El Marcianito y La Luna
Hace muchos años, en el planeta Marte, vivía un pequeño marciano de color rosa. Tenía una gran cabeza, dos antenitas inquietas, tres dedos en cada mano y un espíritu aventurero que brillaba como una estrella joven.
Amaba su planeta. Le fascinaban la tecnología, los estudios avanzados, y pasaba largas horas explorando y desarrollando nuevos inventos en la estación central marciana. Pero con el paso del tiempo, comenzó a sentir que su vida era monótona. Día tras día, la misma rutina: despertar, investigar, regresar a su nave y volver a casa.
Hasta que un día, decidió hacer algo diferente.
Se enlistó en un equipo de exploradores espaciales con una misión especial: viajar al planeta Tierra. Emocionado como nunca antes, subió a la nave con su tripulación y emprendieron el viaje. Al llegar, quedaron maravillados con la abundante vegetación y las criaturas que habitaban ese mundo. Pero sabían que algunas podían ser hostiles, así que decidieron mantenerse al margen. Aun así, debían recolectar muestras antes de regresar.
Durante esos días, el marcianito encontró algo inesperado: cada noche, se quedaba observando la luna desde lo alto de una colina. Le hablaba en silencio, contándole sus descubrimientos, sus sueños, sus preguntas. La luna no respondía, pero él sentía que lo escuchaba. Y eso era suficiente.
Cuando llegó el momento de marcharse, el marcianito le prometió que volvería a verla.
A partir de entonces, cada vez que regresaba a Marte, se anotaba de nuevo para la exploración planetaria. Viajó por todo el universo, conociendo criaturas extrañas, paisajes que desafiaban la lógica y astros de belleza infinita. Pero siempre, después de cada aventura, volvía a la Tierra… solo para contarle a la luna todo lo que había vivido.
Pasaron los años, y su cuerpo comenzó a volverse frágil. Un día, al llegar de nuevo a la Tierra, ya sabía que su tiempo era corto. Observó cómo habían nacido nuevos imperios, nuevas formas de vida, y decidió mantenerse oculto. Solo salía por las noches, cuando el cielo estaba en calma, para hablarle a su amada luna una vez más.
Y en su última noche, antes de dormir, le dijo:
—Eres lo más hermoso que he visto en todo el universo.
Esa noche, el pequeño marciano partió de este mundo. Pero algo mágico ocurrió: al lado de la luna, nació una estrella brillante, una que nunca se separó de ella. Desde entonces, giran juntas alrededor de la Tierra, para siempre, como prueba de un amor que ni el tiempo ni el espacio pudieron apagar.








