Croetnia

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Summary

En este libro se narra el ascenso de Athon, las luchas que debe enfrentar Croetnia para defender el valle y los primeros pasos de Theron para convertirse en caudillo.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Croetnia

—¡En retirada! ¡En retirada! —gritaba Athon—. ¡En retirada…!

Ya no había retaguardia: estaban a merced del enemigo. Era el final.

Athon era un hombre alto, de piel morena y mirada segura. Vestía, como todos en su pueblo, una toga blanca sin mangas, pantalones, borceguíes de cuero y un abrigo de piel. Era el comandante de un ejército surgido por necesidad, el ejército de un pueblo que jamás se había visto obligado a combatir. Para los croétnicos, “el valle era el mundo y el mundo era el valle”. Así vivían y así morían. Un Consejo de Ancianos presidía el sistema de vida: un decanato exento de cualquier ocupación, pues cada quien en Croetnia sabía cuál era su papel y disfrutaba realizándolo. Largas horas de ocio arrullaban a los miembros del consejo, quienes, libres de toda obligación, volcaron su interés al estudio de la naturaleza.

Con el correr de los siglos llegaron a comprender el movimiento de las estrellas, los tiempos de siembra y cosecha, el ciclo del agua y, en especial, una disciplina que los apasionaba y, de algún modo, los dividía: la lingüística. Todos los croétnicos sabían leer y escribir como herencia familiar; no era la enseñanza lo que atraía a los ancianos, sino la naturaleza de los signos. Podía resultar extraña esa afición obsesiva por entender los hilos de una materia poco práctica, pero en las entrañas de su lengua germinaba la única semilla de conflicto.

“...Ocurre que en el valle habita una paradoja: su presente, calmo y armonioso, convive con la turbia desazón de ser un pueblo sin pasado.”

De padres a hijos se repetía ese último párrafo del anónimo Poema Prohibido. En el valle circulaban dos teorías sobre su origen. La primera, aceptada por abrumadora mayoría, sostenía que los croétnicos eran los únicos habitantes del mundo, originarios de esas tierras; que una noche la Luna llena había descendido sobre las montañas y, con su vientre, creado el valle y la vida en él.

La segunda teoría afirmaba que, en algún momento, Croetnia había tenido contacto con otros pueblos, y que la escritura lo demostraba. Todas las disciplinas desarrolladas por los croétnicos permitían rastrear su origen, excepto el lenguaje, que parecía haber nacido con ellos. Cada ideograma poseía tal complejidad que era imposible concebirlo sin siglos de ensayo previo. Incluso existía un ideograma para designar la palabra “Forastero”, algo que jamás habían visto. Pero quienes defendían esta teoría eran pocos, y la dicha en la que convivían no presagiaba conflicto alguno. Sin embargo, un día, el equilibrio cambió.




Una tarde, mientras araba su campo para la siembra, un viejo agricultor halló un cofre enterrado. En su interior dormían amarillos pergaminos, percudidos por el tiempo. Le llamaron la atención unos signos manuscritos que no lograba entender. Consultó a sus vecinos y luego llevó el hallazgo al Consejo para su estudio. La noticia corrió como reguero de pólvora por los senderos del valle y, pronto, el rumor se convirtió en protesta.

“Los Pergaminos del Origen”, los bautizó una voz anónima, y la demanda golpeó las puertas del Consejo, que demoraba en comunicar sus conclusiones. Bajo presión, el Decanato accedió a hacer público su dictamen: los signos hallados correspondían a un protolenguaje. Una luz se había encendido en el pasado, pero de esos pergaminos poco más se supo. El propio Consejo prohibió el acceso a ellos hasta finalizar su traducción.

“¡Una injusticia!”, pensaron muchos. Pero nadie alzó la voz. Las decisiones del Consejo no se discutían: ya por costumbre o convicción, simplemente se acataban. Además, en lo profundo, Croetnia era feliz en la ignorancia.

Para calmar las ansiedades, se había vuelto costumbre que, al cierre de la Celebración Cero —evento anual de conjura al invierno—, algunos de los DIEZ dictaran clases “clandestinas”. Athon aguardaba cada año con impaciencia para escucharlas.

La mañana de la Celebración Cero amaneció nublada. Athon despertó temprano y dejó la gresla rumbo a la granja. Eximio agricultor, su huerto era su orgullo, célebre en todo Croetnia. Esa mañana solo lo visitaría para obtener unas perfumadas hierbas de selección.

El oscuro licor llamado épox era el invitado ineludible de la fiesta. Como Athon, muchos despertaban temprano, respiraban los aromas nostálgicos del otoño y arrancaban de la tierra unas suaves flores de pétalos naranja, base de la bebida. Para el atardecer, todo el épox de la aldea debía reposar en los barriles del Descampado, epicentro de la gran celebración.

Si algún sitio merecía ser llamado corazón de Croetnia, era el Descampado. Todo evento de importancia tenía lugar allí, e incluso —sin la pomposidad de la Celebración Cero— era costumbre reunirse antes del descanso, en simples tertulias amistosas sin protocolo alguno. Athon, desde su juventud, no solía participar de esas noches. Sin motivo aparente, había ido alejándose, y aunque muchos lo tildaron de comportamiento impropio de croétnico, con el tiempo su ausencia se volvió costumbre y las críticas, bromas. Pero esa noche nada detendría su marcha.


Era noche de Celebración Cero y, como siempre, se oirían las Audiciones de la Celebración. Nadie como él se impacientaba en las horas previas. Diba, su bella esposa, se lo hizo notar llevándole hasta el huerto el desayuno.

—Que tu cuota de épox llegue antes del mediodía no hará que la Celebración empiece antes —le dijo socarronamente, ofreciéndole té y galletas.

La hermosura de Diba era célebre: ojos almendrados y negros, andar felino, piel morena y una esbeltez que parecía esculpida por manos maestras. Todos alababan su belleza, pero sólo Athon conocía el espíritu que la ensombrecía. El amor entre ambos era tal que no concebían esa palabra sino como referencia al otro. Un vínculo irrompible que creció aún más con la llegada de sus tres hijos.

Britun, el menor, había sido una sorpresa para todos. Pendo, hasta entonces el más joven, fue el primero en alzarlo y el último en dejarlo cuando algún berrinche le impedía dormir. Fiel reflejo de su padre, quienes recordaban al joven Athon no podían menos que sorprenderse por el parecido con Pendo: robusto, alto, despeinado, de facciones angulosas y carácter vehemente. Athon se decía prudente y racional, pero bastaba observar a Pendo para ver el temperamento febril que él mismo guardaba bajo capas de juicio.

Solo un hombre podía arrancarle una sonrisa a Pendo en sus ofensas: Theron, su hermano mayor. A sus dieciséis años ya insinuaba el hombre que sería. Un halo misterioso parecía rodearlo siempre: niños y adultos evitaban su mirada, pues sus ojos —grandes e increíblemente dorados— parecían penetrar las tinieblas. No era fácil sostener esa mirada, pero quienes lo lograban descubrían un ser excepcional. Sus padres no dejaban de maravillarse con su inteligencia: si un problema ofrecía dos soluciones, Theron encontraba una tercera, mejor.

Diba, Theron, Pendo y el pequeño Britun eran la fuente de la felicidad de Athon. Pensaba en ellos mientras extraía la resina de las flores con la precisión del amanecer. Como era de esperar, concluyó su labor y entregó el épox mucho antes del cénit. Durmió una extensa siesta, cenó serenamente con los suyos y, al primer clamor de la celebración, la calma se disolvió. Cinco nuevos integrantes se sumaron a la comitiva que marchaba al Descampado.


La noche era estupenda. Una brisa otoñal y un cielo negro colmado de estrellas renovaban el espíritu. El camino hacia el Descampado estaba abarrotado de croétnicos; los candelabros ardían y una tarima se alzaba sobre las cabezas. Desde allí los más efusivos servidores de épox animaban la velada. Los tazones desbordaban y la alegría se desplegaba en la Gran Celebración. Palabras grandilocuentes descendían como tromba desde la tarima —“el inmenso orgullo de pertenecer a esa estirpe”— y otras tantas más, que arrancaban aplausos. Athon mascullaba su impotencia: sabía que no eran más que una fachada de suntuosa oralidad, pues la orfandad histórica de Croetnia restaba sentido al orgullo proclamado.

Esperaba, ansioso, la hora de las audiciones de los ancianos.

Pasada la medianoche dio inicio la QUEMA. El invierno del valle era cruel: el viento bajaba helado desde las montañas altas y la lluvia se volvía hielo. A veces pasaban semanas sin que alguien pudiera asomar la cabeza fuera de la gresla. Para enfrentarlo, los croétnicos lo desafiaban en ese ritual: cada familia arrojaba un abrigo viejo a la hoguera. Theron se acercó a una hoguera que se alzaba como un monstruo de mil brazos y, en nombre de su familia, entregó un abrigo que había pertenecido a su madre.

La algarabía alcanzó su clímax solemne y los barriles de épox llegaron a su fin. Diba se retiró con los niños, poco habituados a desvelarse. Athon los habría seguido, pero los grupos comenzaban a rodear a los ancianos: era el preludio de las audiciones.

A toda prisa se despidió para unirse a uno de los grupos que salían del Descampado hacia los lindes del bosque. Un anciano de rostro a la vez alegre y sombrío los reunió junto a un fogón. Su voz, dulce y profunda, revelaba una vida de intensa reflexión. Alegremente discurría sobre costumbres legadas por los viejos pergaminos: recetas antiguas de épox, modos de cocer cordero y otras banalidades. Para Athon, la expectativa inicial se transformaba, como siempre, en desencanto. Su optimismo era ingenuo: caería en los mismos reproches al oír las mismas palabras. Pero, como muchos, prefería olvidarlo durante el año y recordarlo solo allí.

Las célebres audiciones no eran más que otro engranaje en la máquina de sosiego del valle. La clandestinidad era un decorado: nada de lo que allí se decía excedía el libreto de lo permitido. Pero esa noche, un engranaje estaba por saltar.

Tras largos minutos, la atención del auditorio se derrumbaba, convertida en un cabeceo automático. Difícil combatir el sopor cuando quien debía mantenerlos en vilo no hacía más que repetir palabras sobradamente conocidas. Permanecían solo por respeto al disertante, que veía en sus rostros un reproche mudo. Años después, ese anciano se preguntaría qué resortes lo impulsaron, pero entonces, suavemente, casi imperceptible, dejó caer una frase:

“Fuimos en un tiempo un pueblo nómade, de grandes cazadores, hasta el día en que decidimos, apremiados por el hambre y la desolación, surcar los mares… y el paraíso se abrió ante nuestros ojos.”

Como un trueno anunciando tormenta, el estrépito de esa frase los sacudió del letargo. Era más de lo que habían escuchado en cualquier Celebración, y mucho más de lo que esperaban. El anciano, viendo su imprudencia reflejada en los ojos del auditorio, se levantó sin decir palabra y se perdió entre las greslas. Nadie lo siguió.

Estupefactos, solo podían repetir las sílabas de aquella revelación. Parecía un sueño, pero era real: contra todos los pronósticos, esa noche una grieta había partido el silencio.

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