Chapter 1
Nota del autor:
Esta historia es una muestra de la novela completa.
La versión íntegra está disponible en Amazon Kindle.
La Biblioteca de la Locura
Prólogo
La historia comienza con Alex, un amante de los libros antiguos, que recibe un
mensaje críptico o descubre un mapa que lo conduce a una biblioteca oculta en el
centro de la ciudad. Lo que parece un lugar fascinante y lleno de conocimiento pronto
se convierte en un infierno viviente: los libros no solo contienen historias, sino que las
historias se vuelven reales, alterando la mente de quien las lee. Al cerrar el prólogo,
Alex ya percibe que hay algo vivo y maligno dentro de la biblioteca, un ente que se
alimenta de miedo, sangre y locura.
CAPÍTULO 1
“La Puerta que No Debía Abrirse”
La noche en que Alex encontró la biblioteca, no buscaba aventuras, ni misterios, ni
nada que se pareciera a una historia que pudiera contarse después. Solo quería aire.
Desde semanas atrás, las pesadillas se habían vuelto insoportables: pasillos
interminables, estanterías que se cerraban como fauces, voces que susurraban su
nombre como si lo conocieran desde siempre.
Sara fue quien lo acompañó esa noche, más por miedo a dejarlo solo que por
verdadero entusiasmo. Había visto cómo Alex despertaba sudando, temblando, con
marcas rojas en la piel como si alguien le hubiese rozado los brazos con dedos
ásperos. La psicóloga había dicho que era estrés. Alex sabía que no.
Eran casi las once cuando llegaron al borde del bosque. No debía haber nada ahí,
excepto árboles retorcidos y un camino viejo que ya nadie usaba, pero Alex había visto
una luz. No una luz normal, sino un destello cálido, como el reflejo de velas
moviéndose detrás de un ventanal.
Sara lo siguió a regañadientes, murmurando que era una mala idea, que estaban en
medio de la nada, que no había discursos racionales que justificaran adentrarse tan
tarde por ese sendero roto. Pero cuando la vio detenerse, supo que ella también la había visto: la estructura antigua, escondida tras las ramas, muy alta, demasiado alta
para estar en un sitio donde, según los mapas, no había más que campo abandonado.
—¿Eso siempre estuvo aquí? —preguntó Sara.
Alex no respondió. No porque no quisiera, sino porque no podía. La imponencia del
edificio le apretaba la garganta. Era una biblioteca, sin duda. Un frontis de piedra
oscura, cubierto de musgo y grabados que no reconocía. Las ventanas eran largas,
como rendijas. Y la puerta…
La puerta estaba entreabierta.
Un frío distinto al de la noche se filtró a través de la abertura. No era viento. Era algo
más denso, como un suspiro expulsado desde muy adentro.
—Alex… —murmuró Sara, tirándole de la chaqueta—. Vámonos. No me gusta esto.
Él apenas escuchó. Algo lo llamaba desde dentro. No una voz externa, sino una
vibración en el pecho, casi como si su propio corazón respondiera a un latido ajeno.
Puso la mano en la puerta.
La madera estaba tibia.
Tibia como piel.
Sara retrocedió instintivamente, pero no lo abandonó. Lo sujetó del brazo, aunque
temblaba. Alex empujó la puerta con suavidad, y esta se abrió sin resistencia, como si
hubiese estado esperando justo ese gesto.
El interior estaba iluminado, pero no por electricidad. Candelabros, muchos,
repartidos en los muros, daban una luz oscilante. El aroma a papel viejo, tinta seca y…
algo más… se mezclaba con el aire. Un olor metálico, casi imperceptible.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó Alex.
Su voz rebotó en las paredes y volvió transformada en un eco tenue, casi un susurro.
Al entrar, la puerta se cerró sola detrás de ellos.
Sara giró inmediatamente, intentando abrirla. No se movió.
—¡Alex! —gritó—. Está cerrada. Esto no es normal.Alex sabía que debía asustarse, pero algo en su interior se había calmado. Como si, al
cruzar esa puerta, hubiera entrado en un territorio conocido, aunque jamás lo había
visto antes.
El vestíbulo era enorme, con estanterías que alcanzaban los techos, escalinatas que
subían hacia pisos más altos y corredores que se perdían en sombras. Miles de libros,
quizá millones, descansaban allí. Cada uno parecía respirar con la luz de las velas.
Y entonces la vieron.
Una mujer estaba de pie al otro extremo del pasillo. Joven, cabello oscuro, mirada fija.
Tenía un rostro familiar.
—¿Helena? —susurró Alex sin saber por qué.
La mujer inclinó la cabeza, como si reconociera su nombre, aunque no había motivo
para que lo hiciera. Alex nunca la había visto. O tal vez sí, pero sólo en sueños: esos
sueños en los que veía figuras sin rostro, o sombras que se acercaban demasiado.
—No deberían estar aquí —dijo ella finalmente, con una voz grave, suave y firme al
mismo tiempo.
Sara volvió a tomar a Alex del brazo.
—Lo sabemos —respondió—. Solo queremos salir. ¿La puerta…?
Helena negó lentamente.
—Una vez que se entra, la biblioteca decide cuándo abre y cuándo no. Yo llevo aquí…
—miró hacia arriba, hacia un reloj inmóvil—. No sé cuánto. El tiempo no funciona igual.
Alex sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Eres bibliotecaria? —preguntó.
La mujer sonrió con una tristeza profunda.
—No exactamente. Yo también entré buscando respuestas. Y me quedé atrapada.
Por un instante, solo se oyeron los crujidos del edificio. Sara respiraba rápido. Alex
intentaba entender por qué algo dentro de él se sentía atraído hacia los pasillos
laterales, como si conociera un camino invisible.Helena se acercó y, al hacerlo, algo detrás de ella se movió. Un hombre joven, pálido,
observaba desde la esquina. Tenía ojeras profundas y un libro apretado contra el
pecho.
—Él es Adrián —dijo Helena—. También está atrapado. Y si quieren vivir, deben
quedarse conmigo. La biblioteca… no es un lugar. Es un ser. Y está despierta.
Un sonido reverberó entre las estanterías. Como pasos… pero demasiados, como si
decenas de pies caminaran al mismo tiempo en distintos niveles.
Adrián murmuró:
—Ya los olió.
Sara palideció.
—¿Qué quiere decir con eso?
Helena los miró fijamente.
—Que detectó su entrada. Que ya están dentro de ella. Y que lo que habita entre los
pasillos… lo que se alimenta de visitantes… se pondrá en movimiento.
Alex sintió el aire hacerse más pesado.
Un susurro recorrió las estanterías, deslizándose como dedos invisibles entre los
libros.
Alex…
Él se tensó. Ese susurro… ya lo había oído antes. En sueños. En noches de insomnio.
Era la misma voz.
Sara se acercó más a él.
—¿La escuchaste? —preguntó con un hilo de voz.
Alex asintió. No quería admitir que esa voz llevaba semanas llamándolo.
Un candelabro cercano se apagó de golpe. Luego otro. Y otro.
La oscuridad empezó a avanzar por el corredor.
Helena dio un paso atrás.—Deben moverse ahora. La biblioteca los está probando. Si logran sobrevivir esta
primera noche… quizás tengan una oportunidad.
Adrián abrió un libro, uno antiguo, con tapas negras y un símbolo incomprensible.
—Síganme —dijo sin levantar la vista.
Alex tragó saliva. Sara le apretó la mano. La oscuridad se acercaba, espesa, casi viva.
La biblioteca respiró.
Y los cuatro corrieron