El llamado
El mundo se había desvanecido delante de mí y todo se había envuelto en una oscuridad tan densa y pesada como jamás pude haber imaginado.
Sentía fuertes ráfagas de viento completamente llenas de cenizas que me rodeaban, envolviéndome en un vórtice, mientras que las palmas de mis manos no hacían más que arder irremediablemente.
Mis ojos estaban cerrados y no podía abrirlos, sin saber si era por la viscosidad de aquel polvo oscuro que me rodeaba o si solo era un método de salvataje de mi subconsciente para protegerme de todo lo que me rodeaba.
La única certeza que tenía entre tanta incertidumbre era que al menos mi compañero de habitación, Tomi, estaba conmigo. Tomi era el oso de peluche que Franco, mi hermano mayor, había conseguido en uno de los juegos de las tantas plataformas de Sacoa. No era el oso más bello del mundo, pero definitivamente había sido el mejor gesto que pudo tener un hermano mayor con su hermana menor en medio de una familia tan partida.
Abrazaba a Tomi con tanta fuerza que no había notado que la sangre de mis manos lo estaba manchando, aunque… de momento había cosas más importantes, como por ejemplo tratar de descubrir dónde me encontraba o cuál era el origen de dicha sangre.
Luego de refregar mis manos lastimadas en mis sucios jeans, para manchar lo menos posible el pelaje marrón gastado de Tomi, pude percatarme de que los vientos estrepitosos que me rodeaban de arriba abajo habían desaparecido. De repente me encontraba en un silencio tan sepulcral que hacía que mis pensamientos parecieran gritos desaforados en una cancha de fútbol.
Entre tanto silencio solo podía pensar en todos los domingos que pasé en la Iglesia por capricho de mi tía Ingrid.
Aunque, de momento, todo recuerdo parecía quedar en el pasado.
Solo podía oír mi respiración.
Rodeada de completa oscuridad…
Inhalando…
Exhalando…
Inhalando…
Exhalando…
Mi corazón acelerado golpeaba con más y más fuerza, como si estuviera a punto de atravesar mi pecho en cualquier momento, y las gotas de helada transpiración brotaban de mi sien y nuca.
Entre los dedos de mis pies podía sentir que obviamente no estaba parada en la alfombra de mi habitación; podía sentir cómo miles de rocas minúsculas, como vidrios pulverizados, se asomaban entre mis dedos, echando a perder la doble capa de pintura de uñas rosa que había colocado ayer a la noche antes de dormir.
¿Estaré en un sueño?
Si fuese así, ¿por qué puedo tener la consciencia suficiente como para preguntármelo?
Es tiempo de abrir mis ojos.
—¡ÁNGELA!
Pronunciaba una voz acechante y desgarrada; la escuchaba como si estuviese entre las crujientes vértebras de los pacientes con enfermedades pulmonares que atendía mi madre en el hospital del pueblo.
—¡ABRE TUS OJOS, ÁNGELA!
Un grito impaciente y molesto que en un inicio se oía alejado y retumbante, como si estuviera en lo más recóndito de una caverna, se acercaba progresivamente a mi oído por cada letra que enunciaba, logrando que sintiera el húmedo calor de una jadeante respiración rota en mi oreja.
—ES TIEMPO.