La Canción Del Lobo — Kaisoo by Kei at Inkitt
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La canción del lobo — Kaisoo

Summary

Kyungsoo tenía doce años cuando su padre le enseñó una lección muy valiosa. Dijo que Kyungsoo no valía nada y que la gente nunca lo entendería. Entonces se fue. Kyungsoo tenía dieciséis años cuando conoció al chico en el camino, el chico que hablaba, y hablaba, y hablaba. Kyungsoo se enteró después de que el chico no había hablado en casi dos años antes de ese día y que el chico pertenecía a una familia que se había mudado al final del camino. Kyungsoo tenía diecisiete años cuando averiguó el secreto del chico y el mundo se tiñó a su alrededor de rojo, naranja y violeta, de Alfa y Beta y Omega. Kyungsoo tenía veintitrés años cuando el crimen llegó a la ciudad e hizo un agujero en su cabeza y su corazón. El chico salió a perseguir al monstruo, con venganza en sus ojos rojo-sangre, dejando a Kyungsoo detrás para recoger los pedazos. Pasaron tres años desde ese fatídico día y el chico volvió. Excepto que ahora es un hombre y Kyungsoo ya no puede ignorar más la canción que aúlla entre ellos.

Genre
Fantasy
Author
Kei
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

MOTAS DE POLVO / FRÍO Y METAL

Tenía doce años cuando papi puso una maleta al lado de la puerta.

—¿Para qué es eso? —le pregunté desde la cocina.

Suspiró por lo bajo de forma brusca y le tomó un momento voltearse en mi dirección.

—¿Cuándo llegaste a casa?

—Hace un rato —me dio una comezón que no se sintió nada bien.

Papi echó un vistazo al reloj viejo sobre la pared. La cobertura plástica del frente estaba agrietada.

—Es más tarde de lo que pensaba —sacudió la cabeza—. Mira, Kyungsoo…

Parecía nervioso. Confundido. Mi padre era muchas cosas: un alcohólico, rápido para enfadarse y atacar con palabras o puños, un dulce demonio con una risa que retumbaba como esa vieja Harley Davison que habíamos reparado el verano anterior. Pero jamás se lo veía nervioso, jamás parecía confundido. No como lo estaba ahora mismo.

Presentí algo terrible.

—Sé que no eres el muchacho más listo del mundo —me dijo mientras ojeaba su maleta.

Era cierto, no había sido provisto de una gran inteligencia. Mi mamá una vez dijo que yo estaba bien. Mi papá pensaba que era lento. Mamá le respondió que no se trataba de una carrera. Papá ya había bebido demasiado whisky y comenzó a gritar y romper cosas. No la golpeó. No aquella noche, de hecho. Mamá lloró mucho, pero él no la golpeó, yo mismo lo verifiqué.

Cuando comenzó a roncar en su vieja silla, me escurrí a mi habitación y me oculté bajo mis mantas.

—Lo sé, señor —repliqué.

Me miró de nuevo y juraré hasta el día en que me muera que vi amor en sus ojos.

—Más tonto que un buey —dijo. No se oía malicioso viniendo de él. Tan solo lo era.

Me encogí de hombros. Esa no era la primera vez que me lo decía, incluso cuando mamá le había pedido que dejara de hacerlo. Estaba bien, era mi papá, sabía más que cualquier otra persona.

—La gente hará que tu vida sea una mierda.

—Soy más grande que la mayoría —afirmé, como si eso significara algo. Y lo era, las personas me temían, aunque no quería que así fuera. Era grande, como mi papá. Él era un hombre de gran tamaño con un temperamento inestable gracias a la bebida.

—La gente no te comprenderá.

—¿Eh?

—No te entenderán.

—No necesito que lo hagan —en verdad quería que lo hicieran, pero podía comprender por qué no lo harían.

—Debo irme.

—¿A dónde?

—Lejos. Mira…

—¿Lo sabe mamá?

—Claro… Tal vez. Sabía qué sucedería, probablemente lo sabe desde hace tiempo —rio, pero no se oyó como si encontrara gracioso lo que acababa de decir.

—¿Cuándo regresarás? —di un paso hacia él.

—Kyungsoo, la gente será mala. Solo ignóralos y mantén tu cabeza baja.

—La gente no es mala, no siempre —no conocía a demasiadas personas. De hecho, no tenía amigos. Pero la gente que sí conocía no siempre era mala. Simplemente la mayoría no sabía qué hacer conmigo. Eso no estaba mal, yo tampoco sabía qué hacer conmigo.

—No me verás por un tiempo —agregó—. Tal vez por mucho…

—¿Qué hay del taller? —le pregunté.

Papi trabajaba en lo de Baekhyun. Siempre olía a metal y grasa cuando regresaba a casa, y sus dedos estaban ennegrecidos. Tenía camisas con su nombre bordado con puntadas de rojo, azul y blanco: Myungmin. Siempre pensé que esa era una de las cosas más maravillosas. La marca de un gran hombre, tener tu nombre grabado en una camisa.

En ocasiones me permitía acompañarlo. Me enseñó a cómo cambiar el aceite cuando tenía tres, cómo cambiar un neumático a la edad de cuatro y cómo reconstruir el motor de una Chevy Bel Air Coupe de 1957 cuando tenía nueve años. Esos días llegaba a casa oliendo a grasa, aceite y metal, y soñaba que tenía una camisa con mi nombre bordado. Diría Soo o tal vez solamente Kyungsoo.

—A Baekhyun no le importará —dijo mi padre.

Se sentía como una mentira. A Baekhyun le importaba todo. Era algo malhumorado, pero una vez me dijo que cuando fuera lo suficientemente mayor, podría pedirle empleo. «Los tipos como nosotros deben mantenerse juntos», me dijo. No supe qué quiso decir, pero me bastó el hecho de que pensara en mí.

—Oh —fue todo lo que pude decirle a mi padre.

—No me arrepiento de haberte tenido —dijo—. Pero me arrepiento de todo lo demás.

—¿Esto se trata de…?

No sabía de qué se trataba.

—Me arrepiento de estar aquí —continuó—. No puedo tolerarlo.

—Bueno, eso está bien —respondí—. Podemos solucionarlo. Quizás podríamos irnos a algún otro lugar.

—No hay solución, Kyungsoo.

—¿Cargaste tu teléfono? —le pregunté porque jamás recordaba hacerlo—. No olvides cargarlo para que pueda llamarte. Hay cosas de Algebra que aún no entiendo. La señora Howse me dijo que podía pedirte ayuda.

Aunque sabía que mi padre no entendería los problemas numéricos más que yo. La llamaban Preálgebra. Eso me asustaba porque si ya era difícil siendo pre, ¿qué pasaría una vez que solo fuera Algebra, sin el pre incluido?

—Maldita sea, ¿acaso no lo entiendes? —gritó. Conocía ese gesto, era su expresión de enfado. Estaba colérico.

—No —le respondí, porque no lo entendía. Intenté no encogerme por el miedo.

—Kyungsoo, no habrá ayuda para Algebra, ni llamadas por teléfono. No hagas que me arrepienta de ti también.

—Oh…

—Ahora tienes que ser un hombre, por eso intento explicarte todo esto. La mierda te va a llegar, solo deberás sacudírtela y seguir adelante —tenía los puños apretados a los costados. No sabía por qué.

—Puedo ser un hombre —le aseguré porque tal vez eso lo haría sentir mejor.

—Lo sé —respondió.

Sonreí, pero apartó la mirada.

—Debo irme —concluyó al fin.

—¿Cuándo vas a regresar? —pregunté.

Dio un paso vacilante en dirección a la puerta, con la respiración repiqueteando en su pecho. Tomó su maleta y se marchó. Pude oírlo arrancar su vieja camioneta afuera, el motor tardó en encenderse. Se oía como si necesitara una nueva correa de distribución. Tendría que recordárselo más tarde.




Mamá llegó tarde a casa esa noche, luego de trabajar doble turno en el restaurante. Me encontró en la cocina, de pie en el mismo lugar en donde estaba cuando mi papá atravesó la puerta. Las cosas eran diferentes ahora.

—¿Kyungsoo? —preguntó. Se veía muy cansada—. ¿Qué sucede?

—Hola, mamá.

—¿Por qué estás llorando?

—No estoy llorando —y no lo hacía porque ahora era un hombre.

—¿Qué sucedió? —acarició mi rostro. Sus manos olían a sal, patatas fritas y café mientras frotaba sus pulgares sobre mis mejillas mojadas.

Bajé la cabeza para mirarla. Siempre había sido pequeña y yo, en algún momento del año pasado, había crecido mucho. Ojalá recordara ese día, debió haber sido monumental.

—Cuidaré de ti —le prometí—. Ni siquiera debes preocuparte.

—Siempre lo haces —su mirada se suavizó. Pude ver las líneas alrededor de sus ojos, el cansado conjunto de su mandíbula—. Pero… —se detuvo. Tomó aire—. ¿Él se marchó? —preguntó y su voz se oyó tan pequeña.

—Eso creo —enrosqué su cabello con mi dedo. Oscuro, como el mío, como el de papá. Éramos todos oscuros.

—¿Qué te dijo? —me preguntó.

—Ahora soy un hombre —repetí. Eso era todo lo que necesitaba oír. Mamá se partió de la risa.

Papá no se llevó el dinero cuando nos dejó. Al menos no todo. Aunque tampoco había demasiado, a decir verdad.

Tampoco se llevó fotografías. Solo un poco de ropa, su afeitadora, su camioneta y algunas de sus herramientas.

Si no lo hubiera conocido mejor, hubiera pensado que jamás estuvo aquí.

Lo llamé en el medio de la noche, cuatro días después.

Sonó un par de veces hasta que un mensaje dijo que el teléfono ya no estaba en servicio.

La mañana siguiente tuve que disculparme con mamá, había colgado con tanta fuerza que quebré la base del teléfono. Ella dijo que estaba bien, y no volvimos a mencionarlo nunca más.




Tenía seis cuando mi papi me compró mi propio set de herramientas. No de las que eran para niños. Nada de colores brillantes ni plástico, eran de metal frío y reales.

—Mantenlas limpias y Dios te libre si las encuentro tiradas afuera. Se oxidarán y te daré una paliza. Esta mierda no es para jugar, ¿entiendes? —me dijo.

—Sí —respondí y las toqué con reverencia porque eran un regalo. No podía encontrar las palabras para decir lo completo que se sentía mi corazón.

Un par de semanas tras su partida, me hallaba de pie en la habitación de ellos (de ella). Mamá estaba en el restaurante otra vez, en un nuevo turno. Sus tobillos estarían adoloridos cuando llegara a casa.

La luz del sol se vertía a través de una de las ventanas sobre la pared del fondo y atrapaba las pequeñas partículas de polvo.

Olía a él dentro de la habitación. A ella. A ambos, a una mezcla de los dos. Pasaría mucho tiempo hasta que él se desvaneciera. Pero al final lo haría. Abrí la puerta del armario y uno de los lados estaba casi vacío, aunque quedaban algunas cosas. Las pequeñas partes de una vida que ya no era vivida.

Como su ropa de trabajo, cuatro camisas que colgaban al final del armario. Lo de Baekhyun, en cursiva.

Todas decían Myungmin. Myungmin, Myungmin, Myungmin.

Toqué cada una de ellas con la punta de mis dedos.

Quité la última de su gancho, la deslicé por mis hombros. Era pesada y olía a hombre, sudor y trabajo.

—Okey, Kyungsoo —me dije—. Tú puedes hacerlo.

Entonces comencé a abotonarla. Mis dedos se trababan sobre sus botones, muy grandes y redondos. Era torpe e ingenuo, solo manos y piernas, sin encanto y soso. Era demasiado grande.

Acabé con el último botón y cerré mis ojos, respiré profundo. Recordé cómo lucía mamá esa mañana: las líneas moradas debajo de sus ojos, sus hombros caídos.

—Sé bueno, Kyungsoo, mantente lejos de los problemas —me había dicho, como si los problemas fueran la única cosa que yo conociera. Como si me metiera en problemas a menudo.

Abrí los ojos y me enfrenté al espejo que colgaba en la puerta del armario. La camisa era demasiado grande o yo era demasiado pequeño. No estaba seguro de ninguna de las dos cosas. Me veía como un niño disfrazado, como si fingiera ser alguien más.

—Soy un hombre —dije con voz baja luego de fruncir el ceño al ver mi reflejo.

»Soy un hombre —no creía en mis palabras.

»Soy un hombre —repetí con una mueca de dolor.

Al final me quité la camisa de mi padre, la devolví al armario y cerré las puertas. A mis espaldas, las motas de polvo siguieron flotando en la luz solar que desaparecía.

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