Capítulo 1
El vacío del nuevo hogar
Koo acababa de cumplir 20 años cuando se mudó a ese departamento algo grande en el centro de la ciudad. Pagaba el alquiler con lo que ganaba en sus trabajos de medio tiempo en una tienda de cómics y como ayudante cocina en una pastelería, en la tienda de cómics desempaqueta cajas de mangas polvorientos, atendiendo a frikis que lo miraban como si fuera un mueble más, y lidiando con clientes que le gritaban por un cómic equivocado o un precio mal puesto.
—¡Sonríe, chico, que pareces un muerto viviente! ¿Quieres que te despida por esa cara de culo? —le espetaba su jefe cada dos por tres, un tipo calvo con bigote grasiento que olía a tabaco rancio y café quemado.
Koo forzaba una sonrisa tensa, pero por dentro se sentía como un fantasma andante: delgado, con el pelo negro siempre revuelto cayéndole sobre los ojos castaños hundidos por noches de insomnio crónico, donde el techo parecía aplastarle el pecho.
No tenía amigos reales, ni de broma. En el instituto había sido el rarito que se sentaba solo en el recreo, dibujando superhéroes maricas en los márgenes de los cuadernos, y la universidad online que hacía a ratos —un grado en diseño gráfico que odiaba con cada fibra— solo lo aislaba más, con clases por Zoom donde nadie encendía la cámara y los chats eran un desierto de silencio.
—Koo, ¿por qué no sales y conoces a alguien? Eres joven —se decía a sí mismo en el espejo empañado del baño, pero la idea de hablar con un desconocido le daba arcadas.
Lo peor, con diferencia, era la virginidad. Koo no había besado a nadie, ni siquiera en una fiesta borracha que nunca tuvo. Su polla, de unos 16 centímetros cuando se ponía tiesa como una barra de hierro, solo conocía el puño de su propia mano derecha, lubricado con saliva espesa o con el gel de manos que robaba de la tienda, untándolo en la punta hasta que resbalaba como un río de vergüenza. Pero el culo... eso era otro puto nivel de degradación personal.
Empezó a los 17, en la casa de sus padres, con un dedo índice untado en vaselina del cajón del baño de su madre. Se tumbaba en la cama con las luces apagadas, el corazón latiéndole como un tambor de guerra en el pecho, y se lo metía despacio, sintiendo el anillo muscular ceder con un ardor punzante que lo hacía jadear como una puta en celo.
— ¡Mierda! Soy un puto pervertido virgen que ni se atreve a mirar a un chico en la calle! ¿Qué mierda hago metiéndome el dedo en el culo como un cerdo asqueroso? Nadie me querrá nunca si sigo así, fracasado de mierda. —se murmuraba a sí mismo en voz alta, empujando el dedo más profundo, curvándolo para rozar la próstata con la yema hasta que el placer lo traicionaba, haciendo que su polla goteara presemen claro en chorros traicioneros sobre el estómago. Se corría rápido, semen espeso y caliente salpicando las sábanas en arcos irregulares, y luego limpiaba el desastre con pañuelos de papel arrugados, odiándose por el vacío que quedaba después, un hueco en el pecho que ni el orgasmo llenaba.
Con el tiempo, las zanahorias entraron en escena como una evolución patética de su adicción. Las compraba en el supermercado local, las más gruesas y nudosas que encontraba en la sección de verduras orgánicas, fingiendo ante la cajera que eran para una ensalada "sana". En casa, las pelaba con un cuchillo tembloroso, las lavaba bajo el grifo hasta que brillaban como pollas falsas, y se las untaba con lubricante casero —una mezcla grasienta de aceite de oliva y saliva que olía a pizza barata y desesperación. Se ponía a cuatro patas en el suelo del dormitorio, el culo en pompa hacia el espejo roto que tenía en la puerta del armario, y empujaba la verdura despacio, el grosor irregular estirando el anillo con un quemazón que lo hacía gruñir.
— ¡Miren qué patético soy! Un chico de 19 años follando con una zanahoria del mercado porque nadie quiere tocarte el culo virgen. Carajo soy un fracaso total, un puto maricón solitario que se rompe el culo con verduras porque ni un dedo ajeno ha sentido. ¡Correte ya, cerdo, y llora después! —jadeaba en voz alta, la zanahoria saliendo y entrando con ruidos húmedos y obscenos, rozando la próstata hasta que el placer lo cegaba, su polla balanceándose debajo, goteando presemen en el suelo de madera. Se corría con un grito ahogado, semen blanco y espeso salpicando en charcos pegajosos, y luego tiraba la zanahoria a la basura envuelta en papel higiénico, se duchaba con agua hirviendo para borrar la culpa ardiente, y se metía en la cama solo, con la casa familiar resonando en un silencio acusador.
Pero cuando se mudó al nuevo departamento, el vacío se multiplicó como una plaga. El primer día, desempacó dos cajas de ropa sucia y libros de arte que nunca leía, comió ramen instantáneo directamente del paquete con los fideos fríos y pegajosos colgando de la boca, y se tumbó en el sofá. La tele parpadeaba con un reality show de mierda donde gente guapa y falsa se follaba en piscinas iluminadas, cuerpos bronceados chocando con gemidos falsos, y Koo sintió una punzada en el pecho que lo dejó sin aliento. Su polla se endureció solo, traicionera, presionando contra los vaqueros ajustados, pero esta vez no me toqué; en cambio, abrió el portátil con manos sudorosas y buscó "adopción de perros refugios baratos". No quería un gato —demasiado independiente, como los chicos que me ignoraban en las apps de citas—. Necesitaba algo grande, leal, que llenara el espacio con ruido, calor y un pulso vivo contra su piel fría. Encontré un refugio en las afueras, un sitio con fotos borrosas de jaulas oxidadas y voluntarios con sonrisas forzadas. Pedí un taxi y me dirigí al lugar, el sol de la ciudad quemándome la nuca como un reproche.
El refugio olía a desinfectante químico y mierda seca, con ladridos histéricos que rebotaban en las paredes de hormigón gris como balas perdidas. Recorrí las jaulas en fila, ignorando los chuchos pequeños y nerviosos que saltaban contra las rejas, hasta que lo vio: Bam, un dóberman café de un año o dos, con pelaje corto y lustroso que brillaba bajo la luz fluorescente parpadeante. Pesaba unos 30 kilos, con patas largas y musculosas que tensaban las cadenas, orejas erguidas como antenas y ojos amarillos que lo clavaron en el sitio, perforando su alma como si ya supiera que Koo era un perdedor necesitado de redención. Bam estaba acurrucado en una esquina de la jaula, pero levantó la cabeza al verlo, olfateando el aire cargado de miedo y sudor con hocico negro y húmedo.
— Es un dóberman puro, rescatado de un abandono familiar. Es leal hasta la muerte, pero necesita ejercicio diario y un dueño paciente que lo cuide. ¿Estás seguro, chico? No es un juguete. —le explicó la voluntaria, una mujer de unos 40 con coleta deshecha, manos callosas.
No pregunté por el pasado del perro ya podía imaginarme golpes, hambre, noches en la calle, solo firmé los papeles de adopción con letra temblorosa, pagué la cuota y le compré una cadena y una correa en la tienda del refugio. Bam entró en el taxi sin protestar un ápice, sentándose en el asiento trasero con la cabeza apoyada en el hombro de Koo, el hocico caliente rozándole el cuello a través de la camiseta fina, un aliento cálido que olía a carne cruda y libertad.
De vuelta en el departamento, abrí la puerta con las manos temblando de nervios y una emoción que le apretaba la garganta. Bam olfateó todo con urgencia: la cocina con platos sucios apilados en el fregadero, manchados de salsa de tomate seca; el baño con toallas tiradas en el suelo, aún húmedas de masturbaciones solitarias; el dormitorio donde la cama deshecha olía a sudor rancio y semen viejo.
—Este es tu nuevo hogar, Bamie. No es gran cosa. Nuestras paredes son algo delgadas así que trata de no ladrar mucho y tenemos un balcón que da a la playa, pero es nuestro. Te prometo que no te voy a joder la vida como esos idiots que te abandonaron. Soy un puto virgen patético, pero seré un buen dueño, ¿Vale? No me dejes solo como todos los demás. —murmuré en voz alta, arrodillándose para quitarle el collar con dedos torpes. Extendió la mano plana, y Bam la lamió: lengua áspera y húmeda deslizándose por sus dedos en lametones largos y posesivos, un cosquilleo eléctrico que le subió por el brazo directo al estómago, haciendo que su polla se moviera levemente en los pantalones.
Me reí, un sonido nervioso y quebrado que rompió el silencio opresivo del departamento, y rascó detrás de las orejas del perro, sintiendo el pelaje suave y el calor de la piel debajo, los músculos tensos relajándose bajo su toque. Pedí una pizza y comí en el suelo del salón junto a Bam, yo con un trozo grasiento de pepperoni colgando de la boca, salsa roja goteando por mi barbilla, y Bam devorando su porción entera con crujidos feroces que llenaban el aire como fuegos artificiales. Después, me tumbé en el sofá con Bam acurrucado contra mi pecho, el peso del dóberman presionando mi torso delgado, el ronroneo bajo vibrando encima mío…
Acaricié su cuello ancho, bajando la mano por el pecho firme y peludo, rozando el vientre sin querer, o queriendo un poco.
— Eres lo único vivo aquí, Bam. Caliente, fuerte... no como yo, un fracaso total con un culo que solo ha conocido zanahorias y dedos. Quédate conmigo, y no me mires con esos ojos que me hacen sentir más solo.
Los días siguientes fueron un bálsamo temporal contra la mierda interna. Por las mañanas, salía a pasear a Bam por el parque cercano: el dóberman corría con la correa tensa, músculos flexionándose bajo el pelaje café como cables de acero, y yo lo miraba hipnotizado, notando cómo la gente se apartaba en los senderos
—¡Qué perro tan imponente, chico! ¿No muerde? —decían las abuelas en los bancos, aferrando sus bolsos como si Bam fuera un lobo.
En casa, Bam se tumbaba a mis pies mientras intentaba estudiar o dibujar garabatos inútiles en la laptop, y a veces, distraído por el aburrimiento, dejaba caer la mano y rascaba el vientre expuesto del perro, los dedos hundidos en el pelaje suave del abdomen, rozando peligrosamente la zona baja. Una vez, el roce fue directo: cerca de la vaina rosada que colgaba floja entre las patas traseras, cálida y ligeramente húmeda. Sentí el calor inmediato, un pulso sutil bajo la piel delgada como un secreto palpitante, y retiró la mano como si se hubiera electrocutado.
—¡Carajo, Koo, ni se te ocurra pensar en eso! Eres un pervertido de mierda, un virgen que ya se folla verduras, pero no tanto como para mirar la polla de tu perro. Qué asco, contrólate o acabarás en un psiquiátrico. —Me regañé en voz alta, el corazón acelerado, mientras mi propia entrepierna se endurecía un poco, traicionera, presionando contra la cremallera de los vaqueros.
Pero la noche me traicionaba siempre, como una puta infiel. Solo en la ducha, con el agua caliente cascando sobre su piel pálida, me enjaboné el culo con jabón y me metí dos dedos untados en lubricante, empujando despacio contra la pared de azulejos fríos mientras imaginaba no a un hombre anónimo, sino el peso pesado de Bam encima, esa lengua áspera lamiéndole el cuello sudoroso, el hocico olfateando su agujero expuesto.
—¡Soy un cerdo asqueroso, un chico solo que se folla a sí mismo con dedos porque ni un perro me miraría dos veces para follarme! Qué patético, Koo, con 20 años y un culo virgen que apesta a zanahorias y soledad. ¡Correte ya, puto, y odia el espejo mañana! — jadeé en voz alta, mis dedos curvándose para masajear mi próstata con roces insistentes, el agua diluyendo el presemen que goteaba de su polla tiesa. Se corría contra la pared de azulejos, semen blanco y espeso resbalando por el drenaje en riachuelos diluidos, y salía temblando, secándose con una toalla áspera que raspaba la piel. Bam me esperaba en la puerta del baño, la cola golpeando el suelo con sonidos rítmicos, y entonces me arrodillé para abrazarlo, enterrando mi cara en el pelaje del cuello cálido.
El departamento ya no estaba tan vacío, pero el deseo bullía debajo de la superficie, un volcán esperando erupcionar con fluidos calientes y prohibidos.