PRÓLOGO - La pregunta
Despertó con los ojos abiertos.
No recordaba haberlos cerrado.
Estaba acostado sobre una superficie que no era tierra, ni piedra, ni agua.
Era algo más blando que una nube, pero más firme que un suspiro.
El cielo encima suyo tenía un tono que no pertenecía a ningún amanecer conocido: un azul que vibraba suavemente como si alguien lo hubiera pintado con melancolía.
Había tres lunas suspendidas en lo alto, cada una diferente; una parecía llorar, otra tenía forma de espiral, y la más pequeña parpadeaba, como si tuviera miedo de ser descubierta.
Se incorporó.
Sentía su cuerpo, pequeño y liviano, como si aún no le perteneciera del todo.
Estaba descalzo, cubierto apenas por una túnica blanca que no recordaba haber vestido.
No sabía su nombre.
No sabía si alguna vez había tenido uno.
Tampoco sabía dónde estaba ni por qué.
Pero sí sabía esto: una pregunta dentro de él, que quemaba como fuego encerrado en hielo, imposible de ignorar.
¿Qué es el trauma?
La palabra no le era ajena; la conocía, aunque no la entendía.
Como se conoce el sabor del agua sin recordar la primera vez que se bebió.
Era una palabra viva dentro de él, una herida sin rostro, un eco sin voz.
Cada latido de su corazón era la pregunta repitiéndose.
Se puso de pie.
El suelo respondía con ternura a su peso, como si no quisiera hacerle daño.
Miró alrededor: no había caminos, ni señales, ni construcciones, sólo un horizonte que se curvaba con suavidad, como un mundo recién nacido.
Pero algo en él sabía que debía caminar.
No por elección, sino por necesidad.
Quedarse quieto era una forma lenta de desvanecerse.
El niño dio el primer paso.
El mundo cambió.
El cielo se fragmentó por un instante, mostrando detrás de su tela una galaxia que respiraba.
El aire olía a infancia y a despedidas.
A medida que avanzaba, el paisaje mutaba sin lógica: árboles con ojos cerrados, lagos que reflejaban recuerdos ajenos, flores que susurraban nombres olvidados.
Ninguno de esos fenómenos lo asustó.
Sentía una familiaridad extraña con todo, como si hubiera estado allí antes, en otro tiempo, siendo otro.
Mientras caminaba, imágenes borrosas aparecían en su mente.
No eran recuerdos claros, sino sensaciones atrapadas en una niebla espesa;
El tacto de una mano.
La risa de alguien a quien no podía nombrar.
El sonido de algo rompiéndose.
Fragmentos de un espejo imposible.
El llanto de alguien que amó.
Y allí comprendió, que su travesía sería muy, muy larga.