Historia sin título

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Summary

Algo que alguna vez nos paso a todos.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

¿Dónde mierda están?

¿Dónde mierda están?

Fue un día difícil en el trabajo, pero al menos era viernes, y llegando a mi casa iba a encontrarme en mi puerta lo que he estado esperando con tantas ansias desde hace un buen tiempo: el último capítulo de mi novela favorita. Así que, sin gastar ni un segundo más, a paso rápido me dirigí a mi hogar y ¡oh, sorpresa! Ahí estaba el paquete, mucho mejor envuelto que la momia del faraón más importante de Egipto que haya habido.

En un instante, tomar, pasar a casa y dejar mi mochila. Puse el paquete en la mesa y, en menos de un minuto de desollamiento de envoltorio, ya contemplaba la hermosa portada y sus 500 páginas encerradas en su envoltura de plástico de puro entretenimiento, algo que apenas alcanzaría para el fin de semana.

Dejé el libro sobre la mesa, pero antes de arrancarle el envoltorio iba a prepararme algo para acompañar la lectura: una modesta taza de té común, un paquete de galletas surtidas que tenía guardadas para el ocio y, finalmente, mi cómodo sillón reclinable y mi reproductor de música.

El té ya estaba listo. Llevé todo a la mesa y me acomodé en mi sillón. “Ahhh”, solo pude decir al sentarme. Sentí cómo todo el estrés del trabajo se disipaba como humo y mi cuerpo se fundía con la silueta del respaldo de mi asiento.

Uff, ya ahí fue. Tomé el libro y, aplicando toda mi experiencia de vida en ese acto, antes de darme cuenta arranqué el plástico que envolvía mi esperado libro.

Ohh, ese olor a libro nuevo… Nunca he conocido a nadie que no le guste. Como bonus, mi novia llegaría tarde, ya que fue con su aquelarre a hacer sus maldades, y como no esperaba visitas ni llamadas, nadie, NADIE me rompería los huevos.

Admiré la portada durante un momento y luego abrí el libro. Y así comenzaba el capítulo uno. O... pero claro, me faltó lo más importante: “los lentes”, “mis lentes”.

Es horrible sentir esa sensación de que la comodidad que tanto planeaste, armaste y empezaste a disfrutar se ve interrumpida por una mundana pero necesaria molestia. Ahí, todas mis articulaciones, que se habían puesto en “off”, sienten cómo son forzadas a actuar de repente, y, como un auto viejo, mi cuerpo a tartamudeantés arranques se levanta del sillón.

Fui directo a donde dejé mi mochila y busqué por sus bolsillos… y nada. Tenía algunos pañuelos, monedas y envolturas de algunos caramelos, pero allí no estaban mis lentes. Evitando la tentación de volver al sillón, me senté en una de las sillas corrientes que tenía cerca y me puse a pensar.

¿Dónde los dejé? Revisé mis bolsillos, y nada. Me levanté, fui al escritorio y revisé los cajones… y nada.

—Mierda —exclamé con impaciencia.

Así que, dando por hecho que no los tenía a mano, fui a mi habitación. Pero luego de revisar a fondo el cajón de la mesita de luz, encontré un viejo libro del que no me acordaba, un viejo cargador y unos condones vencidos. Lo que me recuerda lo últimamente ocupado que he estado y, como consecuencia, sirvió como alimento para mi creciente desesperación por no encontrar mis anteojos.

—¡Hoy los tenía! —dije en voz alta y con bronca— Me acuerdo perfectamente de que los usé —me recordé a mí mismo sin paciencia— A ver, a ver...

Me senté en la cama y empecé a meditar. Con las manos en la cabeza, cubriendo mi cara, hice el inútil esfuerzo y ejercicio de forzar mi cerebro en repasar el día.

Primero me levanté, como todas las veces, a las 7 a. m., me bañé, cagué, desayuné, me preparé y me fui. No revisé mis cosas porque recuerdo bien que las preparé en la noche. Llegué al trabajo, saludé al imbécil de mi jefe y fui a mi puesto. Luego hice mis deberes y, en el almuerzo, sé que usé mis lentes. Luego de eso no recuerdo cómo hice después de terminar de comer.

¿Me los habré olvidado en la oficina? Me sorprendería, sería la primera vez, pero todo es posible.

—Puta madre —rezongué— el lugar queda lejos y no tengo auto, arriesgo mi cuello en viajar a esta hora y barrio en tren.

Agarré mi mentón y murmuré:

—aun así, me extraña, siento como si supiera que los había guardado conmigo —esa horrible molestia que da vueltas por mi cabeza, como olvidar la palabra que ibas a usar y de repente no salta de la punta de la lengua, pero sabés bien que la conoces, con su significado y sus sinónimos.

Me tomé un respiro y me rasqué una molestia que sentía por debajo de la oreja.

—No creo que me los haya olvidado, no… ¡estoy seguro de que no me los olvidé!

Buscando nuevamente desde mi mochila, por donde anduve e incluso de nuevo por mi habitación, otra vez no hallé nada.

Entonces vinieron las sospechas:

—¿Habrá sido Matías?

Ese tipo generalmente está ocupado, pero cuando está aburrido va y molesta a otros. Es probable que me haya agarrado los anteojos para volverme loco. No me cuesta nada imaginármelo haciendo eso: el maldito rubio pasando por mi escritorio y, con su picarona sonrisa, viendo mis preciados lentes sobre la mesa y tomándolos discretamente. Pero no, no fue él. Antes del almuerzo se fue a una reunión y pasó el día afuera.

—Mierda —exclamé otra vez— No era el culpable, y yo que ya me imaginaba viéndolo sonreír sin dientes...

Aun así, ¿si no fue él, quién fue?

Resurgiendo como una botella llena de aire desde el fondo del océano, emergió el nombre de:

—¡Gladis!

Y esa vieja momia es mi vecina de escritorio. Al igual que yo, usa lentes, y no es muy agradable con otros. No me cuesta creer que se confundió al salir del trabajo. Ya casi es senil, y la verdad, no creo que le importara morirse. Esa delgaducha bolsa de huesos con cara de orto ya se habrá dado cuenta de que tiene mis lentes.

Aunque solo era una sospecha, no perdía nada con preguntarle por teléfono, y sin perder tiempo le llamé. Y por supuesto, me contestó la contestadora diciéndome que ya nadie abonaba esa línea.

Y ahí me acordé...

—Ahhh, cierto que se murió hace dos días.

La verdad, no es que le prestara mucha atención. Hasta el final del día de su muerte no me había molestado en preguntarme por su ausencia, hasta que alguien me lo mencionó por casualidad.

Entonces la duda insurgió en mi cabeza: ¿alguien los agarró? Sé que no fue el gordo, sé que no fue la doña, ¿mi jefe?... nah. Mierda, mierda, mierda, mierda. ¡¿Dónde mierda están?! ¡¿Dónde mierda los dejé?! ¡Me desespero! ¡Me embronco! ¡Me vuelvo loco!

Así que empecé a revolver todo buscándolos, vacié mi mochila, nada. Busqué en todos mis bolsillos, nada. Me desnudé y busqué de afuera hacia dentro de mi ropa, nada.

—Puta madre, ¡¿dónde están?! —empecé a vaciar los cajones y ¡NADA! —Al carajo —agarré el teléfono y empecé a llamar.

Primera llamada al rubio:

—Hola, ¿qué necesitas? —me dice insípidamente.

—¿Agarraste mis anteojos hoy? —le pregunté yendo al grano.

—No, que yo sepa —me dijo y corté.

Siguiente, Gladis. Llamé y de nuevo me acordé de que la palmo. Seguía: al gordo, no; la doña, no; la rata, tampoco, y así estuve tachando la lista, hasta que faltó mi jefe. Me tomé un tiempo, respiré y llamé. Al contestar, le hice la pregunta y al —Nop...— le corté.

—¡¿Dónde mierda estánnnn?! —grité con ira a la casa.

—¡A la mierda todo! —llegué a mi límite, ¡empecé a vaciar todo, voltearlo todo, verifiqué todo! Y ¡NADA! ¡NADA! ¡NADA! De ¡NADA!

—Ahhhrrrrgggg —suspiré. Me senté en la silla más cercana que tenía, froté los dedos contra la frente y me puse a pensar: ¿Dónde mierda están? Di vuelta la casa, interrogué a todos.

—¡¿Dónde mierda están?! ¿Por qué no aparecen? —¿Por qué? ¡¿Por qué me pasa esto justo hoy?! Puta madre.

Resignándome, solo me lamenté sentado, desnudo y apoyando mi cabeza, con el puño en mi pera.

Entonces, luego de calmarme, me paré y comenté:

—¡Los perdí! —así de simple. Solo debo aceptarlo, ya conseguiré otros y disfrutaré de mi lectura más tarde.

Entonces, ahí, a mis espaldas, la puerta de la entrada se abrió, y volteé a ver quién era. Es ella, la única mujer que me soporta, mi novia. Su hermoso rostro maquillado y combinando con su arreglado peinado dibujan una expresión de horrorosa sorpresa al observar el ambiente de la casa, sin poder decir ni una palabra por lo boca abierta que la dejó el shock.

Con una base de vergüenza, una pizca de cansancio y mucha sazón de la reciente bronca le digo nomás:

—No encuentro mis anteojos, supongo que los perdí en el trabajo, pero no lo acepté… y así… terminó todo.

Ella, mirándome con inexpresión, desliza su mano hacia atrás peinando su cabello y me pregunta:

—¿Estás un poco despeinado? ¿Qué tal si te arreglas un poco?

Confundido por su reacción, hago lo que me dice y, al momento de pasar mis dedos por mi cabello, algo me detiene. Siento una pequeña estructura liviana; no parece inmóvil, algo fría se siente, y, examinando un instante más, siento algo frío y liso en la punta de mi dedo.

—Ahh, mierda —me quiero matar— Estuvieron en mi cabeza todo este tiempo. Los tomo y, sosteniéndolos frente a mí, contemplo el mal rato que me hicieron pasar estos dos pedazos de vidrio.

Ella, sin decir tener algo que decirme, solo me avisa:

—Me voy a dormir, ordena, ¿eh?

Ella se marcha a nuestra habitación, y yo dejo mis lentes al lado de mi novela y luego empiezo por acomodar la mochila.

Me lleva toda la noche, pero al fin tengo mi momento de ocio. Me siento en mi sillón, con mi merienda a la mano, tomo mi libro para abrir en el primer capítulo y, por supuesto, me pongo los anteojos, y así...

—Ahh... —suspiro con depresión— Cierto, estos son los para ver de lejos.