Capítulo 1
JOSIE
El mundo entero se detuvo ante mis ojos cuando escuché a Eduardo decir esas palabras. Veía cómo se movían sus labios, pero no parecía emitir sonido alguno. Tuve que parpadear varias veces, sacudir mi cabeza a los lados y aclarar mi garganta. Me di un pellizco en el brazo para asegurarme de que no estaba soñando. Esto era real. Mi novio de cuatro años acababa de decirme que teníamos que terminar.
—…y creo que sería lo mejor para los dos —Eduardo toma mis manos y les da un leve apretón—. Bebé, sabes que tengo una responsabilidad que cumplir y…
—Espera —lo interrumpo, apartando mis manos de las suyas—. ¿Qué responsabilidad?
Eduardo intenta explicarse, pero el muy idiota no puede. Se enreda con sus propias palabras y termina despeinándose con desesperación.
—Josie, sabes que mis padres no te aceptarían como mi novia, y están insistiendo en que lleve a una chica a casa porque ya casi es tiempo de que me case y… —suspira, como si realmente le doliera, aunque lo dudo—. Sabes de lo que hablo.
Claro que sabía. Eduardo era experto en omitir detalles para no quedar como el malo. Al final, siempre era yo la dramática, la celosa, la que causaba problemas, mientras él se quedaba sentado en su maldito trono viéndome lidiar sola con todo.
Estaba furiosa.
—No, Eduardo. No entiendo qué me quieres decir. Sé que puedes hablar y que dominas muy bien el español. Así que explícate —me cruzo de brazos.
—Vamos, Josie, no hagas esto más difícil. Sabes que te amo —intenta tomar mis manos otra vez, extendiendo sus largos brazos hacia mí, pero corro la silla hacia atrás para evitarlo—. Podemos ser amigos. Eso siempre lo tendrás conmigo.
Maldito niño de papi.
Quisiera golpearlo en la cara. Pero soy una señorita, y sé comportarme.
—Ellos quieren que me case con una chica de mi mismo estatus.
Esas palabras provocan que el dolor que llevaba en el pecho se convierta en rabia pura. Fue un golpe directo a mi ego. No podía creer que Eduardo lo dijera con tanta naturalidad, como si nuestra relación de cuatro años hubiese sido un juego.
Quiero llorar, pero no me permito hacerlo frente a él. Lloraré luego, en mi cuarto, sola y desdichada, envuelta en mis sábanas.
—¿Así que este es el final? —agradezco que mi voz suene firme, porque por dentro estoy hecha pedazos.
—Bebé —dice con un tono lastimero—, no quiero herirte. Y lo sabes. Podemos seguir siendo amigos —toma el menú y lo hojea con calma—. ¿Por qué no ordenamos algo? Puedes pedir lo más caro.
Mis manos se cierran en puños.
Estoy tentada a lanzarle el vaso de agua en la cara, pero no. No frente a toda esta gente estirada.
—¿Crees que me dan ganas de comer después de lo que me acabas de decir? —Eduardo levanta la vista—. Prefiero comer arena antes que sentarme contigo a comer el salmón más caro de mi vida.
Me levanto, agarro mi cartera y mi abrigo. Camino con la frente en alto, ignorando las miradas curiosas de los demás.
Salgo del restaurante y saco mi celular para pedir un Uber.
—Vamos, Josie —Eduardo aparece detrás de mí y trata de abrazarme, pero le doy un golpe en las costillas—. Está bien, podemos seguir juntos —bufa como si fuera el bipolar aquí—. No quiero que esto termine. Eres genial, hermosa, divertida…
—Pero no lo suficientemente buena para ser tu esposa —completo yo. Eduardo suspira, mirando el suelo—. ¿Qué han sido estos cuatro años para ti? ¿Un juego?
La gente pasa a nuestro lado, mirándonos como si fuéramos un espectáculo.
—No ha sido un juego. Solo que debes entender que tengo que seguir el linaje de los Villanueva. Y tú… tú no eres nadie en mi mundo.
Pierdo el control. Le doy una bofetada tan fuerte que siento la vibración en la mano.
—¡Maldita sea, Joselyn!
En ese momento llega mi Uber. Corro hacia él antes de que las lágrimas me traicionen.
—Arranque ya —le digo al conductor apenas me siento.
Él parece querer decir algo, pero acelera. Gracias a Dios.
Y entonces rompo. Lloro como una Magdalena: sollozos, mocos, respiración entrecortada. Seguro me veo horrenda, porque jamás he llorado bonito. Pero tenía que dejarlo salir o iba a explotar. No le daría el gusto a Eduardo de verme morir por su falta de amor o de sentido común.
—Le daré cinco estrellas si no dice nada en todo el camino —le digo entre lágrimas.
—Ok —responde simplemente.
Me paso el viaje llorando, humillada. Nunca imaginé que Eduardo fuera tan clasista como su familia. Pero lo era. Y yo fui una idiota por no verlo antes.
Cuatro años entregándolo todo… para terminar siendo “nadie en su mundo”.
Me limpio la nariz con la manga del abrigo nuevo. El abrigo carísimo que compré para esta noche. Me tocará comer pan y jalea toda la semana por culpa de ese maldito gusto.
—Malditas cinco estrellas… y maldito Eduardo y sus dientes blancos —sollozo una vez más—. Ni siquiera escribe bien —suelto una risa amarga—. Ni todo su dinero puede enseñarle gramática. Y yo sí escribo bien… y mi mamá no es dueña de ningún conglomerado.
El conductor me mira de reojo, pero calla, lo cual agradezco profundamente.
Cuando por fin dejo de llorar, reparo en el auto: calcomanías sugerentes por todos lados, olor a queso podrido, asientos desgastados y mugre en el tablero.
Así terminaría mi noche: en un carro que parecía salido de un taller olvidado por Dios, respirando basura.
Este día no podía ir peor.
Empiezo a llorar otra vez, hasta que llegamos a mi edificio.
—Señorita —el conductor me sacude el hombro—. Ya llegamos.
—Lo sé —me limpio la nariz—. No tiene que sacudirme como alcancía vacía.
Le pago, le doy cinco estrellas, como prometí.
Bajo del auto con la sensación de que el mundo se me viene encima, pero con la integridad intacta.
Soy demasiado buena para el idiota de Eduardo. Con o sin dinero.