Backrooms: Realidad Fracturada

Summary

Un grupo de personas queda atrapado en los Backrooms, un laberinto infinito y absurdo fuera de la realidad. Mientras buscan sobrevivir entre criaturas, niveles extraños y facciones humanas, descubren que el verdadero peligro no es solo morir allí... sino cambiar para siempre.

Genre
Horror
Author
will-sans
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cap 1: Bajo el cielo gris

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La tarde estaba cubierta por un cielo gris que anunciaba una tormenta. Al salir del pequeño centro comunitario, el viento húmedo golpeó de frente a los dos jóvenes que acababan de terminar unas diligencias pendientes.

-Uf... qué clima tan pesado -dijo el muchacho de cabello rizado, ajustándose la capucha.

Ese era Damián Reyes moreno, delgado, con unas ojeras que revelaban noches de sueño irregular. Su sonrisa era fácil, pero sus manos siempre temblaban un poco cuando algo no le gustaba, especialmente las tormentas.

A su lado caminaba Elian Torres, quien se acomodó la chaqueta oscura antes de responder. Elian era más alto, de piel clara, cabello negro y liso, mirada atenta pero algo cansada. Tenía ese aire callado, como si siempre estuviera viendo algo que los demás no notaban.

-Si nos apuramos, llegamos antes de que esto se ponga peor -dijo Elian con voz tranquila.

El camino hacia la parada de bus era corto, pero la lluvia empezaba a caer en gotas dispersas que golpeaban la acera como avisos de lo que venía. Pasaron frente a un local que cerraba apresuradamente; el olor a comida caliente se mezclaba con el del pavimento húmedo.

Un trueno estalló, fuerte, haciendo vibrar las ventanas de la cuadra.

Damián se asustó como si hubiera sido un latigazo.

-¡Ay! -exclamó llevándose la mano al pecho-. Me va a dar algo.

-Relájate. No fue para tanto -respondió Elian, aunque el temblor en sus propios dedos lo delataba.

Llegaron finalmente a la parada: un techito metálico corroído, una banca vieja y una señora con un paraguas.

La lluvia empezaba a intensificarse. Elian sacó su celular para revisar la aplicación del transporte.

-Ya casi llega el bus... -informó, sin levantar mucho la voz.

Damián, inquieto, se frotó los brazos para quitarse el frío.

-Oye, ¿te imaginas que terminemos en un bus equivocado? -dijo con humor nervioso.

-¿Te estás presentando o qué? -bromeó Elian.

-Pues... ahora que lo dices... -Damián respiró hondo-. Soy Damián Reyes, profesional en asustarme por tonterías.

Elian puso los ojos en blanco, entre risas.

-Y yo soy Elian Torres... profesional en aguantar tus tonterías.

Los dos rieron suavemente.

La señora los miró un momento, confundida por esa mini presentación improvisada.

-¿Y ustedes? ¿Siempre tan animados con este clima? -preguntó ella.

-Pues, señora... uno hace lo que puede -respondió Damián, recuperando un poco de su humor.

Unos segundos después, las luces del bus aparecieron entre la cortina de lluvia.

-Ahí viene -dijo Elian, sacando su tarjeta del bolsillo.

-Por fin... antes de que me muera del susto o del frío -soltó Damián.

Los tres subieron rápido. El interior del vehículo era cálido, aunque olía a ropa mojada. Había unas quince personas, cada una en su mundo. No prestaron atención a la pantalla frontal, que parpadeaba mostrando un número extraño.

Elian y Damián tomaron asiento.

El bus avanzó con un traqueteo suave mientras la lluvia golpeaba los costados como un tambor constante. Elian apoyó la frente contra el vidrio, observando cómo las luces de la ciudad se deformaban entre las gotas que caían y resbalaban.

Damián, en cambio, no podía quedarse quieto. Movía la pierna, revisaba su mochila, miraba a los demás pasajeros. Era su forma de combatir el silencio: llenarlo con todo lo que pudiera ver o pensar.

-Mmm... este bus está más lleno de lo que pensé -comentó finalmente, mirando hacia los asientos traseros.

Elian desvió la mirada un momento.

-No tanto. He visto peores.

-Pero mira... esa señora de allá tiene como treinta bolsas -susurró Damián, señalando apenas con el mentón para no parecer grosero.

Elian observó a la mujer en cuestión: una señora mayor, delgada, con un abrigo enorme y varias bolsas de mercado acomodadas a su lado. Parecía agotada.

-Debe venir de hacer compras -dijo Elian-. Ojalá no viva muy lejos.

-¿Ya la viste cuando subimos? Casi pierde el equilibrio con tantas cosas -añadió Damián.

Ambos se quedaron unos segundos mirando a la señora antes de que su atención cambiara a otro pasajero: un hombre de traje, con maletín en las piernas, repasando documentos con el ceño fruncido.

-Ese sí que está estresado -murmuró Damián-. Apuesto a que ni escuchó que lo saludamos.

-Hay gente que no levanta la cabeza del trabajo -dijo Elian, encogiéndose de hombros.

Un niño empezó a llorar en la parte delantera del bus, inquieto, aburrido. La madre intentaba calmarlo con paciencia mientras el pequeño estiraba los brazos hacia la ventana, fascinado por la lluvia.

-Por lo menos él no tiene miedo a los truenos -dijo Damián, cruzando los brazos.

-No eres el único en el mundo con miedo a algo -respondió Elian, con una pequeña sonrisa.

Damián soltó una risa suave, pero entonces algo en la parte trasera del bus llamó su atención.

Se inclinó un poco hacia adelante, como si quisiera ver mejor.

-Oye, oye... mira atrás... -susurró con tono travieso.

Elian giró la cabeza discretamente.

Había dos chicas sentadas al fondo. Una de las chicas era joven, de cabello largo, piel clara, expresión tranquila. Una belleza suave, sin pretensiones. Estaba mirando por la ventana, completamente ajena a la conversación que los dos amigos tenían.

-Dios... está hermosa -murmuró Damián, como si estuviera viendo una obra de arte-. ¿La viste? ¿La viste bien?

Elian parpadeó, regresando la mirada al frente.

-Sí... bonita. ¿Y qué pasa?

Damián suspiró dramáticamente.

-Hermosa... y yo aquí, sentado como un bobo. Mira, nomás la veo, me enamoro y... nunca la vuelvo a ver. Porque así funciona la vida en los buses.

Elian soltó una carcajada contenida.

-Eres un drama viviente.

-¡Pero es cierto! -insistió Damián-. Este es el típico momento en el que uno dice: “Ella es el amor de mi vida”, y la vida responde: “Perfecto, ahora nunca la volverás a ver”. Historia de mi existencia.

Elian negó con la cabeza, divertido.

-Si de verdad te interesara, irías y le dirías algo.

-¡Exacto! Por eso nunca pasa -respondió Damián con absoluta sinceridad-. La cobardía también es una forma de amor, ¿sabes?

Elian se rió otra vez, esta vez un poco más alto.

La chica, sin darse cuenta de que era tema de conversación, siguió mirando la ventana.

Pasaron unos minutos en silencio cómodo. El bus seguía su ruta normal, el sonido del motor mezclándose con la lluvia y el murmullo suave de los pasajeros.

Todo era rutina.

Todo era normal.

Todo estaba en absoluta calma...

El bus dio un pequeño tirón. Luego otro. Como si las llantas hubieran pasado por irregularidades invisibles. El conductor murmuró algo y revisó los espejos.

Elian levantó la cabeza.

-¿Sentiste eso?

-Sí... -respondió Damián, mirando hacia adelante-. ¿Qué fue?

Afuera, la lluvia parecía repentinamente más densa, más espesa, casi como una cortina sólida. Los edificios pasaban demasiado rápido, borrosos, irreconocibles.

El bus seguía su ruta habitual, avanzando entre la lluvia que ahora caía como si alguien estuviera vaciando cubetas desde el cielo.

Las ventanas temblaban con cada ráfaga de viento. Las gotas golpeaban el vidrio con tal fuerza que parecía que estaban en medio de una tormenta eléctrica.

Damián seguía con la vista hacia la parte trasera, distraído por la chica de cabello largo, pero Elian se mantenía alerta. Algo en el ambiente... no estaba bien.

Una sensación punzante en el estómago, como si el aire pesara más de lo normal.

De repente, un pequeño tirón sacudió el bus.

Luego otro.

Luego uno más fuerte.

-¿Qué... qué fue eso? -preguntó una mujer, alarmada.

El conductor, un hombre robusto con manos firmes, miró rápidamente los espejos laterales.

-¡Todos tranquilos! Puede ser la lluvia -dijo con prisa.

Pero incluso él sabía que no era solo la lluvia.

El pavimento se veía extraño.

Las luces de los edificios parecían desplazarse a una velocidad incorrecta, demasiado rápido, como cuando un video se reproduce a doble velocidad sin que nadie lo note al inicio.

El bus dio un golpe seco hacia la derecha.

Los pasajeros se inclinaron bruscamente.

-¡Ajusten los cinturones! -gritó el conductor-. ¡Rápido, rápido!

El pánico estalló de inmediato.

El sonido de los seguros metálicos chocando y abrochándose llenó el interior.

Elian agarró el asiento delante de él.

-Damián, ponte el cinturón -ordenó, con una seriedad que no era normal en él.

-¡Sí... sí...! -respondió Damián con manos temblorosas.

Otro tirón.

Esta vez más violento.

El bus se ladeó peligrosamente.

La madre abrazó a su hijo con fuerza.

El hombre del maletín dejó caer sus papeles.

La señora de las bolsas gritó un “¡Dios mío!” tan alto que se perdió entre el ruido del motor y del viento.

El conductor pisó el freno.

O lo intentó.

-¡No frena! -gritó, con la voz quebrándose por primera vez.

Elian sintió un vacío en el estómago.

El bus derrapó.

La calle se deformó frente a ellos: la acera, las señales, los postes... todo parecía moverse como si estuvieran en un túnel veloz.

-¡Sujétense! -vociferó el chofer.

El bus giró.

Primero 20 grados.

Luego 45.

Luego 90.

Los pasajeros gritaban mientras el vehículo volcaba de lado, las ventanas explotaban y el sonido del metal raspando contra el suelo era tan fuerte que parecía desgarrar el aire.

Elian vio el mundo girar.

Vio un bolso salir volando.

Vio a alguien golpear el techo.

Vio la figura del conductor tratando de recuperar el volante.

Vio la lluvia entrar como cuchillas de cristal.

El bus volvió a girar sobre sí mismo.

Esta vez más rápido.

Más violento.

La pared de un edificio se acercaba cada vez más por la ventana lateral.

Gigante.

Imposible de esquivar.

Era el fin.

-¡Elian! -gritó Damián con terror puro en la voz.

Y justo cuando el metal iba a chocar contra el concreto...

justo cuando las vidas de todos estaban a un metro de terminar...

el mundo parpadeó.

La lluvia dejó de sonar.

Las luces se diluyeron.

La pared desapareció.

El bus no chocó.

No frenó.

Simplemente atravesó.

Como si la ciudad hubiese sido una cortina de humo.

Y al otro lado...

no había calles.

No había lluvia.

No había nada familiar.

Golpeó un piso de concreto viejo.

Las luces amarillas lo bañaron desde arriba.

El sonido fue brutal: metal retorcido, cuerpos golpeando asientos, vidrios estallando.

Elian sintió un impacto seco en el pecho.

Un mareo brutal.

Su visión se llenó de franjas amarillas, vibrantes, pulsantes.

El bus había caído en un lugar extraño.

Un silencio denso, antinatural, llenó el aire.

Solo el zumbido eléctrico continuo rompía la quietud.

Elian abrió los ojos lentamente.

Lo primero que vio fue el techo interminable de luces fluorescentes.

Lo segundo, el cuerpo de un pasajero a unos metros... inmóvil.

El olor a polvo viejo, humedad y metal caliente se mezclaba en el aire.

Porque delante suyo...

reconoció una figura.

Un cuerpo que no respiraba.

Y la pesadilla apenas comenzaba.

Elian abrió los ojos con un zumbido insoportable llenándole los oídos.

Todo estaba borroso al principio: luces amarillas temblando en el techo, polvo suspendido en el aire, olor a metal caliente y a sangre.

El bus había chocado contra una pared, torcido, como si hubiera sido lanzado contra el piso. Algunas ventanas estaban completamente destruidas; otras colgaban en pedazos.

Elian intentó incorporarse.

Un dolor agudo le atravesó el costado, pero no había sangre... solo un golpe fuerte.Tuvo suerte.Aunque no todos la tuvieron.

Cuando giró la cabeza, vio al primero.Un hombre. Tirado hacia el frente del bus.Inmóvil de una forma en que los vivos no pueden estarlo.Apartó la mirada antes de que su cerebro terminara de procesar el resto.No importó. Ya lo había visto. Y sabía que no iba a poder desverlo.

-No... no... -susurró con la voz quebrada.Tuvo que sostenerse del asiento roto para no caer.Respiró. Otra vez. Más profundo.

El segundo fue peor. No por lo que vio, sino porque su cuerpo reaccionó antes que su mente - las rodillas cedieron un momento, el estómago se le cerró, y tuvo que apretar la mandíbula con tanta fuerza que le dolió. Respiró por la nariz. Una vez. Dos veces. Como si el aire de ese lugar pudiera limpiarle algo por dentro.No podía.

-Damián... -murmuró de repente-. ¿Dónde estás...?

Su voz se quebró.

El miedo comenzó a empujarle el pecho por dentro.

Se impulsó entre los restos del bus, caminando torpemente entre vidrios, equipaje tirado y asientos destruidos.

La luz amarillenta que venía desde afuera iluminaba todo con un tono enfermizo.

Hasta que lo vio.

-¡Damián! -gritó, corriendo hacia él.

Damián yacía parcialmente fuera del bus, con medio cuerpo apoyado en el suelo de un extraño lugar y la otra mitad todavía dentro del vehículo.

Tenía la cabeza hacia un lado, ojos cerrados, el cabello cubierto de polvo.

Elian sintió un golpe de terror directo al pecho.

-¡Damián! ¡Hey, Damián! -lo sacudió con cuidado-. Despierta, por favor... despierta.

No respondió.

Elian sintió que la garganta se le cerraba.

Las manos le temblaban.

-Por favor... no... no... -susurró, casi llorando.

Pero entonces, al poner la mano sobre su pecho, sintió movimiento.

Respiraba.

Lento, débil, pero respiraba.

-Gracias... -murmuró Elian, casi sin aire-. Gracias...

Intentó moverlo, pero el cuerpo de Damián era pesado y Elian estaba débil.

El bus seguía crujendo, amenazando con deslizarse un poco más.

-Necesito... sacarlo... -jadeó.

-¡Oye, muchacho! ¡Yo te ayudo! -una voz grave sonó detrás.

Elian volteó.

Un hombre de unos cincuenta años -o quizá algunos menos, pero endurecido por la vida- se acercó cojeando. Tenía la camisa rota, un corte en la ceja y las manos llenas de polvo, pero seguía de pie.

-Vamos, agárralo por los hombros -dijo el hombre-. Yo tomo las piernas.

Elian asintió sin pensar.

Entre los dos levantaron a Damián, arrastrándolo con cuidado hacia un área un poco más alejada del bus volcado.

Un espacio donde no había vidrios, ni cuerpos, ni metal doblado.

Lo recostaron en el suelo, sobre una alfombra vieja, casi húmeda.

Elian se arrodilló a su lado, respirando con dificultad.

-¿Crees... crees que estará bien? -preguntó con voz temblorosa.

El hombre lo observó brevemente, midiendo la situación.

-Está vivo. Eso ya es algo -respondió-. Pero necesitamos ver quién más... pudo sobrevivir.

Elian se quedó quieto unos segundos, apretando los puños.

No quería moverse del lado de Damián.

No quería ver más cadáveres.

Pero sabía que tenía que hacerlo.

El hombre puso una mano firme sobre su hombro.

-Vamos, chico... ven conmigo. Hay gente que quizá necesite ayuda.

Elian tragó saliva.

Su corazón latía a toda velocidad.

Miró el bus.

Miró los cuerpos.

Miró la luz amarillenta infinita en todas direcciones.

-Está bien... -susurró finalmente-. Vamos.

Los dos avanzaron de nuevo hacia el bus, sabiendo que la escena sería peor de lo que imaginaban.

Y lo fue.

Muchos no habían sobrevivido.

Algunos estaban atrapados bajo asientos rotos.

Otros habían sido expulsados a través de las ventanas.

La sangre se mezclaba con el polvo formando manchas oscuras que parecían absorber la luz.

Elian sintió que cada paso que daba le pesaba más.

Elian y el hombre caminaban de regreso al bus volcado.

Cada paso era un esfuerzo por no mirar demasiado, pero no había forma de ignorarlo.

Los cadáveres estaban ahí.

A la vista.

Innegables.

El bus se hallaba torcido sobre su lado izquierdo, con la carrocería hundida y los vidrios esparcidos como un campo de hielo roto.

La luz amarilla del techo, esa iluminación artificial, fría e inquietante del lugar, atravesaba cada rendija, haciendo que la escena pareciera un quirófano abandonado.

Elian tragó saliva y siguió adelante.

Cuando llegaron a la entrada rota del bus, vieron al hombre del maletín. Estaba apoyado en un asiento destruido, tocándose la cabeza con expresión aturdida. Tenía sangre seca en la sien, pero estaba consciente.

-¡Señor! -exclamó el hombre mayor-. ¡Salga inmediatamente de ahí!

El del maletín lo miró confundido.

-¿Dónde... dónde estamos? El bus... yo... -balbuceó.

-Eso después -respondió el hombre con firmeza-. ¡Salga de inmediato, el bus no está estable!

Mientras él ayudaba al sujeto a ponerse de pie, Elian fue hacia la parte trasera, donde recordaba haber visto a las dos chicas antes del accidente.

El corazón se le aceleró.

Ahí estaban.

Las dos jóvenes estaban inconscientes, una encima de la otra, como si hubieran sido lanzadas juntas en el impacto. Una de piel clara, cabello largo y oscuro. La otra, morena, de cabello rizado, con un pequeño rasguño en la mejilla.

-¡Aquí! -gritó Elian-. ¡Encontré a dos... creo que aún respiran!

El hombre mayor se acercó inmediatamente. Se arrodilló entre ellas y apoyó sus manos temblorosas en los hombros de la chica morena.

-Hey... hey, ¿me escuchas? -dijo mientras trataba de despertarla-. Vamos, despierta...

Por un momento no hubo reacción.

Pero entonces la chica morena abrió los ojos de golpe.

Y gritó.

Un grito desesperado, visceral, lleno de terror.

Se incorporó rápido. Su respiración era caótica, sus manos temblaban sin control.

-¡No, no, no...! ¿Q-qué pasó? ¡¿Dónde estamos?! ¡¿Qué...?! -balbuceaba, mirando a su alrededor con pánico creciente.

Y entonces vio los cadáveres.

Primero uno.

Luego dos.

Luego tres.

Retrocedió de inmediato, casi cayéndose.

Elian reaccionó sin pensar y la tomó por los hombros.

-¡Mírame! -ordenó, con la voz firme pero suave-. ¡Mírame, mírame! Ya estás a salvo. ¿Me oyes? Estás a salvo.

La chica temblaba. Miró a Elian directamente a los ojos y trató de controlar su respiración.

-¿Qué... qué está pasando? -preguntó con un hilo de voz, luchando por no volver a mirar los cuerpos.

-No lo sabemos aún -respondió Elian, intentando sonar más seguro de lo que realmente estaba.

Mientras esto ocurría, el hombre mayor revisaba a la segunda chica.

Ella no despertó.

-Está viva -informó él-, pero inconsciente. Hay que sacarla de aquí.

Entre los dos la levantaron con cuidado. La chica morena, todavía respirando con dificultad, los siguió temblando.

Afuera, junto a un pilar cuadrado, vieron que dos personas más también habían salido del bus.

Un hombre de mediana edad, barba ligera, camisa rota, respiración agitada.

Una mujer de casi treinta, pelo recogido, expresión completamente en shock, como si aún no entendiera que había sobrevivido.

El pequeño grupo se reunió a un lado del bus, en una zona donde no había vidrios ni restos peligrosos. Se sentaron o se dejaron caer en el suelo amarillento, agotados, confundidos y heridos.

Elian no tardó en acercarse donde Damián estaba recostado. Se arrodilló a su lado, colocando una mano en su brazo.

-Estoy aquí, ¿sí? -susurró, observando si su amigo reaccionaba.

Pero Damián seguía inconsciente.

Fue entonces cuando, al levantar la vista, Elian realmente vio el lugar donde estaban.

Y se dio cuenta... de que no estaban en la ciudad.

Ni en una estación.

Ni en ningún sitio conocido.

Un silencio artificial llenaba el aire.

Ese zumbido constante, casi eléctrico.

Las luces fluorescentes parpadeaban arriba, demasiado brillantes, demasiado perfectas, formando una cuadrícula interminable.

Las paredes con papel tapiz amarillo sucio, con manchas de humedad y moho en las esquinas.

El suelo... una alfombra vieja, de color desvanecido, que olía a humedad y polvo acumulado por décadas.

Y lo más inquietante:

No había ventanas.

No había puertas.

No había salida visible.

Solo pasillos.

Pasillos interminables que se perdían en la distancia, repitiéndose como un laberinto infinito.

Todos los sobrevivientes quedaron en silencio mientras el lugar parecía tragarse sus respiraciones.

Elian sintió un escalofrío correr por su espalda.

Ese sitio...

no era real.

No podía ser real.

Damián abrió los ojos de golpe y aspiró aire como si hubiera estado sumergido bajo agua.

Se incorporó apenas unos centímetros, confundido, respirando rápido, tocándose la cabeza.

-¿Qué... qué pasó? -preguntó con la voz rasposa.

Elian se acercó de inmediato, aliviado.

-Estabas inconsciente -dijo, intentando sonar tranquilo-. Pero estás bien, Damián... estás vivo.

Damián miró a su alrededor, frunciendo el ceño.

-¿Dónde... dónde estamos? ¿Esto no es... la calle? ¿El bus...? ¿La lluvia? -dijo cada vez más perdido.

Antes de que Elian respondiera, la otra chica, la que seguía inconsciente, comenzó a moverse.

El hombre mayor y la chica morena se acercaron a ella.

La joven respiró hondo, abrió los ojos lentamente y miró al techo amarillento del lugar con expresión desorientada.

-¿Qué...? -murmuró-. ¿Dónde... estamos?

-Tranquila -le dijo la chica morena suavemente-. Tuvimos un accidente... pero estás a salvo. Respira.

La joven parpadeó varias veces, intentando entender.

-N-no recuerdo... -se tocó un golpe en la cabeza-. Todo se siente... raro.

Mientras todos intentaban orientarse, la mujer de casi treinta años, la del asiento delantero, seguía sentada en el suelo, con la mirada perdida. Su respiración era superficial, temblorosa.

De repente, algo hizo clic en su mente.

Se incorporó bruscamente, apoyándose en la pared amarilla.

-¿Mi hijo? -susurró.

Nadie respondió de inmediato.

Ella repitió, más fuerte.

-¿Mi hijo? ¡Mi hijo! ¿Dónde está mi hijo?! -gritó con desesperación, volteando a todos lados.

Al no verlo cerca, su rostro se transformó en puro pánico.

-¡MI HIJO! ¡ÉL... ÉL ESTABA CONMIGO! ¡DÓNDE...!

Intentó levantarse para correr hacia el bus volcado, pero casi se cayó de lo aturdida que estaba.

Aun así, siguió avanzando tambaleando.

El hombre mayor la interceptó antes de que pudiera meterse entre los vidrios.

-¡Tengo que buscarlo! ¡Él estaba aquí! ¡Déjenme pasar! ¡Déjenme ir!

-Señora, escuche -dijo con una calma firme-. No puede entrar así. Está en shock, va a hacerse daño.

-¡Es mi hijo! ¡Es MI HIJO! -gritó ella, empujándolo con fuerza-. ¡Déjeme ir!

Las dos chicas, la morena y la de piel clara, corrieron inmediatamente a sostenerla por los brazos.

-Tranquila -le decía la morena-. Te vas a lastimar... por favor...

-No entres sola -añadió la otra chica, intentando detener las lágrimas-. Por favor...

La madre temblaba, llorando, casi sin poder respirar.

-P-por favor... no lo veo... no está... -sollozó-. Mi niño... mi niño...

El hombre mayor le puso ambas manos en los hombros.

-Se lo prometo -dijo con voz firme-. Yo voy a buscarlo. Pero necesito que me diga cómo es. ¿Qué ropa llevaba puesta?

La mujer respiró hondo, intentando hablar entre lágrimas.

-Camisa... camisa azul... pantaloncito corto... tenis blancos... tiene... tiene un peluche pequeño... lo abraza siempre... -su voz se quebró-. Él... él solo tiene 9 años...

El hombre asintió con expresión seria.

Luego miró a Elian.

-Muchacho -dijo-. Necesito que vengas conmigo. No puedo buscar solo dentro de ese bus. Está inestable y hay que mover cosas.

Elian sintió un sacudón de ansiedad.

Miró la entrada del bus volcado...

la oscuridad dentro...

los vidrios...

los cuerpos...

No quería entrar.

Todo su cuerpo lo rechazaba.

Pero vio a la madre.

Temblando, llorando, al borde del colapso.

Vio a Damián, vivo de milagro.

Vio las luces amarillas vibrar.

Tomó aire.

-De acuerdo -dijo finalmente-. Voy contigo.

El hombre le dio un leve asentimiento y juntos regresaron al bus volcado.

Las luces del lugar parpadeaban sobre los restos metálicos.

Elian tragó saliva mientras subía por la estructura rota.

-Vamos a encontrarlo -le aseguró el hombre-. No te separes de mí.

Elian entró detrás de él...

una mezcla de miedo y determinación empujándolo hacia adelante.

Adentro, el silencio era pesado.

El olor metálico y el polvo flotante hacían cada respiración más difícil.

Ahora debían buscar al niño.

El aire dentro del bus volcado era denso, lleno de polvo suspendido y del olor metálico de la sangre. La luz amarillenta del lugar entraba por las ventanas rotas, iluminando parcialmente el pasillo.

El hombre caminaba enfrente, revisando cada rincón con movimientos firmes y controlados.

Apartaba restos de asientos, movía equipajes destruidos, se inclinaba para revisar bajo los respaldos. Su respiración era estable, casi militar.

Elian lo seguía unos pasos atrás.

Intentaba no mirar demasiado tiempo ningún cuerpo... pero era imposible.

Cadáveres en posiciones antinaturales, sangre seca en la alfombra sucia, objetos personales regados entre el caos.

Trató de concentrarse solo en las pisadas del hombre.

-Eres valiente por entrar aquí -dijo el hombre de pronto, sin voltear.

Elian parpadeó, sorprendido.

-G-gracias, señor...

Hubo una pausa breve.

-Hawk -dijo el hombre al fin, presentándose de manera seca.

-Elian -respondió él con voz baja.

Hawk asintió una sola vez y siguió avanzando.

Mientras caminaban, Elian intentó hablar para no pensar en los cuerpos.

-¿Ha estado en situaciones así antes? -preguntó, más para llenar el silencio que por curiosidad real.

-Varias -respondió Hawk-. Pero nunca en un sitio como este.

Elian no sabía si eso debía tranquilizarlo o asustarlo más.

No añadió nada más.

Elian tampoco preguntó.

Hawk continuó revisando, empujando restos, buscando señales.

Elian solo caminaba detrás de él, vigilando sus pasos, tratando de no mirar a los muertos.

Después de unos minutos inspeccionando, Hawk se detuvo.

-Aquí no hay nada -dijo con seriedad-. Vamos al frente del bus.

Elian asintió, agradecido de avanzar.

Frente a ellos, el cuerpo del chofer seguía atrapado en la cabina.

Elian apartó la mirada rápidamente.

Hawk señaló hacia la zona del tablero.

-Revisa ahí. Los buses siempre guardan un botiquín. Podría servirnos.

Elian respiró hondo y se acercó.

Abrió la guantera.

Solo encontró papeles arrugados y una linterna rota.

Buscó en otro compartimiento sobre el tablero: nada útil.

Se inclinó y revisó bajo el asiento.

Sus dedos tocaron algo firme.

Sacó una caja plástica blanca, con restos de una cruz roja.

-¡Lo tengo! -dijo, un poco más alto de lo planeado.

Hawk asintió.

-Bien. Pero el niño no está aquí adentro. Revisemos afuera, a ver si encontramos algo más.

Salieron del bus.

Elian respiró con un alivio casi físico al dejar atrás el interior del vehículo destrozado.

Afuera revisaron alrededor del bus volcado:

entre la alfombra sucia, la luz amarillenta y restos dispersos.

Nada.

-No hay rastro -dijo Hawk finalmente-. Regresemos con los demás.

Elian asintió, sosteniendo el botiquín apretado entre sus manos.

Ambos caminaron hacia el grupo de sobrevivientes que esperaba no muy lejos, bajo las luces interminables del lugar que, silenciosamente, los observaba.

Elian abrió el botiquín y se arrodilló junto al pequeño grupo. Sus manos todavía temblaban, pero trató de concentrarse en lo que tenía delante.

Primero fue con su amigo.

-Damián... -murmuró, mientras le limpiaba un pequeño corte en la frente-. Te va a arder un poco.

-Ya nada puede arder más que todo esto... -respondió Damián, intentando bromear, pero la voz se le quebró a mitad de frase.

Elian le puso una gasa, revisó que no tuviera nada roto y pasó a la chica de cabello negro, la que aún se veía mareada. Tenía un raspón en el brazo y un golpe en la cabeza.

-¿Te duele mucho aquí? -preguntó Elian, tocando con cuidado.

-Un poco... pero estoy despierta, creo que eso ya es ganancia -respondió ella, con un tono suave.

La otra chica, de piel morena y cabello rizado, tenía un corte en la ceja. Elian lo limpió lentamente, mientras ella apretaba los dientes para no quejarse.

-Gracias -dijo ella al final, respirando hondo.

A un lado, la mujer que había perdido al niño seguía sentada en el suelo, con los ojos rojos, aún en shock. No dejaba de mirar hacia el bus, como si en cualquier momento su hijo fuera a salir de ahí.

Hawk se acercó a ella.

-Escúcheme -dijo con voz firme pero calmada-. Revisamos dentro del bus. Su hijo no está allí.

La mujer lo miró con terror.

-¿Eso significa que...?

-Significa -la interrumpió él- que si no está entre los muertos, tiene muchas posibilidades de seguir vivo... en alguna parte de este lugar. Tiene que mantenerse fuerte por él.

Ella apretó los labios, conteniendo un nuevo llanto, y asintió lentamente.

Los zumbidos del techo se hicieron más presentes. Ese sonido constante, eléctrico, era casi insoportable, como si se metiera en la cabeza.

Hawk soltó un suspiro pesado y finalmente se sentó con todos, formando un círculo improvisado alrededor del bus volcado.

-Bien -dijo, mirando a cada uno-. Antes de cualquier cosa, necesitamos organizarnos. No sabemos dónde estamos, pero al menos podemos saber con quién estamos.

Hubo un silencio breve. Algunos seguían aturdidos, otros parecían más presentes, pero todos lo escuchaban.

-Vamos a presentarnos -continuó-. Nombre y... lo que quieran decir. Empiezo yo, para que sea justo.

Enderezó la espalda.

-Me llamo Arthur Hawk. Soy un sargento retirado.

Asintió hacia Elian.

-Sigue tú.

Elian tragó saliva.

-Soy Elian Torres -dijo-. Tengo veintidós años y soy estudiante.

Damián, a su lado, alzó la mano apenas.

-Damián Reyes -se presentó-. Veintiún años.

La chica de piel morena habló después.

-Amara -dijo-. Amara Jiménez.

La chica de cabello negro la miró un segundo y luego habló ella.

-Natalia Varela -dijo en voz baja.

El hombre del maletín se acomodó las gafas torcidas.

-Tomás Herrera -dijo, cansado-. Treinta y uno. Trabajo... trabajaba en oficina. Hoy me habían despedido. Pensé que era lo peor que me podía pasar en el día. Me equivoqué.

El otro hombre, el que había salido tambaleando del bus, suspiró.

-Ricardo -dijo-. Ricardo Salvatierra. Treinta y cinco.

La mujer se abrazó a sí misma antes de hablar.

-Rosa Delgado -se presentó, con la voz rota-. Veintiocho.

Se quedó en silencio después de eso.

Los zumbidos siguieron allí arriba, implacables.

Hawk miró a todos con atención, como memorizando cada nombre.

-Bien -dijo-. Ahora, antes de pensar en movernos, quiero que revisen algo.

Se inclinó hacia adelante.

-Saquen sus teléfonos. Necesito saber la hora... y si alguien tiene señal.

Todos obedecieron.

Elian fue el primero en mirar su pantalla.

-Son las ocho de la noche -dijo-. 8:03 p.m. Y... no tengo señal. Nada de datos, nada de WiFi.

Damián frunció el ceño.

-¿Ocho de la noche? -lo miró raro-. ¿Qué dices? Aquí dice que son las diez de la mañana. 10:07 a.m. Y tampoco tengo señal.

Amara encendió el suyo.

-En el mío marca mediodía -añadió-. 12:01 p.m. Sin señal también.

Natalia revisó el suyo y miró a Amara.

-El mío está igual que el de ella -dijo-. Mediodía. Sin señal.

Rosa miró su pantalla con la mano temblando.

-El mío... dice diez de la mañana -susurró-. Como el de él. Y tampoco tiene servicio.

Tomás apretó su teléfono.

-En el mío son las ocho y algo... igual que el de Elian -comentó-. Ocho y cinco. Y, sí... sin señal.

Ricardo miró el suyo por unos segundos.

-En el mío también es mediodía -dijo-. Y obviamente, nada de red.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo.

Hawk los miró a todos, procesando.

-Entonces... tenemos teléfonos sin señal, en el mismo lugar, al mismo tiempo... pero marcando horas diferentes.

Nadie respondió.

El zumbido de las luces pareció volverse más fuerte.

Más cercano.

Como si el propio lugar se burlara de ellos.

-Esto no es normal -dijo Hawk finalmente-. Y creo que todos estamos de acuerdo en eso.

Nadie lo contradijo.

Porque, aunque no entendían nada... todos sentían lo mismo.

Algo estaba profundamente mal en ese lugar.

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Nota del autor:Esta historia está inspirada en una historia de los Backrooms que ya no existe. Si llegaste hasta aquí, gracias por darle una oportunidad. Un voto significa más de lo que crees.

FIN DEL CAPÍTULO 1