ONE SHOT
La Tormenta Cumplida
El beso no fue un preludio, fue el primer relámpago de la tormenta. Charlie no exploró; reclamó. Su boca devoró la de Babe, su lengua invadiendo sin cortesía, saboreando el jadeo sorprendido que se convirtió en un gemido ahogado. Era un beso que sabía a triunfo, a promesa y a una paciencia agotada.
Babe respondió con la misma intensidad, sus manos, ahora liberadas pero atrapadas por el peso y la voluntad de Charlie, se aferraron a sus hombros, los dedos clavándose a través de la tela.
Charlie se separó solo para arrancar la sudadera de Babe, seguida de su propia camisa, en movimientos bruscos y eficientes.
La piel desnuda chocó contra la piel, un contacto electrizante que hizo arquearse a ambos. Charlie bajó, no con suavidad, sino con una urgencia feroz. Su boca encontró el cuello de Babe, no para acariciar, sino para marcar. Los dientes se cerraron en el punto donde el hombro se encontraba con el cuello, un mordisco posesivo y profundo que arrancó un grito agudo de placer y sorpresa de Babe.
—¡Charlie!— gritó Babe, pero no era una queja. Era una exclamación de entrega, un reconocimiento del fuego que había encendido.
—¿Te gusta?— gruñó Charlie contra su piel, su voz un ronroneo gutural mientras sus manos recorrían el torso de Babe, palmeando, pellizcando, reclamando cada centímetro.— ¿Te gusta el desastre qué provocas en mí?
No esperó una respuesta. Su boca descendió por el pecho, capturando un pezón entre sus labios y succionando con fuerza, mientras sus dedos encontraban el otro y lo torturaban con pellizcos precisos.
Babe se retorció debajo de él, una maraña de sensaciones contradictorias: el dolor agudo del mordisco, el ardor de las caricias brutales, la presión insoportable y deliciosa entre sus piernas donde la erección de Charlie se frotaba contra la suya a través de las telas restantes.
—¡Sí!— jadeó Babe, su cabeza girando contra la almohada.— ¡Maldita sea, sí!
Charlie, con una sonrisa salvaje contra su piel, se deslizó más abajo. Sus manos desabrocharon los pantalones de Babe con destreza brutal, tirando de ellos y de su ropa interior de una vez, liberándolo por completo.
El aire frío de la habitación chocó con su piel ardiente, pero fue solo un segundo. La mirada de Charlie, oscura como la noche fuera de la ventana, devoró la imagen de Babe desnudo, vulnerable y completamente excitado por él.
—Mírame.— ordenó Charlie, su voz era un latigazo. Babe, jadeante, obedeció, encontrando esos ojos llenos de una tempestad de deseo y posesión.— Quiero que veas de lo que eres responsable.
Charlie no perdió más tiempo con preliminares. Había sido provocado, jugado y desafiado. Ahora era su turno. Con un movimiento, se liberó de sus propios pantalones. No hubo preparación lenta, solo el sonido del lubricante que Charlie tomó del cajón de la mesita de noche, aplicado con prisa pero sin descuido, asegurándose de no lastimar de verdad, solo de preparar el terreno para la conquista.
Posicionándose entre las piernas abiertas de Babe, Charlie lo miró una vez más. En sus ojos no había duda, solo una certeza feroz.
—Esto es por correr.— susurró, y en un solo empuje poderoso y controlado, lo penetró por completo.
El aire abandona los pulmones de Babe en un sonido gutural, una mezcla de intenso placer y shock por la invasión repentina y plena.
Estaba lleno, estirado, invadido de la manera más primitiva posible. Charlie se detuvo, permitiendo que se adaptara, pero su expresión era de triunfo, no de paciencia.
—¿Y esto?— preguntó Charlie, su voz ronca por el esfuerzo de contenerse.— ¿Esto también te gusta?
Babe, con lágrimas de pura sensación asomando en las esquinas de sus ojos, asintió con la cabeza, incapaz de hablar.
Charlie comenzó a moverse.
No fue un ritmo amoroso. Fue una afirmación.
Cada embestida era profunda, deliberada, llevada hasta el límite. Charlie usaba su cuerpo como un arma de placer punitivo, golpeando ese punto dentro de Babe que lo hacía arquear la espalda y gritar, una y otra vez. El colchón crujió en un ritmo sincronizado con sus gemidos.
Charlie se inclinó, capturando los labios de Babe en besos desordenados y húmedos entre jadeos.
—¿Ves?— jadeó contra su boca.— ¿Ves el descontrol qué me causas? Todo esto…es tuyo.
Sus manos agarraban las caderas de Babe, marcándolas con sus dedos, guiando el ritmo, poseyéndolo en cada sentido. Babe era un torbellino de sensaciones, atrapado entre la dureza del colchón y la fuerza implacable de Charlie, entre el dolor del estiramiento y el éxtasis punzante de cada empuje. Había provocado al depredador, y ahora el depredador lo devoraba, convirtiéndolo en un desastre jadeante y suplicante.
—¡Charlie, más…!— suplicó Babe, sus uñas trazando líneas rojas en la espalda de su prometido.
—¿Más?— Charlie soltó una risa baja, sin humor, mientras aumentaba el ritmo, haciéndolo aún más rápido, más profundo, hasta que Babe dejó de formar palabras y solo emitía sonidos entrecortados, gemidos y gritos ahogados.— Te advertí. Ahora aguanta.
La tensión se acumuló como una ola monstruosa dentro de Babe, arrastrada por la corriente implacable del movimiento de Charlie. Cuando finalmente llegó, el orgasmo lo arrasó con una violencia que lo hizo gritar sin sentido, su cuerpo arqueándose como un arco, mientras Charlie, con un último gruñido gutural y posesivo, lo seguía al abismo, llenándolo, marcándolo desde adentro, sellando físicamente la promesa de su amenaza.
El silencio que siguió solo fue roto por el sonido áspero de su respiración entrecortada.
Charlie, temblando ligeramente, se desplomó sobre Babe, pero inmediatamente se rodó a un costado, llevándolo consigo, sin separarse todavía, envolviéndolo en un abrazo tan feroz como lo había sido la posesión.
Babe, exhausto, tembloroso, con la sensación de que cada músculo le gritaba, enterró su rostro en el cuello de Charlie. Un débil, pero genuino, sonido de satisfacción escapó de sus labios.
—¿Convencido?— murmuró Charlie, su voz ahora solo un ronroneo agotado, sus labios en el cabello sudado de Babe.
Babe solo pudo asentir, un movimiento leve.
Había ganado su juego, había provocado la tormenta. Y ahora, derritiéndose en el desastre glorioso que había causado, supo que no había nada en el mundo que amara más que ser el blanco perfecto, y la razón, de la furia posesiva y amorosa de Charlie.
Mañana, caminar sería sin duda un desafío.
Pero en ese momento, envuelto en sus brazos, era un precio que pagaría una y mil veces.
Las Secuelas (y los Mimos)
La luz de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas, pintando rayas doradas sobre el desastre de sábanas enredadas y ropa esparcida por el suelo.
Babe estaba boca abajo, enterrado bajo las mantas, cada músculo de su cuerpo protestando con un dolor sordo y satisfactorio al más mínimo intento de movimiento.
Charlie, ya duchado y vestido con pantalones de jogging y una camiseta holgada, se apoyaba en el marco de la puerta, una taza de café humeante en la mano. Una sonrisa amplia, desvergonzada y llena de afecto burlón curvaba sus labios.
—Parece que alguien declaró una guerra que no podía ganar.— comentó Charlie, su voz era un murmullo alegre que resonó en la habitación silenciosa.
Babe, desde su montaña de almohadas, emitió un gruñido ininteligible. No dignificó el comentario con una respuesta, pero tampoco hizo el menor esfuerzo por levantarse.
Charlie dejó la taza en la mesita de noche y se acercó a la cama. Con una mezcla de ternura y persistente humor, se sentó en el borde del colchón. Babe seguía inmóvil.
—¿Tan mal?— preguntó Charlie, su tono bajó un poco la burla, volviéndose más cálido.
En respuesta, Babe giró la cabeza con un esfuerzo visible, apoyando la mejilla en la almohada. Sus ojos, ligeramente hinchados por el sueño y la intensidad de la noche anterior, miraron a Charlie. No había enojo en ellos, solo un cansancio profundo y una satisfacción relajada que se asentaba en sus rasgos. Un destello de orgullo incluso brilló en ellos al ver a Charlie, fresco y atento, después de la tormenta que él mismo había desatado.
Charlie no pudo resistirse. Se inclinó y, con movimientos suaves pero firmes, se subió a la cama, colocándose a horcajadas sobre las caderas de Babe, entre sus piernas. A través de la fina tela de sus pantalones, podía sentir la cálida desnudez de Babe debajo de las sábanas. Babe no se quejó.
Solo cerró los ojos un momento, un suspiro escapando de sus labios. Era un gesto de entrega total, de aceptación del dominio (y de los cuidados) de Charlie.
—No voy a poder ir a la práctica.—.declaró Babe, su voz era ronca por el cansacio.— En serio, Charlie. No puedo. Cada vez que intento mover una pierna siento que me van a recordar toda la noche. Toda.
Charlie bajó la cabeza, sus labios encontraron el nape del cuello de Babe, justo donde la marca de sus dientes aún se veía roja y amoratada contra la piel pálida.
Depositó un beso suave allí, un contraste absoluto con la mordida posesiva de horas antes.
—Está bien.— murmuró Charlie contra su piel, su aliento era cálido.— Se lo haré saber a Alan. Te quedas en casa. En cama.
Antes de alejarse, sus dientes volvieron a rozar la misma piel, pero esta vez fue una mordida apenas perceptible, un recordatorio juguetón, no una marca. Luego, Charlie se deslizó hábilmente fuera de la cama y de encima de Babe, quien emitió otro leve quejido por la pérdida de su peso y calor.
Charlie tomó su teléfono del tocador. Sus dedos volaron sobre la pantalla con un mensaje rápido y directo a Alan: «Babe no viene hoy. No está bien. Lo cubro yo en lo que se necesite. – C.» No dio explicaciones.
Alan no las necesitaría; la brevedad y el tono lo decían todo.
Dejando el teléfono, Charlie salió de la habitación con paso ligero. Babe lo escuchó bajar las escaleras, y pronto, los olores reconfortantes del café recién hecho y algo tostándose (¿pan? ¿tal vez unos huevos?) comenzaron a flotar escaleras arriba.
Unos minutos después, Charlie regresó. En sus manos traía una bandeja. Sobre ella, un plato con huevos revueltos esponjosos y tostadas perfectamente doradas, un vaso de jugo de naranja y, con cuidado aparte, un vaso de agua y una pequeña pastilla analgésica.
Colocó la bandeja con cuidado sobre el regazo de Babe, que se había incorporado con un gemido, apoyándose contra el cabecero.
—Toma.— dijo Charlie, su voz ahora era solo ternura, la burla de la mañana completamente disipada, reemplazada por una devoción práctica.— La pastilla te ayudará con el dolor. Come algo.
Babe miró la bandeja, luego a Charlie. El gesto, tan doméstico, tan cuidadoso, después de la ferocidad de la noche, le produjo un nudo en la garganta. Tomó la pastilla y el agua, tragando con un esfuerzo.
Luego, tomó el tenedor, sus dedos rozando los de Charlie.
—Eres insoportable.— murmuró Babe, pero su tono no tenía fuerza alguna, solo agotamiento y gratitud.
—Lo sé.— respondió Charlie, sonriendo, y se sentó en el borde de la cama, observándolo mientras comenzaba a comer, asegurándose de que cada bocado fuera seguido por un sorbo de agua, de que la pastilla hiciera efecto, de que su prometido—su desastre glorioso y adorado—estuviera cómodo, cuidado y, sobre todo, sabiéndose profundamente y posesivamente amado, en cada doloroso y satisfactorio detalle.
La Victoria y el Plátano
El garaje principal de X-Hunter resonaba como una caja de resonancia de júbilo. El eco de risas, el chocar de botellas de cerveza y el estruendo de la música a todo volumen se fusionaban en una sinfonía de victoria duramente ganada. Globos de colores (que Sonic había insistido en poner) se mecían en el aire viciado por el olor a gasolina, pizza y libertad. Tony y su organización eran recuerdos amargos del pasado, desmantelados y detenidos, y Willy y sus secuaces ahora enfrentaban la justicia. La amenaza que había pesado sobre ellos como una losa de plomo se había evaporado.
En el centro del bullicio, Alan levantaba una botella en un brindis silencioso hacia Charlie, quien asentía con una sonrisa genuina pero cansada. A su lado, North hablaba a mil por hora, gesticulando ampliamente mientras recreaba (con exageración épica) su parte en el enfrentamiento final. La poción disolvente, el fruto de tanto dolor y riesgo, no solo había liberado a Charlie y Jeff de la carga de sus habilidades, sino que ahora era un faro de esperanza para otros atrapados en la misma pesadilla.
Pero en medio de la celebración colectiva, los ojos de Charlie buscaron instintivamente a su norte, su centro de gravedad. Babe no estaba entre el grupo central. Con una sonrisa suave, Charlie se deslizó entre sus amigos, dando palmaditas en la espalda y aceptando agradecimientos, pero su rumbo era claro: la cocina adjunta al taller.
El contraste fue inmediato. La relativa calma de la cocina, iluminada por la luz fluorescente blanca, era un oasis comparado con la fiesta.
Y allí, sentado solo en la mesa de formica, con una cerveza medio vacía al lado y concentrado en su tarea, estaba Babe.
Estaba comiendo un plátano.
Con total naturalidad, lo pelaba con esos dedos largos y hábiles que Charlie conocía tan bien. Se llevó un bocado a la boca, mordiendo con una satisfacción sencilla, ausente de la euforia del garaje. Un pequeño hilo de la fruta blanda colgó un instante de sus labios antes de que su lengua lo capturara con un movimiento rápido. Estaba relajado, vestido con jeans y una camiseta negra ligeramente holgada, el cabello algo desordenado, disfrutando de un momento de paz y de su botín culinario.
Para Charlie, que se detuvo en el umbral, la imagen fue un golpe directo y totalmente involuntario al bajo vientre.
No era el plátano en sí. Era Babe comiéndolo.
La forma en que sus labios se cerraban alrededor de la fruta pálida y curvada, el movimiento de su mandíbula al masticar, la suave protuberancia de su garganta al tragar.
Cada detalle, inocente y mundano, se cargó en la mente de Charlie con una connotación intensamente sexual, evocando recuerdos frescos y ardientes de la noche anterior, de posesión, de intimidad salvaje y entregada.
Un calor familiar y punzante se encendió en sus venas. Parpadeó, tratando de disipar la imagen mental que su propio cerebro, traidor, había puesto: no era un plátano, eran sus labios alrededor de algo más, eran sus ojos mirándolo desde abajo con esa mezcla de desafío y entrega...
Babe levantó la vista entonces, al notar la presencia en la puerta. Sus ojos, ligeramente vidriosos por la cerveza pero alertas, se encontraron con los de Charlie. Vio la forma en que Charlie lo miraba, no con la alegría amplia de la celebración, sino con una intensidad más profunda, más privada. Una mirada que Babe conocía muy bien.
Una sonrisa lenta, cargada de comprensión y de cierta malicia, se dibujó en los labios de Babe. Terminó de comer el último bocado, dejando la cáscara sobre la mesa.
—¿Qué pasa, Charlie?— preguntó, su voz era un poco ronca por la cerveza, deliberadamente inocente.— ¿La fiesta es demasiado para ti también?
Charlie entró en la cocina, el ruido del garaje reduciéndose a un murmullo lejano al cerrar la puerta tras de sí. Se acercó a la mesa, sus ojos nunca dejaron a Babe.
—La fiesta está perfecta.— dijo Charlie, su voz era más baja de lo normal, un poco áspera.—Pero estaba buscando algo más dulce.
Su mirada bajó deliberadamente a la cáscara de plátano en la mesa, luego volvió a subir para clavarse en la boca de Babe. La tensión en la pequeña cocina cambió, pasando de la calma a una electricidad íntima y cargada.
Babe no apartó la mirada. Dejó escapar una risa baja, casi un suspiro.
—¿Ah, sí?— dijo, deslizando suavemente el dedo índice por el borde de su propia botella de cerveza.— Parece que, a pesar de la victoria y de todo...todavía hay algo que te tiene distraído.
Charlie se inclinó, apoyando las manos en la mesa a cada lado de Babe, encerrándolo sin tocarlo. El aroma a cerveza, plátano y a la esencia única de Babe lo envolvió.
—Siempre.— confesó Charlie, su aliento rozando la piel de Babe.— Pero especialmente cuando mi victoria favorita está sentada aquí, comiendo fruta de una manera que me hace...pensar en celebrar de forma mucho más privada.
La celebración colectiva por su libertad podía esperar. En ese momento, en la quietud de la cocina, Charlie solo quería celebrar algo mucho más personal: el hecho de que Babe era suyo, libre, seguro, y que, con un simple plátano, podía hacer que el mundo se redujera a solo ellos dos y a un deseo que ni la mayor de las victorias podía apagar.
La Celebración Privada
La risa de Babe fue suave, un sonido burlón y cálido que se mezcló con el último trago de su cerveza antes de dejar la botella sobre la mesa con un clic. Deslizándose del borde de la mesa, sus pies tocaron el suelo. Un brillo de complicidad bailaba en sus ojos, mezclado con el efecto relajante del alcohol y la satisfacción de la victoria.
—Ya basta de escondernos, Charlie.— dijo, dando un suave golpe en el pecho de su prometido.— Vamos, los demás nos extrañan. Hay que brindar por...por todo esto.
Hizo un gesto vago con la mano, abarcando no solo la fiesta en el garaje, sino el peso que se había levantado de sus hombros, la libertad recién estrenada. Pero antes de que pudiera dar un paso hacia la puerta, la mano de Charlie cerró su muñeca con una firmeza que no era brusca, pero sí innegable.
—Un segundo.— murmuró Charlie, y su voz no era una súplica, sino una advertencia baja, cargada de la misma intensidad que había brillado en sus ojos momentos antes.
En un movimiento fluido, Charlie tiró de él.
No fue violento, pero sí decisivo. Babe perdió el equilibrio por una fracción de segundo, solo para encontrarse con el cuerpo sólido y familiar de Charlie, que lo atrapó contra su pecho. El aire le salió de los pulmones con un leve «¡uf!» que fue inmediatamente ahogado.
Porque Charlie no esperó. No hubo más palabras, ni miradas de advertencia.
Simplemente bajó la cabeza y devoró la boca de Babe.
No fue un beso de celebración alegre. No fue tierno ni lento. Fue una reclamación inmediata y voraz. Los labios de Charlie se aplastaron contra los suyos con una urgencia que dejó claro que los brindis y las felicitaciones podían esperar. Su lengua invadió, saboreando la mezcla residual de cerveza y la dulzura del plátano, buscando el sabor esencial de Babe debajo. Era un beso que hablaba de posesión, de alivio, de un deseo que la adrenalina de la victoria y la simple visión de momentos antes habían avivado hasta el punto de combustión.
Babe, sorprendido por la intensidad repentina, se quedó rígido por un instante.
Pero pronto, una ola de calor familiar lo recorrió. Sus manos, que habían quedado atrapadas entre sus cuerpos, se elevaron para aferrarse a los hombros de Charlie, sus dedos clavándose en la tela. Respondió al beso con igual ferocidad, un gruñido ahogado vibrando en su garganta y mezclándose con el jadeo de Charlie.
El mundo exterior —la música estridente, las risas, el chocar de botellas— se desvaneció hasta convertirse en un zumbido lejano e irrelevante. Solo existía el calor compartido, el sabor familiar, la presión de los cuerpos juntos y el lenguaje mudo y urgente de ese beso.
Cuando Charlie finalmente se separó, fue solo lo suficiente para dejar un espacio de un centímetro entre sus labios. Ambos jadeaban, sus respiraciones calientes y aceleradas chocando y mezclándose en el pequeño espacio que los separaba. Los labios de Babe, ahora enrojecidos y ligeramente hinchados, rozaban los de Charlie con cada exhalación temblorosa.
Sus ojos, entrecerrados y vidriosos por la sensación, se clavaron en los de Charlie, que ardían con un fuego oscuro y triunfante.
—A la mierda los brindis.— jadeó Charlie, su voz era áspera, un susurro cargado de promesas que solo Babe podía escuchar.— Mi celebración empieza y termina aquí.
Y en el silencio electrizante de la cocina, con el sabor a victoria y a deseo en sus bocas, estaba claro que la verdadera fiesta, la que realmente importaba, acababa de comenzar en la más perfecta de las intimidades.
El Altar de su Propia Victoria
El lugar no era una catedral ni un lujoso salón, sino el mismo garaje de X-Hunter, transformado de manera conmovedora y un poco caótica. Las herramientas habían sido guardadas, los autos empujados a los laterales para crear un pasillo central. En lugar de humo de gasolina, el aire olía a velas de jardín (seguras, por insistencia de Alan) y a las flores silvestres que North y Sonic habían recolectado esa mañana, atadas con cable de freno y colocadas en jarrones improvisados con latas de aceite limpias.
La luz del atardecer se filtraba por las grandes ventanas del garaje, bañando todo en un tono dorado y suave. Frente a la pared donde normalmente colgaban los planos de los motores, se había colocado un sencillo arco de flores y luces blancas. Bajo él, de pie, esperando con una sonrisa que le iluminaba la cara de pura felicidad, estaba Babe, vestido con un traje negro perfectamente cortado pero sin corbata, su camisa blanca desabrochada en el cuello.
Lucía el anillo de platino y baguettes, que brillaba con cada movimiento nervioso de sus manos.
La música (una lista cuidadosamente seleccionada por Pete en un altavoz portátil) cambió de suave instrumental a una canción lenta y significativa. Todas las cabezas se giraron hacia el fondo del garaje.
Ahí estaba Charlie.
Avanzaba por el pasillo improvisado con una calma que contrastaba con el brillo húmedo de sus ojos. No llevaba traje, sino un conjunto impecable de pantalones grises y una chaqueta de sport azul marino sobre una camisa blanca, en el bolsillo un pequeño ramillete que hacía juego con las flores del arco. Su mirada no se despegó de Babe ni un segundo. En sus ojos había una paz profunda, una gratitud inmensa y un amor tan vasto que llenaba el espacio más que cualquier decoración.
A su lado, como su «padrino» en este ritual único, caminaba Jeff, con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos también brillantes.
Del otro lado, Alan hacía el mismo papel para Babe, manteniendo una compostura serena pero con una mirada inmensamente orgullosa.
El «oficiante» era Chris. Estaba de pie bajo el arco, con un libro en las manos (que en realidad era un manual de mecánica avanzada, pero nadie necesitaba saberlo), tratando de parecer solemne a pesar de la leve sonrisa que se le escapaba. Llevaba su bata de laboratorio sobre una camisa planchada, un gesto que hizo que Babe tuviera que morderse el labio para no reír.
La ceremonia fue sencilla, robada de ritos tradicionales pero rehecha con sus propias palabras. Chris habló de resistencia, de lealtad bajo fuego, de encontrar un puerto seguro en medio de la tormenta. Sus palabras, aunque a veces técnicas, resonaban con una verdad profunda para todos los presentes.
Cuando llegó el momento de los votos, no hubo papeles. Charlie tomó las manos de Babe y, con una voz clara que no temblaba aunque sus ojos sí lo hacían, dijo:
—Babe, te prometo no ser el ancla que te ate, sino el viento que llene tus velas cuando las tuyas flaqueen. Te prometo este garaje, esta familia que hemos hecho, y cada amanecer tranquilo que podamos robarle al mundo. Eres mi meta final. Mi victoria más dulce.
Un sollozo ahogado (claramente de Sonic) se escuchó entre el público. Babe, con los ojos inundados, sonrió a través de las lágrimas.
—Charlie.— empezó Babe, su voz quebrándose solo un instante antes de fortalecerse.— Te prometo no huir más, a menos que sea contigo a mi lado. Te prometo el desorden de mi vida, mi terquedad insoportable, y todo el amor que cabe en un corazón que creía que solo latía para las carreras. Me ganaste. Por completo. Y no quiero volver a ser libre si no es a tu lado.
Chris, conmovido y algo impaciente por la carga emocional, carraspeó.
—¿Los anillos?— preguntó, y fue entonces cuando Jeff, encargado de ellos, se dio un golpe en la frente al recordar y sacó los anillos del bolsillo de su impecable chaqueta (que llevaba puesta sobre su camiseta de Iron Man).
El intercambio fue torpe y perfecto. Las manos de ambos temblaban tanto que tuvieron que ayudarse mutuamente a deslizar las bandas de platino (los mismos anillos de compromiso, ahora acompañados de una banda lisa adicional cada uno) en los dedos del otro. Cuando estuvieron en su lugar, Chris no esperó a declarar nada.
—Bueno, en vista de que estos dos ya se han dicho de todo (y nos han hecho llorar a todos), y considerando que legalmente ya firmaron los papeles esta mañana en mi oficina…— hizo una pausa dramática, mirando a uno y al otro.— les digo lo que todos estamos pensando: ¡bésense ya!
Una risa colectiva, aliviada y feliz, estalló en el garaje. Charlie no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con las manos en la cara de Babe, lo atrajo hacia sí y lo besó. No fue el beso voraz y posesivo de la cocina, ni el apasionado y salvaje de sus noches privadas.
Fue un beso lento, profundo, dulce y prometedor. Un beso que sellaba un nuevo comienzo sobre las cenizas de todas sus batallas.
Cuando se separaron, el garaje estalló en aplausos, silbidos (de Jeff) y vítores. La música cambió a algo alegre y Dean, sin poder contenerse, lanzó un puñado de confeti que había escondido (y que inmediatamente se convirtió en un problema para los motores, pero eso era un problema para el futuro).
Entonces, la nueva familia de X-Hunter se abalanzó sobre ellos. Jeff fue el primero, abrazando a Charlie con fuerza y luego a Babe, lloriqueando sobre lo hermoso que había sido todo. Alan los abrazó con más calma, pero con una palmada firme en la espalda de Charlie y una mirada de profundo afecto a Babe. Dean se acercó tímidamente para darles la mano, con una sonrisa tímida pero genuina. Pete los abrazó a los dos a la vez, gruñendo algo sobre «finalmente deje de ver tanto drama». Hasta Chris, tras quitarse la bata, se acercó para darles un apretón de manos formal que terminó en un incómodo pero sincero abrazo de lado.
Estaban rodeados de caos, de risas, de lágrimas de felicidad y del olor a flores mezclado con gasolina. En medio de todo, Charlie y Babe se encontraron de nuevo las manos, sus nuevas alianzas brillando bajo las luces del garaje. No era la boda convencional que nadie hubiera imaginado para ellos. Era mejor. Era suya. Una celebración de supervivencia, de victoria, y del amor rebelde y feroz que había nacido entre las herramientas y la velocidad, y que ahora prometía durar para siempre, a su propio ritmo y en su propio garaje.
Luna de Miel: Dos Tormentas en Calma
Habían elegido un lugar lejos del ruido de los motores y el olor a caucho quemado: una villa pequeña y privada en la costa de un mar color esmeralda, donde el único sonido era el susurro de las olas y el canto de los pájaros exóticos. Para dos almas acostumbradas a la adrenalina, el silencio era un lujo extraño y delicioso.
Mañana en la Terraza
Charlie despertó primero, como siempre. La luz del amanecer teñía de rosa y naranja la habitación, iluminando el rostro de Babe, dormido y profundamente relajado contra su hombro. Sonrió. Había una paz en las facciones de Babe que rara vez veía en casa, donde siempre había un siguiente problema que resolver, un siguiente rival que enfrentar.
Con cuidado, se liberó y salió a la terraza. El aire salado era fresco. Sacó su teléfono y tomó una foto del mar en calma, el primer rayo de sol cortando el agua. Luego, giró la cámara hacia la puerta abierta de la habitación, capturando el perfil dormido de Babe entre las sábanas blancas. Un tesoro.
Babe apareció media hora después, arrastrando los pies, el cabello alborotado y los ojos entrecerrados contra el sol. Se derrumbó en la silla junto a Charlie, apoyando la cabeza en su hombro.
—¿Por qué estás despierto?— murmuró, su voz ronca de sueño.— Es nuestra luna de miel. Se supone que debemos dormir hasta tarde.
—El sol quiso darte los buenos días.— respondió Charlie, pasándole una taza de café que había pedido.— Y yo quería recordar este momento.
Babe tomó el café y, sin abrir los ojos del todo, buscó a tientas la mano de Charlie para entrelazar sus dedos, las dos alianzas de platino chocando suavemente.
La Aventura del Snorkel (o la falta de ella):
Más tarde, decidieron explorar el arrecife de coral. Babe, en su típica actitud de «¿qué puede salir mal?», se puso el equipo de snorkel con la confianza de un piloto subiéndose a su auto. Charlie, más cauteloso, lo observaba con una sonrisa divertida.
El problema no fue el agua, ni los peces. Fue la mascarilla. Babe, después de nadar unos minutos, salió a la superficie escupiendo agua y maldiciendo.
—¡Esta cosa no sella! ¡Me está entrando todo el mar Mediterráneo por la nariz!
Charlie, flotando placenteramente a su lado, no pudo evitarlo. Soltó una carcajada, un sonido raro, libre y tan atractivo que hizo que Babe se olvidara de su frustración por un segundo.
—¿De qué te ríes? ¡Es un defecto de fábrica!— protestó Babe, intentando ajustar la mascarilla y solo consiguiendo que le entrara más agua.
—Dámela.— dijo Charlie, nadando hacia él.
Con manos expertas (no en snorkel, pero sí en resolver problemas de Babe), ajustó las correas, limpió el vidrio con saliva (un truco que había leído) y se la colocó de nuevo con suavidad en el rostro.— Prueba ahora.
Babe metió la cara en el agua. Esta vez, no hubo inundación. Salió a la superficie, con los ojos brillando detrás del visor.
—Funciona.— admitió, y luego, con una sonrisa pícara que Charlie pudo ver incluso a través del tubo.— ¿Qué más sabes hacer con la boca?
Charlie respondió salpicándole agua en la cara, lo que desató una breve y juguetona batalla acuática que terminó con ambos sin aliento y riendo como niños, flotando de espaldas bajo el sol.
La Sesión de Fotos (des)organizada
Por la tarde, Babe decidió que necesitaban «fotos profesionales» del viaje. Esto significó arrinconar a Charlie contra varios paisajes pintorescos mientras él, con el teléfono en modo retrato, daba órdenes imposibles.
—¡No, mira al horizonte con melancolía! ¡No con esa cara de querer irte a revisar el motor del avión!— exigía Babe, haciendo gestos con la mano libre.
—No puedo poner una expresión «melancólica» a demanda, Babe.— protestaba Charlie, pero seguía jugando, adoptando poses tan exageradamente serias que hacían reír a Babe y arruinaban la foto.
La mejor instantánea del día no fue una de esas. Fue una que Charlie tomó a escondidas. Babe, cansado de posar, se había sentado en un muro de piedra que miraba al mar, los pies descalzos colgando.
Estaba absorto en el horizonte, una sonrisa tranquila y genuina en sus labios, el viento jugando con su cabello. Charlie capturó ese momento: su esposo, en paz, hermoso y completamente a sus anchas. Era la imagen de la felicidad que él siempre había querido darle.
Al verla en la pantalla, Babe se quedó callado. Luego, miró a Charlie.
—Esa sí que vale la pena.— dijo suavemente.
Noche en la Villa
Con el cielo teñido de púrpura y la primera estrella asomando, cenaron en la terraza. La conversación era tranquila, llena de planes sencillos («¿Y si mañana alquilamos una moto para explorar los pueblos de la montaña?») y recuerdos cómicos del día («Tu cara cuando ese cangrejo te pinchó el dedo…»).
Después, se quedaron sentados, Babe recostado contra el pecho de Charlie, mirando las estrellas que parecían más brillantes aquí, lejos de las luces de la ciudad.
—Nunca pensé que el silencio pudiera ser tan ruidoso.— murmuró Babe, refiriéndose al mar, a los insectos, al latido del corazón de Charlie bajo su oreja.
—A mí me gusta este ruido.— respondió Charlie, besando la parte superior de su cabeza.— Contigo.
No hubo necesidad de más palabras. La luna de miel no era sobre lugares exóticos o aventuras extremas. Era sobre esto: descubrir la paz juntos, reírse de sus torpezas, coleccionar momentos tranquilos y robados al tiempo. Era sobre aprender que, después de toda la tormenta, el mayor lujo era simplemente esto: ser Charlie y Babe, marido y marido, flotando en la calma perfecta que solo el uno podía proporcionar al otro. Y en la billetera de Charlie, en la foto de pantalla de su teléfono, ya latía el recuerdo de un Babe en paz, el mejor trofeo que jamás ganaría.
Ritmo en la Sangre, Fuego en la Mirada
El bar en la playa era un universo en sí mismo, vibrante y cargado de energía pura.
Lámparas de colores colgaban entre palmeras, la arena servía de pista de baile improvisada y el sonido de las olas se mezclaba con los ritmos latinos que salían a borbotones de los altavoces. El aire olía a sal, a coco, a loción solar y a la promesa dulce y amarga del ron.
Babe, con otra piña colada en la mano (su tercera, y se notaba en la soltura de sus movimientos), se dejaba llevar por la música.
No era un bailarín profesional, pero poseía una naturalidad atlética y una confianza magnética que lo convertían en el centro de atención sin que él lo buscara. La salsa sonaba, y sus caderas encontraban el compás con una precisión instintiva. Un paso adelante, una vuelta suave sobre sus propios pies, un movimiento de hombros que hacía brillar las cadenas de plata que llevaba al cuello sobre su camisa abierta.
Pero eran sus caderas, y especialmente su trasero, enfundado en unos pantalones cortos de lino claros, lo que capturaba la atención absoluta de Charlie. Desde su silla en una mesa cercana, con una cerveza local casi intacta frente a él, Charlie no podía apartar la mirada.
Cada balanceo de las caderas de Babe era una declaración. El tejido ligero se pegaba y se soltaba de su piel con cada movimiento, delineando una forma que Charlie conocía mejor que cualquier circuito, que había explorado y poseído en cada intimidad. Pero verlo así, en público, moviéndose con esa inconsciente sensualidad, era una tortura deliciosa y una revelación.
Un calor familiar y punzante comenzó a encenderse en la base de su vientre. No era solo deseo, aunque eso era una parte enorme y ardiente. Era algo más complejo.
Era orgullo posesivo. Ese era su marido. Esa cadera que se mecía con tanta gracia, ese trasero que dibujaba círculos perfectos en el aire salado, era suyo. La marca de sus dientes probablemente aún estaba allí, escondida bajo la tela, un secreto que solo ellos conocían.
Era admiración. Babe siempre había sido fuerza y potencia, pero en la pista, bajo las luces de colores, había una gracia felina, una alegría desinhibida que era hermosa de contemplar. Charlie siempre había sabido que Babe era magnético, pero ver cómo ese magnetismo se traducía en movimiento puro era hipnótico.
Y, en el fondo, una punzada de celos protectores. Vio cómo otras miradas se posaban en Babe, cómo algunas personas, hombres y mujeres, lo seguían con los ojos, sonreían, se acercaban un poco. Charlie no se movió de su silla. No hizo falta. Su mirada, intensa y fija como un láser, era un territorio marcado. Cualquiera que captará la mirada de Charlie desde esa esquina de la mesa entendería, sin lugar a dudas, que ese hombre que bailaba como si el ritmo naciera de sus venas, estaba reclamado, poseído y protegido por el hombre de la mirada de tormenta.
Babe, en medio de su pequeño mundo de música y ron, giró y encontró los ojos de Charlie a través de la multitud. Una sonrisa amplia, despreocupada y un poco maliciosa se dibujó en sus labios. Sabía exactamente el efecto que estaba causando. Con un movimiento deliberado, lento y cargado de significado, giró de espaldas a Charlie, concentrando el siguiente compás en el movimiento de sus caderas, un balanceo más pronunciado, más invitador, dirigido exclusivamente a la mirada que sentía clavada en él.
Charlie tragó saliva. Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la botella de cerveza, que ya estaba tibia. La música, la risa de la multitud, el sonido del mar...todo se difuminó en un zumbido lejano. Su mundo se había reducido al círculo de luz donde Babe bailaba, a la curva de su espalda baja, al sudor que comenzaba a pegar la fina camisa a su piel.
No necesitaba bailar. Su propia fiesta privada, más intensa y más peligrosa, estaba ocurriendo en la silla, alimentada por cada oscilación, cada giro, cada destello de piel de su esposo. La noche era joven, pero Charlie ya estaba listo para llevarse a casa su premio, para convertir ese baile público en una intimidad privada donde los únicos ritmos que importarían serían los de sus propios corazones, acelerándose al unísono.
El Juego en la Penumbra
La música cambió a un ritmo más lento, sensual, una bachata que parecía tejerse en el aire caliente de la noche. Babe, con los ojos brillando por el alcohol y la diversión, dejó de bailar para sí mismo. Su objetivo ahora era uno solo.
Cruzó la corta distancia entre la pista de arena y la mesa de Charlie con la elegancia ligeramente tambaleante de quien ha bebido, pero con una determinación clara.
Sin una palabra, se colocó frente a Charlie, quien seguía sentado, inmóvil como una estatua, solo sus ojos, oscuros y fijos, controlando la tormenta interior.
Luego, Babe se sentó. No en la silla vacía al lado, sino directamente a horcajadas sobre el regazo de Charlie, de cara a él. La posición era íntima, provocativa, y gracias a la estratégica oscuridad del rincón donde Charlie había elegido la mesa, y al amplio tablero de madera que los ocultaba de la cintura para abajo, era un secreto compartido en medio del bullicio.
Charlie no necesitó pensarlo. Sus manos, como si tuvieran una voluntad propia, se elevaron y se posaron automáticamente en las caderas de Babe, sintiendo el calor y el movimiento a través del fino lino. Su agarre fue firme, anclando a Babe en su lugar, o quizás anclándose a sí mismo a la realidad.
Desde lejos, solo podía verse a Babe sentado en el regazo de su acompañante, sus brazos alrededor del cuello de Charlie, dos personas cercanas disfrutando de la música. Nada fuera de lo común. Pero debajo de la mesa, en la penumbra privada que habían creado, la historia era distinta.
Babe se inclinó hasta que sus labios rozaron la oreja de Charlie, su aliento caliente y dulce por el ron.
—Me encanta sentir tu mirada sobre mí.— susurró, su voz era una caricia áspera y seductora.— Es como...un peso caliente. Como si me estuvieras tocando incluso desde lejos.
Para enfatizar sus palabras, se movió. Un balanceo lento, deliberado, de sus caderas contra el regazo de Charlie. No era un movimiento grande, pero era devastadoramente preciso. Frotó su cuerpo contra la evidente y creciente tensión en los pantalones de Charlie, un roce que envió una sacudida eléctrica a través de ambos.
Charlie contuvo el aliento. Cada músculo de su cuerpo se tensó bajo el esfuerzo sobrehumano de permanecer quieto, de no arrojar a Babe sobre la mesa y reclamarlo con la misma ferocidad con la que lo miraba. Sus dedos se clavaron en las caderas de Babe, quizás con más fuerza de la que pretendía.
—Babe.— la voz de Charlie salió más baja y más ronca de lo habitual, un gruñido apenas audible sobre la música.— Detente.
Pero no era una súplica. Era una orden. Una orden cargada de una tensión tan palpable que era casi un sabor en el aire entre ellos.
Sus ojos, al enfrentarse a los de Babe a escasos centímetros, no mostraban diversión.
Mostraban una batalla feroz entre el deseo ardiente y la necesidad de mantener un mínimo de decoro en un lugar público.
Babe, sin embargo, no pareció impresionado por el tono. Una sonrisa juguetona y desafiante se curvó en sus labios. Se movió otra vez, un poco más lento, un poco más hondo, sus muslos apretando los costados de Charlie.
—¿Por qué?— preguntó, fingiendo inocencia.— Solo estoy...siguiendo el ritmo.
Charlie cerró los ojos por un segundo, buscando fuerza en la oscuridad interna.
Cuando los abrió, había una seriedad de acero en ellos, una última línea de defensa antes de que su control se hiciera añicos.
—Te dije que te detengas.— repitió, y esta vez su voz tenía el filo de una advertencia real, la misma que usaba cuando Babe se ponía demasiado temerario en la pista.— Ahora. O las consecuencias no las tendrás aquí, pero te prometo que las sentirás cuando lleguemos a la villa. Y no podrás sentarte por una semana.
La amenaza, en lugar de disuadirlo, hizo que los ojos de Babe brillarán con un interés aún más malicioso. Pero algo en la expresión de Charlie, en el temblor apenas contenido de sus brazos donde lo sujetaba, le dijo que esta vez el límite era real. Charlie estaba en el borde, y Babe, a pesar de su atrevimiento, conocía y respetaba (y amaba) ese límite.
Con un suspiro teatral y un último movimiento sutil que fue casi una disculpa, Babe se calmó. Dejó de balancearse, relajando su peso contra Charlie, apoyando la cabeza en su hombro.
—Está bien, está bien.— murmuró contra su cuello, su voz ahora era un ronroneo de satisfacción.— Eres un aguafiestas, Charlie. Pero mi aguafiestas.
Charlie exhaló un alivio tembloroso, sus manos relajando un poco el agarre feroz en sus caderas, deslizándose para rodear su cintura en un abrazo más tradicional, aunque aún muy posesivo. La tormenta había pasado, por ahora. Pero el calor, la promesa y la electricidad de ese juego bajo la mesa permanecerían, un secreto compartido que haría que el paseo de regreso a la villa fuera insoportablemente lento y cada roce de sus manos, mientras caminaban por la orilla, fuera una chispa recordando lo que había pasado y prometiendo lo que vendría después, en la privacidad de su habitación.
La Cuenta Pendiente en la Villa
La caminata de regreso a la villa había sido una tensión eléctrica y silenciosa. El roce de sus manos entrelazadas, el hombro de Charlie contra el de Babe, cada paso en la arena cálida era un recordatorio del juego peligroso en el bar. El aire salado de la noche ahora olía a anticipación y a promesas no dichas.
Al cruzar el umbral de la villa, la puerta se cerró con un golpe sordo que resonó en el silencio privado. La luna llena llenaba el espacio principal de una luz plateada, pintando sombras largas sobre los muros encalados.
Babe, todavía con la euforia del ron y la danza en sus venas, se dirigió directamente hacia el dormitorio con un andar cansado pero satisfecho. Se quitó la camisa holgada y la dejó caer al suelo, estirándose con un bostezo que era pura provocación inconsciente.
—Creo que me voy a desplomar.— anunció, su voz un poco ronca.
Fue entonces cuando la sombra que había estado siguiéndolo en silencio se movió.
Charlie no caminó; se abalanzó. En dos pasos largos y silenciosos, estaba detrás de él. Antes de que Babe pudiera dar otro paso hacia la cama, un brazo fuerte como una barra de acero se cerró alrededor de su cintura, deteniéndolo en seco. Al mismo tiempo, la otra mano de Charlie se plantó contra la pared fría de yeso, justo al lado de la cabeza de Babe, atrapándolo.
—¿Tan pronto?— susurró la voz de Charlie justo en su oído, pero no era un susurro suave. Era bajo, áspero, cargado de una intensidad que hizo que todos los pelos de la nuca de Babe se erizaran.— Después del espectáculo que me diste…después de jugar con fuego en ese bar…¿crees qué te voy a dejar ir a dormir así nomás?
Charlie lo giró, usando su peso y fuerza para voltear a Babe y presionarlo ahora de espaldas contra la pared. La luna iluminaba la mitad del rostro de Charlie, revelando una sonrisa que no era ni dulce ni juguetona. Era una sonrisa de depredador, de promesa y de una paciencia agotada. Sus ojos, oscuros como el mar de noche, devoraban el rostro sorprendido de Babe.
—Tengo muchas ganas de probarte, Babe.— confesó Charlie, y su voz tembló ligeramente con la afirmación cruda.— De reclamar lo que estuviste mostrando tan descaradamente. De borrar la sensación de todas esas miradas con la única que importa: la mía.
No hubo más advertencias. Charlie descendió y capturó la boca de Babe en un beso que era una declaración de guerra. No había ternura, solo hambre y posesión. Su lengua invadió, saboreando el ron y la sal residual, reclamando. Babe, aturdido por la velocidad y la ferocidad, respondió con un gemido ahogado, sus manos aferrándose a los hombros de Charlie, hundiendo los dedos en la tela.
Las manos de Charlie no perdieron el tiempo.
Recorrieron el torso desnudo de Babe como si lo cartografiaran de nuevo, deteniéndose para pellizcar y retorcer sus pezones hasta que Babe se arqueó contra la pared, rompiendo el beso para jadear. Charlie aprovechó para morder y chupar una trayectoria salvaje por su cuello y clavícula, dejando marcas oscuras que brillarían a la luz del día.
—Charlie…— jadeó Babe, pero su nombre sonó como una súplica y una aprobación.
—Calla.— gruñó Charlie contra su piel, mientras sus manos descendían, desabrochando los pantalones de lino con movimientos bruscos y eficientes. La tela cayó a los tobillos de Babe, dejándolo expuesto y vulnerable contra la pared fría.
Charlie se arrodilló en el suelo de piedra. En la luz de la luna, su mirada ascendió por el cuerpo de Babe, desde sus pies descalzos, por sus muslos tensos, hasta detenerse en su erección, que palpitaba ante el frío del aire y el calor de la mirada de Charlie. Fue una vista que le quitó el aliento, más poderosa que cualquier paisaje que hubieran visto.
No hubo preámbulos lentos. Charlie tomó la longitud de Babe en su boca de una vez, profunda y completamente.
Babe gritó, sus manos se aferraron al cabello de Charlie, no para guiarlo, sino para anclarse a la realidad. La humedad caliente, la presión perfecta, la sensación de ser devorado con tanta intensidad después de la tortuosa provocación…era demasiado.
Charlie no usó técnica delicada; usó determinación. Su boca, su lengua, sus manos en las caderas de Babe para mantenerlo en su lugar, todo trabajaba en un ritmo implacable, un contrapunto cruel y maravilloso a los movimientos de baile de horas antes.
—¡Ah! ¡Charlie, ahí…!— gritó Babe, su cabeza golpeando suavemente la pared, sus caderas empujando involuntariamente hacia adelante, buscando más profundidad.
Charlie lo sacó de su boca con un sonido húmedo, su respiración agitada. Miró hacia arriba, su boca brillante y sus ojos negros como la noche.
—¿Así te movías para ellos?— preguntó, su voz áspera por el esfuerzo.— ¿Así?
—Solo…solo para ti…— jadeó Babe, completamente perdido.
Esa fue la clave. Charlie se levantó de un salto, su propia necesidad ahora claramente visible y apremiante. Tomó a Babe por las caderas y lo giró, presionando su pecho contra la pared fría.
—No.— dijo Charlie, mordiendo el hombro de Babe mientras agarraba lubricante de un estante cercano.— Ahora es solo para mí.
La preparación fue rápida, apenas suficiente, más una formalidad que una preparación real.
Charlie estaba más allá de la paciencia.
Posicionándose detrás de Babe, lo miró por un instante: la curva de su espalda, la marca de sus dientes en su hombro, la forma en que se ofrecía, tembloroso y expectante, contra la pared.
Con un solo empuje poderoso, lo penetró.
Babe gritó, un sonido desgarrado de placer y alivio. Estaba lleno, estirado, poseído de la manera más primitiva. Charlie no se movió al principio, dejando que la sensación los atravesara a ambos. Luego, comenzó.
No fue hacer el amor. Esto era follar. Puro, crudo, intenso. Cada embestida de Charlie era una reclamación, un intento de borrar la memoria del baile público, de reemplazarla con esta intimidad feroz y privada. El sonido de sus cuerpos chocando contra la pared y sus jadeos entrecortados llenaban la habitación.
—¿Esto…esto es lo qué querías?— jadeó Charlie, sus manos agarrando las caderas de Babe con fuerza, marcándolas.— ¿Sentir mi mirada convertida en esto?
—¡Sí!— gritó Babe, sus uñas arañando la pared.— ¡Sí, Charlie! ¡Más!
Charlie cumplió. Aceleró el ritmo, cada movimiento más profundo, más duro, golpeando ese punto dentro de Babe que lo hacía ver estrellas. Era una tormenta de sensaciones, una mezcla de dolor y éxtasis que solo Charlie podía darle. Babe era un torbellino de gemidos y súplicas incoherentes, completamente a merced del huracán que él mismo había desatado.
El orgasmo los alcanzó casi al mismo tiempo, una ola brutal que hizo que Babe gritara el nombre de Charlie mientras se derramaba contra la pared fría, y Charlie, con un último y profundo gruñido posesivo, lo seguía, llenándolo, sellando su marca de la manera más íntima posible.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido áspero de su respiración tratando de calmarse. Charlie, temblando, se desplomó sobre la espalda de Babe, sin separarse, sus labios apoyados en el sudoroso nape de su cuello.
—Nunca…— jadeó Charlie, sus palabras sonando caliente contra la piel de Babe.— …nunca bailes así para nadie más.
Babe, exhausto, feliz, completamente reclamado, sonrió contra la pared. Su cuerpo protestaba cada movimiento, pero era una dulce y satisfactoria agonía.
—Solo para ti.— susurró, la promesa tan cierta como el anillo de platino en su dedo.— Siempre será para ti.
Y en la quietud de la villa, con la luna como testigo, la cuenta pendiente por el baile en el bar había sido saldada, con creces.
Buenos Días, Esposo
Un rayo de sol implacable se colaba entre las persianas de madera, dibujando una línea dorada sobre la cama deshecha. Babe despertó primero, como era habitual en él después de una noche de...intensidad. Cada músculo protestaba con un dolor sordo y satisfactorio, un recordatorio vívido de la reclamación de Charlie contra la pared.
Giró la cabeza sobre la almohada. A su lado, Charlie dormía profundamente, su rostro relajado en una paz que rara vez exhibía durante el día. La luz jugueteaba en sus pestañas oscuras, en la línea firme de su mandíbula. Una oleada de ternura, mezclada con un hormigueo travieso, recorrió a Babe.
Una sonrisa lenta y maliciosa se dibujó en sus labios. Tenía una idea.
Con el cuidado de un ladrón, se deslizó de la cama, ignorando el susurro de dolor que le recorrió los muslos. Caminó desnudo hasta el baño, se lavó la cara con agua fría para despejar los últimos restos de sueño y, lo más importante, se enjuagó la boca con un colutorio de menta fresca, un detalle que consideró crucial para su plan.
De vuelta en la habitación, la luz era más brillante. Charlie no se había movido. Babe se deslizó bajo las sábanas arrugadas, que aún conservaban el calor y el olor de ambos.
Se movió con sigilo, arrastrándose entre las piernas de Charlie, que estaban ligeramente separadas en su sueño.
Allí, bajo la montaña de telas, en la cueva cálida y privada que formaban sus cuerpos y la cama, Babe se encontró cara a cara con la erección matutina de Charlie. Era imponente incluso en reposo, un testimonio silencioso de la potencia que dormía a su lado. Babe contuvo el aliento, fascinado.
Sin más preámbulos, inclinó la cabeza.
Su boca, fresca y húmeda, se cerró alrededor de la punta.
Charlie no se despertó de inmediato. Un suspiro profundo, un leve movimiento de sus caderas, fue su primera respuesta inconsciente. Babe, animado, bajó un poco más, tomando más longitud en su boca, su lengua trazando el surco sensible debajo del glande.
Entonces, Charlie se tensó. Un jadeo brusco escapó de sus labios. Sus párpados se agitaron.
—Mmmh…— fue el primer sonido, confuso, adormilado.
Babe no se detuvo. Aplicó succión, suavemente al principio, luego con más firmeza, su mano acariciando la base que su boca no podía alcanzar.
—¡Babe…!— El nombre salió como un gruñido ronco, cargado de sueño y de shock.
Charlie abrió los ojos de par en par, mirando instintivamente hacia abajo, hacia el bulto que se movía bajo las sábanas.
Babe eligió ese momento para retroceder, liberando a Charlie de su boca con un pop suave. Empujó las sábanas hacia atrás, exponiéndose a sí mismo, arrodillado entre las piernas de Charlie, con una sonrisa desvergonzada y brillante en el rostro.
—Buenos días, esposo.— dijo Babe, su voz era dulce y llena de malicia.
Los ojos de Charlie, todavía nublados por el sueño pero oscureciéndose rápidamente con el entendimiento y el deseo, se clavaron en él. No pudo formar palabras. Solo un nuevo gemido ronco y profundo surgió de su garganta cuando Babe, sin perder la sonrisa, bajó de nuevo y lo tomó por completo.
Esta vez no hubo sueño que amortiguara la sensación. Charlie arqueó la espalda, sus manos se aferraron a las sábanas a los lados de su cuerpo.
—¡Ah, dios…!— jadeó, su cabeza cayendo hacia atrás contra las almohadas.
Babe trabajó con una mezcla de habilidad aprendida y entusiasmo puro. Usó su boca, su lengua, las manos que acariciaban y apretaban, todo coordinado para llevar a Charlie al borde lo más rápido posible. Sabía lo sensible que estaba por la mañana, conocía cada punto débil, cada sonido que indicaba que iba por buen camino.
—Babe…Babe, para…voy a…— Charlie intentó advertir, sus caderas empezaban a empujar hacia arriba involuntariamente, perdido en la tormenta de sensaciones.
Pero Babe no tenía intención de parar. Quería esto. Quería verlo, sentirlo, saborearlo. Apretó los labios, aumentó el ritmo, y cuando el cuerpo de Charlie se tensó como un arco, cuando un grito ahogado y gutural rasgó el aire de la habitación, Babe no se apartó.
Aceptó cada pulsación, cada chorro caliente, tragando con determinación, sin perder el contacto visual con los ojos de Charlie, que brillaban con un éxtasis desbordante y una vulnerabilidad absoluta.
Cuando terminó, Charlie quedó jadeando, exhausto y deshecho contra las almohadas, su mirada perdida en el techo. Babe se limpió la boca con el dorso de la mano, su expresión era de triunfo absoluto y de puro amor lujurioso.
Se movió entonces, deslizándose sobre el cuerpo sudoroso de Charlie, acomodándose a horcajadas sobre sus caderas. Se inclinó, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de su marido.
—¿Te gustó?— preguntó Babe, su voz era un susurro juguetón y cargado de orgullo.— ¿Tu despertador personal?
Charlie, recuperando poco a poco el aliento, alzó una mano temblorosa y la posó en la nuca de Babe. Sus ojos, ahora claros y llenos de una adoración feroz, escudriñaron el rostro sonriente encima de él.
—Eres…completamente insoportable.— jadeó Charlie, pero su voz estaba llena de un asombro reverencial.— Y perfecto.
Babe rió, un sonido claro y feliz, y bajó para sellar la mañana con un beso salado y profundo, compartiendo el sabor de sí mismo, de su amor y de un nuevo día que empezaba, como siempre entre ellos, con fuego, entrega y la promesa de que ninguna rutina matrimonial sería jamás aburrida.
La Danza Privada
El beso salado y profundo se deshizo en una respiración compartida, un aire cargado de sabor a menta y a esencia pura de Charlie.
Babe no se separó. Se mantuvo a horcajadas sobre Charlie, sus muslos aferrados a sus caderas, sintiendo la erección renovada y todavía sensible de su esposo presionando contra su propio cuerpo.
—Te toca a ti.— susurró Charlie, su voz aún ronca, pero ahora cargada de una anticipación oscura.— Toma lo que quieras. Yo solo miro.
Una chispa de desafío brilló en los ojos de Babe. Así le gustaba. Que Charlie lo observará, que se entregará al espectáculo.
Con una lentitud deliberada, se enderezó sobre sus rodillas, su silueta recortada contra la luz de la mañana que entraba a raudales.
Usó una mano para guiar la erección de Charlie, firme y lista, hacia su entrada.
Sin prisa, como si realmente estuviera siguiendo el ritmo de una música silenciosa,
Babe comenzó a bajarse.
Fue una penetración lenta, agonizante y gradual. Cada centímetro cedido era una victoria sensorial. Babe cerró los ojos por un instante, sintiendo el estiramiento, la plenitud que se avecinaba. Cuando finalmente estuvo asentado por completo, con Charlie enterrado en él hasta el fondo, dejó escapar un suspiro largo y tembloroso.
—Dios…Charlie— musitó, abriendo los ojos.
Y entonces, comenzó a moverse.
No fue una cabalgata frenética. Era una danza. Sus caderas comenzaron a oscilar con una sensualidad hipnótica, describiendo pequeños círculos primero, luego balanceándose hacia adelante y hacia atrás con un ritmo fluido y seductor. Era el mismo movimiento de cadera que había exhibido en el bar, pero ahora dirigido, íntimo, destinado únicamente a los ojos oscuros que lo devoraban desde abajo.
Charlie cumplió su palabra. No tomó el control. Cruzó las manos detrás de su propia cabeza, apoyándose en las almohadas, y se entregó al espectáculo. Sus ojos, como imanes, seguían cada balanceo, cada contracción del estómago de Babe, cada gota de sudor que comenzaba a trazar un camino por su pecho.
—Así…— ronroneó Charlie, su voz era un susurro áspero de admiración.— Así te movías…pero esto es mil veces mejor. Esto es solo mío.
Babe sonrió, un gesto lento y cargado de lujuria. Aumentó un poco el ritmo, levantándose un poco más en cada movimiento para luego hundirse de nuevo, tomando a Charlie aún más profundo. Un gemido agudo, casi cantado, escapó de sus labios.
—¿Te gusta ver cómo me monto en ti, Charlie?— jadeó Babe, sus manos se posaron en su propio pecho, acariciándose los pezones endurecidos.— ¿Te gusta ver cómo tomo lo que es mío?
—Me vuelve loco.— confesó Charlie, sus propios puños se apretaban donde estaban entrelazados detrás de su nuca, la única señal de la tensión que le costaba contener.— Eres…joder, Babe, eres increíble. Un espectáculo.
Para demostrarlo, Babe cambió el ángulo.
Inclinándose un poco hacia atrás, apoyando las manos en los muslos de Charlie, encontró un punto que hizo que su visión se nublara.
Un grito más estrangulado le salió del pecho.
—¡Ah! ¡Ahí…ahí, Charlie!
—¿Ahí?— preguntó Charlie, su voz era ahora un filo de deseo puro.— Muéstrame. Muéstrame exactamente dónde.
Babe, obediente y perdido en la sensación, concentró sus movimientos en ese ángulo preciso. Cada caída de sus caderas era ahora un golpe directo de placer puro, punzante y profundo. Los gemidos se volvieron constantes, un torrente de sonidos agudos y quejidos que llenaban la habitación.
—Sí…así…así me encanta.— jadeó Babe, su cabeza cayendo hacia atrás, los músculos de su cuello en tensión.— ¡Dentro de mí…te siento tan dentro!
Charlie ya no podía quedarse completamente quieto. Una mano se liberó detrás de su cabeza y se cerró con fuerza en la cadera de Babe, no para guiarlo, sino para sentir el poder de cada movimiento, para anclarse a la realidad de que esto estaba sucediendo.
—Eres un sueño.— gruñó Charlie, sus caderas comenzaron a elevarse al encuentro de las de Babe, creando un ritmo sincopado y aún más intenso.— Mi sueño más sucio y más perfecto. Todo esto…este cuerpo, estos gemidos…todo es mío.
—¡Tuyo!.— gritó Babe, el ritmo se volvió más errático, más desesperado.— ¡Solo tuyo, Charlie! ¡Dámelo todo!
Esa fue la señal. Charlie soltó la cadera y en un movimiento fluido, se sentó, envolviendo a Babe en sus brazos sin romper la unión.
Cambiaron la posición, Babe ahora de espaldas contra el pecho de Charlie, pero el movimiento de sus caderas no cesó. Charlie podía sentir cada contracción interna, cada temblor, y sus propias palabras se convirtieron en un torrente sucio y amoroso contra el oído de Babe.
—Vas a venirte…vas a venirte por mí, ¿verdad?— murmuró, mordiendo el lóbulo de su oreja.— Vas a derramarte por ese estómago tan sexy mientras sientes cómo yo me corro dentro de ti. Profundo. Donde solo yo llego.
La combinación de las palabras, el ángulo y la sensación abrumadora fueron demasiado.
Babe gritó, un sonido desgarrado y puro, y su cuerpo se convulsionó, derramándose entre sus propios estómagos con espasmos intensos. La sensación de contracción interna fue la gota que colmó el vaso para Charlie, quien lo siguió segundos después con un gruñido gutural y posesivo, enterrado hasta el fondo, llenándolo, marcándolo en lo más profundo.
Colapsaron juntos sobre la cama, una maraña de extremidades y respiraciones entrecortadas. Babe, tembloroso y exhausto, giró la cabeza para encontrar los labios de Charlie en un beso lento, perezoso y profundamente satisfecho.
—Buenos días de verdad.— musitó Babe contra su boca, una sonrisa tonta y feliz en sus labios hinchados.
Charlie solo asintió, acariciando el sudoroso costado de Babe. El despertador personal había sido, sin duda, el más efectivo y placentero de toda su vida. Y la danza, esta vez, había tenido un solo espectador, y un final perfectamente coreografiado por los dos.
Luna de Miel: Momentos Robados en la Villa Esmeralda
1. El Desayuno en la Terraza (y la Guerra del Café)
La mañana siguiente amaneció con una brisa suave que movía las enredaderas de buganvillas. Charlie, el madrugador de siempre, preparaba café en la pequeña cocina abierta cuando sintió un par de brazos rodeando su cintura desde atrás.
—Hueles a jabón de coco y a mi.— murmuró Babe, enterrando la nariz en su espalda.
—Tú hueles a pereza.— respondió Charlie, sonriendo, mientras servía dos tazas.
Se sentaron en la terraza con vista al mar.
Babe, todavía adormilado, vertió tres cucharadas de azúcar en su café. Charlie arqueó una ceja.
—¿En serio? Eso ya no es café, es jarabe.
—Es mi café.— replicó Babe, tomando un sorbo exagerado y haciendo un gesto de falsa beatitud.— Y es perfecto, como todo lo mío.
Charlie, sin decir nada, tomó su taza de café negro y amargo, y estiró el brazo para robar un pedazo de la tostada con mermelada de Babe.
—¡Oye, ladrón!.— protestó Babe, riendo, y trató de recuperarla, iniciando una breve pelea de manos sobre la mesa que terminó con migas por todas partes y Babe recibiendo un beso rápido y dulce (que sabía a café azucarado) como compensación.
2. La Lección de Cocina (Desastre Asegurado)
Decidieron cocinar juntos. Charlie, metódico, leyó la receta de un pescado a la sal. Babe, por su parte, interpretó "aliñar al gusto" como "verter media botella de aceite de oliva y el contenido de tres especias diferentes sin medir".
—Babe, eso no es 'al gusto', eso es un ataque químico.— dijo Charlie, conteniendo la risa al ver la ensalada nadando en un lago verde.
—Es creatividad.— defendió Babe, orgulloso, lamiendo una cuchara llena de su "salsa secreta" que solo él podía apreciar.
El resultado fue…comestible, pero memorable. Charlie se comió cada bocado del pescado sobre-salado y Babe, valientemente, atacó la ensalada pantanosa.
Se rieron tanto que les dolieron los costados, y terminaron ordenando pizza por teléfono, comiéndola directamente de la caja en el suelo, espalda contra espalda.
—Prometo que la próxima vez solo cocino huevos.— dijo Babe, con un trozo de pepperoni en la barbilla.
—Prometo que no te dejaré cerca de la cocina nunca más.— replicó Charlie, limpiándole la barbilla con el dedo y luego chupándolo.— Pero tus huevos…esos sí me gustan.
Babe lo empujó, riendo, y un pedazo de pizza voló por los aires.
3. La Siesta en la Hamaca (y el Problema Logístico)
Encontraron una hamaca doble colgada entre dos palmeras. El desafío era subirse sin volcar. Después de tres intentos fallidos y risas histéricas, lo lograron, enrollados el uno alrededor del otro como dos felinos perezosos.
—Nos vamos a caer.— murmuró Babe, con la cabeza sobre el pecho de Charlie, sintiendo el latido de su corazón.
—No, si no te mueves.— susurró Charlie, acariciándole el cabello.
La brisa mecía la hamaca suavemente.
Babe se durmió en cuestión de minutos, suspirando levemente. Charlie no durmió. Se quedó mirando las sombras de las hojas bailando sobre la piel de Babe, contando sus pestañas, memorizando este momento de paz absoluta.
Cuando Babe despertó, tenía un puchero inconsciente en sus labios, encontró a Charlie mirándolo con una expresión tan tierna que le dio un vuelco a su corazón.
—¿Qué?— preguntó Babe, voz ronca de sueño.
—Nada. Solo que roncas como un motor pequeño.— mintió Charlie, sonriendo.
Babe le dio un pellizco en el costado y la hamaca casi los lanza al suelo, desatando otra ronda de risas.
4. El Atardecer en la Playa Privada (y la Promesa)
Al atardecer, caminaron por la playa privada de la villa. La marea baja había dejado la arena lisa y fresca. Caminaban descalzos, las manos entrelazadas, en silencio. El cielo se incendió en tonos de naranja, púrpura y rosa.
Se detuvieron donde las olas rompían suavemente. Charlie se volvió hacia Babe, su rostro bañado por la luz dorada.
—¿Sabes?— dijo Charlie, su voz apenas un susurro sobre el sonido del mar.— Antes, cuando pensaba en el futuro, solo veía curvas cerradas, riesgos, líneas de meta. Todo era velocidad y un poco de miedo.
Babe lo miró, esperando.
—Ahora.— continuó Charlie, apretando su mano.— cuando miro hacia adelante, solo veo esto. Silencio. Paz. Y esta mano en la mía. Es un futuro mucho más aterrador.
—¿Aterrador?— preguntó Babe, frunciendo el ceño.
—Sí.— asintió Charlie, con una sonrisa suave en sus labios.— Porque es tan perfecto que me aterra perderlo. Pero no lo haré. Te lo prometo.
No hubo un beso apasionado. Solo Charlie levantó la mano de Babe y presionó sus labios contra la alianza de platino, un gesto tan reverencial y profundo que a Babe se le llenaron los ojos de lágrimas. Luego, Charlie le secó una lágrima que se escapaba con el pulgar.
—No llores, que se te va a salar la cerveza interior.— bromeó Charlie suavemente.
Babe soltó una risa entrecortada y lo abrazó fuerte, enterrando la cara en su cuello mientras el sol desaparecía en el horizonte, pintándolos a ambos de oro.
5. La Noche de Juegos (y el Competitivo Implacable)
Por la noche, descubrieron un juego de mesa viejo en un estante. Babe, competitivo por naturaleza, lo tomó como un desafío personal. Charlie, más estratégico, se dejó llevar.
—¡Ja! Cuatro seguidas, ¡gané!— gritó Babe, levantando los brazos en victoria después de su tercera partida.
—Estás haciendo trampa.— acusó Charlie, con falsa severidad.— Tienes esa cara de 'estoy siendo un bribón'.
—¿Esta cara?— preguntó Babe, poniendo ojos de cachorro y labio tembloroso.
—Exactamente esa. Es tu arma secreta y es injusta.— dijo Charlie, pero estaba sonriendo.
La cuarta partida, Charlie ganó con una jugada maestra. Babe lo miró con incredulidad.
—¿Cómo hiciste eso?
—Observando.— dijo Charlie, con una sonrisa pícara.— Te conozco. Sé que siempre mueves la ficha roja cuando estás nervioso.
Babe se quedó boquiabierto, luego se echó a reír.
—Espía.— Y luego, en un movimiento rápido, volcó el tablero, esparciendo las fichas por todas partes.— ¡Ya no hay juego! ¡Ahora solo estoy yo!
Y se lanzó sobre Charlie en el sofá, iniciando una lucha de cosquillas que terminó, como muchas cosas entre ellos, en la alfombra, sin aliento y riendo, con la certeza de que ningún juego, ningún silencio, ningún amanecer o atardecer, sería jamás igual de bueno si no era compartido.
Estos eran sus momentos: una mezcla imperfecta, caótica, dulce y graciosa de dos almas que habían encontrado, no solo el amor apasionado, sino el hogar tranquilo y alegre en los ojos del otro. La villa era solo el escenario. La verdadera magia era la comedia romántica de sus vidas diarias, ahora entrelazadas para siempre.
La Distracción Perfecta
La villa estaba sumida en la quietud de la tarde. El sol ya no golpeaba con fuerza, pero una luz cálida y dorada se filtraba por las persianas, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire. El único sonido era el ritmo contagioso de una salsa suave que salía del altavoz Bluetooth de Babe, colocado sobre la mesa de centro.
Charlie estaba hundido en el sofá grande de lino blanco, su laptop apoyada sobre sus rodillas. En la pantalla, gráficos densos y datos encriptados de Chris se desplazaban lentamente. Era un informe sobre la poción disolvente, algo crucial, aburrido y que requería su total concentración.
O al menos, eso era lo que debía requerir.
Porque en el centro de la sala, entre el sofá y las puertas abiertas a la terraza, Babe estaba bailando.
No era un espectáculo preparado. Era espontáneo, un impulso nacido de la música, la libertad y la alegría silenciosa que lo habitaba desde que estaban allí. Llevaba puesta solo una de las camisas de lino de Charlie, que le quedaba pequeña, dejando a la vista sus muslos. Debajo, estaba claramente desnudo. Con cada movimiento, la tela suave se agitaba, revelando destellos de piel dorada, la curva de un glúteo, la línea interna de un muslo.
Babe no bailaba para Charlie. Bailaba para sí mismo, perdido en el ritmo, con los ojos entrecerrados y una pequeña sonrisa en los labios. Sus caderas trazaban movimientos perfectos y lentos, un balanceo sensual que era natural como respirar. Cuando un compás más marcado sonaba, giraba sobre sus pies descalzos, y la camisa se levantaba, mostrando por un instante la total desnudez de sus piernas, la sombra sugerente entre ellas, antes de volver a caer.
Charlie intentó, realmente lo intentó, enfocarse en la pantalla. «Niveles de degradación enzimática post-administración…» Leyó la misma línea tres veces. Sus ojos, traicioneros, se deslizaron hacia arriba.
Babe se había detenido de frente a las puertas, la silueta recortada contra la luz del atardecer. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas mientras sus caderas seguían el ritmo de la trompeta, un movimiento oscilante y deliberadamente provocativo. La camisa, con ese movimiento, se subió mucho más, dejando al descubierto por completo la parte inferior de sus nalgas, redondas y firmes.
Charlie contuvo el aliento. El cursor de su laptop parpadeó en una oración sin sentido.
«…sin efectos adversos significativos en sujetos de control…»
Sujetos de control. Su mente, fuera de control, transformó las palabras. Babe, fuera de control. Babe, moviéndose así. Babe, desnudo bajo mi camisa.
Otro giro. Esta vez, Babe se acercó un poco más al sofá, sin mirarlo, absorto en su propio mundo. La música bajó a un ritmo más lento, sensual. Babe arqueó la espalda, las manos deslizándose por su propio torso a través de la tela, bajando hasta las caderas, acentuando su movimiento circular.
La camisa se abrió un poco en el pecho, mostrando un vistazo de su esternón, del sudor ligero que comenzaba a brillar allí. Y el tatuaje en unos de sus pectorales.
Charlie cerró la laptop con un clic más brusco de lo necesario. El sonido hizo que Babe se detuviera a medio movimiento y girara la cabeza, la sonrisa aún en sus labios, los ojos brillantes y un poco ausentes.
—¿Qué pasa? ¿Interrumpí al gran científico?— preguntó Babe, su voz era un poco jadeante.
Charlie no respondió de inmediato. Solo lo miraba, la imagen del informe de Chris completamente borrada, reemplazada por esta visión viva y respirable. El contraste entre la fría precisión de los datos en la pantalla y el calor, la vida y la sensualidad inconsciente que tenía frente a él era abismal.
—No.— dijo finalmente Charlie, su propia voz sonó más grave de lo habitual.— Solo…el laboratorio puede esperar.
Babe sonrió, un destello de comprensión maliciosa en sus ojos. Sabía el efecto que tenía. Siempre lo había sabido. Con un movimiento deliberadamente lento, se acercó al sofá, deteniéndose justo frente a las rodillas de Charlie.
—¿Ah, sí?— musitó Babe, balanceando las caderas una vez más, a centímetros de la laptop cerrada.— ¿Y qué no puede esperar, entonces?
La pregunta quedó flotando en el aire cargado de música latina y deseo no dicho.
Charlie ya no veía gráficos ni fórmulas. Solo veía a su marido, su distracción perfecta, su única y verdadera prioridad, moviéndose ante él como la tentación más dulce y peligrosa que jamás existiría.
La Intrusión Sosegada
El silencio había regresado a la villa. La música latina se había apagado, reemplazada por el susurro lejano del mar y el suave zumbido del ventilador de techo.
Charlie, después de una lucha titánica contra su propia concentración, finalmente había terminado de revisar y anotar el informe de Chris. Cerró la laptop con un suspiro, no de alivio, sino de liberación. Su mente, finalmente, podía volver a donde siempre quería estar.
La sala estaba vacía. Siguió el rastro invisible que Babe siempre dejaba, una sensación de energía calmada, hasta el dormitorio.
La puerta entreabierta reveló a Babe, dormido de costado sobre las sábanas deshechas. La gran camisa de lino de Charlie, que antes ondeaba con cada movimiento de baile, ahora estaba arrugada y subida, revelando la curva completa de su espalda baja y la parte superior de sus nalgas. La luz del atardecer, ahora tenue y azulada, acariciaba su piel como pintura sobre mármol.
Charlie se desvistió en silencio y se deslizó en la cama detrás de él, tratando, con un esfuerzo sobrehumano, de no fijarse demasiado en la tentadora vista. Quería solo dormir, abrazarlo, sentir su calor. Pero el universo, y Babe, tenían otros planes.
En cuanto Charlie se acomodó, Babe, en lo profundo de su sueño, murmuró algo ininteligible y se movió. No se alejó. Se acurrucó. Giró hacia Charlie, enterrando su rostro en el hueco entre su cuello y su hombro, con un suspiro de una profunda comodidad.
Luego, en un movimiento completamente inconsciente pero devastadoramente efectiva, levantó una pierna y la pasó sobre la cadera de Charlie, enganchándolo, acercándolo.
El movimiento hizo que la ya comprometida camisa se retirara casi por completo. Ahora, Charlie tenía una vista completa, ininterrumpida y a centímetros de distancia, del trasero desnudo de Babe. La curva perfecta, la piel suave, la entrada apenas visible entre sus nalgas relajadas por el sueño.
Charlie contuvo el aliento. Su intención de dormir se evaporó. El deseo, contenido y luego ignorado mientras trabajaba, volvió con una fuerza de marea. Era una invitación que no podía rechazar, presentada por el mismo cuerpo de Babe en su estado más vulnerable y confiado.
Con una lentitud deliberada, para no despertarlo del todo, Charlie deslizó su mano por la curva de la espalda de Babe, disfrutando de la suavidad bajo sus dedos.
Bajó, pasando por la cintura, hasta posar su palma sobre la redondez de su nalga. Un contacto cálido, posesivo. Babe emitió un sonido de sueño, un pequeño quejido que vibró contra el pecho de Charlie.
Animado, Charlie comenzó a acariciar con movimientos circulares, suaves al principio, luego un poco más firmes. Su dedo medio se deslizó hacia el surco, explorando con una presión apenas perceptible. Babe se estremeció en sueños, su pierna apretó un poco más la cadera de Charlie.
—Mmmh…— suspiró Babe, su aliento caliente en la piel de Charlie.
Eso fue todo el permiso que Charlie necesitó.
Usando un poco de su propia saliva para humedecer sus dedos (los lubricantes estaban en el otro lado de la cama, y no quería romper el hechizo), presionó suavemente con la punta de su dedo índice contra la entrada de Babe.
La resistencia era suave, el cuerpo de Babe aún relajado por el sueño. Charlie insistió con una presión constante, jugueteando, masajeando el anillo muscular hasta que, con un suspiro más profundo de Babe, cedió. La punta del dedo de Charlie se deslizó dentro, envuelta en un calor casi opresivo.
Babe soltó un gemido bajo, gutural, directamente contra el pecho de Charlie. No era un gemido de protesta. Era un sonido de placer profundo y soñoliento, una respuesta puramente física e instintiva. Su cuerpo se arqueó ligeramente, empujando hacia atrás contra el dedo invasor, buscando más.
Charlie, ahora con el corazón latiendo fuerte en su propio pecho, comenzó a mover el dedo. Lento, profundo, retorciéndolo suavemente, buscando ese punto interno que conocía tan bien. Con su otra mano, acarició el costado de Babe, bajando por su muslo, sintiendo los músculos tensarse y relajarse.
—Charlie…— murmuró Babe, esta vez el nombre fue claro, aunque cargado de sueño y confusión placentera. Sus párpados se agitaban, pero no abría los ojos.
—Shhh…— susurró Charlie contra su frente, mientras introducía un segundo dedo junto al primero, estirándolo suavemente.— Duerme. Solo sueña.
Pero Babe ya no dormía profundamente.
Estaba en ese lugar liminal entre el sueño y la vigilia, donde las sensaciones se sentían diez veces más intensas, más oníricas.
Cada movimiento de los dedos de Charlie, cada frotación interna, le arrancaba un nuevo sonido: gemidos ahogados, jadeos cortos, su nombre susurrado una y otra vez como un mantra de placer.
—Ah… ahí…— jadeó Babe, cuando los dedos de Charlie encontraron su próstata y presionaron con firmeza circular.
Su cuerpo se estremeció violentamente, su erección, ahora plena y dolorosamente evidente, se frotó contra el muslo de Charlie.
Charlie, alimentado por los gemidos y la vista del perfil de Babe, perdido en el éxtasis semiinconsciente, aceleró el movimiento de sus dedos, añadiendo un tercero para estirarlo más, preparándolo no para un sueño, sino para una realidad que pronto reclamaría por completo.
El dormitorio se llenó de la sinfonía de sus respiraciones entrecortadas y los gemidos sofocados de Babe, una intimidad robada en el crepúsculo, donde el placer era un secreto compartido entre el sueño y el deseo, y donde Charlie demostraba, una vez más, que incluso en la inconsciencia, Babe era suyo para despertar, para poseer, para hacer gritar su nombre hasta que el sueño se hiciera añicos y solo quedara la cruda, maravillosa realidad de sus cuerpos entrelazados.
La Reclamación del Crepúsculo
La queja de Babe al vacío dejado por sus dedos fue un sonido húmedo, quejumbroso, de profunda pérdida. Pero Charlie no tenía intención de dejarlo vacío por mucho tiempo.
Con la mano todavía húmeda y brillante, agarró su propia erección, que latía con una urgencia casi dolorosa, y la guió directamente a la entrada de Babe, ahora relajada, caliente y preparada por su intrusión.
No hubo preludio, ni súplica, ni mirada de permiso. Babe estaba suspendido en ese limbo delicioso entre el sueño y el deseo, y Charlie iba a reclamar ese territorio.
Con un solo y firme empuje de sus caderas, lo embistió. Penetró hasta el fondo en un movimiento fluido y potente, llenando el vacío que había creado.
Babe arqueó la espalda con un grito ahogado, los ojos abriéndose de par en par por primera vez, aunque la mirada todavía estaba nublada por el placer soñoliento y el shock. La camisa de Charlie estaba empapada de sudor entre sus cuerpos.
—¡Charlie!— jadeó, el nombre en un suspiro desgarrado.
—Sí.— gruñó Charlie contra su oreja, sus caderas ya comenzando un movimiento implacable, retirándose solo para volver a hundirse con una rudeza que era pura posesión.— Yo. Siempre yo.
Charlie no le permitió recuperar el aliento.
Una mano se cerró en la cadera de Babe, clavando los dedos en la carne, marcándolo, mientras la otra se deslizaba por el torso sudoroso de Babe, encontrando un pezón y retorciéndolo con una precisión cruel. Babe gritó, un sonido agudo que se quebró contra el pecho de Charlie.
—¿Te gusta?— preguntó Charlie, su voz era un ronroneo áspero y cargado de lujuria.— ¿Te gusta qué tú hombre te despierte así? Que te tome mientras aún estás soñando.
—Sí…Dios, sí…— gimió Babe, su cabeza cayendo hacia atrás, exponiendo su cuello.
Charlie bajó y lo mordió, no una caricia, sino una marca de propiedad justo sobre el hueso de la clavícula, al mismo tiempo que su empuje se volvía más profundo, más brutal.
La cama crujía en protesta, el ritmo era primitivo, una afirmación de dominio total.
—Todo esto.— susurró Charlie entre jadeos, su mano que estaba en la cadera se movió para agarrar la barbilla de Babe y girar su rostro hacia él.— Este cuerpo que se mueve para mí, estos gemidos…son míos. ¿Lo entiendes? Míos.
Capturó la boca de Babe en un beso voraz.
No fue un beso de amor, sino de conquista.
Su lengua invadió, saboreando cada quejido, cada jadeo, reclamando el aliento de Babe como si fuera suyo. Babe respondió con desesperación, sus uñas se clavaron en el brazo de Charlie, buscando un ancla en el torbellino de sensaciones.
—Dilo.— exigió Charlie, rompiendo el beso, sus caderas martillando un ritmo que hacía temblar el marco de la cama.— Dime de quién eres.
—¡Tuyo!— gritó Babe, los ojos llenos de lágrimas de placer.— ¡Solo tuyo, Charlie! ¡Siempre!
La confesión, gritada en la semioscuridad, encendió algo aún más profundo en Charlie.
Su mano que sujetaba la barbilla de Babe se deslizó hasta su garganta, no para apretar, sino para sentir el latido de su pulso acelerado bajo su palma, para sostenerlo, para poseerlo incluso allí.
—Así es.— jadeó, su ritmo se volvió caótico, perdiendo la compostura, llevado por la fuerza bruta de su deseo.— Y yo soy tuyo. Todo lo que tengo…todo lo que soy…es para llenarte, para poseerte…para hacerte gritar mi nombre hasta que no te quede aliento.
Cambió el ángulo ligeramente, buscando, y cuando lo encontró, Babe chilló. Un sonido alto, desgarrado, de puro éxtasis. Charlie lo había encontrado, y ahora no se detendría.
Golpeó ese punto una y otra vez, cada embestida una promesa cumplida, cada gemido de Babe un himno a su posesión.
—¡Aquí! ¡Justo aquí es donde te quiero!— gritó Charlie, su propio control desintegrándose.— ¡Donde nadie más llega! ¡Donde solo yo existo!
Babe ya no podía formar palabras. Solo emitía una serie continua de sonidos entrecortados, llantos de placer, el nombre de Charlie mezclado con súplicas ininteligibles.
Su cuerpo se tensaba como un arco, cada músculo preparándose para la liberación.
Charlie lo sintió. Con un último gruñido gutural, un sonido que venía de lo más profundo de su ser, se hundió hasta el límite y explotó dentro de Babe, al mismo tiempo que su mano en la erección de Babe se movía con ferocidad, llevándolo a un orgasmo simultáneo que hizo que Babe gritara, convulsionando, derramándose sobre la mano de Charlie y su propio estómago con espasmos violentos.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido áspero y desesperado de su respiración tratando de volver a la normalidad. Charlie, temblando, se derrumbó sobre Babe, sin separarse, su rostro enterrado en el sudoroso cuello de su marido.
Los dedos que habían estado en la garganta de Babe se relajaron, acariciando la piel marcada por sus dientes.
Y en la quietud de la habitación, con el olor a sexo y a sal en el aire, Babe, exhausto, sobresaltado y completamente poseído, supo que ningún sueño podría jamás compararse con la realidad despierta y feroz del amor de Charlie.
El Ciclón Sin Fin
El sudor frío apenas había comenzado a secarse en sus pieles cuando Charlie se movió. Con una fuerza que dejaba claro que la primera ronda había sido solo un calentamiento, rodó a Babe sobre su espalda.
Las sábanas estaban empapadas, arrugadas bajo ellos. La camisa de lino, ahora una tela translúcida y pegajosa, seguía enredada en el torso de Babe, abierta y revelando su pecho, que subía y bajaba con respiraciones desesperadas.
Charlie se puso de rodillas entre las piernas de Babe, que cedieron fácilmente, aún temblorosas. No hubo preparación, ni necesidad de ella. Charlie simplemente se guió a sí mismo hacia la entrada ya usada, sensible y relajada, y con otro empuje firme y sin ceremonia, volvió a entrar.
Babe gimió, un sonido profundo y resignado, pero sus caderas se elevaron instintivamente al encuentro.
—¿Creíste qué había terminado?— preguntó Charlie, su voz era una rasgadura baja y áspera mientras comenzaba un nuevo ritmo, esta vez más controlado, pero no menos intenso. Cada embestida era una afirmación.— Contigo, nunca terminó.
Agarró la camisa empapada en el pecho de Babe y con un gesto brusco la rasgó por completo, arrojando los trozos a un lado.
Ahora Babe estaba completamente expuesto, su torso desnudo, marcado por los dedos y los dientes de Charlie, brillando de sudor a la luz mortecina. Charlie admiró su obra por un segundo, los ojos oscuros llenos de un fuego devorador.
—Mira esto.— ordenó, una mano salió de la cadera de Babe y se cerró alrededor de su cuello. No era un agarre para asfixiar, sino para dominar, para mantener su cabeza contra la almohada, para obligarlo a mirarlo.— Mira lo que te hago. Mira en qué estado te pongo. Solo yo.
Babe, con la garganta restringida por la presión firme, tenía los ojos vidriosos, llenos de lágrimas que no caían, fijos en el rostro de Charlie. Sus labios estaban entreabiertos, jadeando.
Charlie inclinó el torso, sin disminuir el ritmo de sus caderas, y capturó un pezón de Babe entre sus dientes. Mordió, chupó, tiró con una ferocidad que hizo que Babe gritara, el sonido estrangulado por la mano en su cuello. La combinación del dolor agudo en su pecho, la presión en su garganta y el placer brutal y profundo entre sus piernas lo estaba volviendo loco.
—¿Duele?— preguntó Charlie, soltando el pezón magullado para lamerlo con suavidad, un cruel contraste.— Duele aquí —mordió el otro pezón.— y aquí.— empujó más hondo, golpeando su próstata con puntería letal.— Pero te encanta, ¿verdad? Te encanta que te use así. Que te rompa.
Babe no podía negarlo. No podía hablar.
Solo un torrente de gemidos, agudos y quebrados, salía de él, mezclándose con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando.
Asintió con la cabeza, un movimiento convulsivo, mientras las lágrimas finalmente se desbordaban y corrían por sus mejillas.
—Sí…— logró jadear.— ¡Sí, Charlie, por favor!
—"Por favor", ¿qué?— exigió Charlie, su ritmo se volvió más rápido, más brutal, cada embestida sacudiendo el cuerpo entero de Babe contra el colchón. La mano en su cuello se ajustó, los dedos pulgar e índice apretando los lados de su mandíbula.— ¿Por favor, qué? Dímelo.
—¡Por favor, no pares!— gritó Babe, la voz distorsionada por la presión en su cara y el éxtasis.— ¡Por favor, acábame! ¡Sigue! ¡Es tuyo, todo es tuyo!
La confesión, gritada en un estado de total sumisión, encendió la mecha final en Charlie.
Una sonrisa salvaje, de triunfo absoluto y de un amor feroz y posesivo, se extendió por su rostro. Era la sonrisa de un hombre viendo a su mayor tesoro, su mayor desafío, entregado completamente a su voluntad, destrozado y reconstruido solo por su deseo.
—Eso.— gruñó, y liberó la mandíbula de Babe solo para hundir los dedos en su cabello y tirar de su cabeza hacia atrás, exponiendo aún más su cuello vulnerable.— Eso es lo que quería oír.
Su ritmo se volvió frenético, sin control, pura carnicería sensual. El cuerpo de Babe se sacudía como un muñeco de trapo con cada embestida, sus gemidos se convirtieron en un llanto continuo y desesperado de placer, sus manos aferrándose a las muñecas de Charlie como a un salvavidas en un mar de sensaciones.
—Vas a venirte.— anunció Charlie, no como una pregunta, sino como un hecho—. Vas a venirte sin que yo te toque, solo por cómo te estoy follando. Porque te pertenezco tanto como tú me perteneces a mí. Y mi cuerpo…— hundió una última vez, profundo, quedándose allí, temblando.—…sabe exactamente cómo hacerte perder en el placer.
Fue una profecía autocumplida. Babe, con los ojos desorbitados, la boca abierta en un grito silencioso, se convulsionó bajo él. Su orgasmo lo recorrió como una descarga eléctrica, derramándose entre sus cuerpos en espasmos secos, provocados únicamente por la penetración brutal y el dominio psicológico absoluto de Charlie.
Solo entonces, viendo a Babe completamente deshecho, llorando y jadeando, Charlie permitió que su propio climax lo arrastrara. Un gruñido largo y gutural salió de su pecho mientras se vaciaba en Babe, poseyéndolo, llenándolo, marcándolo desde dentro por segunda vez.
Se desplomó sobre él, sin peso, pero cubriéndolo completamente. El silencio era pesado, roto solo por el sonido de sus pulmones luchando por el aire. Charlie, con una mano aún temblorosa, acarició el cabello empapado de Babe y besó las lágrimas saladas en sus párpados.
—Nunca.— susurró, su voz ahora era suave, rota, llena de una ternura que contrastaba salvajemente con la violencia de momentos antes.— nunca olvides quién te hace sentir así. Quién te posee. Quién te ama hasta la locura.
Babe, exhausto más allá de las palabras, se limitó a acurrucarse en el abrazo de Charlie, su cuerpo un mapa de moretones y marcas de dientes, un testimonio glorioso y doloroso de una posesión que no conocía límites. Y en su agotamiento, había una paz profunda, la paz de saber que pertenecía, completamente y sin reservas, al hombre cuyo nombre seguía temblando en sus labios entrecortados.
¡FIN!
Dedicado a @DanielaHerrera271 y a @_Tinvel_…Aquí tienen la segunda parte…que lo disfruten…