Capítulo 1
La noche había caído sobre Seúl, pero dentro de las paredes del restaurante Flames la ciudad parecía haberse detenido en un torbellino imparable. Las luces cálidas y la decoración minimalista contrastaban con el ritmo frenético que dominaba cada rincón de la cocina y el salón. Era una de esas noches en las que todo podía salir mal, y Yoongi lo sabía.
Desde que Yoongi y Jin inauguraron Flames hace diez años —entonces un modesto local con apenas dos mesas—, la presión no había hecho más que crecer. Hoy, ese pequeño sueño se había convertido en el mejor restaurante de toda Asia, un lugar por el que se peleaban desde celebridades hasta críticos culinarios de renombre. Aquella noche, las mesas estaban completamente llenas: grupos animados, parejas elegantes y varios rostros conocidos del espectáculo y la prensa especializada. Se rumoreaba, además, que un crítico gastronómico de fama internacional había elegido esa velada para una visita sorpresa, lo que solo elevaba la tensión para el joven chef y copropietario.
Pero nada igualaba la importancia de la reunión que se desarrollaba en una de las mesas del salón: la negociación con los dueños de Lumivé Hotels, una oportunidad única que podía llevar el nombre de Flames fuera de Asia y colocarlo en hoteles de lujo repartidos por todos los continentes. Al frente de esa conversación estaban dos de las personas en las que Yoongi más confiaba.
En la cocina, el aire se impregnaba de aromas intensos: ajo dorado, cebollas caramelizadas, un toque de chile que chisporroteaba en la sartén y el dulce perfume del jengibre fresco. Pero debajo de ese aroma delicioso, se sentía una corriente eléctrica de tensión.
Yoongi, con el ceño fruncido, movía sus manos con precisión y velocidad. Su camisa blanca, ahora manchada ligeramente por el sudor y los salpicones, estaba remangada hasta los codos, dejando al descubierto antebrazos firmes y marcados. Su mirada era una mezcla de concentración absoluta y un cansancio que empezaba a pesarle en los hombros.
—¡Minuto y medio para la mesa cinco! —gritó sin levantar la voz, pero con una autoridad que no dejaba lugar a dudas.
Cada palabra era un comando, cada gesto una orden. Sus trabajadores lo conocían bien: la perfección no era una opción, era un mandato. Pero esa noche, algo en él parecía más tenso, más irritable.
Las bandejas cruzaban la cocina de un lado a otro. Jungkook, uno de los camareros más jóvenes, corría con una sonrisa nerviosa, intentando mantener el ritmo sin dejar caer nada. Jin, al frente de la parrilla, lanzaba miradas rápidas a Yoongi, siempre listo para corregir cualquier detalle.
—Jefe, la salsa para el pato ya está lista —informó Hoseok, y Yoongi se acercó para probarla, frunciendo el ceño al primer contacto con la lengua.
—Demasiado ácido, reduce un poco más. Que mantenga el dulzor sin perder cuerpo.
Su voz era firme, pero el cansancio comenzaba a teñirla con un matiz brusco. No era fácil manejar tanta presión, y el temor a que un error minúsculo arruinara la reputación del restaurante lo mantenía en un estado constante de alerta.
Alrededor, los sonidos del restaurante creaban una cacofonía: las conversaciones en la sala, el tintinear de las copas, el crujir de la madera de las sillas y, por supuesto, el incesante trabajo de la cocina. Pero en medio de ese bullicio, Yoongi estaba aislado en su burbuja de responsabilidades.
Sus ojos recorrían cada detalle, cada plato antes de salir, evaluando colores, texturas, la temperatura. Sus órdenes eran precisas, pero se notaba que no era solo por el trabajo: la carga emocional era enorme. Había puesto tanto de sí mismo en aquel lugar que cualquier falla era como un ataque personal.
—Quiero ese risotto más hecho, y ese carpaccio es demasiado grueso... !¿TENGO QUE HACERLO TODO YO?!
Hoseok, ayudante en la cocina, y uno de sus grandes amigos, se dio cuenta que Yoongi no estaba bien. Llevaba una semana con demasiado estrés, y ahora solo lo estaba pagando con el resto de trabajadores.
—Llámala—susurró Jin detrás de él, mientras picaba la cebolla—. Llámala o nos mata a todos ....
Hoseok lo miró, alternando su mirada entre Jin y su amigo, mientras este gritaba a uno de los cocineros nuevos.
Suspiró. Sabía que era la única que podía hacer que su amigo bajará el ritmo, y no muriera de un ataque al corazón antes de cumplir los 35. Con un pequeño gesto, le dijo a Jimin que siguiera cortando la verdura y se escabulló por el pequeño pasillo.
Sacó su móvil, y escribió un mensaje rápido. No quería entretenerse mucho y convertirse en la nueva víctima de Yoongi.
"Ven rápido, o te quedas viuda antes de haber llegado a la boda”.
Y con eso, volvió a la cocina.
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Siane, con paso tranquilo y sonrisa segura, entró en la cocina. Su sola presencia pareció bajar la presión del aire. Todos sabían que con ella aquí el jefe bajaría un poco el ritmo, y sobre todo la voz. Ella no era solo su prometida, era el equilibrio que él no sabía que necesitaba.
Sus ojos se encontraron por un instante y, sin decir palabra, Siane se dirigió hacia Jin con una orden clara, una que nadie esperaba.
—¿Puedes encargarte de todo aquí por diez minutos? Quiero hablar con Yoongi.
El otro chef del restaurante, y socio de este, levantó una ceja, divertido y confiado en ella.
—Si consigues que deje de gritar y de gruñir me encargo de todo hasta el viernes, Sine.
Siane sonrió, segura.
—Prometido.
—Nena, ahora mismo no es un buen momento...—comenzó Yoongi, mientras seguía decorando el plato en el que estaba trabajando.
—Siempre es un buen momento para atender a tu prometida, Min Yoongi—lo interrumpió ella.
Y entonces, sin más, tomó a Yoongi del brazo y lo llevó al despacho, dejando atrás el caos, el ruido, la presión y el estrés, hacia un espacio donde el tiempo parecía detenerse.
La puerta se cerró tras ellos con un suave clic que pareció aislar instantáneamente a Yoongi del bullicio y la exigencia implacable del restaurante. El aire, antes cargado de tensión y aromas de cocina, se tornó pesado de una manera distinta, como si el silencio mismo aguardara el desenlace de algo mucho más íntimo.
Siane lo miró con esa sonrisa que desarmaba cualquier rigidez en su rostro, esa mezcla de complicidad y deseo que solo tenían ellos cuando el mundo exterior desaparecía.
—Te ves... agotado —dijo con voz baja, dejando que su mirada recorriese cada línea de estrés en el rostro de Yoongi, cada músculo tenso que hablaba por él.
Yoongi soltó un suspiro largo, esa exhalación contenida durante horas que ahora se escapaba con un dejo de vulnerabilidad.
—Tengo que volver...
—No—susurró—. Ahora solo tienes que relajarte.
Ella se acercó despacio, sin prisas, permitiendo que la proximidad avivara la electricidad entre ambos. Su mano rozó la mejilla de Yoongi, suave, como un susurro, y él cerró los ojos un instante, dejando que esa caricia le recordara que no estaba solo.
—Ven aquí —susurró ella, apoyándolo contra la mesa de despacho con delicadeza, pero con firmeza, marcando el inicio de un momento solo para ellos.
Yoongi tragó saliva. Siane desabrochó con calma el primer botón de su camisa, luego el segundo. Cada gesto era lento, calculado, y sus dedos rozaban la piel descubierta, como si quisiera aprendérsela de memoria otra vez.
Cuando la tela cedió, dejó al descubierto su torso.
—Déjame ayudarte —murmuró ella, con esa voz baja y sensual que hacía temblar hasta el aire que respiraban.
Y entonces comenzó, despacio, con la delicadeza de quien conoce cada secreto, cada punto sensible. Sus labios se posaron en el cuello de Yoongi, explorando, besando con un ritmo lento que hacía que el tiempo pareciera detenerse. Cada movimiento estaba medido, cada suspiro que arrancaba de él era un triunfo.
La lengua de Siane trazaba líneas invisibles sobre la piel, dejando un rastro de fuego que se expandía con cada roce. Yoongi se apoyó más contra la mesa, las manos buscando sus caderas, sus muslos, queriendo tenerla más cerca, pero ella jugaba con esa distancia, ralentizando el momento para que la anticipación lo consumiera.
Su boca descendió con suavidad, y Yoongi sintió esa atención y entrega que solo ella sabía dar. Era un lenguaje sin palabras, un diálogo de placer y calma que se entrelazaba con el latido de sus corazones.
Cada suspiro suyo se volvía más profundo, más urgente, pero Siane mantenía el control, deslizando sus manos por el torso de Yoongi, dejando que su tacto le encendiera la piel, mientras su boca seguía explorando con exquisita precisión.
Las emociones y sensaciones se mezclaban en una sinfonía de deseo, la mezcla perfecta entre el alivio y el anhelo. Él perdió la noción del tiempo, atrapado entre la suavidad y la intensidad, y cada roce parecía liberar una parte de esa tensión acumulada.
Ella se arrodilló frente a Yoongi. Él apoyó ambas manos en el filo de la mesa, sujetando el borde con fuerza, volviendo blancos sus nudillos. Las manos de ella viajaron hacia la cintura de Yoongi, desabrochando el cinturón con una precisión que constrastaba con la calma de sus movimientos.
Cuando finalmente Siane levantó la vista, sus ojos brillaban con una mezcla de triunfo y ternura. Yoongi la miraba, rendido, vulnerable y lleno de ganas, listo para dejarse llevar.
Siane acarició su cadera primero, con las yemas, como tanteando, sobre el borde el bóxer negro que él llevaba. Después, con esa sonrisa juguetona que ella siempre le daba, liberó su miembro con cuidado, y el aire del despacho hizo que su piel de erizara.
Sus dedos lo rodearon primero, explorando con una caricia larga y suave. Lo sintió palpitar contra sus manos, caliente, firme, tenso. Se inclinó y lo rozó con sus labios, un toque mínimo, apenas un beso. Después, otro más, un poco más profundo.
La lengua de Siane lo recorrió lentamente, dibujando un trazo ascendente, hasta la punta, donde se detuvo a rodear con movimientos lentos, pausados, calculados. Yoongi dejó escapar un suspiro contenido, y sus dedos buscaron su cabello, enredándose con cuidado.
Ella se acomodó más cerca, y lo envolvió con su boca. La calidez húmeda lo hizo tensarse, soltando un jadeo bajo. Siane marcó un ritmo despacio, descendiendo con firmeza y subiendo con suavidad, variando la presión, jugando con el contraste.
Se apartaba un instante para acariciarlo con la mano, manteniendo la mirada fija en la suya, y volvía a tomarlo con la boca, profunda y lentamente, hasta sentir cómo los músculos de sus piernas se contraían.
—Siane, mierda...—murmuró, su voz grave, suplicando.
Él movía su cadera al ritmo de las succiones. Cuando ella volvió a bajar la velocidad, el gruñó, separando una de las manos del borde de la mesa para agarrar el pelo de ella, y presionarla contra él, marcando él el ritmo que necesitaba.
Ella se dejó hacer, sujetándose de sus muslos, mirándolo con adoración, mientras tenía los ojos llorosos. Cuando sintió que él estaba a punto de llegar, se apartó, quitando suavemente su mano del pelo, incorporándose.
Ella le sonrió, tomándolo de la nuca y besándolo, un beso profundo, húmedo, que mezclaba el sabor de ambos. En ese beso había fuego, hambre, y él lo devolvió con la misma intensidad.
Siane se apartó lentamente, dejando que sus labios se separarán de él con una provocación calculada. Su respiración aún estaba agitada, y una sonrisa fina, traviesa y decidida, se dibujó en su rostro. Con sus brazos rodeo el cuello de Yoongi, acercando sus caderas sin dejar un solo milímetro de espacio. Ella aun con la ropa puesta, sintió el calor de él.
—Quiero que me folles como si fuera lo único que importa esta noche... sin piedad.
El cambio en la mirada de Yoongi fue inmediato. Sus ojos se oscurecieron, y el aire entre ellos se volvió más denso. En un movimiento rápido y seguro, la atrapó por la cintura, girándola con firmeza, haciendo que ella apoyara su torso contra la mesa. Poco a poco fue subiendo la tela de su falda, revelando piel centímetro a centímetro, hasta que la prenda quedó recogida alrededor de su cintura.
Siane giró su cabeza, mirándolo sobre su hombro, sintiendo como él, sin apartar los labios de su cuello, buscaba con determinación el borde de su ropa interior. Un tirón calculado, firme y brusco, y la tela cedió entre sus dedos, quedando a un lado, olvidada.
Su respiración se mezclaba con la de ella, cada exhalación caliente rozando la piel de su cuello mientras se acomodaba detrás de ella.
—¿Sabes que eres lo que más quiero de este mundo, verdad?—le dijo él, con una mano firme en su cadera, la otra explorando lentamente la curva de su muslo, llegando a sus glúteos, donde acarició, los masajeó, haciendo que ella soltara pequeños gemidos.
Su mano, la que estaba en su cadera, descendió lentamente hasta su centro, haciendo que ella arqueara la espalda, y allí masajeó en círculos, lento, como sabía que a ella le gustaba.
Entonces, presionó ese punto que la hizo gemir muy alto, y la embistió. Entro en ella con fuerza, profundo, robándole el aliento. Siane soltó un jadeo que se ahogó en el aire, inclinando la cabeza hacia atrás. Yoongi aprovechó ese gesto para tomarla del cuello, no con fuerza, sino con la presión justa para hacer que la sintiera atrapada, sujeta, suya.
La atrajo hacia su pecho, de modo que su espalda se apoyara contra él. La sensación de estar completamente rodeada por su cuerpo, con sus manos formes guiando el ritmo, le arrancó un suspiro prolongado.
Yoongi comenzó a moverse con un compás intenso, embistiendo con fuerza, con precisión. Cada vez que entraba, lo hacía hasta el fondo, y casa vez que salía, lo hacía lento, como si quisiera obligarla a sentir el vacío antes de llenarla de nuevo.
—Justo así, bebe...—susurró él en su oído, su voz grave y rasposa—. Quiero que me sientas entero dentro de ti...
Siane apretó los labios, intentando contener un gemido, pero no pudo. Él lo notó, y la mano en su cuello se apretó un poco más, pegándola con mas fuerza a su pecho mientras mantenía el ritmo, ahora más rápido, más demandante.
Sus caderas chocaban contra las de ella en un golpe constante que hacía temblar la mesa bajo sus cuerpos. Su otro brazo rodeó su cintura, asegurándose de que no se apartara ni un milímetro. El calor de sus cuerpos, el roce de su piel, el sonido húmedo y rítmico de su unión, llenaban la habitación.
En un momento, Yoongi soltó su cuelo para colocar ambas manos en sus caderas, empujándola hacia delante con fuerza y tirando de ella de vuelta hacia él en cada embestida, aumentando la intensidad. Siane se arqueó, la cabeza baja, los labios entreabiertos, dejándose llevar por esa energía animal que él liberaba sin reservas.
El sudor comenzaba a perlarles la piel, haciendo que cada roce fuera más cálido, más resbaladizo, más eléctrico. Él volvió a inclinarse sobre ella, besando su hombro y su cuello con una mezcla de hambre y devoción, mientras su ritmo no cedía ni un segundo.
—Eres mía...—murmuró sobre su piel, y ese tono bajo, posesivo, hizo que ella temblara entre sus brazos.
El ritmo volvió más rápido, más profundo, cada movimiento llevando más fuerza que el anterior, como si quisiera marcarla, dejarle un recuerdo físico de esa noche. Ella soltó un gemido más alto, incapaz de contenerlo y él respondió con un gruñido grave que vibró en su pecho.
La intensidad creció hasta que el control se volvió imposible de mantener. Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, hasta que el clímax los alcanzó como una ola que los arrastró juntos, robándoles el aliento.
Yoongi se quedó pegado a ella, aún respirando agitado, con una mano en su cintura y la otra acariciando su cuello, ahora con suavidad. Siane, todavía contra la mesa, sonrió débilmente, recuperando el aliento.
—Esto... esto era justo lo que necesitabas.
Él apoyó la frente en su hombro y soltó una risa corta, cansada pero sincera.
—Siempre sabes lo que necesito.
Ella se giró despacio, con una sonrisa satisfecha y cómplice. Sus manos subieron al rostro de Yoongi, enmarcándolo con una ternura que contrataba con la fuerza que habían compartido segundos atrás.
—¿Te sientes mejor?—preguntó, con un tono que mezclaba curiosidad y una ligera picardía.
Él dejó escapar una risa baja, esa que rara vez mostraba.
—No te haces una idea de cuánto.
Siane le pasó una mano por el cabello, peinándolo con los dedos, notando que parte de la tensión que lo había mantenido rígido durante esa semana había desaparecido.
—Esa era la idea... Ahora, vuelve ahí fuera y recuerda que amas lo que haces, no dejes que te consuma cariño.
Yoongi asintió, dejando que su frente descansara unos segundos contra la de ella.
—Tu eres mi mejor recordatorio.
Cuando salieron del despacho, se dieron un pequeño beso, y cada uno se dirigió a su lugar.
Cuando Yoongi entró a la cocina, esta seguía envuelta en el caos controlado que la caracterizaba en noches como esa. El sonido del aceite hirviendo, los cuchillos golpeando las tablas de cortar y las órdenes de Jin llenaban el aire.
En cuanto Yoongi cruzó la puerta, todos lo notaron. No porque dijera nada, sino porque su energía era distinta. Ya no caminaba con el ceño fruncido y la mandíbula tensa; ahora sus pasos eran firmes, pero más ligeros, y su mirada estaba enfocada.
—¿Cómo vamos?—le preguntó a Jin, colocándose de nuevo en su puesto frente a la estación central.
—Perfectamente hermano—respondió Jin, sin levantar mucho la voz, pero son una sonrisa que solo un amigo de años sabría interpretar.
Yoongi tomó la cuchara de metal, probó una de las salsas y asintió con aprobación.
—Perfecto. Vamos a sacar el plato estrella para la mesa catorce. Y no olviden el emplatado impecable, esta noche no hay margen para segundas oportunidades.
Su voz segura, no agresiva, y esa seguridad, contagió a todo el equipo. Los camareros se movieron con más precisión, los cocineros con más rapidez, y la cocina entera pareció tomar un segundo aire.
Antes de concentrarse de lleno, Yoongi buscó a Siane con la mirada. Ella estaba a punto de salir por la puerta hacia el salón principal. Cuando sus ojos se encontraron, ella le guiñó un ojo. Él no sonrió, pero la ligera curva en sus labios lo delató.
El salón del restaurante estaba en su punto máximo. Las conversaciones se entrelazaban en un murmullo elegante, la música de fondo creaba una atmosfera refinada y las copas brillaban bajo luces tenues.
Siane caminó con paso seguro hasta la mesa donde la esperaban Kim Namjoon —impecable en un traje oscuro y con esa serenidad natural que contrastaba con el ritmo frenético de la cocina— y los señores Lee, una pareja de porte distinguido, dueños de la cadena hotelera Lumivé Hotels.
Namjoon se levantó apenas para recibirla, inclinándose hacia ella con una sonrisa que solo compartía con quienes entendían lo que pasaba entre bastidores.
—¿Todo bien? —preguntó, con un brillo divertido en los ojos.
Siane le devolvió una media sonrisa, bajando un poco la voz para que solo él la escuchara.
—Todo en orden, Nam. Solo... calmando a tu futuro cuñado antes de que incendiara la cocina.
Namjoon soltó una leve risa, cómplice, consciente del temperamento de Yoongi y de lo mucho que Siane sabía manejarlo.
—Supuse que para eso habías desaparecido —susurró, antes de enderezarse de nuevo.
Ya en tono formal, Siane se dirigió a los señores Lee con la misma naturalidad con la que se movía en reuniones de alto nivel.
—Les pido disculpas por la demora.
El señor Lee, un hombre de cabello plateado y sonrisa calculada, asintió amablemente.
—No hay problema. Sabemos que los preparativos para la boda pueden ser una locura —dijo, con una mirada cómplice hacia ella—. Estábamos comentando lo impresionante que ha sido la experiencia aquí.
Su esposa, elegante y de mirada perspicaz, intervino con entusiasmo.
—Si logramos replicar este nivel de calidad en nuestros hoteles, no tengo duda de que será un éxito.
Siane tomó asiento, cruzando las piernas con la elegancia medida de alguien que sabía que todo ojo estaba puesto en ella.
—Ese es exactamente el plan. Flames no es solo un restaurante, es una experiencia sensorial. Queremos que cada huésped de Lumivé Hotels viva esa experiencia sin salir del hotel.
—Yoongi y Jin, mi prometido, ya están trabajando en un menú adaptado a la identidad de la cadena, pero manteniendo la esencia que ha hecho famoso a Flames—Namjoon añadió con fluidez.
Los señores Lee intercambiaron miradas, y el señor Lee habló con tono decidido:
—Si esta cena termina tan bien como ha comenzado, consideren el acuerdo cerrado.
En ese momento, un camarero apareció con la especialidad de la noche: una sinfonía de colores y texturas que parecía más una obra de arte que un plato. En el centro, un medallón de wagyu perfectamente sellado, jugoso y de un rojo intenso en su interior, reposaba sobre una base de puré de coliflor ahumada, tan suave que parecía seda. A su alrededor, un delicado velo de salsa demi-glace infusionada con trufa negra dibujaba un círculo perfecto, interrumpido solo por pinceladas de reducción de vino de ciruela, que aportaban un brillo profundo.
El plato estaba coronado con un crujiente de arroz negro inflado, que aportaba altura y contraste, mientras finas hebras de oro comestible atrapaban la luz tenue del salón. A un lado, una quenelle de mousse de foie gras con un toque de yuzu aportaba frescura cítrica, y pequeñas flores comestibles —violetas y pétalos de pensamiento— completaban la composición.
En el borde del plato, el sello de Flamesse dibujaba con cacao y sal negra del Himalaya, tan preciso que parecía impreso. La presentación era impecable, y el aroma que desprendía era un preludio seductor de lo que estaba por venir.
Siane, instintivamente, alzó la vista hacia la cocina. Allí estaba él: Yoongi, en su elemento, el ceño levemente fruncido por la concentración, los movimientos precisos, las órdenes claras. Su mirada se alzó apenas un instante y encontró la de Siane a través del bullicio y las luces.
No sonrieron. No lo necesitaban. En ese cruce silencioso, se dijeron todo: Gracias. Estoy bien. Vamos a ganar esto.
Siane volvió a centrarse en la mesa, con la certeza de que la noche acabaría con un trato sellado. En la cocina, Yoongi retomó el mando del servicio, el pulso firme y una determinación renovada que ahora no temblaba.
Namjoon, al otro lado de la mesa, no pudo evitar echar una breve mirada hacia su prometido, Jin, que seguía moviéndose con soltura entre ollas y sartenes, como si cada plato fuera una obra de arte. Entre ellos también existía ese mismo hilo invisible, el que unía a las parejas que se entendían sin palabras.
Y aunque metros y ruido los separaban, en Flames esa noche latía la misma certeza para todos ellos: pase lo que pase, siempre serían el refugio del otro.
💌 Y hasta aquí este one shot calentito recién salido de la cocina de Flames 🔥👀Se me metió la idea en la cabeza y... bueno, ya saben cómo acaba eso conmigo: escribiendo sin parar hasta que Yoongi y Siane me dijeron “ya basta”. 😂
Si te gustó, no olvides pasarte por mis otras novelas, que hay más drama, romance y momentazos para todos los gustos.
Gracias por leer, por comentar y por darme ganas de seguir escribiendo como si no hubiera mañana. Nos vemos en la próxima historia... o en la cocina con Yoongi. 😉🍷
MinMinnie94 💜✨