El camino secreto
El sonido del galope interrumpe la calma del bosque en el ocaso. Alguien huye a toda carrera. Su velocidad evidencia el conocimiento de cada hoja, rama o árbol que encuentra; sin embargo, no basta para escapar. A escasos metros, esta silueta femenina desaparece frente a sus perseguidores. Los guerreros están paralizados por lo acontecido y detienen de forma brusca sus caballos; pasan unos segundos y solo se escucha el canto de las aves y el resoplar de los caballos. Rodeada de vegetación, cae una pequeña cascada de agua cristalina. Se oye un murmullo:
—Desmonten, seguiremos a pie, debe estar cerca —ordenó a los siete guerreros el oficial al mando.
Juntos se internaron en la vegetación y, al pasar entre los árboles, divisaron la figura femenina hincada bebiendo de la cascada. Era una elfina algo tétrica. Seguros de haberla sorprendido, la abordaron con voz decidida:
— ¡No te muevas oscura, estás atrapada! ¿A qué entraste a la ciudad?
Ella se despojó de su capucha dejando al descubierto su hermoso rostro, levantó la cabeza y fulminó con sus ojos grises a aquel oficial, quien volvió a exigir una respuesta:
—¡Contesta! ¿Qué hacías en la ciudad? —interpeló esta vez con voz entrecortada y empuñando su espada.
La respiración agitada de la elfina contrastaba con su compostura y sonrisa maliciosa. El silencio incomodaba a los guerreros. El resuello de los caballos los alertó cuando el oficial se acercaba decidido, pero cauteloso: algo anda mal.
—¡Nos miran! —susurró uno de los guerreros—¡al otro lado de la cascada!
—¡Es la hechicera Mai, vámonos antes de que nos caiga la maldición! —gritó el oficial a cargo.
Al instante, una horda de elfos se lanzó sobre el escuadrón, mientras las carcajadas de la hechicera inundaban el lugar. El oficial al mando, viéndose acorralado, ordena a los guerreros lanzarle los caballos para que estos embistan a la horda y poder escapar a toda prisa; sabe muy bien que, si intentan montarlos, serán atrapados. Todo es pánico y caos, los guerreros huyeron del bosque mientras los gritos de la hechicera se escuchaban cada vez más fuertes:
—¡Mátenlos, mátenlos!
Es el año 9010 en el universo de los elfos, seres de naturaleza mística y elevada espiritualidad, conocidos por su longevidad. La mayoría logra vivir por siglos y se cree que algunos alcanzan la inmortalidad. Sus orígenes no son del todo claros, solo se sabe que los primeros nacieron de la luz de las estrellas, rodeados de naturaleza en los grandes bosques.
En sociedad élfica ha establecido un consejo para normar la convivencia. La unión de los pueblos, en una sola administración, formó la ciudad de Ardaina, de hermosos paisajes. Asentada en un valle rodeado de montañas, volcanes inactivos por siglos, de acogedor clima y cuatro estaciones. Ardaina es conocida por el encanto de sus calles de roca, pintorescos puentes y arcos de piedra, así como palacios considerados obras de arte. Los elfos incluyeron en sus construcciones la belleza de la naturaleza: balcones colmados de plantas y calles rodeadas de frondosos árboles. Ardaina puede recorrerse en carruajes tirados por caballos o navegar por sus tranquilos canales. Las aves de colores acompañan a los elfos, quienes en su mayoría visten túnicas también coloridas, haciendo de la ciudad un lugar de ensueño. Únicamente contrasta el gran palacio que incluye el templo de adoración y la principal escuela de Ardaina, con áreas de dormitorios para jóvenes y niños internados.
En el palacio se encuentra la mayor parte de las obras de arte y las principales riquezas, es una maravilla de grandes balcones que dan a la plaza principal. Refleja opulencia con sus pisos y paredes de mármol blanco, todos los salones y oficinas con obras de arte en su interior. Su mobiliario es tallado a mano por los elfos artesanos; el templo de adoración es aún más lujoso, con estatuas de dioses en oro y plata, adornados con diamantes y otras gemas.
Con el objeto de mantener orden y justicia para evitar guerras y rebeliones entre ciudadanos, como las acontecidas hace miles de años, Ardaina imparte en los templos sus enseñanzas de paz y amor de forma efectiva; a pesar de esto, están divididos. Existe un grupo de elfos rebeldes de alto nivel de violencia. La ciudad se ha declarado en alerta contra estos y los llama “herejes oscuros”.
Sin embargo, todos los elfos desde hace muchos siglos atrás tienen un enemigo común. Hace mucho tiempo se descubrió una enfermedad que ataca a los elfos en edades tempranas, conocida como la maldición o peste del pantano. Tomó ese nombre ya que es el lugar donde vive una ermitaña llamada Mai a quien culpan de haber creado la enfermedad; está llena de tatuajes, es siniestra y el poder de su mirada es capaz de enfermar a cualquier elfo. No se sabe con exactitud su edad, pero la conocen por más de mil doscientos años. Temida por toda la ciudad, usa la magia negra e invoca a demonios y todo tipo de seres malvados desde diferentes dimensiones espirituales. Está prohibido acercarse a la cabaña de la bruja, pues a lo lejos se ve a Mai realizar toda clase de hechizos; todo esto difiere de las leyes y las enseñanzas impartidas en los templos
La bruja es frecuentada por los herejes, entre ellos, por su líder llamado Duncan: imponente, de cabellera negra y larga, mirada penetrante. La impiedad de los herejes se conoce en toda la ciudad, a ellos también se los acusa de propagarla peste del pantano entre niños y jóvenes elfos.
En el inicio de la primavera de aquel 9010, en un intento por entrar a la escuela, se enfrentaron rebeldes y guardianes del templo. Los consejeros encargados de la seguridad salieron a enfrentar la amenaza usando los rayos de luz que emanan las piedras sagradas del templo. Estas son muy extrañas y concentran gran cantidad de energía. Nadie sabe su procedencia, la leyenda indica que fueron creadas en el instante mismo del nacimiento del planeta.
En esta ocasión, los rayos y flechas entraban y salían de la escuela. En el interior del templo todo era alboroto, los contraataques de los consejeros provocaron una explosión que hizo que una antigua estatua se cayera y golpeara contra un gran bloque de la parte trasera de una pared del templo, desplazándolo para dejar al descubierto una pequeña abertura, casi invisible ya que esa pared estaba llena de arbustos, y solo por una ligera corriente de aire fue advertido por dos chicos quienes pasaban por ahí cuando ocurrió el enfrentamiento.
—Mira Collin, ¿qué es eso? —preguntó Hamish.
—No sé, parece una entrada, pero está muy oscuro, debemos de informar a algún maestro —respondió Collin.
—No seas cobarde, vamos a investigar primero —insistió Hamish agarrando del brazo a Collin y llevándolo casi a la fuerza hacia una bodega cercana de donde tomaron una lámpara de aceite para luego entrar al túnel.
—Te volviste loco, no deberíamos estar aquí—advirtió Collin forcejeando para no entrar.
Aquel túnel era todo un sistema de pasadizos secretos que llevaba a algunas habitaciones, conectaba templo, escuela y consejo; en otras palabras, todo el complejo. Ya adentrándose, les llamó mucho la atención una frase en una de las paredes: “El secreto de la maldición del Pantano se encuentra en tus cartas, cuídate pequeño D.A. -A.C.”. Avanzaron hasta llegar a una pared donde se atisbaba luz, el bloque estaba formado de un material que permitía ver al otro lado, sin que desde el interior de la habitación se pudiera apreciar el túnel o que alguien estuviera observando. Los dos amigos llegaron a la sala de reuniones del consejo y escucharon una conversación que mantenían dos miembros superiores.
—Las cosas se han salido de control. Debemos salir y acabar con Duncan de una vez por todas—rugió uno de ellos.
—¡Calma! Se hará de forma correcta, Duncan es solo un instrumento. La verdadera mentalizadora es su maestra Mai. Por el momento estamos limitados por ley, no tenemos autoridad de entrar al pantano por ellos— contestó Maedhros.
Este era el líder supremo de Ardaina. Con casi tres mil años de edad, es el más viejo y bondadoso de los místicos. Su apariencia física no denota vejez; es alto y erguido, viste siempre de blanco con grandes y elegantes túnicas adornadas con encajes y piedra. De rápido andar, sorprende a todos su energía ya que ningún elfo de esta era ha vivido tanto. Mirada amable y abundante cabellera rubia, toda la ciudad lo admira. Maedhros protege sobre todo a los niños, considera que son el futuro y la verdadera riqueza de ciudad.
—¿Estás seguro de que no será demasiado tarde? Creo que es el momento de recurrir a medidas radicales—replicó Mablung.
El consejero Mablung tiene apariencia intimidante. A diferencia del líder supremo, sus túnicas siempre son de color oscuro, jamás se separa de su báculo que sostiene una gran piedra roja. Estatura mediana, cabellos castaños, la expresión de su mirada refleja suspicacia. Muy respetado en el templo y la ciudad, no goza de la misma simpatía del líder. Mablung es catalogado como, estricto, calculador y pragmático, es quien dirige el orden de la ciudad.
—Mientras contemos con el respaldo del pueblo, jamás tendremos que preocuparnos de nada—aseveró Maedhros.
—Estos riesgos innecesarios me recuerdan al lunático, por suerte desapareció para siempre—agregó Mablung.
—Ni lo nombres siquiera —exclamó Maedhros moviendo su cabeza de un lado a otro, luego prosiguió —por su culpa estuvimos a punto de perder todo lo que hemos construido por siglos.
Hamish y Collin escuchaban con atención y en total silencio aquella conversación.
—¿Escuchaste bien, Collin? —susurró nervioso.
—Sí, muy claro, pero ¿cuáles serán esas medidas radicales? —preguntó murmurando Collin.
—Vámonos, avisemos a Anahit y Eliot, para saber qué piensan de todo esto—respondió Hamish mientras se retiraban de los pasadizos hacia el exterior.
Anahit es una pequeña y menuda elfina, de ojos azules y cabellos castaños al igual que Collin y Eliot, quienes son de estatura media y contextura normal; Hamish en cambio contrasta con su físico: es alto y robusto, de melena rojiza y gran fuerza, a lo lejos podría ser confundido con cualquier adulto, solo al ver su rostro se aprecia que es un muchacho.
Una vez fuera, cerraron la entrada con el mismo bloque cubriendo por completo la entrada al túnel. Collin les contó todo a sus amigos lo ocurrido. Anahit indicaba que primero debían investigar más a fondo acerca de la maldición del pantano; Eliot comentó que él había escuchado mencionar a su padre acerca de un elfo que investigaba la enfermedad hace muchos años atrás. Fue tan lejos en sus estudios que resultó contagiado, luego perdió la razón, a partir de aquel día fue conocido como el lunático del templo. Los muchachos se propusieron ir donde sus padres y averiguar más acerca del él.
Ya en casa, Anahit al terminar la cena, hablo con su madre Adrynelle, quien era una copia exacta de su hija, pero en adulta. Su padre: Daven, quien se dedicaba a cuidar los árboles y la salud de los bosques, había muerto hace ya muchos años de una rara enfermedad aparentemente provocada por la contaminación. El consejo, después de conocer su enfermedad, ordenó cerrar el paso a esa parte del bosque. Anahit y su madre, aunque lo extrañaban, ya habían superado su pérdida y vivían en relativa felicidad; Anahit no tenía hermanos. Adrynelle todavía era joven cuando murió Daven pero no volvió a formar pareja con nadie más. Dedicó toda su atención y energía a su hija, con quien tenía una relación maravillosa, salvo cuando debía corregirle las travesuras de la niñez.
—¿Mamá, puedo hablar contigo? —dijo con una seriedad poco común en ella.
—Claro, hija— sonrió Adrynelle con bastante curiosidad, casi sin tomarla en serio.
—¿Qué sabes acerca del Lunático del Templo?
—¿En dónde escuchaste hablar de él? —preguntó Adrynelle ensombreciendo su rostro.
—En la escuela.
—Se supone que es un tema que está prohibido en la escuela—expresó Adrynelle.
—Collin y Eliot escucharon al líder Maedhros hablar de él.
—¡Volvió el Lunático! —exclamó Adrynelle, sorprendida.
—No que yo sepa, solo escuchó en una conversación referirse a él.
—Mmm… ¿Y cómo tus amigos escucharon esa conversación? —inquirió Adrynelle mirándola a los ojos con atención.
—No lo sé, solo me lo contaron.
La madre de Anahit la notó rara. Entre ellas había gran comunicación, conocía cada gesto de su hija y notó que actuaba de forma sospechosa. Aunque sentía que no le estaba diciendo toda la verdad, pensó que ya tenía edad suficiente para enterarse de lo que había sucedido en la escuela hacía tanto tiempo y de la extraña desaparición del lunático.
—Te contaré, pero debes prometerme que me informarás de todo lo que hagan tú y tus locos amigos en la escuela.
—Ok, lo prometo—aseguró Anahit mientras se acomodaba en el sofá a escuchar atentamente.
—Hace muchos años, el lunático Andrew, porque ese era su nombre, fue maestro de la escuela, de los mejores que hubo en siglos. Era tan sublime en el manejo de su disciplina que asombraba hasta a los maestros más antiguos. Siempre estuvo interesado en la maldición del pantano, decía que esta enfermedad había sido abordada desde el miedo y la poca comprensión de la magia negra; se fue en contra de todas las disposiciones del consejo y realizó investigaciones clandestinas, acudiendo a libros prohibidos. De pronto, en un momento muy avanzado de su investigación, el pobre Andrew contrajo la maldición y perdió la razón, el consejo decidió desterrarlo por miedo a que causara una epidemia.
—¿Cómo llegó a la conclusión el consejo que estaba enfermo?
—Andrew tenía un mentor, fue él quien dio aviso al consejo de que había contraído la enfermedad.
—¿Quién era su mentor?
—No lo sé, pero era alguien del consejo.
—¿Y qué pasó con los estudios del lunático Andrew?
—Tampoco se sabe, jamás se hicieron públicos. Hay quienes dicen que el alto consejo nunca encontró los estudios, apenas unas pocas anotaciones. Tras la desaparición del lunático pasaron años buscándolos, pero nunca aparecieron.
—Una pregunta más.
—Dime.
—¿De qué era maestro el lunático Andrew?
—Era maestro de ciencias y química.
—¿Solo eso?
—Nada más que yo recuerde.
—¿Y hacía algo más en el templo?
—Ah, recuerdo que también fue ayudante del constructor del templo, un elfo muy anciano. Su última obra fue precisamente esa construcción.
—¿Su última obra?
—Sí, murió al poco tiempo.
— ¿Cómo se llamaba?
—No recuerdo.
Anahit quedó emocionada con la historia de su madre, no podía esperar hasta el siguiente día para contar a sus amigos lo que había averiguado. Mientras tanto en casa de Collin junto a su familia se encontraban cenando frutas y panes de diferentes granos, así como sopas de vegetales e infusión de hierbas. Todos comentaban acerca de la pelea del templo. Agnetha, la madre, era atractiva pero siempre lucía enojada. Según ella, este grupo de rebeldes debió ser eliminado hacía varios años, cuando Duncan no tenía tanto poder y que usar la maldición del pantano para sus propósitos era lo más bajo que hizo elfo alguno, que había heredado de su madre toda su maldad. Esto dijo de forma enérgica viéndolo al padre de Collin como esperando reacción, este se llamaba Cirdán, era comerciante y proveedor en el templo. Collin escuchaba atento y le preguntó a su padre:
— ¿Conociste a la madre de Duncan?
—Por desgracia, sí—señaló Cirdán mientras Agnetha le clavaba su mirada.
— ¿Cómo era?
—Era bella, astuta y con un poder de persuasión que jamás vi —respondió Cirdán sin pensar, mientras sentía la mirada inquisidora de su esposa.
— ¿Qué pasó con ella?
—Murió cuando Duncan era un niño.
— ¿Cómo?
—La maldición del pantano.
—Pero es raro que esta maldición sea letal en elfos adultos.
—Así es, pero hasta en eso era rara—explicó Cirdán encogido de hombros bajo la mirada de su esposa, luego prosiguió con voz melancólica —Amarïe era su nombre.
Con un movimiento brusco, la madre de Collin interrumpió de manera abrupta la conversación; bastante irritada, gruñó:
— ¡Cirdán ya ven! ¡Collin no molestes a tu padre! Está muy agotado, ven a descansar no traigas esos tristes recuerdos a casa.