Chapter 1
Nota del autor:
Esta historia es una muestra de la novela completa.
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JOB: LA PRUEBA FINAL
CAPÍTULO 1 — La Sombra Sobre los
Justos
El amanecer llegó con un silencio extraño, un silencio pesado, como si el mundo
contuviera el aliento. Jacob se despertó antes del sonido de su alarma, empapado en
sudor, respirando rápido, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor
desesperado. La habitación estaba oscura, pero él podía sentir la presencia del sueño
que acababa de abandonar, un eco frío que aún agitaba su espíritu.
En la visión, una voz profunda había hablado desde una montaña envuelta en fuego:
“La prueba regresa, hijo de Job.”
No era la primera vez que Jacob soñaba con aquella voz. Pero esta vez había sido
distinta. Más fuerte. Más real. Más cercana. Como si la misma tierra la hubiera
pronunciado.
Sara se removió a su lado. Aún dormida, murmuró algo inaudible. Por un instante,
Jacob sintió el impulso de despertar a su esposa y contarle lo que había visto, pero algo
se lo impidió. Una sensación de que, si decía las palabras en voz alta, la profecía se
apresuraría a cumplirse.
El sol empezaba a filtrarse por los bordes de la cortina, pero la luz tenía un tono
enfermizo, rojizo. Jacob se incorporó, tratando de ignorar la inquietud que lo invadía. Se
vistió en silencio y bajó a la cocina. El olor del café siempre le devolvía una sensación
de normalidad. Pero hoy el aroma parecía débil, casi ausente, como si la realidad
misma estuviera perdiendo consistencia.
Mientras servía la taza, un susurro tenue recorrió la habitación, como si el viento
hubiera atravesado las paredes. Jacob se volvió de inmediato, atento, inquieto. No
había nadie. El sonido desapareció tan rápido como había llegado.
—Hoy no, Señor —murmuró—. Por favor, hoy no.
Pero el cielo no respondió.Daniel bajó primero, bostezando, arrastrando los pies. Rebeca lo siguió poco después,
con su usual energía, aunque Jacob notó que sus ojos tenían un brillo extraño, como si
hubiera llorado durante la noche.
—¿Papá, pasó algo? —preguntó la niña, frunciendo el ceño.
Jacob forzó una sonrisa.
—Nada, pequeña. Solo un mal sueño.
Rebeca lo observó por unos segundos más, con esa intuición que solo los hijos
poseen, capaz de detectar los silencios que los adultos intentan esconder.
Sara finalmente bajó las escaleras, hermosa incluso en la simpleza del amanecer. Sus
ojos se suavizaron al verlo sentado a la mesa.
—Jacob… estás pálido. ¿Otra vez el sueño?
Él no respondió de inmediato.
—Fue diferente —admitió—. Más real.
Sara se sentó a su lado y lo tomó de la mano.
—Dios te protegerá como siempre.
Jacob quería creerlo. Había vivido toda su vida bajo la sombra de un legado imposible:
ser descendiente de Job, el hombre que enfrentó la mayor prueba jamás otorgada a un
mortal. Su familia lo repetía generación tras generación, como si fuera un honor. Pero
Jacob lo percibía como una espada suspendida sobre su cabeza. Y hoy, esa espada
parecía comenzar a descender.
El camino hacia el trabajo transcurrió entre una niebla espesa que parecía surgir del
pavimento. Las personas caminaban con prisa, como si presintieran algo sin poder
explicarlo. Un perro aulló a lo lejos, un sonido prolongado y desesperado que hizo
temblar a Jacob.
Al llegar a su oficina, notó algo inusual: las luces titilaban como si estuvieran a punto
de apagarse, y el aire estaba frío, demasiado frío para un edificio moderno.
Rick, su mejor amigo, apareció desde su cubículo, levantando la mano en un saludo
distraído.
—Hermano, ¿también sentiste ese ambiente raro? Parece que el mundo quiere
decirnos algo.Jacob dejó escapar una risa nerviosa.
—¿Tú también lo sentiste?
—Yo, y todos aquí. Hay algo… pesado —Rick bajó la voz—. Y no quiero preocuparte,
pero he estado soñando cosas. Sombras. Un rostro sin ojos. Y siempre escucho el
mismo nombre en mis sueños: Robert.
Jacob sintió un escalofrío.
—Mi hermano —susurró.
Rick asintió.
—Sé que te dije que debías tener cuidado con él, pero ahora lo digo en serio. Hay
algo… oscuro a su alrededor. Como si lo estuvieran mirando, o guiando.
Jacob tensó la mandíbula. Su hermano nunca había sido un hombre sencillo.
Millonario, arrogante, siempre creyéndose superior. Pero, ¿oscuro? ¿Poseído por
sombras? ¿Influencias demoníacas?
Era una idea ridícula. ¿O tal vez no?
A media mañana, el cielo se oscureció de forma repentina. No había nubes, pero el sol
se apagó como si algo gigantesco hubiera pasado frente a él. La gente corrió a las
ventanas, murmurando con preocupación.
Jacob fue el primero en verlos.
Cuervos. Cientos. Miles. Un enjambre negro cruzando el cielo, cubriendo la luz como
un velo de muerte. Volaban en círculos, como si esperaran algo. Algo que aún no había
ocurrido.
—No es normal —murmuró Rick—. Ni siquiera en películas de terror he visto algo así.
Antes de que Jacob pudiera responder, su teléfono sonó. Era un mensaje de Sara:
“Jacob, ven a casa. Algo está pasando con Rebeca.”
El corazón se le congeló.
Cuando llegó, encontró a su hija en el suelo, temblando, con los ojos en blanco. Sara
lloraba, tratando de sostenerla.
—¡Rebeca! ¡Mi amor! ¡Respira!La niña dejó de convulsionar de golpe. Su cuerpo quedó inmóvil. El silencio fue terrible.
Jacob casi dejó de respirar.
De pronto, Rebeca abrió los ojos lentamente… y habló con una voz que no era la suya.
—Viene por ti, Jacob…
—La prueba regresa… como regresó para nuestro ancestro…
—Y si caes… caerá el mundo con tus manos…
Sara gritó y retrocedió. Jacob sintió que el alma se le desgarraba. Pero la voz no
terminaba.
—El Adversario ha pedido tu nombre ante el Trono…
—Y se le ha concedido…
Rebeca cerró los ojos y se desmayó.
Jacob cayó de rodillas.
La misma frase que oyó en su sueño.
La prueba regresa.
Esa noche, Jacob se quedó sentado en la sala, inmóvil, con las manos temblorosas.
Afuera, los cuervos seguían dando vueltas sobre la ciudad como heraldos de
desgracia. Rick llamó varias veces para saber si todo estaba bien, pero Jacob no
respondió. No sabía qué decir. No sabía si alguien, exceptuando su familia, soportaría
escuchar lo que había ocurrido.
Sara se sentó junto a él.
—¿Crees que… es el inicio? —preguntó en un hilo de voz.
Jacob no respondió. Sus ojos estaban fijos en la ventana, en la sombra que lentamente
se formaba al final de la calle. Una figura humana, inmóvil, observándolos desde la
distancia. No se movía. No respiraba. Solo estaba allí.
Y Jacob sintió, con un terror indescriptible, que esa figura lo conocía.
Que había venido por él.
Que la prueba había comenzado.