Cuando paso por esa cuadra, me apresuro y a veces corro. No a causa de la oscuridad, ni porque el sector sea insospechadamente solitario. Excepto por Normita, que está allí desde antes de que yo naciera, nunca ha sucedido nada particularmente notable.
No me asusta que se aparezca, porque, a fin de cuentas, es lo que hacen los espantos, ¿no?. Además, Normita murió de pena y eso, aunque triste, le da una nota de ternura a su lóbrega condena.
El problema es que me habla. Y tampoco me espanta su cara difusa o su voz vieja y dolorida, ni me estremece que se apegue desesperadamente a mi rostro cuando da sus alaridos. Lo que me aterra es su indignación, la forma en que aprieta los puños y la furia con que su voz estridente me pregunta por cosas que nadie debiera saber. Como si me estuviera juzgando, o más bien cobrando una sentencia que he logrado evadir.
Porque Normita siempre sabe todo. Todo.