El Libro de Kida

All Rights Reserved ©

Summary

El Libro de Kida — Resumen Kida Eirhin, una joven marcada por un pasado de dolor y persecución, descubre que su vida ha estado ligada desde antes de nacer a un pacto ancestral con una entidad cósmica. Ese pacto convirtió a su linaje en algo único y sus capacidades de distorsionar la realidad son de un nivel que ni las grandes potencias interplanetarias comprenden del todo. Cuando huye del burdel donde creció y llega a la Academia Nacional de Intercambio, Kida es rescatada por Nova Libertas, una organización clandestina que lucha contra el temible Ordo Tenebris, una orden antigua que desea capturarla y apoderarse del misterioso libro que heredó: El Libro de Kida, un relicario vivo que contiene conocimientos prohibidos del universo.

Genre
Scifi
Author
KidaSensei
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Reunión y Plan de Rescate

Nadie en las Naves Arca hablaba. Ni un susurro, ni un sollozo, ni siquiera el leve murmullo de los motores podía romper aquel silencio. Todos estaban reunidos frente a los ventanales curvos, mirando fijamente el planeta que habían llamado hogar… por última vez.

La luz del amanecer se alzaba sobre la curvatura del mundo, pero no era un amanecer como los que recordaban. Era demasiado brillante, casi violento, como si el propio cielo intentara aferrarse a la vida antes de desmoronarse.

—¿Cómo es posible que la destrucción pueda verse así… de hermosa? —susurró alguien, con la voz quebrada.

—Vaya ironía…

Pero no lo era. Era el brillo de un planeta muriendo.

Las nubes se extendían por sobre el nivel del mar como anillos dorado y rojo, iluminadas por un resplandor que devoraba continentes enteros. El océano hervía a la distancia. La atmósfera, desgarrada, ardía como un velo que se deshacía en llamas.

Desde las Arcas, los sobrevivientes podían ver todo. Y no podían hacer nada.

Algunos cayeron de rodillas. Otros presionaron sus manos contra el vidrio frío, como si pudieran tocar la superficie, como si pudieran detener lo inevitable. Había quienes pronunciaban por última vez el nombre de las ciudades donde habían vivido, aunque sabían que ya no existían. Otros lloraban el nombre de aquellos que nunca volverían a ver.

En las alturas, un destello final que parecía una despedida cruel cegaba momentáneamente a los tripulantes indicando que era hora de despedirse de la destruida Tierra con un “adiós”

Entonces llegó el sonido. Un retumbo sordo atravesó las naves, no por el espacio —donde no hay aire para llevar el sonido— sino por sus corazones, por sus recuerdos, por el dolor de entender que ese era el fin.

—Mamá… —susurró una niña— ¿Qué está pasando porque tenemos que irnos?

La mujer no supo que responder a tal inocente pregunta.

Las Arcas, suspendidas en la vasta oscuridad, parecían temblar bajo la magnitud de aquello. Eran millones de almas refugiadas en un puñado de naves, viendo cómo su hogar ardía lentamente, desintegrándose bajo una luz que solo traía destrucción...

Un llanto colectivo estalló, no como un grito, sino como un lamento sordo y compartido. Una humanidad huérfana del mundo que los vio nacer.

El destello siguió expandiéndose hasta tragarse el horizonte completo, y cuando la última línea de luz envolvió la esfera agonizante, todos lo supieron:

Aquella había sido la última salida del sol. Y ellos… los últimos testigos.

Una pesadilla, era solo una pesadilla que se sintió muy real. La noche era fría y oscura. La lluvia golpeaba con furia el nailon que hacía las veces de vidrio en aquella sucia y pequeña habitación. Carlota, la madame del burdel, una de sus tantas instalaciones dedicadas al “entretenimiento para caballeros”, mantenía a su mercancía en condiciones inapropiadas, rozando lo inhumano.

En un rincón, una joven de larga cabellera azul permanecía encogida, con las rodillas pegadas al pecho. Se mecía con brusquedad, cubriéndose los oídos con las manos. El tronar de los relámpagos que azotaban la ciudad golpeaba también su mente, desgarrándola por dentro.

En un intento de refugiarse, comenzó a cantar en voz baja. Era una melodía que le resultaba conocida, un hilo de luz entre tanta oscuridad. Sus labios temblaban al recitarla:

“Mira el cielo, siempre brilla,

Aunque el mundo quiera caer.

Cierra los ojos, sueña libre,

Mañana volverá a nacer.

Sigue el río, fluye el viento,

No hay cadenas para el mar.

Si te pierdes, oye dentro:

“Tu corazón sabrá cantar”

La canción había sido, en otro tiempo, un bálsamo. Una tonada que hablaba de libertad, de la belleza escondida en los pequeños detalles, de un mañana que siempre podía ser mejor.

Pero esa noche, no hacía efecto.

Su voz se quebraba entre sollozos; cada verso se apagaba antes de llegar al siguiente. El rugido de la tormenta era más fuerte, ensordecedor, arrastrando consigo recuerdos que ella no lograba comprender.

Fragmentos le atravesaban la mente como destellos desordenados: una celebración de cumpleaños, disparos que rompían la calma, golpes secos, y finalmente un fuego devorándolo todo. Imágenes de siluetas irreconocibles moviéndose entre las llamas.

No entendía por qué aquellas visiones regresaban siempre con la lluvia. No recordaba quiénes eran esas figuras ni cómo había llegado a este lugar.

Lo único que entendía, era que su memoria estaba bloqueada, que había algo perdido en ella… una familia, un pasado, una verdad enterrada bajo el trauma y el miedo.

Y mientras la tormenta rugía afuera, la canción —su única defensa— se deshacía en el aire, incapaz de salvarla esta vez.

Mientras tanto, en la ciudad de Elyndor, la sala de juntas de una organización secreta estaba en penumbra, iluminada solo por la luz azulada de varias pantallas holográficas que proyectaban mapas de Zenthrak y esquemas del complejo donde retenían a Kida. El aire se sentía pesado, pues llevaban meses planeando este rescate y la tensión y dudas eran palpables.

Los miembros de Nova Libertas, desde sus lugares rodeaban la mesa holográfica ovalada. El silencio era denso, expectante. Todos tenían la mirada fija en el holograma, que estaba al frente de la organización. Pues esta persona debía permanecer en la ciudad y encargarse de evitar que alguien en Elyndor se diera cuenta que más de la mitad de sus compañeros, que estaban en “un viaje estudiantil” estaban en realidad arriesgando sus vidas en una peligrosa misión de rescate.

—No tenemos tiempo —dijo al fin. Su voz grave se oía a momentos distorsionada o entrecortada. Las líneas de comunicación eran pésimas. Las torres de Eidolon, estaban en su mayoría defectuosas y en falta de mantenimiento, lo que dificultaba de manera proporcional mantener contacto con Elyndor.

—Sabemos que Kida Eirhin está en aquel Burdel de Zenthrak. Sabemos también que no es una prisionera cualquiera. Ella posee el Libro… y si lo abren antes que nosotros, todo por lo que hemos luchado quedará en nada.

Las pantallas mostraron un acercamiento del sector donde estaba el complejo. Puntos rojos marcaban patrullas, rutas de vigilancia y las zonas de acceso restringido.

—Zenthrak no trabaja solo —continuó Iori, su mirada azul translucida recorrió a cada uno de los presentes—He estado investigando y he encontrado hilos que llevan a algo más peligroso. Estoy convencido de que varios de sus oficiales responden, directa o indirectamente, al Ordo Tenebrus.

Un murmullo recorrió la mesa, pero el hombre del holograma levantó una mano y el silencio volvió.

—Lo que significa —prosiguió— que no podemos permitirnos fallar. Kida es la clave, no solo por lo que sabe, sino por la carga que lleva. Si Ordo llega antes que nosotros a ella...

Se giró a dos jóvenes, quienes estaban sentados más cerca de él. Hizo un gesto como quitando de su cabeza las espeluznantes ideas que llenaban su mente, y luego continuó:

—Por eso ustedes dos irán con el equipo principal. Arata, tu precisión en el terreno será fundamental para asegurar la ruta de escape. Miloban, confío en ti para cubrir los flancos. Si mal no recuerdo, Kida lleva un brazalete con chip de rastreo, utiliza eso para dar con su ubicación exacta.

Arata un joven alto y de largo cabello rubio platinado, asintió en silencio, ajustando los vendajes aún visibles en su brazo, recordatorio de la última escaramuza. Miloban, el joven junto a él, de aspecto débil y cansado, y de desordenado cabello negro azabache, se adelantó.

—Iori, es una misión de mucho riesgo— dijo con preocupación al hablar, pero firme al mismo tiempo —si fallamos…

Iori sabía lo que significaba perder a Kida, y de solo pensarlo le helaba la sangre. Dejó escapar un suspiro pesado.

—Confío en ustedes, sé que cumplirán con su trabajo sin importar qué. Este no es solo un rescate: es el inicio real de nuestra guerra contra ellos. Zenthrak cree que controla la ciudad bajo su fachada de gobiernos… pero hoy les demostraremos que ya no podrán ocultar su farsa ante los ojos de Nova Libertas— dijo pasando la mirada por cada uno de los hombres y mujeres frente a él.

Se inclinó sobre la mesa. Su cabello suelto y largo resbalaba por su hombro. Desde sus ojos un destello ansioso se reflejaba.

—Traigan a Kida de vuelta. Viva. Pero más importante, regresen ustedes con vida por favor.

Esas palabras sonaron como una súplica, y todos notaron esa petición oculta, a quien llamaban Iori, ponía por encima de todo, la seguridad de los miembros de Nova Libertas, de los hombres y mujeres que daban la vida con tal de derrotar a O.T.

La sala quedó en silencio otra vez. Era un silencio distinto tras las palabras de Iori, de miedo, pero sobre todo de convicción. El rescate de Kida ya no era solo una misión. Era el comienzo de la guerra contra Ordo Tenebrus.

La puerta de la sala se cerró con un eco metálico, apagando las últimas luces de los hologramas. Nadie habló mientras caminaban por el pasillo largo y estrecho que conducía al hangar. Era un silencio pesado, de esos que no se rompen porque no hay palabras suficientes.

El rugido de las turbinas ya vibraba en la estructura metálica de la base. En el interior del hangar, dos transportes aguardaban, con luces intermitentes que destellaban como pulsos nerviosos.

Arata subió primero, ajustando el arnés de su equipo con un gesto automático, como si buscara distraerse de la tensión clavada en el pecho. Miloban lo siguió, en silencio, aunque sus ojos recorrían a todos, intentando absorber cada detalle, cada rostro, como si quisiera guardarlos por si algo salía mal.

Los demás miembros de Nova Libertas se movían con disciplina, cargando armas, revisando mapas y repitiendo en susurros las rutas marcadas por Iori.

Él fue el último en hablar antes de que el transporte cerrara sus compuertas. De pie, frente al grupo, Iori se proyectaba una vez más como un holograma con el rostro iluminado por las luces rojas de emergencia:

—Recuerden esto: Kida no es solo alguien a quien vamos a rescatar. Es la pieza que puede cambiar todo. Si Zenthrak u Ordo Tenebris la capturan, nos habrán vencido antes de comenzar. No lo dejemos que eso pase.

El rugido de los motores ahogó cualquier respuesta. El transporte se alzó del suelo con un estrépito, y la base quedó atrás, hundiéndose en la penumbra.

Mientras la ciudad de Zenthrak se extendía como un mar oscuro bajo ellos, todos entendieron lo mismo: no era solo un rescate. Era el inicio de una guerra que ya no podían evitar.

Mientras tanto, en Zenthrak, llegaban reportes de las diferentes zonas de vigilancia de la ciudad, especialmente en las cercanías del burdel. La prioridad era mantener intacta la seguridad y asegurarse de que ninguno de los “productos” —como llamaban despectivamente a la gente que mantenían cautiva y forzada a trabajar— intentara escapar.

Aunque, si alguno lo lograba, no llegaría demasiado lejos: la policía de Zenthrak era corrupta, más leal a los criminales que al pueblo al que se suponía debía proteger.

—Todo tranquilo por aquí, todo en orden —informaba uno de los guardias, a cargo de la seguridad del burdel y sus alrededores, mientras apagaba un cigarrillo en el cenicero y daba un trago largo a la botella de licor junto al radio de comunicación.

Del otro lado, las respuestas eran iguales: todo estaba “en calma”. Solo había quejas sobre el clima. Y en efecto, aunque no se reportaba actividad sospechosa, la visibilidad era prácticamente nula. La lluvia torrencial caía sin descanso, mezclada con la neblina helada y ráfagas de viento que cortaban como cuchillas.

—Qué noche más caótica… la tormenta parece empeorar —gruñó uno de los vigías desde la azotea, encogido bajo la lluvia mientras hablaba con su compañero, que temblaba de frío.

—Si al menos nos dieran ropa adecuada… ¡Mira esto! Estoy empapado hasta los huesos…

—Al menos tú tienes ropa, una taza de café caliente y algo de comida. Esos pobres diablos encerrados en el burdel no tienen ni con qué cubrirse— esas palabras salieron burlonas y sarcásticas de su sucia boca, y añadió:

—Bah… no son más que huérfanos inútiles. Ojalá murieran todos; no hacen más que darnos problemas cada vez que intentan escapar.

El otro guardia frunció el ceño, pero terminó encogiéndose de hombros.

—Tal vez tengas razón… pero, aun así, no me vendría mal una taza de café caliente. O un buen trago, para entrar en calor.

Ambos comenzaron a reír, una carcajada ronca y amarga. Sin embargo, la tormenta los opacó de inmediato, como si la ciudad misma se negara a escuchar su desprecio.

La lluvia golpeaba los tejados de la ciudad como metralla líquida. Entre los callejones oscuros de Zenthrak, una furgoneta negra blindada de Nova Libertas se deslizaba sin ruido. Dentro, Arata revisaba un holograma azul que proyectaba la última señal de rastreo del chip oculto en el brazalete de Kida, y al que Arata pudo acceder.

—Última transmisión… sector industrial, almacenes del distrito 7 —informó Eric desde la base.

Arata asintió, sus ojos dorados brillaban bajo la tenue luz del holograma. A su lado, Miloban tensaba los guantes, y su mirada era de absoluta concentración.

—¿Estas listo? —murmuró Miloban.

La furgoneta se detuvo. El escuadrón descendió en silencio: cinco miembros de Nova Libertas equipados con rifles de pulso y visores nocturnos. El aire estaba impregnado de óxido y lluvia, el eco de máquinas resonaba como lamentos metálicos.

Fase 1 – Infiltración

Los soldados se dividieron en dos grupos. Arata, Miloban y dos combatientes avanzaron por el interior del almacén principal. El otro equipo rodeó por los pasillos subterráneos, con la misión de cortar la energía y comunicaciones del edificio.

El silencio era roto solo por el goteo constante de las tuberías. A cada paso, el peligro se volvía más palpable.

Un guardia del Ordo apareció en el corredor. En un movimiento fluido, Arata lo redujo con una llave de inmovilización y Miloban lo silenció antes de que pudiera gritar.

En la furgoneta, quien comandaba la misión, seguía a sus compañeros mediante las pantallas holográficas que recibían información de los Eidolon que enviaban su ubicación.

Fase 2 – Contacto

Abriéndose paso en silencio a través de los sucios y malolientes pasillos, avanzaron hasta los pisos superiores que era donde estaba Kida.

Desde la furgoneta, quien guiaba a los rescatistas les envió una fotografía holográfica de Kida acompañada de información básica.

Nombre: Kida Eirhin

Edad estimada: 17

Condición actual: En riesgo crítico

Prioridad de extracción: Nivel 1 — Inmediata

Observaciones: – Activación espontánea no confirmada. – No tiene conocimiento de su linaje. – No contactar directamente sin autorización.

Orden vigente: → Localizar. → Asegurar. → Traslado silencioso.

En un cuartucho del último nivel, de aquel sucio burdel, encontraron a Kida: en un rincón, meciéndose con las manos cubriendo sus oídos y murmurando algo. En las muñecas había marcadas de que había estado atada y el cabello mojado estaba pegado a la cara. Su respiración era rápida, tenía los ojos cerrados, apretados con fuerza. Un dispositivo rodeando su cuello titilaba débilmente.

Miloban corrió hacia ella, pero Arata lo detuvo con una mano alzando dos dedos en señal de “espera”.

—Trampa —susurró.

De pronto, las luces se encendieron. Una docena de soldados del Ordo Tenebris emergieron de entre las sombras, rodeándolos.

—Bienvenidos a nuestra jaula —dijo un hombre con armadura negra, alzando un arma.

Fase 3 – Combate

El fuego cruzado iluminó el cuartucho como tormenta eléctrica. Arata se movía con precisión letal, cada disparo medido, cada movimiento calculado. Miloban, en cambio, luchaba con furia, abalanzándose y golpeando con una fuerza casi salvaje a quienes intentaban acercarse a Kida.

Los soldados de Nova Libertas mantuvieron la línea, cubriendo la retaguardia. Las chispas de los disparos y el humo de las granadas llenaban el aire.

En medio del caos, Miloban liberó a Kida. Ella, aún débil, se aferró a él en un abrazo.

—Tranquila —dijo Miloban, mirándola un poco incomodo —Vamos a sacarte de aquí.

La joven tenía varias lesiones en el cuerpo, y la más grave era una herida en la cabeza de la cual manaba un delgado hilo de sangre que descendía por su cuello, perdiéndose entre la poca ropa que llevaba puesta.

Miloban intentó retirar el dispositivo del cuello de la chica, pero ella se lo impidió, sujetando con una fuerza sorprendentemente firme las pálidas manos del joven.

—No… no lo hagas —susurró.

Apenas podía hablar. Su voz era ronca, quebrada, como si las cuerdas vocales estuvieran dañadas; algo que no sería extraño, considerando las condiciones en las que la habían mantenido en el burdel.

Arata se acercó a ellos en cuanto vio una abertura en medio del enfrentamiento. Se deslizó entre los destellos de disparos y el humo ardiente, y al llegar a su lado, levantó la voz para hacerse escuchar por encima del estruendo.

—¡Miloban, llévala a la furgoneta! —ordenó con firmeza—. ¡Nosotros nos haremos cargo! ¡Vete de aquí y salgan cuanto antes! ¡Nos reuniremos en la furgoneta!

Miloban asintió de inmediato, sin chistar. El rostro se le tensó, pero no dudó. Tomó a Kida de la mano —un agarre firme, casi desesperado— y la jaló hacia adelante. Ella tropezó al principio, aún aturdida, pero él no la soltó.

A su alrededor, el mundo era un infierno: el aire ardía por las explosiones, una llamarada iluminó la habitación y el corredor por un instante, y los gritos de desconocidos se mezclaban con el zumbido de proyectiles que pasaban peligrosamente cerca. El concreto vibraba bajo sus pies.

Miloban se abrió paso como pudo, empujando escombros, esquivando destellos de luz azulada que cortaban el humo. Cada disparo hacía eco en su pecho, pero no aflojó su agarre. Sabía que, si la soltaba, aunque fuera un segundo, sería el fin.

Una explosión brutal sacudió todo el pasillo. El estruendo fue tan potente que el aire pareció partirse en dos. Las escaleras por las que bajaban se desintegraron en un instante, lanzando a Miloban y a Kida al vacío. Ambos impactaron contra el duro concreto, y la oscuridad los envolvió cuando los escombros comenzaron a caer sobre sus cuerpos inmóviles.

Un zumbido persistente fue lo primero que Miloban escuchó cuando recuperó la consciencia. Su visión era borrosa, un mosaico de luces rojas y sombras inestables. El olor a humo y polvo quemado lo obligó a toser, y al hacerlo sintió un dolor agudo en las costillas.

El enfrentamiento continuaba a su alrededor: gritos distantes, disparos intermitentes, y pasos apresurados resonando por los pasillos derruidos. Un muro cercano ardía, proyectando destellos anaranjados que iluminaban los restos de lo que antes había sido una ruta de escape segura.

Miloban parpadeó varias veces hasta que pudo enfocar. Intentó incorporarse, pero apenas consiguió apoyarse en un codo. El brazo le temblaba.

Se obligó a mirar detrás de él.

Y allí estaba ella.

Kida yacía parcialmente cubierta por escombros de concreto y metal. Su respiración era débil, temblorosa, pero seguía consciente. Sus ojos, vidriosos por el dolor y la falta de aire, se movieron lentamente hacia él en cuanto notaron el movimiento. Su cuerpo temblaba; no podía levantarse, ni siquiera girarse.

Pero había algo que no había soltado. Su mano.

Su pequeña mano seguía aferrada a la de Miloban con una fuerza que no parecía humana en ese estado. Sus dedos estaban tensos, pálidos por la presión, como si temiera que, al soltarlo, ella se desvanecería por completo o él desaparecería entre el caos.

—Kida… —susurró Miloban, con la voz quebrada.

Intentó acercarse más, ignorando el dolor punzante en su cuerpo. Retiró algunos restos de escombros con movimientos torpes, cada uno más pesado que el anterior.

—Estoy aquí —dijo, tragando el pánico que quería apoderarse de él—. No te voy a dejar.

Los ojos de Kida parpadearon, apenas. Sus labios se movieron, temblorosos, como si intentara decir algo… pero solo salió un hilo de aire.

Miloban tomó su mano, protegiéndola entre las suyas, como si ese contacto fuera lo único que impidiera que el mundo colapsara del todo.

En medio del estruendo, del humo y de la guerra que rugía alrededor, ese gesto fue un pequeño milagro: ella seguía viva, y estaba confiándole su vida al no soltarlo.

Ella apenas respondía, pero se aferraba a su mano con la poca fuerza que le quedaba.

Miloban herido, levantó a Kida del suelo cuando logró liberarla de los escombros. A pesar de que Kida no era tan pesada en contextura, el cuerpo débil del joven lo sentía ahora pesado incluso su propio cuerpo.

Llevaba a Kida rodeándola por la cintura con un brazo y con el otro sosteniendo su mano que rodeaba su cuello.

Avanzaron entre el caos, arrastrando los pies sin detenerse, hasta que la silueta de la furgoneta apareció entre el humo, como un refugio temporal en medio de la destrucción.

Cuatro hombres más bajaron de la furgoneta infiltrada, mientras Miloban caía al suelo por segunda vez con Kida, frente a ellos.

Fase 4 – Extracción.

Con la energía del edificio cortada, Eric anunció por el comunicador:

—Tienen dos minutos antes de que lleguen refuerzos del Ordo. ¡Salgan ya! ¡El objetivo está a salvo!

Arata lideró la retirada, abriendo camino con ráfagas precisas. El escuadrón salió a la lluvia nocturna.

Una nave que nadie rastreo mi detecto debido al enfrentamiento en tierra de Nova Libertas descendió entre relámpagos, sus luces azules iluminaban el campo de batalla. Los rescatistas abordaron apresurados mientras el eco de sirenas enemigas se acercaba desde la ciudad.

La escotilla se cerró justo detrás de la furgoneta y en el momento en que una explosión sacudió el burdel, destruyendo gran parte del edificio.

—¿Qué pasó con los residentes del burdel? —preguntó Eric al bajar de la furgoneta, mirando a sus compañeros.

—Estaban al tanto de nuestro movimiento —respondió Arata, ajustándose los guantes—. Es evidente que usaron al objetivo como señuelo para atraer nuestra atención. Aun así… todo salió según lo previsto.

En el interior de la nave, en el Módulo Médico, los médicos atendían a Kida y a Miloban. Ambos habían sufrido lesiones graves, pero Kida se había llevado la peor parte.

Al verlos tendidos en las camillas, el corazón de Arata se oprimió. Habían cumplido el objetivo, pero también había bajas; no eran importantes en número, pero el peso seguía ahí. Aun así, no había tiempo que perder.

Arata intentó contactar con Iori.

—Objetivo asegurado. Estamos de regreso.

Hubo un silencio en la frecuencia, seguido por el estático intento de reconexión, y luego la voz grave y contenida de Iori:

—Gracias. Tráiganla a casa.

La nave de Nova Libertas ascendió con rapidez. Las sirenas de la ciudad quedaron atrás, ahogadas por el rugido de los motores. El cielo se iluminaba con relámpagos, como si la tormenta misma intentara perseguirlos.

Por fin se restableció el contacto visual.

Iori, incomunicado hasta ese momento, frunció el ceño al aparecer en la pantalla holográfica. Su expresión era tan seria como siempre, pero el peso de la misión cumplida no lograba ocultarse por completo.

Un estremecimiento recorrió la nave al atravesar una capa de nubes densas.

—Elioth —llamó Arata a su superior, y este se volvió hacia él.

—Buen trabajo, Arata —dijo Elioth, aunque no había alegría en su voz. Era evidente la razón: había sido una victoria amarga.

—Logré contactar con Iori.

—¡Buen trabajo, chicos!

—¿Qué pasará con los que murieron en tierras extranjeras, Iori? —preguntó Arata.

—Ya pensaré en algo —respondió, y su mirada se dirigió hacia la enfermería de la nave.

Miloban y Arata también volvieron la vista en esa dirección.

—¿Cómo se encuentran? —preguntó Arata—. ¿Qué les pasó?

—No lo sabemos. Miloban nos dará su reporte cuando esté en condiciones.

Iori apartó la mirada de ambos y se dirigió a Arata y a Elioth:

—Prepárense para lo peor —advirtió, con cierta preocupación—. Ordo Tenebris sabe que hemos empezado a movernos. No tardarán en retaliar.

Arata no respondió de inmediato. Sus ojos reflejaban una mezcla de impotencia y rabia contenida.

—Lo sabemos —susurró, y una vez más miró hacia la sala donde Miloban y Kida eran atendidos.

—¿Y tú cómo estás? —preguntó Elioth, al notar los moretones en su rostro.

—Estoy bien, no te preocupes por mí…

De repente, una alerta resonó en los comunicadores de la nave.

—¡Alerta, contacto enemigo en curso! —gritó Eric, desde el control central. Las luces de la nave comenzaron a parpadear, el eco de las sirenas se colaba a través de los altavoces.

Una vez más se cortó la comunicación con Iori.

Arata activó su visor, su pulso se aceleró.

—Arata ¿Cuál es la situación?

—Estamos en la primera fase de la retaliación. Mantén a Kida a salvo, por cualquier medio necesario. Ordo Tenebris no se detendrá. Están en movimiento ahora, buscan derribar la nave.

De repente, una serie de impactos sacudieron la nave, cada uno como un latigazo violento. El sonido de la explosión retumbó por los pasillos.

—¡Maldición! —gruñó Arata, sacudiendo la cabeza—. Se acercan. ¡Preparen las defensas!

Los miembros del escuadrón no tardaron el cumplir la orden, deslizándose con precisión. Las máquinas de monitoreo del M.M se agitaban con violencia mientras los médicos se aferraban a las camas de sus pacientes.

La nave comenzó a tambalear, las luces titilaban, y el zumbido de los motores de los cazas enemigos empezó a llenarlo todo. En el exterior, las figuras oscuras de las naves del Ordo Tenebris emergían, como sombras sedientas de venganza.

—¡Aguanten! —gritó Elioth, con la voz firme, aunque su mente calculaba las probabilidades con cada segundo que pasaba.

— ¡Ahora o nunca! —gritó Arata, tomando su rifle y avanzando hacia la compuerta de la nave. El interior temblaba de nuevo, como si la tormenta misma estuviera dentro de ellos.

La compuerta se abrió, y el caos se desató. Los enemigos abrieron fuego, pero el equipo de Nova Libertas estaba listo. Con movimientos rápidos y calculados, comenzaron a devolver los disparos.

Con la nave recibiendo impactos, temían que esta acabara siendo derribada, aun cuando el sistema de defensa extraordinario con la que esta contaba fallara. Pero no se podía subestimar a O.T. Los miembros restantes cubrieron la salida, disparando contra los cazas que se aproximaban. El cielo nocturno estaba ahora teñido por el destello de los disparos láser y las explosiones.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la nave alcanzó una velocidad crítica. Los cazas enemigos comenzaron a quedarse atrás.

Con un rugido, la nave logró escapar, subiendo por encima de las nubes y dejando atrás las sombras que tanto habían perseguido a la joven.

Next Chapter