Lumenara: El Cielo Roto

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Summary

Nathariel se encuentra al borde de dos mundos. Ni del cielo ni de la tierra, su existencia es una grieta entre lo divino y lo olvidado. La memoria de su caída persiste en los silencios, como una sombra que nunca lo abandona. En un mundo cubierto por la escarcha, donde los árboles guardan almas marchitas y el cielo ya no guía, Nathariel camina sin rumbo, guiado solo por una corazonada: la corriente. Pero el tiempo se fractura, la realidad se deshace… y él no está solo. Una historia sobre almas rotas, luz imperfecta, y un destino que se resiste a ser cumplido.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Dios hizo la tierra y el cielo en seis días. Desde lo alto, apreciaba cómo los animales y las plantas rebosaban de vida; cómo los cielos, tan pintorescos, se reflejaban en el espejo cristalino de los mares. Todo era perfecto, pero hacía falta algo: un ser que gobernara sobre todos los seres vivos.

Como es debido, Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero algo salió mal. Los cielos se quebraron; la tierra tembló en una agonía profunda. Un ser había nacido… para gobernarlo todo.

Sin saber qué hacer, Dios mantuvo a ese ser en el cielo, donde podría tenerlo vigilado bajo la luz eterna. Pero todo se salió de control cuando, de repente, algo desconocido despertó en su interior. No fue un despertar pacífico: el ser comenzó a llorar, un llanto que hería el aire. Aquel ser que debía proteger la obra de Dios, ahora la miraba con un fuego… que amenazaba con consumirlo todo.

Y allí estaba él, al pie de un risco inmenso, sentía cómo cada ventisca erizaba sus poros y golpeaba su piel expuesta. Sus alas, vibrantes y emplumadas, temblaban con cada intento de extenderlas. No sabía cómo había llegado hasta ese borde, pero había una verdad que le quemaba más que el viento: el cielo lo había abandonado.

Se permitió un segundo para procesar la estupidez que estaba a punto de cometer. Hubo un tiempo en el que volar no era un esfuerzo, sino un instinto; danzar al compás del aire, sentir cómo las alas eran parte de su cuerpo. No existía mejor sensación que perderse entre los cielos, más allá de las nubes, y recordar que habías nacido para no tocar el suelo.

¿A dónde se habrá ido esa devoción?

Inclinó su cuerpo hacia adelante; asentó los pies al borde del abismo. Tenía una oportunidad. Tal vez, si lograba alzar vuelo, recordaría quién era. ¿Para qué está aquí?, ¿cuál es su propósito?, ¿o a quién había decepcionado?

"Vuela", un eco alentador.

Con el peso de su torso se inclinó, con sus alas totalmente extendidas.

"No puedes volar".

Esas palabras irrumpieron su mente; provenían del mismo lugar que el susurro anterior. De alguna manera, tres palabras fueron suficientes para hacerlo dudar, deshaciendo lentamente su postura. Si algo salía mal, acabaría hecho un costal de huesos rotos y heridas punzantes. Sus alas eran el más viviente recordatorio de lo que alguna vez fue y, con un paso vacilante,

se lanzó.

El aire golpeó su cuerpo con fuerza; el silencio se rompió y una ráfaga lo envolvió. Extendió sus alas sintiendo el tirón de cada pluma marchita… Creyó que había conquistado la gravedad, pero el vacío se llenó de un zumbido ensordecedor.

Y entonces cayo.

El impacto no lo mato pero el dolor fue profundo, sus musculos superiores contrayendose contra el duro suelo al hacer contacto tan bruscamente le provoco un aturdimiento. Su costado cedio ante la presion del impacto. Caer de cara desde un risco de mas de 10 metros sin nada de proteccion no era la mejor de las ideas, menos aun, para un angel que apenaz rosaba los peligros del terreno terrestre, hasta el corte de una astilla o la fractura de una pierna habrian sido experiencias incomprensibles. Ahora cada estremecimiento de su cuerpo era una cruda lección de su fragilidad en este mundo desconocido

perfecto, totalmente perfecto.

Las húmedas hojas color cobrizo cortaban su respiración. Dio un largo suspiro y apenas llenó sus pulmones. El característico olor de la maleza, combinado con la humedad de la tierra, le envolvía mientras una amarga realización se hacía presente: había fallado... una vez más. ¿De qué sirve tener un par de emplumadas y brillantes alas pegadas a tu espalda si no puedes siquiera elevar vuelo? Con la poca fuerza que le quedaba, dobló sus brazos y apoyó sus palmas sobre el manto húmedo de hojas; apretando las falanges en un puño, apretó con rabia las que estaban debajo de sus dedos y, con un suspiro más corto, se arrodilló. La capa que cubría sus hombros, hecha de un tejido ligero, se tensó y terminó enredándose sobre su cabeza como un obsequio mal atado. Había tenido que cortar la capa en la parte trasera porque sus alas se atoraban en ella. El abrigo solo cubría su parte delantera, ocultando la mayoría de su figura. El gorro, grande y desproporcionado, se apoyaba desde su cuello y caía lo suficiente para ocultar la mayoría de sus facciones, lo cual era conveniente si no quería ser descubierto por los humanos: si alguien lo viera, solo sería una silueta con alas... no un rostro identificable.

En una situación de peligro, su última opción sería arrancarse las alas, a pesar de todas las consecuencias y el dolor insoportable que esto conllevaría. El acto significaría no solo la pérdida completa de su divinidad, sino también el pecado más grave que un ángel podría cometer: renunciar a su naturaleza celestial y condenarse a una existencia terrenal por toda la eternidad. Lo que define a un ángel como un ser celestial son sus alas. Sin ellas, no es más que un exiliado.

Había sido muy cuidadoso con ello; rondaba los más remotos bosques en lo alto de los cerros. Se quedó arrodillado por un minuto, perdiéndose entre la hermosa atmósfera de colores oro y verde brillantes que lo rodeaba. Los rayos del sol se colaban entre las pocas hojas marfil de los árboles, dibujando patrones en el suelo y cubriendo todo su cuerpo y alas con un resplandor cálido. Las aves canturreaban, revoloteando con curiosidad y gozo, y el aroma dulce de la savia, cayendo como gotas de miel, llenó sus fosas nasales. La temperatura había incrementado drásticamente al descender desde el risco. Lentamente destapó su rostro, dejando que el gran gorro revelara una larga y preciosa cabellera blanca y unos ojos plateados como diamantes en bruto. Una tenue luz blanca emanaba de su cuerpo, casi imperceptible, pero suficiente para envolverlo en un halo etéreo. Inspiró profundamente, llenando sus pulmones del aire puro y fresco del lugar. Cerró sus ojos, conteniendo la respiración por un momento antes de exhalar con suavidad. No se dio cuenta en qué momento un cervatillo mediano se posicionó a su costado, mirándolo fijamente. Sus ojos grandes, completamente negros, y sus orejas alzadas le daban un aire de inocencia. Manchas blanquecinas, suavemente formadas, decoraban su lomo. Probablemente tenía unos tres meses de nacido. No pudo evitar sorprenderse ante aquel repentino visitante. En todo el tiempo vagando por esas montañas, nunca se había topado con algo tan hermoso como un venado bebé, y mucho menos uno que lo mirara con tanta curiosidad

Pegando sus orejas a su cabeza, se acercó lentamente hasta tocar la punta de la nariz de aquel ángel con su hocico húmedo. El contacto hizo que este diera un respingo, lo que hizo que el cervatillo saltara un poco, pero no se alejó. A esa distancia, podía ver claramente que aquellos orbes oscuros estaban adornados por tenues destellos cobrizos y, sobre el pelaje denso de su frente, ligeras gotas de agua se asomaban, brillando contra la luz del sol. Quedándose atontado ante tal imagen, un nuevo sentimiento emergió dentro de su cuerpo. Un calor suave y envolvente salió de su pecho, como si un sol interno lleno de reminiscencias despertara desde su interior; se sentía tan pleno como un abrazo.

El cervatillo dio otro paso más cerca, moviendo su pequeña nariz con suavidad. Un cosquilleo estremecedor erizó cada poro de su piel cuando notó que el animal rompió el contacto visual y desvió su atención hacia su hombro. Desde ahí, bajó lentamente hasta su muslo derecho, siguiendo el contorno exterior de su capa con movimientos pausados, como si buscara algo. El ángel lo seguía con la mirada, preguntándose qué estaría buscando. Sintió un escalofrío cuando el cervatillo se detuvo en un punto bajo su capa, presionando con la nariz apenas con fuerza. Con torpeza, el animal metió la cabeza bajo la tela. Se veía extraño: un pequeño bulto sobresalía. Sus labios se curvaron en una sonrisa impredecible. No era muy notoria, apenas un leve gesto, pero estaba ahí.

Qué ironía: un pequeño ser haciendo contacto sin temor con el ser que casi destruyó el cielo.

Fue en un pacífico día, cuando los cielos se pintaban de tonos rojizos y naranjas, que los orbes plateados divisaron algo curioso en la copa de un jacarandá. Sus hojas eran completamente de tonos lila y morado brillantes, dispersando una agradable fragancia que se mezclaba por el aire, meciéndose tenuemente al son de la brisa, llegando a sus fosas nasales. Vislumbró un tenue destello por el rabillo del ojo, dirigiendo su mirada hacia arriba, encontrándose con un punto blanco. Un destello esmeralda. Antes de que decidiera si subir o no, el crujido de ramas aplastándose llamó su atención. Con una opresión en el pecho y un ambiente pesado dispersándose por el aire, lo vio. Una mujer humana se dirigía a su dirección.

El cielo se tornó gris. A medida que esta se acercaba, se distinguían unas suaves manchas multicolores en todo su cuerpo. Cubriendo toda su silueta, el ligero vestido de tirantes dejaba a la vista sus brazos y piernas desnudas, dejando a la vista sus tatuajes lineales con diseños jeroglíficos. Estaba descalza y su mirada parecía perdida. Fue ahí cuando una pregunta invadió su mente: ¿Qué hacía una mujer campesina en esos remotos valles sin protección contra animales o prendas para cubrirse de las bajas temperaturas? Antes de darse cuenta, la mujer estaba a solo tres pasos de distancia. Una bombilla se iluminó sobre su cabeza y dio un paso atrás. Ella pasó desapercibida justo enfrente, ignorando su presencia. Lentamente desapareció entre la densa vegetación.

-Una persona marchita eh… ¿Cuántas van? ¿5?

Elevo su vista al cielo. Las personas marchitas se hacen cada vez más comunes de encontrar, no se sabe porque ocurre, pero cuando una persona está cerca de morir. inexplicables manchas toman regiones de su piel. Hay varias formas en la que las manchas se manifiestan, algunas son negras casi azuladas, otras escarrosas y grandes, algunas con colores vividos y preciosos; como ver una galaxia materializada en la piel. Aunque parezcan hermosas, estas ciegan a la persona y hace que se pierdan en los mas remoto de los bosques, y cuando estas al fin mueren su alma queda materializada en una pequeña semilla que brilla en las copas de los árboles, haciéndolos más brillantes y refinados. Los habitantes campesinos dicen que el creador los llama para darle un entierro natural al cuerpo terrenal y trascender a un plano eterno. Pero la nación de Zioneth no da lugar a blasfemias. En el amplio continente de Lumenara , a los illuerianos( habitantes de zioneth) se les ha criado bajo una enseñanza, donde más allá del cielo no existe nada más que un gran vacío y Astraleth, el Dios que creó al mundo, los abandonó a su merced. Para los illureanos el destino de la humanidad depende de sus propias manos y no de seres divinos. Rechazando y despreciando a todo lo que tenga que ver con ello o lo sobrenatural.

Ya había pasado antes, el ángel había divisado a varias personas perderse a causa del moho en su cuerpo. Hombres, mujeres, incluso niños. Sutilmente el brillo en la copa de aquel árbol brillaba como una estrella. Un solitario punto brillante en el amplio cielo gris que empezaba a llorar como si tuviera conciencia de que otra alma está a punto de perecer en su presencia. Las gotas se deslizaban por su rostro y el cabello empezaba a humedecerse. Eran saladas. Solo se coloco la capucha antes de dar un último vistazo a la base del arbol con una expresión serena.

Desde que caí en este desconocido mundo, varias cosas han cambiado. Tengo pocos recuerdos de cómo era mi vida en el cielo, al parecer la creación no siempre decide en quien creer. Esta época de ignorancia donde la gente solo sigue a un autoritario individuo que llena sus mentes de frívolas ideas, rechazando a quien de verdad les dio la vida...es imperdonable.

A pesar de tener alas, los demás ángeles nunca me trataron como uno de ellos, y a pesar de eso, yo siempre asimilaba lo mejor de la situación, sonriendo a todos y de todo. Al final, solo ignoraba mi propio vacío. Todo se quebró…cuando aquel seraphim me exilio.

El rango de ángeles más poderoso de los cielos lo conforman los Serafines, Querubines y Tronos. Pero de todos ellos ellos, solo el angel llameante, el de seis alas y presencia que atraviesa el alma, es capaz de iluminar…y destruir lo maldito.

Y aquella vez no fue la excepción

Ese Seraphine exclamo con una voz melodiosa y quebrada que soy una falla. Un error nacido en el proceso de la creación. Lo último que recuerdo son las palabras, `` No temas `` . Y entonces todo se volvio negro. Solo quedaba yo, cediendo ante la gravedad, cayendo velozmente, viendo como el cielo se alejaba…

Mi mano quiso alcanzarlo, pero solo lágrimas agrias y un grito inaudible salieron de mi. No paraban de caer, aún cuando una voz débil y lejana me susurro:``busca… la corriente ``.

Desde entonces no pude volar más , es como si ese derecho se me hubiera quitado sin ninguna objeción. Cada vez que lo intento, esa misma sensación de impotencia se presenta. Está claro que ya no pertenezco al cielo, y caí en una la tierra donde me mutilarian sin piedad.

"Busca la corriente"

Esas palabras solo pueden significar una cosa: el agua. El elemento más importante, vital y poderoso. Capaz de purificar hasta la vida misma. Una corriente que fluye libremente…

No hay nada más puro que el agua. Y aunque no sepa a donde ir, hay una corazonada en mi que me impulsa a seguir ciegamente. Puede que esté equivocado. Han pasado más de cincuenta años desde que caí. Al principio, mi fragilidad no era tan evidente, pero los cambios fueron inevitables. Ahora siento hambre, sed…incluso mi piel y mi cabello han cambiado. Antes mi piel era blanquecina, y mi cabello, azul claro. Ahora, mi piel es de un tono pardo, y mi cabello tan blanco como las nubes. Las necesidades humanas ahora forman parte de mi. Solo… Solo necesito comprender, ¿porque aunque soy un error, el creador decidió dejarme existir? ¿Porque no mejor destruirme si soy tan peligroso?

Las dudas me invaden.

He pasado todos estos años buscando fuentes de agua pura en lo remoto de estos inmensos bosques: Nada ha cambiado: Me someto a la noción, de que, tal vez, todas las respuestas se aclaren una vez que encuentre la corriente indicada. Aquella, que me dirá las respuestas.

El cielo se refleja en la tierra, dando lugar a un paisaje palpable e irreal. Desde lo alto, se puede divisar la inmensidad de la arboleda. Cualquier presencia se sentiría pequeña al nternarse en ella.Los árboles que contienen una alma marchita tienen un ligero brillo en la copa. Es muy sutil, apenas imperceptible, pero si se presta atención, se ve claramente: una luz tintineante, c. Algunos de estos también dan frutos. Son la única fuente de alimento de los humanos junto a los peces de los riachuelos y rios. Por lo que se, ellos solo pueden alimentarse de los árboles de alma marchita. Cualquier otro árbol con las mismas características les causa repulsión

Los recolectores normalmente solo salen de noche, cuando el brillo se intensifica en la oscuridad. Montados en caballos de seis patas y pelo rizoso, recorren las montañas para llevar el alimento a Zioneth.

Y aquí es donde estoy. Sentado en la copa de un árbol bendecido. Por suerte mis alas aún tienen la fuerza suficiente para impulsarme y escalar de rama en rama. Lumenara no posee un mapa, así que he ido marcando las zonas conforme avanzo usando una de mis plumas. La guardo en una pequeña cangurera atada a mi pierna derecha. Debo recogerlas. A medida que se caen, adoptan una forma dura y tosca, como la de un cuchillo.

Son útiles para rebanar y limpiar los peces. Con una red improvisada, hecha de varias lianas atadas entre sí, encontré la forma de sobrevivir al hambre. Ya que no puedo comer los frutos bendecidos, lo único que puedo digerir son peces, y algunas veces, ranas...si me las encuentro.

A medida que marcaba los puntos de referencia en el pergamino, por el rabillo del ojo una sombra cruzó rápidamente, dirigí la mirada pero no vi nada. Creí que era un ave, sin embargo, al girar la cabeza,una pantera gris con dientes desables me observaba intensamente. Su hocico babeaba como un mar derramándose por su mandíbula, con la boca entreabierta respira de forma profunda, sus exhalaciones pesadas parecen pequeños rugidos dejando mostrar esos descomunales colmillos capaces de atravesar carne y hueso de una sola mordida. El corazón me latía con fuerza, un solo movimiento o gesto mal, y me atacara. Me di cuenta que cometí un grave error al subir al árbol más cercano al peñasco. No habia manera de huir usando a los demás árboles alrededor, estaba lejos. Me devoraría antes de llegar a alguno

Con el corazón en la garganta, aparté la mirada de ella y miré hacia abajo. Estaba alto. Una caída muy larga. El risco en el que caí antes no era nada en comparación con este. Esto... era inminente.Cuando volví a mirar al frente, la pantera se inclinaba lentamente hacia adelante. Su mirada esmeralda me devoraba. No podía moverme. El miedo me consumía. Mi cuerpo, totalmente paralizado, no respondía por más que lo intentara.

¿Es así como terminará? ¿Así es como moriré?

Los pensamientos se desvanecieron en el aire cuando ella saltó. Dispuesta a clavar sus garras se lanzó directo hacia mi. Era enorme, con sus patas delanteras extendidas a todo su esplendor. La mandíbula abierta, con el rostro inclinado como si ya estuviera a punto de devorarme . El aire me quemaba la garganta, solo entonces , aun sin poder moverme escuche un chillido inesperado y agudo. El llanto … de un cervatillo.