1
Aaron Hotchner
“Los animales salvajes nunca matan por deporte. El hombre es el único animal para quien la tortura y la muerte de sus semejantes es divertida en sí misma.” —James Anthony Froud.
Como si todo fuera fácil. Dicen que los demonios y los ángeles caminan entre nosotros, pero yo lo comprobé cuando la vi, inconsciente, siendo transportada en una ambulancia con Morgan a su lado. La madera había penetrado su abdomen con brutalidad, y la sangre teñía sus ropas de un rojo oscuro y espeso. Ni siquiera ordené que verificaran la fábrica en busca de rastros de Doyle. No me importó. Solo corrí al auto y la seguí, con el corazón golpeando violentamente contra mi pecho.
Al llegar al hospital, lo único que nos dijeron fue que estaba en quirófano.
Esta familia se estaba desmoronando. Uno de los nuestros luchaba por su vida en una fría sala de operaciones y, para él, ella no era solo una compañera más. Era la mujer que pasaba tiempo con Jack, la que despertaba en su cama con una sonrisa juguetona, la que le hacía bromas en los raros momentos de calma. La que lo abrazaba en las madrugadas cuando las pesadillas de Hayley lo asfixiaban. La que Jack buscaba cuando se colaba en su habitación, necesitando consuelo. ¿Cómo iba a decirle a su hijo que habían perdido a la segunda mujer que ambos amaban?
Se forzó a mantener el rostro sereno, aunque por dentro estaba quebrado. No sabía qué hacer ni qué decir. Los minutos se convirtieron en torturas prolongadas de incertidumbre. El equipo llegó en intervalos de diez, quince minutos. Nadie tenía respuestas. Nadie podía calmar el peso en su pecho. Finalmente, cuando vi a JJ, la alcancé con paso firme.
—¿Qué está pasando, Jennifer? —pregunté con voz seria, controlada, pero tensa.
JJ sostuvo mi mirada, pero el dolor en sus ojos la delataba.
—Hotch... Ella está en cuidados intensivos. La operación fue un éxito, pero... —Se detuvo un momento, tragando saliva.
—¿Pero qué?
—La Interpol va a ingresarla en el programa de protección de testigos. Doyle sigue suelto, y Emily es la última pieza que necesita para encontrar a su hijo. No podemos arriesgarnos a perderla.
Su estómago se contrajo. Lo que estaba diciendo...
—¿Puedo verla? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
JJ asintió con lentitud.
—Sí, pero después de hoy no sabrás dónde está. Para ti, para todos nosotros... Emily Prentiss está muerta.
Sus palabras fueron un golpe seco en el pecho. No respondí. Solo caminé hacia la habitación donde estaba. Pero antes de entrar, un médico llamó a JJ.
—Agente Jareau, tiene que ver esto.
Ella se acercó en silencio, mirando los análisis que el doctor le mostraba. Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Está embarazada —susurró el médico—. Es un milagro que la pérdida de sangre y el impacto de la herida y los hematomas que presenta, no hayan afectado al feto.
JJ sintió un nudo en la garganta.
—Que nadie lo sepa —ordenó con firmeza—. Entrégueme el expediente original. Para el resto del mundo, la agente Emily Prentiss murió... y jamás existió un bebé.
El médico asintió, pero antes de marcharse, miró en dirección a Hotch y a la mujer inconsciente. Soltó un suspiro.
—Él es el padre, ¿cierto?
JJ no respondió. Solo se limitó a sostener los documentos con fuerza.
Cuando volví junto a JJ, mi voz apenas era un hilo de sonido.
—Tenemos que hacerlo. Mantén tu expresión bajo control. Si alguien en el equipo sospecha, lo arruinarás.
Ella asintió.
Le di un último vistazo a Emily, conectada a cables, pálida, vulnerable... Y ahora tenía que fingir que estaba muerta. Tragué el nudo en mi garganta y salí al pasillo donde el resto del equipo esperaba.
Veinte minutos después, JJ salió. Negó con la cabeza y dejó que unas lágrimas cayeran por su rostro.
—No... —susurró Penélope, con los ojos empañados—. No...
Spencer se levantó de golpe, queriendo correr hacia la habitación, pero JJ lo atrapó en un abrazo fuerte, impidiéndoselo. Nadie sabía la verdad. Y aunque él lo supiera, su mente se consumía en el dolor de perder a la mujer que amaba sin saber dónde estaría ahora. Derek tenía la mirada perdida. Rossi mantenía la cabeza gacha. Todo se desmoronaba.
Y yo... Yo no tenía idea de cómo le diría a Jack semejante mentira.
Esa noche, al llegar a casa, encontré a mi hijo esperándome con ojos llorosos. Lo cargué en brazos, sosteniéndolo con fuerza.
—Jack... Te prometo que estaremos bien.
El niño sollozó contra mi pecho.
—Pero Em no va a estar, papá... ¿Quién nos va a ayudar con las pesadillas? Nadie hace galletas de dinosaurio como ella... Dile que vuelva, que no se vaya con mamá...
Cerré los ojos con fuerza.
—Cariño... —Mi voz se quebró mientras acariciaba su cabello—. Te prometo que Emily va a regresar. Y cuando eso pase... no la dejaremos ir.
Era una promesa silenciosa. Una que no sabía si podía cumplir.
La mañana llegó como una maldición. El sol se filtraba por las cortinas con una indiferencia cruel, como si el mundo no se hubiera detenido la noche anterior. Como si no hubiéramos perdido a Emily.
Me arrodillé frente a Jack, sus pequeños ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar. Su labio inferior temblaba mientras yo le hacía el nudo de la corbata con movimientos pausados, intentando no dejar que mis propias manos temblaran.
— Cariño... — susurré, deslizando los dedos por su cabello. Él solo asintió, pero no dijo nada.
Había esperado toda la noche. Esperó a que Emily entrara a su habitación con una bandeja de galletas y leche, con su sonrisa cansada pero dulce, diciéndole que se apurara para no llegar tarde. Esperó hasta quedarse dormido entre lágrimas, murmurando su nombre en sueños.
Le tomé la mano con suavidad y recogí el ramo de rosas rojas que había dejado en la mesa de la entrada. Caminamos en silencio hasta el auto. Lo acomodé con cuidado en su asiento y abroché el cinturón con delicadeza. Cuando me enderecé, mis ojos se encontraron con los suyos, llenos de preguntas a las que no podía responder.
Si fingir solamente dolía, ver las lágrimas inocentes de mi hijo me destrozaba.
El cementerio estaba cubierto por una ligera neblina matinal, dándole un aire irreal a la escena. La brisa fría de Washington sacudía las hojas de los árboles, mientras las lápidas parecían observarnos en un silencio sepulcral.
Uno a uno, los miembros del equipo llegaron. Rossi fue el primero, con su rostro serio y su postura rígida, pero con los ojos cargados de una tristeza que intentaba ocultar. Derek llegó poco después, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada, como si con suficiente fuerza pudiera contener la impotencia. Spencer llegó con Penelope, quien no dejaba de secarse las lágrimas con un pañuelo de encaje.
JJ estaba allí desde el principio. Su papel era el más difícil, la única otra persona que sabía la verdad. Se mantuvo a mi lado, en silencio, su rostro inexpresivo ante el resto del equipo, pero con las manos crispadas dentro de su abrigo.
Un sacerdote de voz grave se aclaró la garganta antes de comenzar a hablar. — Hoy nos reunimos para despedir a una amiga, una compañera, una heroína... — comenzó, su voz cargada de solemnidad. — Emily Prentiss dedicó su vida a proteger a otros. Su valentía, su determinación y su sacrificio no serán olvidados.
Palabras vacías. Mentiras necesarias.
Bajé la mirada hacia el ramo en mis manos, sintiendo la garganta cerrarse. Jack estaba a mi lado, abrazando con fuerza un pequeño muñeco de dinosaurio que Emily le había regalado.
— Papá... — susurró. — ¿Por qué tuvo que irse con mi mami?
Cerré los ojos un instante, sintiendo cómo el peso del engaño se hacía insoportable. Pero tenía que hacerlo. Por ella. Por Jack.
— No lo sé, hijo — respondí en voz baja. — Pero te prometo que un día Emily volverá.
Jack asintió lentamente y se aferró a mi mano.
JJ carraspeó suavemente y dio un paso al frente para colocar una rosa blanca sobre el ataúd falso. Miró al resto del equipo, sus ojos brillando con lágrimas contenidas.
— Emily fue una hermana para mí. No hay palabras para describir lo que esto significa... — su voz se quebró un momento, y Derek le puso una mano en el hombro. — Pero sé que no querría que la recordáramos con tristeza. Querría que siguiéramos luchando, que siguiéramos protegiéndonos unos a otros.
Rossi asintió en silencio. Spencer se frotó los ojos, pero no pudo evitar que una lágrima rodara por su mejilla. Penelope se cubrió la boca con una mano, ahogando un sollozo.
Uno a uno, colocaron flores sobre la tumba.
Y yo, con Jack a mi lado, observé cómo enterrábamos a una mujer que seguía respirando en algún lugar del mundo.
Una mujer a la que amaba y que quizás nunca volvería a ver.
El silencio tras la última oración del sacerdote se volvió un manto pesado sobre nosotros. Nadie se movió de inmediato, como si al quedarnos allí, alargando el momento, pudiéramos evitar que la despedida fuera definitiva. Pero era una mentira. Como todo lo demás.
El viento frío sacudió las hojas de los árboles, y un escalofrío recorrió mi espalda. No era el clima. Era el vacío.
Vi a Derek cerrar los ojos con fuerza antes de girarse y apartarse unos pasos. Pasó una mano por su cabeza rapada y respiró hondo, como si intentara contener la rabia que hervía dentro de él. Sabía que él se culpaba. Había estado con Emily en ese momento, había tratado de salvarla, pero para él no fue suficiente.
— No debió pasar así... — murmuró.
Penelope, incapaz de ver a Derek tan perdido, fue tras él y le tomó la mano con suavidad.
Spencer se quedó junto a la lápida, con la vista fija en el nombre grabado en la piedra. No parpadeaba. No lloraba. Solo miraba con un vacío aterrador.
— Spencer... — intentó JJ, dando un paso hacia él.
— No puede ser real... — susurró. Su voz no tenía fuerza. Se veía más pequeño, más frágil.
Rossi, con su experiencia en funerales y despedidas, fue el que más rápido recuperó la compostura. Aunque su mandíbula estaba tensa y sus manos entrelazadas tras su espalda traicionaban su dolor, fue el primero en hablar con firmeza.
— Deberíamos irnos.
Pero nadie se movió.
Me quedé allí, con Jack sujetando mi mano con fuerza, mirando la lápida falsa de Emily. Sintiendo cada segundo como un castigo.
Deberíamos irnos. Debería llevar a mi hijo lejos de este lugar y tratar de reconstruir algo de lo que nos quedó. Pero mis pies estaban clavados en la tierra.
Entonces, Jack me jaló de la chaqueta.
— Papá... — su vocecita era apenas un murmullo. Sus labios temblaban. — No quiero que esté sola...
Me incliné hacia él y le pasé una mano por el cabello.
— No lo está, cariño — dije con un hilo de voz. — Siempre va a estar con nosotros.
— Pero no aquí... — insistió, con lágrimas acumulándose en sus ojos.
Derek nos miró y apartó la vista con rapidez, respirando profundo. Penelope no pudo contener un sollozo más.
Jack me soltó y, con pasos pequeños pero decididos, avanzó hasta la tumba y dejó su dinosaurio de peluche junto a las flores.
— Para que no se sienta sola... — susurró.
Mi visión se nubló.
Quise decirle que no era necesario, que Emily seguía viva, que un día regresaría. Pero no podía. No aún.
Me puse de pie y miré a JJ. Su expresión era una máscara de neutralidad, pero sus ojos me lo decían todo: esto no será fácil.
El viaje de regreso fue silencioso. Jack se quedó dormido en el asiento trasero, con las mejillas todavía húmedas y el ceño fruncido, como si incluso en sus sueños la tristeza no lo soltara.
Cuando llegamos a casa, lo llevé a su habitación y lo arropé con cuidado.
— Descansa, pequeño.
Antes de salir, su mano me agarró la muñeca con fuerza.
— Papá... ¿Emily va a estar bien en el cielo?
Tragué saliva y sentí un ardor en la garganta.
— Sí, Jack... ella va a estar bien.
Me miró con esos ojos grandes y sinceros, buscando una verdad que yo no podía darle.
— ¿Y si vuelve?
Mis dedos temblaron levemente.
— Si vuelve... — susurré, acariciando su cabello — nunca la dejaremos ir.
Jack asintió lentamente, como si aceptara esa respuesta. Pero la incertidumbre estaba en su rostro.
Apagué la luz y salí de su habitación en silencio, sintiendo el peso de la mentira sobre mis hombros.
La madrugada era silenciosa en mi casa, demasiado vacía. Antes, había pasos suaves en la cocina, risas bajas mientras Emily preparaba café y me decía que la casa de un hombre solitario necesitaba un toque de organización femenina. Antes, me giraba en la cama y sentía su calor, su respiración tranquila, su perfume en mi almohada.
Ahora... solo quedaba el vacío.
Me senté en el borde de la cama, mirando el suelo sin ver realmente nada.
El teléfono vibró en la mesita de noche.
Era un mensaje de JJ.
“Está a salvo. No preguntes más.”
Cerré los ojos con fuerza.
Estaba viva, pero eso no hacía que doliera menos.
Me recosté y me cubrí los ojos con el brazo, intentando ignorar el hecho de que, aunque la verdad era diferente, la mentira seguía pesando igual.
Y seguiría pesando cada día.
Hasta que Emily regresara.
Si es que lo hacía.