cornelio Evans decide hacer algo, nada puede malir sal... ¡Salir mal! El magnate del arte está acostumbrado a triunfar en todo lo que toca. Pero quizás necesite un milagro para cumplir su nuevo objetivo: preparar una cena navideña exquisita, aunque la última vez que entró a una cocina llamaron a los bomberos. Armado con su delantal dorado, una sonrisa triunfal y un camión de confianza en sí mismo, está decidido a demostrar que la fe mueve montañas... o al menos evita que queme el pavo. O tal vez no.

Genre
Humor
Author
Jakira Saga
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Mi glorioso desastre culinario

—¿Sorprendidos? —pregunté desde mi puesto de honor en la mesa navideña—. Apuesto a que no lo esperaban, pero personalmente me encargué de todo, para su deleite.

Cacius, mi querido esposo, permanecía de pie junto a mí, mientras yo paseaba la vista entre los invitados: mis padres y amigos más cercanos.

Todos me contemplaban estupefactos.

Los comprendía a la perfección; yo no era un incompetente en la vida, ni en el arte o los negocios, mucho menos en la conquista o el sexo. Sin embargo, había un terreno —uno solo— en el que la vida insistía en humillarme con una constancia casi poética: la cocina.

Ese pequeño universo ardiente donde ingredientes inocentes morían en mis manos. Bueno, crecer rodeado de servidumbre o chefs particulares tampoco dejó muchas opciones para aprender.

Y aun así, este año me propuse hacer algo glorioso, magnífico y, sobre todo, digno de mí: yo, Cornelio Evans, el fabuloso magnate del arte, prepararía la cena navideña para mi familia y amigos, con la asistencia y colaboración de mi esposito, Cacius.

Sí, muy juntitos.

Él sabía cocinar “lo suficiente”, lo cual podía traducirse en que sus platos no mataban a nadie, pero tampoco era un chef.

Y yo, bueno, yo tenía entusiasmo, glamour natural y un delantal dorado precioso que combinaba con mis ojos. ¿Qué más necesitaba?

—¿Estás seguro de esto, Cornelio? —me preguntó él esa mañana, mientras examinaba el pavo como si fuera una bomba sin detonar.

—Ay, Cacius —respondí, con la confianza de quien no tiene idea de lo que hace—. ¿No crees en los milagros navideños? ¡Hoy será el gran día de mi hazaña culinaria!

Si hubiera sabido lo que estaba a punto de explotar —literal y metafóricamente—, quizá habría pedido ayuda profesional. Pero no: hacer algo épico requería riesgo. Y yo nací para ser legendario. Aunque oliera un poquito a quemado.

—Cornelio, la salsa —dijo Cacius con voz cansada, mientras quitaba la olla de la estufa.

—¿Qué pasa, calabaza? Quería darle un toque ahumado.

—La alarma de incendio casi se enciende. No querrá agua por todas partes, señor.

Eso era muy cierto, por desgracia. La última vez que la alarma sonó, mi personal llamó a los bomberos, convencidos de que mi penthouse ardía en llamas. Y bueno, ardía, pero era mi orgullo, después de arruinar un simple omelette para el cumpleaños de Cacius.

—Exageras —dije, agitando la mano con una elegancia que mi pobre salsa definitivamente no merecía—. Solo estaba explorando matices. Aromas. Poética culinaria, amorcito.

Cacius me miró de reojo. Ese gesto mezclaba amor, paciencia infinita y un ligero deseo de huir a un monasterio en las montañas.

—Poética culinaria no es quemar media olla, señor.

—No dramatices —respondí, acercándome a la olla como si inspeccionara una obra maestra renacentista—. Mira, eso negro del fondo es carácter.

—Eso negro del fondo es tóxico —replicó, arrebatándome la cuchara y apagando una hornilla que juraría no haber encendido.

—Envidias mi talento innato —dije, erguido, porque si uno va a fracasar debe hacerlo con porte.

Cacius soltó un suspiro tan largo que pude sentir cómo mi reputación culinaria moría lentamente en él. Luego comenzó a limpiar y reorganizar la cocina con la eficiencia de un cirujano, mientras yo miraba el desastre con la ilusión intacta.

Y ahí lo vi:

La sombra de duda.

Ese gesto suyo que decía: "Si no intervengo, esta cocina no vive para ver el 25".

—¿Qué es esa cara? —pregunté, casi ofendido, acomodándome el delantal dorado como si fuera una capa—. ¿Acaso no confías en mí?

—Confío en usted, señor —respondió, con ese tono suave que significaba exactamente lo contrario—, pero su forma de cocinar es… una aventura.

—La Navidad requiere aventura —repliqué, digno y hermoso—. Prometí que lo haríamos juntos, pero ¿cómo hacerlo si ni siquiera confías en mí?

Hice puchero.

Él me observó con esos ojos serios, impenetrables. Los ojos de un hombre que ya previó el desastre, pero aun así decidía sostenerme la mano mientras caía.

Un acto de amor, verdaderamente.

—Muy bien —cedió al fin—. Hágalo a su manera.

—¡Exacto! —exclamé, triunfal—. Este es mi renacimiento culinario.

Spoiler: no lo fue.

Pero en ese momento avancé con la seguridad de quien no teme al horno porque desconoce su poder destructivo. Seguí la receta al pie de la letra y llevé la bandeja del pavo cubierta con aluminio durante cerca de una hora. Solo levanté el envoltorio un poco para untar la salsa. Finalizado el primer tiempo, continué su cocción sin envoltura y seguí bañándolo.

No mentiré: a pesar de los contratiempos, la cocina olía exquisita y casi solté una lágrima, porque al fin lo estaba logrando.

Había domado a mis demonios culinarios.

«Soy Cornelio Evans, y algo tan trivial como la cocina no me hará quedar como un pelele».

Salí a arreglarme porque, al igual que el ave que se cocía en el horno, una criatura sensual y perfecta como yo también requería su tiempo para lucir fabulosa. Cuando el timbre sonó en la cocina, regresé orgulloso a revisar mi obra maestra.

En cambio, mi sonrisa se esfumó al ver a Cacius frente a la estufa.

Mi esposo veía la salsa como si se tratara de veneno. Levantó la olla, la olió, la devolvió al fuego y…

Clac, clac.

Abrió un frasco de hierbas. Me congelé.

¡Saboteaba mi perfecto trabajo!

Él inclinó el frasco. Las hojitas cayeron como si fueran la nieve que marca el inicio de un desastre inevitable.

—¿Qué… qué estás haciendo? —pregunté sin mover ni un músculo más que mis labios.

Cacius se paralizó un segundo, pero luego siguió adelante.

—Corrigiendo, señor —respondió, como quien apaga un incendio con naturalidad.

—¿Corrigiendo? ¿Mi obra?

¡Por todos los osos Teddy!

Mi hombre roca, mi esposo, mi mano derecha… adulteraba mi esfuerzo y lo llamaba “corrección de sabor”. Revolvió la salsa con la seriedad de un cirujano. Yo me llevé una mano al pecho, ofendido hasta el ADN.

—Cacius —susurré, dramático—. Esa es mi creación. Mi interpretación de la Navidad. ¡Y tú la adulteras!

Él se detuvo. Levantó la cuchara. Dejó caer una gota espesa que aterrizó con un plof nada esperanzador.

—Si va a servir esto a nuestros invitados, señor —dijo con calma—, necesitará que sea comestible.

Un rayo de indignación recorrió mi cuerpecito entero.

—¡Hombre de poca fe! —exclamé como si recitara tragedia griega.

Él parpadeó una vez.

—Cornelio, solo intento…

—Cállate —lo interrumpí, levantando una mano frente a su cara.

Me dirigí al horno para demostrarle cuánto se equivocaba.

Extraje la bandeja y la coloqué sobre la estufa. Le dediqué una mirada que gritaba: Te dije que puedo, lero, lero.

Él pasó la vista de mí hacia el pavo.

El ave me recibió con la misma hostilidad de siempre. Su piel brillaba bajo la luz como si se burlara de mí. Hundí el termómetro con un gesto elegante. El frío trepó por el metal hasta mis dedos.

Fruncí los labios.

—Está contemplativo —murmuré.

Cacius se acercó.

Introdujo su propio termómetro.

Lo retiró.

Me miró.

Guardó silencio un rato.

—Señor… —dijo finalmente con voz grave.

—No. No me lo arruines —levanté un dedo—. Está meditando. Profundamente. No hay apresuramientos en la iluminación culinaria.

—Cornelio, sigue crudo.

—¡Fuera! —señalé la puerta con el mismo dedo, desterrando al traidor—. Fuera de mi cocina, aléjate de mi visión artística. Yo me encargaré. Yo lo haré. Yo y nadie más.

Me ajusté el delantal dorado con un tirón digno de desfile.

—Haré una cena legendaria. Inolvidable y digna de mi magnificencia.

Cacius suspiró, negó en silencio, dejó el termómetro junto a mí —con infinito cuidado, como quien se despide de un ser querido— y salió sin mirar atrás.

Respiré hondo. La cocina olía a mantequilla, especias y algo indefinible que me negué a diagnosticar. Quizás esperanza. O tal vez humo.

♡⁀➷♡

Cuando sonó el timbre, triple y elegante de la puerta, me limpié las manos en el delantal —terminé embarrado de algo blanco, pero confié en mi porte— y recibí a los primeros invitados.

Christina me cubrió de perfume y abrazos. Mi querido Campbell me dio un apretón en el hombro que hizo sonar mis huesos. Los conduje hacia adentro, fingiendo que la cocina no estaba viviendo su propia guerra.

—¡Qué bien huele, hijo! Se siente la mezcla de hierbas en el ambiente —dijo Campbell con amabilidad. Sonreí, orgulloso.

—Sí, ya quiero probar tu cena —añadió mi madre, pero no tuve oportunidad de responder.

El segundo timbrazo me hizo correr a la puerta y tuve que tragarme una carcajada. Mi buen Fisher, junto a su hijo adolescente Rex, cantaban villancicos usando suéteres navideños tejidos a juego; detrás, tratando de ocultarse en la sombra de una planta decorativa, estaba Johan, vestido igual, pero con cara de querer ahorcar al mundo.

Fisher y su hijo entraron abrazados y sonrientes.

—¡Feliz Navidad! —corearon.

Johan tenía el rostro casi tan rojo como el traje de Santa.

—Vaya desfile —dije, palmeándole el brazo—. Fantásticos.

Él gruñó.

—Cierra la boca, hobbit infernal.

Ray jaló a su prometido y lo envolvió en un abrazo.

—Quita esa cara de Grinch —le susurró.

La risa que había contenido se me escapó.

Casi cerraba la puerta cuando mi hermosa Jeny la detuvo con la punta de su bota militar.

—¿Pretendes cerrarme la puerta en la cara, perra? —dijo.

—Vuélveme a llamar perra y aquí no entras, zorra —respondí.

Ella sonrió y jaló a su novio, Ricky, hacia adentro.

—Marica —respondió Jeny y me pellizcó la mejilla al pasar.

Cerré la puerta con la cabeza en alto y me contoneé para responder:

—¡A mucha honra!

Todos estallamos en risas.

A pesar de sus horribles botas, Jeny lucía radiante; su novio olía a colonia fresca y vino anticipado. Quizá comenzaron la celebración en el trayecto.

Apenas pude hablar con ellos cuando el timbre sonó nuevamente. Kevin y Omar estaban en el umbral.

Omar lucía impecable en traje y camisa negra sin corbata; sobrio y elegante, como siempre; lo que se esperaba de un flamante abogado cincuentón.

Kevin iba más casual, pero igual de presentable; además, su seguridad era más que suficiente para hacerlo ver sexi.

Los treinta años de diferencia habían entrado por la puerta antes que ellos.

«Observamos, pero no juzgamos».

—¡Vaya, enano maldito! —Fue el fraternal saludo de Kevin. Le lancé una mala mirada—. Admito que huele bien. Ya quiero ver qué sale de la cocina.

—Ya, chico —lo reprendió Omar, aunque sonreía.

Nadie confiaba en mí. Nadie.

Pero les haría tragar sus palabras… junto con mi espléndida cena, claro que estaba.

El siguiente timbre lo atendió Cacius.

Al ver entrar a Florisvaldo, tuve que desplegar mis dotes lingüísticas para no enredarme con su nombre. Lo pronuncié perfecto.

«Por suerte soy políglota».

Felicia me guiñó un ojo.

—Un placer recibirlos en mi humilde morada —dije.

—Humilde —repitió Kevin con tono burlón. Le tiré mi delantal dorado. Él se rio.

No creí que vinieran. La ansiedad social de Florisvaldo solía mantenerlo recluido.

Una cuarta vez llamaron.

Mi querida JoJo apareció cargando a la pequeña Rehana, vestida con un tutú rojo que sonaba como campanitas al moverse.

Me sorprendió la presencia de su esposo, Renzo; lo creí de gira con su banda, pero allí estaba y levantó la mano en gesto rockero.

Kelly y Rui entraron detrás, tomados de la mano.

—¿Cómo está esta puta facherita? —saludó Rob, dejándome clara la presencia del argentino cachondo entre nosotros.

«Magnífico. Justo lo que faltaba».

—Ay, ¿y a ti quién te invitó? —pregunté fastidiado.

Rob me agarró la cabeza y me plantó un beso en la frente.

Todos rieron, por supuesto, aunque yo quería ahorcarlo con mis propias manitas.

Entre anécdotas y tonterías en el salón, me excusaba cada tanto para volver a la cocina, aunque sabía que al hacerlo, esos mequetrefes hablaban a mis espaldas.

Entonces, el timbre sonó por última vez.

Todos se miraron entre sí, convencidos de que no faltaba nadie. Me levanté y fui directo a la puerta.

Lo que apareció fue digno de ovación.

—Rudolf era un reno que tenía la nariz roja como un tomate…

Tadeo entró brincando, vestido de reno; tenía orejas con cascabeles incluidas.

Tras él, el otro Ricky, el moreno, el del afro violeta. Usaba un traje igual al de Tadeo, pero con nariz roja y luminosa; lo imitó moviendo las caderas.

Reí a carcajadas. El resto los ovacionaba.

—¡Ay, pero qué cosa hermosa! —exclamé—. De saberlo, habría usado mi traje de Santa.

—Señor Evans, lo tenemos cubierto —soltó Ricky, sonriente, y señaló hacia la puerta.

Sin embargo, nada ocurrió.

Él salió al corredor, lo oímos regañar a alguien y, al final, lo empujó hacia adentro.

«Nooooo».

No era cualquier persona.

Resultó ser ni más ni menos que Tobías.

Mi arquitecto estrella.

Ese hombre serio, seco y profesional al extremo.

El mismo que terminó casado con un joven alocado como Ricky.

Y ahora vestía de Santa Claus.

Usaba el traje completo. Botas negras con felpudo. Barba blanca ondulada y peluca.

Además, una panza falsa enorme que se balanceaba con cada respiración.

Se detuvo en el marco, derrotado, con la cabeza gacha.

—Jo, jo, jo —murmuró.

Llevé una mano al corazón.

Solté una carcajada monumental que fue secundada por el resto, salvo su esposo e hijo, quienes aplaudían emocionados.

—¡Nooo! Necesito un tazón de palomitas para disfrutar esto —dije, limpiándome una lagrimita—. Vamos, señor Wolf. Asumo que desea un whisky triple.

—Por favor.

—Te acompaño en tu dolor —le dijo Johan en voz alta, levantando su botella de cerveza.

—Ay, cierra la boca, ricitos de oro —respondí al chico y él sonrió antes de pegarse a su bebida—. Cacius, sírvele algo fuerte a este buen hombre. ¡Atención todos! Para quienes no los conocen, ellos son Tobías, su pequeño Tadeo y su esposo, Ricky.

Kevin gritó como futbolista celebrando un gol.

—¡Sííí! ¡Ricooo!

Ese par eran como hermanos.

Ricardo, el novio de Jeny, se levantó a estrechar la mano del reno.

—A mí me dicen Ricky también.

Ricky, el reno, palmeó su pecho sonriente.

—Y yo soy Ricky, pero no Martín, aunque mira cómo muevo mis caderas…

Y empezó a contonearse, cantando Livin’ la Vida Loca en un inglés tan terrible que hería el alma de todos los presentes.

Aun así, Rehana corrió para bailar con él.

«Bendita infancia que desconoce la palabra “cringe”».

La sala entera se vino abajo entre risas.

Tras el brindis, juegos y un cuento navideño, mis nervios me empujaron a la cocina.

O, mejor dicho, la vibración de mi celular lo hizo.

Crucé el umbral despacio, como si mi presencia pudiera ahuyentar el caos, pero algunos murmullos llegaron a mis oídos mientras ellos se dirigían al comedor:

—¿De verdad, él hizo la cena? —preguntó Fisher.

Cacius demoró un instante, pero al final, respondió resignado:

—Mejor ni preguntes.

Apreté la tela dorada del delantal.

El pavo me esperaba, aún más trágico que antes.

Pero no había marcha atrás.

Me acomodé el cabello, levanté el mentón y caminé hacia la puerta trasera.

Pasado un rato, con mi maquillaje perfectamente retocado, empujé el carrito metálico como si fuera un vehículo ceremonial. El olor a queso derretido escapaba bajo la tapa, traicionero, pero mantuve la dignidad.

—Queridos míos —anuncié al llegar.

Sentí un cosquilleo en el estómago, no de miedo, sino de expectativa. Tenía a toda mi gente reunida en la mesa, esperando un banquete hecho por mí. Aunque no hubiera logrado lo que quería, el esfuerzo era real. Me enderecé. El show debía continuar.

—Sé que todos dudaron. Sé que ninguno tenía fe en mí.

Pasé la vista por los rostros expectantes.

—Pero hoy, esta noche, tendrán la dicha de disfrutar el fruto de mi esfuerzo. Con ustedes… Mi perfecta cena.

Tomé la tapa con ambas manos y la levanté.

El vapor ascendió.

La superficie dorada apareció.

El silencio se prolongó un segundo…

Y entonces:

Rex se levantó con los ojos brillantes.

Tadeo dio un salto.

Rehana golpeó la mesa.

Los tres gritaron:

—¡¡¡PIZZA NAVIDEÑA!!!

El queso chisporroteó.

Los bordes crujieron cual si fuera una ovación.

Las risas estallaron como si la Navidad hubiera estado esperando exactamente eso.

Y allí, entre aroma a queso, tomate y orégano, los aplausos y mis invitados a carcajadas, me descubrí sonriendo también.

Porque quizá no había hecho un pavo perfecto.

Tal vez mi puré parecía yeso, y esa salsa ahumada que Cacius intentó salvar… Mejor ni recordarla.

La cuestión es que no mentí cuando hablé del fruto de mi esfuerzo. Quizás estas perfectas manitas con manicura francesa no estaban hechas para la cocina… no, señor, pero sí sabían generar ingresos, cerrar tratos y negocios.

Y así, conseguí que una de las pizzerías más famosas del país nos surtiera un lote completo de pizza navideña… en pleno 24 de diciembre.

No logré cocinar.

Pero hice que todos estuvieran felices.

Y bueno…

En una fecha como esta, eso era mucho más importante que cualquier salsa ahumada o pavo meditando a medio cocer. Tenía conmigo a cada una de las personas que me importaban.

La zona de guerra en la cocina daba miedo, pero ya que tanto quería “ayudar”, Cacius tendría que encargarse más tarde de enmendar mi glorioso desastre culinario.

Después de todo, ser magnífico también era parte de la receta.