Capítulo único.
🩸. Narrador omnisciente
Era una noche muy tranquila en la ciudad de Los Santos, donde un manto de neblina cubría el cielo impidiendo a la luna iluminar la superficie con su bella luz tenue. El sonido de los grillos, algunos salvajes animales nocturnos y sonidos típicos de la naturaleza que dominaba aquella zona muy alejada de la mano de Dios, era interrumpida por una salvaje fiesta clandestina que se festejaba en uno de los depósitos abandonados.
El sonido de un nuevo auto acercándose hizo sonar las piedras y ramitas del suelo al ser aplastadas por los cilindros de caucho, mientras las luces iban iluminando el camino no marcado hasta el edificio deteriorado de donde se escuchaba la escandalosa música y luces que salían por los huecos del lugar en mal estado. Al estar justo enfrente a la puerta de corredera las luces y el motor ronroneante se apagaron, mientras del interior salía el dueño y conductor del auto de alta gama.
Freddy Trucazo, más conocido por ser el comisario de la LSPD, se dirigió al interior del edificio mientras observaba la situación con atención. Vestía con una chaqueta negra de cuero sin nada debajo y abierta dejando ver los diferentes tatuajes que adornaban su torso, con pantalones negros mientras llevaba borcegos negros y una máscara de toro cubriendo su cabeza. Aunque, después de todo, su vestimenta no era extraña ya que todos allí estaban vestidos de forma similares; algunas personas llevaban antifaces evidentes de diferentes temáticas o animales, mientras otras estaban prácticamente desnudas de no ser por minusculas prendas, y otro grupo de personas llevaban poca ropa como él pero tampoco dejaban ver demasiado, y un muy minoritario grupo iban vestidos con ropa de géneros alternativos a lo normativo.
El exorbitante sonido del lugar, el aroma a marihuana y a otro tipos de químicos junto al aroma a sexo lo golpeó al apenas poner un pie dentro. La música hacía que sus huesos temblaran de la intensidad de las ondas sonoras y podía sentir sus tímpanos vibrar ante cada oleada de la escandalosa música. Algunas mujeres bailaban sobre las mesas, la mayoría con muy poca ropa o solamente con bragas, mientras también algunos chicos bailaban sobre asientos y eran manoseados por diferentes manos de desconocidos.
Se encaminó a la barra del lugar mientras buscaba algún objetivo que llamara su atención, viendo a varios estar teniendo sexo sobre los taburetes de la barra de bebidas. No le sorprendía que algunos incluso estuvieran aspirando cocaina al mismo tiempo. Su lengua lamió sus respectivos labios con suavidad; definitivamente se iba a divertir mucho esa noche en aquel lugar donde las leyes no existían. Hacía demasiado tiempo que no podía disfrutar de tener el control total del cuerpo, y estar al frente siendo vigilado por su alter era mejor que no poder hacer nada. Aunque ambos sabían que necesitaban desahogarse y pecar un poco por todo el bien que hacían, por eso él se ocuparía de toda la diversión.
Su vista se fijó en una pelirroja que bailaba sola en un rincón, se veía demasiado alcoholizada y drogada; una víctima perfecta. Se acercó hasta la chica vestida de forma muy provocativa con un vestido muy ceñido al cuerpo de color negro, ligas en sus muslos y unos tacones negros stiletto que apenas podían mantener su equilibrio gracias a la pared donde se apoyaba con una mano. Apenas se acercó a la muchacha, sólo bastaron algunos coqueteos simples para obtener lo que quería de ella; su interés.
La tomó con sus manos enguantadas por la cintura y la llevó a un lugar donde la música fuera más leve, siendo el único lugar un largo pasillo algo oscurecido, donde ya varias parejas estaban teniendo sexo de diferentes modos, ya sea oral, anal o vaginal. Su atención fue captada unos segundos por un chico en especial, un rubio que estaba teniendo sexo con un muchacho pelimorado de una forma demasiado violenta; sujetandolo por el cabello y obligandolo a verse en el espejo que colgaba de la pared mientras el chico apoyaba las manos en una pequeña mesa que se azotaba contra la pared al no soportar el movimiento que ejercían sobre ella.
El traje o disfraz del payaso parecía manchado de sangre, pero allí eran vistas demasiadas cosas similares por lo que no le sorprendía que fuera una estética sangrienta, el cabello rubio estaba desordenado debido al sudor provocado por el calor que estaba sintiendo, con los pantalones apenas bajados para penetrar con su miembro, mientras su rostro estaba pintado de blanco exceptuando algunas zonas donde tenía maquillaje negro que se había corrido por el sudor, y en la zona de los labios seguramente por los besos. Su labio era mordido con fuerza, haciéndolo sangrar con levedad al romperlo con los caninos mientras sus nudillos parecían ponerse blancos de la presión que hacía en la piel de su acompañante.
Aunque la mirada curiosa del enmascarado se desvío a la preciosa pelirroja que se apoyaba sobre la pared ahora y se quitaba las bragas para arrojarlas al suelo insinuantemente. El pelinegro no dudó ni dos segundos en poner sus manos sobre su preciosa acompañante, delineando con sus manos la curva mortal que se marcaba desde la cintura estrecha hasta las caderas anchas. Seguidamente, tomando uno de los muslos carnosos ajenos mientras con la mano libre y con ayuda de la chica, desabrochaba su pantalón y lo bajaba junto al boxer hasta sacar su miembro, el cual apenas tener al aire alineó con la entrepierna de la chica y se adentró en ella, dando un jadeo mientras sentía a la pelirroja presionarlo con tal delicia que se sentía fundirse dentro del sexo ajeno.
La música fuerte y a un ritmo acelerado acompañó sus embestidas mientras la muchacha se aferraba a su ropa y gemia descaradamente de forma alta al ser follada. El azabache no supo el momento en que las embestidas se coordinaron con las del rubio a su costado, siendo rápidas y bruscas, sin interesarles dañar a sus acompañantes, sin tener ni un poco de piedad por la piel contrataría al hundir sus uñas hasta hacer brotar la sangre y sentir como el cuerpo ajeno se tensaba en sus yemas por el dolor infligido. En caso del pelinegro, la presión era mayor para lastimar la piel contraria a través de la tela que cubría sus manos.
La música era cada vez más fuerte, más potente hasta hacer simbrar el suelo y los huesos y organos de la gente dentro del establecimiento que estaba en su punto más alto de extasis, mientras ellos estaban en su punto más profundo del infierno. El azabache no pudo soportarlo más y justo cuando su cuerpo se tenso junto al ajeno avisando los orgasmos inminentes que iban a tener, su mano enguantada libre de la piel ensangrentada ajena se colocó en la parte trasera de su respectiva cadera ayudando al impulso violento con el que arremetia contra el centro de la cadera ajena, y cuando pudo liberar su semen en el interior ajeno mientras sentía la vagina de la pelirroja engullirlo más y sus gemidos escandalosos junto a los espasmos haciendo evidente su orgasmo, su mano salió de atrás de su cadera, tomando su arma y disparandole a la chica desde abajo del mentón, haciendo que parte de su materia gris y sangre saltaran al muro.
El disparo pasó desapercibido, ya que ni siquiera se escucho debido al alto volumen de la música, pero el pelinegro si logró escuchar con su audición aguda el ruido del espejo a su lado izquierdo. Al voltearse, pudo ver como el payaso había golpeado el rostro de su acompañante contra el espejo, rompiendolo y haciendo que esté terminará sangrando mientras unos trozos grandes quedaban encastrados en la suave piel.
El muchacho pelimorado gritó con fuerza y terror, intentando detener al payaso, pero éste sonreía de una forma ciniestra con los ojos muy abiertos y con la mirada perdida mientras sus manos tomaban ahora la cadera ajena para no dejarlo irse. Pocas embestidas después parecía que el rubio había llegado al clímax dentro del chico y apenas separó una mano de la piel ajena, esta se dirigió dentro de la americana de colores, tomando una daga y clavandola en el cuello del chico para de un rápido movimiento degollarlo.
Salió del pelimorado mientras dejaba el cuerpo moribundo caer al suelo y aquellos bonitos zafiros oscurecidos con una mirada perturbante se posaron sobre el enmascarado mientras lamia la sangre que escurría del filo de la daga, manchando sus labios en el proceso e incluso cortando muy superficialmente su lengua. Aquello provocó un escalofrío en el mayor, que se separó del cadáver de la pelirroja y acomodó su ropa inferior para guardar su pene dentro de la ropa, seguidamente su mano se elevó, apuntando al rubio directamente a la cabeza, el cual rió de forma gutural mientras sonreía dejando ver sus dientes y levantaba con levedad sus manos, haciendo que la sangre cayera por sus sus antebrazos, manchando aún más su ensangrentada ropa colorida.
—¿Qué sucede?¿sólo tu puedes divertirte? Vamos hombre, baja eso y déjame divertirme también.–El payaso se acercó hasta donde se encontraba el enmascarado, quedando con el arma pegada en el pecho ya que la mano había decaído levemente al perderse en aquel mar oscurecido como una noche eterna. El de cara maquillada elevó su rostro para ver aquellos ojos negros que lograba apreciar aún con la poquísima luz que había por los huecos de la máscara.– ¿No te apetece divertirnos juntos? Veo que los dos tenemos metas similares para la estúpida pobredumbre.
La mano del menor, con lentitud para no alertar al mayor, guardó la daga en su americana para seguidamente deslizarse por el antebrazo del de máscara de toro, tomando la mano que sostenía el arma y acarciandola con el dedo índice. Suavemente movió la mano, deslizando el cañon por su respectivo pecho, cuello y mentón hasta colocarlo sobre sus respectivos belfos, observando atentamente al mayor que parecía verlo de una forma fría y calculadora, aunque realmente, estaba maravillado, y ahora, su atención estaba en el rubio muy fijamente, casi hiperfocado en él y en como la lengua aún sangrante se deslizaba lentamente por la punta del arma, manchando de aquel líquido espeso de color granate la punta.
—¿Qué dices, Torito?¿Me acompañas y nos divertirnos juntos?–Un brillo maligno iluminó los ojos oceánicos y fríos del menor mientras su mejilla se apoyaba sobre el cañon, manchandola de la sangre que el mismo había dejado escurrir en la superficie. Mientras tanto, se colocaba bien la parte inferior de su ropa.–
El par de huecos negros lo observaban con atención, analizándolo fríamente, aunque la sonrisa no fue visible para el menor mientras su voz salía más grave de lo normal debido a la adrenalina que ahorra corría por su corriente sanguíneo al tener un compañero del caos.
—Vamos a divertirnos.
El payaso sonrió nuevamente casi de oreja a oreja mientras se alejaba del arma y esta era guardada bajo su atenta mirada cristalina. Seguidamente volvió a la zona principal con el mayor, ambos buscando alguna presa que les gustará a los dos, siempre contradiciendo al otro al no conseguir algo que les pareciera delicioso a ambos. Por un lado; el rubio quería hombres, de pelo de colores y que parecieran inocentes con rostros de facciones delicadas e incluso redondeadas con mejillas regordetas. Mientras el azabache quería pelirrojas que parecieran lo que vulgar y despectivamente se le llamaba "putas". Por lo que ambos comenzaron a utilizar la táctica "2 pa' 2", llevándose a una chica o chico que estuviesen juntos para cada uno.
Se divirtieron llevándose al menos a 4 personas entre los dos a la parte exterior completamente oscura, teniendo algo de sexo con sus presas y al llegar al clímax mezclando su lujuria con la satisfacción de sentir como sus víctimas morían en sus manos cuando apenas lograban obtener un orgasmo. Dejaban los cadáveres vestidos correctamente y amontonados en un lejano costado oscuro que a nadie le interesaba observar, nadie se acercaba lo suficiente a la zona boscosa que comenzaba a muy pocos metros de allí por los lobos hambrientos que había en la zona. Pero aún así no era suficiente, era poco, necesitaban más, necesitaban más de aquella adrenalina que los invadía durante aquel acto penado y cruel, necesitaban ser vistos. Así que ambos planearon algo y se dirigieron al interior de nuevo, llenos de aquel líquido granate que los empapaba y que la gente que no estaba tan drogada creía que era falso, parte de la estetica sangrienta y sádica que parecían tener por los "disfraces".
Fueron hasta el centro de la sala donde la gente había acomodado algunas mesas como un escenario improvisado, las personas se divertían viendo a las preciosas mujeres y bellos hombres dando un espectáculo sensual o simplemente bailando, los espectadores parecian completamente idos de sí mismos por las drogas en sus sentidos. Los compañeros se subieron sobre una mesa, alentando al DJ a subir aún más la música, tanto que el suelo temblaba y era imposible siquiera escuchar a la persona junto a otra por más que gritaran.
Ambos invitaron a subir a una bonita muchacha de melena azul con ellos, ayudándola tomándole cada uno una mano. El DJ bajó la música y permitió a los dos hablar de forma alta para la gente que los observaban. Comenzaron halagandola, el payaso la hizo dar una pequeña vuelta mostrando el mini short negro de la chica y el sujetador, mientras el pelinegro le coqueteaba descaradamente haciendo que la gente se riera o incitara al pelinegro a decir cosas aún más subidas de tono.
En un momento, el rubio la tomó de la cadera, acercandola a su cuerpo mientras ella parecía aceptar muy gustosamente la invitación del rubio para besarse al colocar sus manos sobre los hombros contrarios. Acercaron sus rostros para besarse, pero lo que menos esperaba la chica, era que la mano del rubio con la que no la sujetaba se dirigiera a la americana, tomando la daga para luego tomarla de las coletas mientras la degollaba en un ágil movimiento antes de que pudieran tener tacto sus pares de belfos.
La gente que no estaba tan intoxicada gritó fuertemente, completamente asustada y corriendo para escapar de la aterradora escena que acababan de presenciar con sus propios ojos. El azabache se ocupó de sacar su pistola, divirtiéndose al disparar a la gente que corría como si fuera una cacería, matándolos de un sólo disparo certero, y cada algunos disparos recargando el arma muy rápida y agilmente, mientras el payaso se ocupaba de dejar caer el cuerpo inerte de la peliazul y corría a la gente que huía de él de forma despavorida.
La gente que era alcanzada por el rubio era apuñalada o degollada, haciendo saltar la sangre a otras personas que serían las próximas víctimas. La poca gente que lograba salvarse saliendo por la puerta de corredera principal, corría directamente dentro del bosque a unos muy largos metros donde estaba lleno de lobos que se ocuparían del resto, otros corrían a los autos pero hasta que lograban abrirlos y subirse; ya habían recibido un disparo entre ceja y ceja del enmascarado.
La música sonaba algo baja, pero ahora por el espacio vacío, retumbaba por las paredes haciéndose un poco más escandalosa por culpa del eco. El enmascarado había bajado de las mesas, acercandose hasta el payaso que estaba riéndose escandalosamente mientras su daga estaba clavada en el pecho de un chico, de donde brotaban cantidades de sangre rítmicamente coordinadas a los latidos del corazón donde se encontraba clavada aquella arma afilida de mango color negro de cuerina.
El azabache al llegar junto al rubio vio al muchacho retorciéndose en el suelo, con la mirada apagándose y reflejando su ida del plano terrenal. Él aceleró el proceso, aplastando el cráneo con sus borcegos negros de tal forma que había deformado el rostro y dejado marcada la suela de su calzado. El cuerpo quedó inmóvil y la música retumbaba en los oídos del par, haciendo casi vibrar sus cerebros cegados de extasis.
Los compañeros, cómplices uno del otro se voltearon a ver, clavando la mirada fijamente en el otro. Las respiraciones eran aceleradas, agitadas por el sentimiento de satisfacción y adrenalina que les recorría a ambos por todo el cuerpo y les hacia sentir cosquillas por todas sus dermis mientras sentían sus sentidos más salvajes dominarles, y sobre todo; como se encontraban excitados al ver al contrario cubierto de las sangres de las víctimas.
El mayor extendió su mano al payaso que se encontraba sentado sobre sus talones para sujetar a la víctima ya muerta. El rubio quitó la daga del cuerpo inerte y con la ayuda ajena se reincorporó, con el pecho aún subiendo aritmicamente. Su rostro estaba manchado de salpicaduras de sangre y el maquillaje corrido en la zona de los ojos, chorreando muy levemente el delineador que se había puesto. El enmascarado dejó a su instinto guiarlo, tomando el cuello ajeno con rudeza con una de sus manos enguantadas. Los zafiros brillaron oscuramente de deseo, abriendo los labios para dejar escapar un jadeo suave; estaba excitado, muy jodidamente excitado en ese mismo instante.
El color oceánico chocó con el color obsidiana, analizando la mirada ajena, sabiendo lo que iba a suceder, porque sabían que ambos estaban domados por sus más oscuros y sucios deseos que avanzaba por sobre sus dudosas morales. No eran el tipo de persona que les atraería al contrario en una situación normal, pero, en ese momento; existía una chispa entre ellos que poco a poco los invadía como si se tratara del fuego avanzando sobre hierba seca, siendo imposible detener las flamas mortales que quemarían todo y a todos a su paso de una forma majestuosamente tortuosa.
El enmascarado quitó la máscara de Toro en su cabeza y con brusquedad besó los labios contrarios en un beso salvaje y obsceno, donde ambos cuerpos se pegaban y jalaban con desesperación, sin importarles si las salivas se escapaban de los belfos resbalando por los mentones, o si de por medio intervenía el sabor metálico combinando con el sabor de la cavidad ajena. Estaban desesperados por el sentimiento animal, como si un turbio magnetismo los empujará a los brazos del contrario y los hiciera entrar en las fauces del mismisimo averno.
Las manos del menor se aferraron con fuerza a los hombros contrarios y finalmente se deslizaron hasta quedar en la espalda ajena, aferrándose con fuerza de la ropa de cuero mientras el contrario mordía su labio hasta romper la piel y que el líquido granate comenzará a brotar en pequeñas gotas abundantes que saborizaban el beso del característico sabor metálico.
La espalda del payaso fue impactada duramente contra uno de los muros mientras su cuello era sujetado con más fuerza hasta robarle completamente el oxígeno, haciendo que su rostro se acalorara y sus sentidos intensificarán las sensaciones. Cada roce con el cuerpo ajeno era extasiante, el aliento que podía saborear en su boca durante el intenso beso, los dientes sobre su piel y la mano que ahora contorneaba su cuerpo era demasiado excitante, tanto que su par de rodillas se encontraban ligeramente temblando inconscientemente. Ambos estaban sedientos por el contrario, intoxicados por el extasis que les recorría cada poro y sólo hacia que las erecciones de ambos casi latieran de desesperación.
Una rodilla del azabache separó las ajenas y la misma se posicionó en medio, haciendo con su muslo presión sobre la erección ajena mientras su fuerza en el cuello contrario se reducía para permitirle el acceso de aire a los pulmones ajenos. El blondo comenzó a mover sus caderas con desesperación, buscando más estimulación en su erección por el roce con el muslo ajeno mientras se estaba convirtiendo en un desastre derritiéndose en las manos ajenas. Sus labios fueron abandonados para dejar salir sus gemidos desastrosos y quebradizos mientras los labios, lengua y dientes ajenos recorrían su cuello, saboreando el sabor metálico de la sangre y las notas saladas del sudor que estaba provocando. Se ocupó de dejar algunas mordidas notorias, casi moradas al dejarse llevar por la sensación de la calida y tierna piel cuando los dientes se clavaban, mientras su mano libre -que no estaba estirando el cuello ajeno para darle lugar a su rostro- se ocupaba de escabullirse bajo la polera gris que vestía el menor, delineando con sus dedos enguantados los tensos músculos del abdomen que se contraían ante el tacto frío del cuero sobre su dermis.
Los dedos llegaron hasta su pecho, jalando uno de sus pezones perforados de una forma dolorosamente placentera. La espalda del blondo se curvó completamente mientras sentía el orgasmo inminente, una ráfaga de espasmos comenzaba a invadirlo mientras sus manos abandonaban la espalda ajena y se aferraba a los bíceps del pelinegro. La pierna contra la que se estaba rozando fue separada de su erección y sus labios fueron impactados por los belfos ajenos en un beso pasional y desesperado, desorganizado por las respiraciones aritmicas y pesadas.
Las manos del rubio bajaron por el abdomen contrario hasta la hebilla de el cinturón, desabrochandolo junto al pantalón y bajándolo hasta la mitad de los muslos con la ropa interior de por medio para poder masturbar con comodidad la erección contraria, sin necesidad de algún lubricante extra más que el presemen ajeno que goteaba abundantemente desde la punta, mezclándose con la sangre seca de la delgada mano que volvía a ser resbalosa al contacto con la humedad del flujo ajeno. El rubio sentía como las venas latían bajo la yema de sus dedos, cada movimiento hacia que el mayor fuera más brusco con sus labios, mordiendolos o jalandolos, sin interesarle lastimarlo con el filo de sus caninos o chocar sus dientes con brusquedad, pues sentía como la respiración del rubio era más acelerada debido al extasis con cada ráfaga de dolor que su cerebro parecía confundir con el más delicioso placer.
La mano suelta del azabache dejó el escondite donde todavía se encontraba maltratando uno de los botones de carne con joyería ajenos y se deslizó por el abdomen hasta salir completamente de su escondite, bajando el pantalón con la ropa interior hasta que estas terminaron en el suelo y una de las manos del mayor sujetó con poca delicadeza uno de los muslos ajenos, colocándose cómodamente entre las piernas del rubio. El beso fue cortado cuando se separó para observar su pequeña y jodida obra de arte, la cual iba a recordar hasta su último jodido aliento, pues la imagen del rubio ensangrentado y sudado, con el maquillaje corrido dejando ver con levedad que debajo del maquillaje blanquecino las mejillas estaban acaloradas y tintadas de rojo, el labio lastimado por sus propios dientes, y aquella jodida mirada oscuramente lujuriosa que parecía rogar por ser llevado al infierno para ser adorado por el azabache, definitivamente iba a marcar su mente eternamente.
Su miembro se alineó a la entrada contraria y observó fijamente los ojos oceánicos, entendiendo inmediatamente que no sería necesaria una dilatación anal; el rubio deseaba sentir el dolor y placer en ese momento, deseaba sentir los músculos tensos y ardiendo dolorosamente mientras su próstata era abusada de una forma sádica, por lo que él se lo concedería, pues no podía esperar más a hundirse en su compañero de crímenes y pecados.
Su mano abandonó el pescuezo ajeno y se situó en las caderas, sujetando con ambas aquella zona y dejándolo inmóvil e imposibilitando que se separará al sentir dolor. La pierna anteriormente elevada abrazó la cadera del azabache y las manos del blondo sujetaron con fuerza los bíceps ajenos mientras clavaba sus uñas en la chaqueta de cuero al sentir como, a la fuerza, se adentraba en su interior. Al principio empujando con el glande de forma dura hasta que finalmente ingresó en el anillo de músculos.
La cabeza del menor se elevó dejando únicamente la coronilla tocando la pared mientras su boca se abría dejando salir todo el aire que sus pulmones contenían y soltaba un extenso jadeo, la mezcla del dolor ardiente y placer invadió su cuerpo haciéndolo temblar y estremecerse con fuerza, temiendo por un instante quedar inconsciente debido a las sensaciones tan intensas que hacian a su cerebro derretirse. El pelinegro mordió con rudeza su propio labio inferior, sintiendo el interior ajeno adaptarse y bombear el largo de su falo por los espasmos, estaba tan deliciosamente estrecho que se sentía en el mismísimo averno.
Sólo se mantuvo inmóvil unos segundos mientras se acostumbraba a la placentera sensación invadir su cuerpo, sintiéndose tan jodidamente excitado como nunca en su vida lo estuvo él o Freddy. Ambos estaban, de alguna forma, encantados con la oscura identidad ajena tan similar a ellos que encajaba como una pieza en un rompecabezas tétrico y mortal.
Su lengua pasó sobre sus respectivos labios un instante y seguidamente las manos presionaron más las caderas ajenas hasta dejar marcas de sus dedos en la blanquecina piel. Su cadera comenzó a moverse con algo de lentitud ya que el contrario estaba demasiado estrecho y no facilitaba su trabajo, pero el rubio se mantenía aferrado a él, soportando cada oleada de doloroso placer que avivaba las llamas de su fogosa lujuria. Cuando su interior y entrada fueron forzadas a acostumbrarse al falo ajeno, las embestidas se volvieron rudas y bruscas, provocando que el sonido de sus pieles chocando, la viscosidad sonora de cada estocada y los gemidos escandalosos del menor se perdieran en la música que sólo parecía alentar sus sentidos salvajes.
El rubio sólo podía dejar su boca abierta, haciendo a su lengua se asomarse levemente en un intento de mantener su respiración, pero estaba tan intoxicado y fuera de sí que no podía pensar en como respirar correctamente, después de todo, el pelinegro estaba estimulando tan bien su próstata que sentía su cerebro derretirse en un sentimiento que jamás había sentido ni con todas las personas que había follado en esa noche antes de asesinarlas.
Aunque, sentir que uno de los lados de su cadera era soltado hizo que su vista se enfocará en el azabache con más atención, viendo como del bolsillo de la chaqueta tomaba el arma y le quitaba el seguro, no estaba seguro en que momento fue guardada allí, pero ver como seguidamente la colocaba en su cavidad bucal abierta le gusto. El azabache sonrió dejando ver sus dientes al sentir como el interior ajeno se estrechaba más alrededor de su miembro y aquellos ojos oceánicos parecían inundarse de un deseo mortal y oscuro, era algo inigualable. Los gemidos eran ahogados por el cañón mientras la lengua se movía con levedad con movimientos torpes pero sensuales, sintiéndose invadido por el terror y el deseo al mismo tiempo mientras sus ojos se mantenían fijos en los huecos negros ajenos, sintiendo como el pelinegro estaba deseoso por palpar el límite de su miedo y sadismo.
El payaso soltó uno de los brazos ajenos y, de su americana colorida y manchada de sangre seca, donde en algún momento también había sido guardada, tomó su arma blanca y su mano se movió igualmente de forma ágil para colocar el filo de la daga sobre el cuello del azabache, justo sobre la yugular. El blondo pudo sentir como ambos disfrutaban de aquel sentimiento de tener en sus manos la vida del otro mientras se jodian hasta lo más profundo de sus almas.
Las embestidas se volvieron duras, violentas contra el delicioso punto G del rubio que parecía cada vez más extasiado por su propio orgasmo inminente. Los gemidos agudos y ahogados, el interior cada vez más estrecho dificultando las embestidas y sus ojos quedandose en blanco repetidas veces era la mayor advertencia del clímax, pero aunque fuera intensa la sensación en el cuerpo del rubio para hacerlo sentir que iba a morir, era como si ninguno de los dos pudiera frenar, no funcionaban sus frenos para detener sus cuerpos ardientes y calurosos, sintiéndose adictos a la sensación que se provocaban mutuamente.
El aroma a pólvora y sangre inundaban el deteriorado lugar, incluso opacando el olor a drogas, sexo y alcohol que antes sobresalía con facilidad al ingresar, siendo lo primero que podías aspirar al respirar allí.
Un gemido alto y agudo salió de los labios con el labial corrido del payaso al descargarse sobre su respectivo abdomen en pequeños chorros, sintiendo pequeños espasmos que hacía que sus ojos quedarán en blanco y su lengua quedara quieta, permitiendole al azabache follar la boca del rubio con el arma mientras lo penetraba de forma dura, sintiéndose demasiado excitado por la escena que podía apreciar. Los pequeños espasmos y la intensidad placentera en aumento hizo consciente al azabache de que su propio orgasmo también estaba inminente, por lo que sacó de su cuello la mano del rubio con la daga y jodió más profundo su boca, sintiendo como el menor daba una arcada ahogada al rozar su campanilla con el tibio cañón lleno de saliva.
La mano del rubio con la daga terminó sobre el hombro del pelinegro, apretando la empuñadura de la misma mientras su cuerpo se tensaba completamente al sentirse sobreestimulado y sensible por el orgasmo anterior, cada parte de él se retorcía al sentir cada arcada provocada que quedaba ahogada en su garganta al sentir las embestidas causadas con el arma de fuego en su boca.
Entonces, finalmente una estocada final fue dada por el mayor con rudeza, con tal magnitud que el cuerpo del menor fue pegado con dureza a la pared mientras el arma quedaba justo en el comienzo de su garganta, provocando que el gemido escandaloso y agudo quedara ahogado mientras sentía el ardiente y espeso líquido blanquecino llenar su interior. El sonido del gatillo hizo que su cuerpo inconscientemente saltará y se alertara, haciendo que la arcada no saliera ya que sus sentidos se habian llenado del sonido provocado por el arma en su boca, viendo con sus ojos oceánicos y rojizos de lágrimas al azabache que lo observaba con una sonrisa ladina y burlesca. El mayor estaba con el cabello desordenado, cayendo por su frente y pegando algunos mechones en la misma al estar sudado, también provocando que la sangre seca se mezclara con la transpiración y que al volverse liquida nuevamente se mezclara con la semilla del menor que estaba en su abdomen al estar apegados.
El pelinegro retiró el arma de la boca ajena, viendo como esta quedaba conectada por un hilo de saliva a la lengua del rubio, el cual el blondo se ocupó de romper al lamer el largo del cañón bajo la atenta mirada ajena. Una sonrisa pícara se formó en sus labios casi completamente desmaquillados al sentir el pene ajeno volver a endurecerse en su interior. Aunque el momento caluroso y lujurioso se apagó rápidamente cuando, con sus instintos más refinados, lograron escuchar a la distancia las sirenas policiales acercandose a donde estaban ellos.
Sin dudar ni dos segundos se apartaron el uno del otro y acomodaron sus ropas lo mejor posible. Cuando las manos pálidas del rubio terminaron de acomodar sus pantalones fue tomada con rapidez por el azabache y lo jaló fuertemente con él para que caminara a un paso muy ligero y rápido hasta su auto. El ojiceleste abrió de más sus ojos mientras lo seguía sin emitir ni una sola palabra, pues no esperaba que lo llevara con él, de hecho; ya estaba planeando como entregarse a la policía simulando ser una pobre víctima que había logrado esconderse, pensando en cada jugada para manipular a los agentes como varias veces había hecho de otras formas.
Al llegar al vehículo, el azabache tomó el pequeño control y quitó el seguro, soltó la mano del menor y le indicó sólo con la mirada que se subiera de copiloto, el rubio acató la orden silenciosa y subió al mismo tiempo que el mayor. El auto fue encendido con las luces apagadas y se adentró dentro del oscuro y lúgubre bosque, donde lo único que podía sentirse era el sonido de las ramas, hojas y piedras siendo aplastadas por las ruedas. El sonido de las patas de los lobos y otros animales salvajes que se alejaban al ver el vehículo acercarse le hizo compañía al sonido de los cilindros de caucho.
El viaje fue silencioso hasta una zona lejana en el pulmón del bosque donde no parecía haber ni una sola alma, entonces el sonido del viento ululante reinó el lugar, donde el motor quedó en silencio al ser apagado. Ambos voltearon a verse en completo silencio en la penumbra de la noche sin luz lunar, aunque después de todo, las palabras sobraban. Se sentían conectados de una forma ciniestramente magestuosa, donde sólo bastaba verse a los ojos para saber las intenciones que tenían con el otro, y en ese momento sabían bien cuales eran; seguir follando como animales en celo.
El asiento del azabache fue deslizado hacia atrás para alejarse cómodamente del volante, en cambio, el rubio se quitó la americana para estar más cómodo mientras el pelinegro volvía a bajar su ropa inferior hasta dejar ver la erección que tenía desde antes. El blondo se inclinó sobre el contrario y se acomodó a la altura de su miembro, los zafiros se entrecerraron mientras el trozo de carne rozaba su mejilla caliente, disfrutando de la sensación de las venas latentes en su piel.
Su lengua salió con suavidad de su boca, lamiendo lenta y tortuosamente el glande mientras su mano derecha lentamente se movía sobre el falo ajeno para masturbarlo, no quería tomarse las cosas lentas, de hecho quería tragarse hasta el último centímetro del trozo de carne ajeno, pero iba a castigarlo por haberle dejado con las ganas antes. Quizás ya estaba demasiado intoxicado para llegar a la conclusión de que el azabache podía controlar lo que las víctimas habían hecho antes de morir como llamar a la policía, o quizás estaba demasiado desesperado por seguir teniendo relaciones sexuales con él, tampoco podía deducirlo, pues el sabor de la piel ajena y el presemen en su lengua invadía su mente completamente.
Con tranquilidad movió sus labios sobre el falo ajeno, sintiendo las venas latir cada vez más bajo su tacto, el ojinegro seguramente estaba tan desesperado como él, pero estaba divirtiéndose, era su venganza. Al llegar a la base deslizó sus belfos hasta la punta, donde abrió su boca al planear meter lentamente el miembro ajeno en su cavidad, lo que no esperaba era que apenas sus labios fueran abiertos, su cabeza fuera tomada con brusquedad haciendo que el miembro ajeno entrara hasta el fondo de su cavidad bucal. Sus ojos se abrieron en plenitud y sus manos lograron aferrarse a los muslos ajenos intentando mantenerse estable al sentir como las caderas ajenas comenzaban a moverse para embestir su boca, sin interesarle en lo más mínimo el leve roce con sus dientes ante la brusquedad.
El rubio cerró con fuerza sus ojos en un intento de mantenerse cuerdo, pues sentía como el contrario estaba jodiendo y golpeando el inicio de su garganta, provocandole arcadas que sólo estimulaban más deliciosamente el miembro ajeno y hacia que la espesa saliva escurriera sin control alguno. Las lágrimas salieron de los oceánicos ojos mientras intentaba que su respectiva respiración fuera cómoda por la nariz y su mandibula dolía por la posición. Su cabello fue jalado con rudeza al separarlo unos segundos por piedad del azabache, el ojiceleste se dedicó a dar un gran jadeo por aire mientras su lengua se deslizaba con hambruna sobre el miembro ensalivado ajeno, trazando un camino de lamidas desde el glande hasta la base y al bajar un poco más aprovechando a succionar con suavidad los testiculos, robandole jadeos y gemidos roncos al azabache que dejaba su cabeza apoyada sobre el reposador de la misma. Su boca se deslizó hacia arriba de nuevo y dio una última bocanada de aire cómoda para seguidamente volver a abrir su cavidad para el contrario. Su maquillaje estaba arruinado por el sudor y las lágrimas que habían escurrido de sus ojos, dejando un rastro del delineador negro como si sus cristalinas lágrimas fueran de ese color oscuro, pero para el azabache, aquel rostro que a cualquiera le daría miedo, era una jodida obra de arte, tan magestuosa que sólo él iba a apreciar en toda su vida.
Su mano enguantada volvió a tomar las hebras rubias entre sus dedos y enterró nuevamente hasta el fondo su pene en la boca ajena, sintiendo el pequeño espasmo del menor al sentir una arcada que a él lo había hecho soltar un jadeo placentero. Esta vez por comodidad hizo que el rubio comenzará a mover su cabeza, haciendo que engullera su miembro a su respectivo gusto, sin permitirle tener ni un poco del control en sus movimientos, ya que él con su mano se ocupaba de dirigir el ritmo y profundidad con la que el rubio tenía que tomar el pene en su boca, sin prestar atención a las necesidades ajenas de respirar o el instinto básico de detener las arcadas que le provocaba, cegandose ante su propio placer y la sensación de la cálida cavidad que envolvía su falo.
Los movimientos cada vez se hacían más rudos y rápidos, provocados por el azabache mientras el rubio enterraba sus uñas sobre los musculosos muslos ajenos en un intento de desahogar a su cuerpo de la tensión. Aunque sentir como el miembro ajeno forzaba su boca a abrirse de más y darle paso a que entrará en su garganta lo hizo tener que tolerar su estómago revuelto y a la vez cosquillante de deseo mientras sentía el líquido alojarse en el comienzo de su garganta y a los muy pocos segundos salir de allí para terminar la descarga de semen en su lengua. El blondo dio un pesado jadeo con sus entrecerrados ojos rojizos y cristalizados de lágrimas que se deslizaban por sus mejillas mientras su lengua se unía al pene ajeno por un hilo de saliva y semen.
El azabache fue el encargado esta vez se romper el hilo con su pulgar, el cual llevó hasta la boca ajena que se encargó de limpiarlo y adentrarlo en su cavidad aún caliente y húmeda. Cuando el digito ajeno abandonó su boca el rubio se quitó la ropa con rapidez, intentando no golpearse aunque aún así fue inevitable que el dorso de su mano chocará con el vidrio o el tablero del auto al quitarse la polera gris y los pantalones. Aún así, su cuerpo terminó completamente desnudo y fue jalado por el azabache para acercarlo, haciéndolo sentarse sobre su regazo mientras le daba la espalda al mayor, el cual deslizó sus manos por los costados del cuerpo pálido para contornear la ejercitada y masculina figura ajena, paseando sus manos por la cintura algo delgada para dejar una bonita figura y zona donde sus dedos se podían encajar a la perfección, ya lo estaba haciendo delirar sólo viendo aquella figura escultural.
La boca del azabache se deslizó con suavidad sobre uno de los tatuajes que cubria casi la totalidad de la espalda, sintiendo como la piel caliente ajena volvía a tener el sabor salado del cual podría volverse adicto a provocar, pues le resultaba embriagante el sabor de la piel con el aroma de la misma, en ese instante se sintió como un animal atraído por las feromonas de alguien de su misma especie, pero quizás ambos sí eran de una especie diferente al resto, pues no había otra explicación a la compatibilidad que tenían ese momento si no era causa de un celo primitivo.
El menor curvo su espalda al sentir la calida y húmeda lengua ajena delinear uno de los numerosos trazos de tinta que estaba en su piel, su mano izquierda se apoyó sobre el volante para mantener el equilibrio y sus dos piernas se pusieron entre las ajenas para poder tocar el suelo, finalmente elevó su cadera mientras su mano derecha sostenía el miembro ajeno y lo introducía lentamente en su interior de nuevo, aprovechando que estaba todavía dilatado para recibirlo como anteriormente, pero esta vez, sin el dolor y sólo dejándose llevar por la pasión y lujuria que invadía sus sentidos.
Las manos del azabache soltaron la piel del menor y se dedicó pocos segundos a quitarse los guantes, arrojandolos a algún lugar del auto junto a su respectiva chaqueta de cuero. Sostuvo mejor la cintura ajena, sintiendo el calido tacto de la piel ajena en la yema de sus dedos mientras sus uñas se clavaban con suavidad en la tierna piel, como si se tratasen de garras sobre una deliciosa presa que no dejaria escapar jamás. Ayudó al rubio para que comenzara a moverse de arriba a abajo, mordiendo su labio inferior al disfrutar la candente escena de ver como su miembro se perdía entre aquellas nalgas pálidas junto a la sensación de la calidez estrecha que le otorgaba el interior del contrario.
Lo que comenzó lento para acostumbrar sus cuerpos de nuevo a la placentera sensación de estar unidos terminó siendo un rudo polvo, donde el rubio era guiado por las manos del mayor que le indicaban como saltar, haciendo que el sonido viscoso y el golpe de sus pieles invadiera el auto y lo hiciera mecerse ante el movimiento interno continuo. El blondo con una mano sostenía el volante para mantenerse estable en sus saltos mientras su otra mano estaba apoyada sobre una de las rodillas del mayor con el mismo propósito, aunque sus respectivas rodillas ya estaban debilitándose y temblando ante el placer que le invadía al sentir al mayor clavarse tan deliciosamente en su interior.
Sus gemidos altos y descarados opacaban el sonido de la lluvia que había en el exterior, la cual por su humedad provocaba que los vidrios se empañaran ante las respiraciones pesadas y el calor que daba el encuentro que estaba sucediendo en el interior del vehículo. El blondo detuvo sus saltos unos instantes mientras su cadera se movía en suaves círculos en un intento de recuperar fuerzas mientras se seguía moviendo, aunque las manos del azabache sujetaron con firmeza sus muslos y los elevó para colocar las rodillas a los lados de sus respectivas piernas, juntando sus respectivas rodillas entre las del menor. El ojiceleste mordió su labio inferior con deseo al ver las venosas manos afirmarse en sus pálidos muslos y dejar una temporal marca rojiza debido a la fuerza que había ejercido al no controlarse por el deseo de seguir penetrandolo.
Las manos del rubio tuvieron que soltar el volante y la rodilla del azabache por su acción, terminando una sobre la manija de la puerta y la otra aferrándose fuertemente a el asiento que todavía se mantenía en posición. El mayor se encargó con facilidad de comenzar a mover sus respectivas caderas, embistiendo al menor mientras la espalda del mismo se pegaba a su respectivo abdomen, el peso en ese momento no era interesante para él, casi sentía como si por el deseo de follar al rubio podía moverse como si este fuera liviano como una pluma.
Sus dientes atraparon la delicada piel del hombro del menor, mordiendo con fuerza mientras el contrario daba un gemido fuerte y parecía estrecharse más para él, podía sentir la piel romperse bajo el filo de sus caninos y como el sabor metálico invadía sus papilas gustativas; el sabor era inigualable, y casi podría jurar que era dulce, aunque no lo fuera en absoluto. Quizás ya estaba tan obsesionado por el menor que no podía evitar ese pensamiento, pero estaba seguro que nadie más podría tenerlo si no era él, y se ocuparía de ser el único desde ahora para aquella preciosa jodida obra de arte que él había creado como si fuera un tétrico payaso sacado de una película de terror que ahora portaba sus marcas de pertenencia como sus dientes, chupones o las marcas rojas de sus manos.
El cuerpo del blondo comenzó a tensarse de nuevo y el abdomen se contrajo ante la extasiante sensación del orgasmo inminente que lo habia hecho comenzar a temblar y tener pequeños espasmos. Su mente se fundió en una montaña rusa de sensaciones placenteras que lo hacían besar el suelo del mismisimo paraíso, o quizás el infierno. Eso sería lo ideal para él, o ellos, pues estaba seguro que ya tendría un compañero eterno para vivir la tortuosa eternidad si existía algo como el infierno ardiente.
Finalmente el rubio obtuvo su clímax junto a un alto gemido de placer, descargando su esencia la cual saltó sobre su respectivo abdomen, pero no tuvo tiempo de recomponerse y sólo pudo seguir gimiendo de forma algo escandalosa ya que las embestidas parecían haberse vuelto más duras y violentas, haciéndolo tener pequeños espasmos con cada estocada ruda contra su punto más sensible. Los dientes ajenos abandonaron aquella zona sangrante en su hombro y la lengua calida se dedicó a lamer la herida donde los dientes todavía estaban marcados, sintiéndose cada vez más cerca de su propio orgasmo.
Sus manos sujetaron con fuerza las caderas del blondo, clavando sus uñas con rudeza hasta romper la piel y hacerlo sangrar al obtener su orgasmo, para el cual había hecho al rubio quedarse quieto mientras el daba una embestida profunda, dejando su corrida en lo más profundo del interior ajeno mientras un gruñido ronco salía de sus labios al sentirse satisfecho. El blondo se dejó caer con todo el peso de su cuerpo sobre el ajeno mientras su respiración era agitada y pesada, el pecho en su espalda le indicaba que no era el único que intentaba recuperar el aliento después de la intensa ronda de sexo.
Las manos ajenas soltaron su cadera y una subió hasta el rostro del rubio, haciendo que este se girará con levedad hasta que ambos rostros estuvieron frente a frente. Las respiraciones agitadas y calientes se mezclaron debido a la proximidad, el color oceánico chocaba con el color obsidiana y seguidamente unieron con suavidad sus labios, permitiéndose disfrutar de un beso más tranquilo por primera vez en esa noche.
Las manos del azabache se dedicaron a viajar por el cuerpo del rubio con lentitud, explorando cada pequeña parte donde podía palpar los músculos ajenos. El blondo se dejó explorar sin rechistar, disfrutando de sentir las varoniles manos ajenas recorrerlo, cuando una de estas dejó su cuerpo no se alarmó, pues estaba demasiado concentrado en disfrutar la sensación de sus labios moverse con los del contrario como para prestar suficiente atención, aunque sentir el afilado filo de su daga sobre su muslo lo hizo separarse del beso para dar un quejido ante la sensación ardiente de la herida. Volteó con rapidez a verla, separandose del beso, y al ver que el azabache volvía a cortar su piel lo hizo moverse con levedad, viendo el corte que dejaría una cicatriz en su dermis con la forma de una "T". Giró su rostro algo molesto a ver al contrario, frunciendo su ceño de enojo.
—¿Qué coño crees que haces?–La molestia invadió su voz, no por el dolor, sino porque eso dejaría una notoria cicatriz.–
—Escúchame, rubia. Desde hoy eres mía, eres jodidamente mía hasta que mueras.–una sonrisa maliciosa adornó su rostro mientras el payaso lo observaba con atención y con una mirada fría, analizando al contrario. El azabache se acercó hasta el rostro ajeno nuevamente, hablando en un susurro sobre los maltratados belfos ajenos.– Somos uno del otro. Estamos destinados, Pogo.
El menor abrió de más sus ojos mientras lo observaba en silencio.
—¿Creías que no había escuchado tu nombre? Hombre, el FBI está detrás de ti hace mucho.
La daga fue posicionada entre las manos del rubio, dejando que tomara el arma blanca por la empuñadura mientras el azabache le dejaba el brazo extendido. Su rostro se acercó al oído ajeno, susurrando roncamente.
—Si firmas este contrato para que seamos uno del otro, te voy a ayudar. ¿Me entiendes, Pogo?
El payaso pareció estremecerse, aunque en realidad las palabras habían rebotado en su cerebro haciendo que su cuerpo se tensara y su interior hiciera más presión alrededor del miembro ajeno que aún estaba clavado en él. Cuando su mente obtuvo la decisión que pensaba correcta, su mano izquierda sostuvo la muñeca ajena mientras la derecha se ocupaba de trazar una "P" con la daga, haciendo un corte lo suficientemente profundo para provocar una cicatriz.
La sangre comenzó a salir poco a poco, sin ser una cantidad peligrosa pero aún así el menor se dedicó a lamer el tibio líquido granate mientras sentía al mayor sisear ante el ardor que sentía por el corte y la lengua ajena pasearse sobre la herida. Definitivamente en ese momento habían firmado un contrato de complicidad, donde juraban ser compañeros y cómplices uno del otro eternamente hasta que alguno matará al otro, lo cual era muy difícil, ya que lo compatibles y completos que se sentían junto al otro iba a ser imposible de conseguir de nuevo. Era un pacto silencioso, un juramento firmado con sus pieles por toda la eternidad.
—Fin.
[8.169 Palabras.]