Prólogo
Clarisse
Abro lentamente los ojos, un mareo intenso me embarga, como si mi cuerpo no pudiera comprender en qué mundo se encuentra. Siento un agotamiento profundo, como si mi alma estuviera drenada de energía. Al principio, la visión me resulta borrosa, pero poco a poco mis ojos se ajustan a la luz tenue de la habitación. Miro a mi alrededor, y en un instante, el pánico empieza a instalarse en mi pecho. No reconozco este lugar. No es mi habitación, no es mi cama… ¿Dónde estoy?
Al girar mi cabeza hacia la izquierda, veo a mamá. Ella está recostada en un sillón, envuelta en una manta gruesa que la cubre hasta el cuello. Su respiración es profunda, como si hubiera estado esperando allí mucho tiempo. Su presencia, sin embargo, no me da consuelo. En lugar de eso, siento una angustia creciente.
- ¿Mamá? – intento decir, pero mi voz se apaga antes de salir. Es como si mi garganta estuviera cerrada por un nudo, y el miedo se hace más fuerte, más pesado. La desesperación comienza a tomar el control de mi cuerpo. Algo no está bien, nada está bien. Siento una máscara de oxígeno sobre mi rostro, y un montón de cables conectados a mi cuerpo, un sinfín de máquinas emitiendo ruidos que me son ajenos y extraños. Mis brazos están rodeados por mangueras, y puedo sentir cómo algo fluye por ellas, entrando en mis venas. ¿Qué está pasando?
Mis ojos se fijan en una botella de suero que tiene una etiqueta con la palabra “morfina” escrita en ella, y la angustia se transforma en terror. ¿Por qué me están administrando morfina? Trato de moverme, de despertar a mamá, de encontrar alguna respuesta, pero el dolor me detiene. Un dolor tan intenso que me recorre desde lo más profundo de mi ser, como si todo mi cuerpo estuviera desmoronándose. Mi mente empieza a nublarse, pero logro levantar las sábanas con dificultad. Y entonces, lo veo. La verdad. La dolorosa y brutal realidad.
Me han amputado la pierna derecha. Una parte de mí quiere negarlo, gritar que es un sueño, que esto no puede estar pasando, que nada de esto es real. Pero las pruebas físicas son innegables. La imagen de mi pierna desaparecida me golpea con tal fuerza que casi me ahoga.
Las imágenes del accidente comienzan a invadir mi mente como una avalancha. Recuerdo el coche, la calidez de la tarde, Recuerdo mirar por el espejo retrovisor y ver a mi hermana Kiara, riendo, hablándome de su clase de ballet. Su vestido rosado brilla en mi memoria, tan vívido, tan real. Le prometí que, al llegar a casa, le prepararía su jugo de frambuesa favorito. Recuerdo el semáforo en verde, el sonido del motor mientras conducía. Y luego… todo se vuelve borroso y confuso.
Las imágenes son ahora fragmentadas, dispersas, como piezas de un rompecabezas roto. Recuerdo una ambulancia a mi lado y las voces de los paramédicos. Una chica que me pregunta mi nombre, pero mis labios no responden. El rostro de un hombre, luego otros que llevan una camilla. Sobre ella, alguien cubierto con una sábana blanca, y todo se vuelve negro.
Vuelvo a la realidad con un sobresalto, y el pánico se apodera de mi cuerpo. Las máquinas empiezan a sonar, sus pitidos agudos y desagradables. Mi corazón late desbocado, y mi respiración se acelera. Escucho la voz temblorosa de mamá, pidiéndome que me calme. Grita por ayuda, y pronto una enfermera está junto a mí, administrándome algo por una de las mangueras conectadas a mi brazo. No sé qué es, pero en cuanto lo recibo, el pánico empieza a disminuir, la calma comienza a invadirme lentamente.
Me recuesto de nuevo en la camilla, mirando a mamá. Sus ojos me observan con una mezcla de amor y dolor. Hay algo en su mirada que me destroza por dentro. Se acerca a mí y, con ternura, besa mi frente.
-Todo va a estar bien, cariño – susurra, y por un momento, todo se siente un poco más soportable. Pero al observarla más de cerca, noto algo que me parte el alma. Ella está agotada. Su rostro está marcado por el cansancio, las ojeras bajo sus ojos le dan una apariencia más vieja, más triste. Ha estado allí, vigilando, esperando…
Con una voz casi inaudible, le pregunto:
- ¿Dónde está Kiara? - Pregunto de inmediato.
Mamá no responde de inmediato. En lugar de eso, dos lágrimas caen por sus mejillas, reflejando todo el sufrimiento que no puede ocultar. Luego me besa la frente nuevamente, y con una voz suave pero firme, me dice:
-Iremos lidiando con una cosa a la vez, cariño- Responde mama con un hilo de voz.
Y en ese momento, cuando me atrae más hacia ella, siento como el peso de la realidad me consume por completo.