1 - El agua no basta
Joyxie no era como los otros peces.
Brillaba, éso sí.
Su cuerpo era de un dorado tan tenue que parecía más luz que escama; pero no era eso lo que lo hacía diferente.
Era la forma en que miraba hacia arriba.
Mientras los demás se perdían en la corriente, cazaban burbujas o hablaban entre corales, él flotaba cerca de la superficie, los ojos grandes fijos en el cielo, como si esperara que algo —o alguien— descendiera a buscarlo.
«¿Qué hay allá arriba?», preguntaba una y otra vez.
—Nubes, aire —le decía su madre, cansada ya de explicárselo— Cosas secas, no para nosotros.
Pero Joyxie no lo creía.
Había algo en él, un tirón invisible hacia arriba, como si una parte suya se hubiese desprendido antes de tiempo.
Y aunque nadaba bien, rápido, con gracia, nunca se sentía del todo dentro del agua.
Era como si el agua lo cubriera, pero no lo abrazara.
El resto de los peces murmuraban sobre él.
—Está mal de la cabeza —decía un anciano— Una burbuja se le metió en el pensamiento.
—Tal vez es una fase —susurraban otros— Ya se le pasará cuando madure.
Joyxie no respondía, solo miraba.
Y soñaba.
En sus sueños, volaba.
No flotaba: volaba.
Las aletas eran alas, su cuerpo atravesaba la luz.
El cielo no era solo cielo, era hogar.
Un hogar cálido, sin corriente.
Soñaba con figuras que no eran peces, pero tampoco peligrosas.
Soñaba con una voz sin boca que le decía: «volverás».
Despertaba con el corazón agitado.
Y el agua, al tocar su cuerpo dorado, se sentía más ajena que nunca.
Un día, nadando cerca de la desembocadura, vio algo posado sobre un tronco seco que se alzaba fuera del agua.
Era grande, huesuda, blanca, con ojos muy pequeños y patas que parecían ramas.
Era una garza.
No se movía, solo lo miraba.
—¿Qué mirás tanto para arriba, pececito?
Joyxie se sobresaltó.
Se acercó; nunca había hablado con alguien de la superficie.
—No hay otro pez dorado por acá —dijo la con voz cansada— Quiero saber qué hay allá arriba.
La garza alzó una ceja, si es que eso podía hacerse con plumas.
—¿Arriba? ¿Por qué? Ahí no hay agua.
—Tal vez sí; tal vez hay otro tipo de agua. Tal vez nací en el lugar equivocado.
La garza se quedó en silencio, luego murmuró:
—Eso es grave, lo que estás diciendo.
—¿Por qué?
—Porque los que creen haber nacido en el lugar equivocado hacen cosas… extrañas. Cosas que los demás no entienden.
Joyxie ladeó la cabeza.
—¿Y vos? ¿Naciste en el lugar correcto?
No respondió.
Miró al cielo, luego al río, luego a él.
—Tal vez no —dijo por fin— Tal vez volar no sea tan distinto de nadar. Y quizá vos no seas tan distinto de mí.
—¿Entonces hay cielo para mí?
Bajó el pico, se lo acercó al oído (¿los peces tienen oídos?) y le dijo:
—El cielo también es agua, solo que aprendió a volar.
Y luego extendió las alas, enormes, majestuosas, y se fue.
Joyxie no entendió todo, pero esa noche, cuando el sueño volvió, ya no era solo un éso; era una dirección.
Y decidió empezar a nadar hacia allá.
A lo desconocido.
A lo que dolía pero también llamaba.
Desde entonces, dejó de moverse como los otros.
Subía más seguido a la superficie, bscaba zonas donde el río se evaporaba, donde el sol parecía derretir el agua.
Buscaba señales de que el agua también podía volverse cielo.
Y en el fondo, muy en el fondo, algo en él comenzaba a cambiar.





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