Una flor para Hades

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Summary

~ En un mundo antiguo, donde los dioses griegos gobiernan la tierra, el amor más puro y sincero surge aún en la más profunda oscuridad. Esta es la historia de cómo la aparentemente dulce Kore, diosa de las flores y de la fertilidad, cautiva el corazón del temible y respetable rey del Inframundo, el dios Hades. Pero ambos esconden algo que la mayoría desconoce: él, un corazón tierno... y ella, su verdadera identidad. El mito que todos conocen, en una versión nunca antes vista ~ Todos los derechos reservados ®

Genre
Fantasy
Author
Angie R
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

I. Esa mirada

— Por favor, mis señores, sólo he robado para alimentar a mi familia. La vida me llevó a la pobreza e hice todo lo que hice sólo por el bienestar de mi gente — dijo el hombre con sus ojos anegados en lágrimas.

— Bien, estuve revisando tus registros delictivos.... — dijo Minos, el más importante de los tres jueces — ...y al parecer tienes razón, sin embargo, tus acciones tampoco fueron apropiadas. Robando, también haces daño a otras personas intencionalmente. Por lo que permanecerás aquí en los Campos de Asfódelos el tiempo necesario hasta tu oportunidad de una nueva vida.

El hombre, con una mezcla de alivio y pesar, se retiró de la fila de espectros y se perdió entre los pocos asfódelos de aquellas áridas tierras.

— Siguiente... — anunció serenamente Radamanthys.

El espíritu de una mujer se acercó temerosamente hasta llegar frente a ellos. Radamanthys tornó su mirada a una de repugnancia.

— Aquí dice que tú asesinaste a tu esposo y a su amante... — La mujer bajó la mirada y asintió nerviosamente como si por su cabeza acabara de pasar un terremoto — ...pero también parece que descuartizaste a tus tres hijos, los cuales eran completamente inocentes de todo mal. ¿Tienes algo que decir en tu defensa? — inquirió con autoridad.

— N-No los soportaba... Me recordaban mucho a él... — dijo ella con voz temblorosa, pero de repente comenzó a reír nerviosamente. Una risa que se tornó histérica y difícil de detener.

— Definitivamente no sientes ningún remordimiento por tus actos. Tus hijos ya pasaron por aquí, fueron directamente a los Elíseos. Pero tú... — dijo el juez, vacilando un momento. Volteó para ver a su rey, buscando una segunda opinión. No hubo respuesta. Su rey se encontraba callado, simplemente sentado detrás de ellos en su enorme trono de titanio, con su mirada perdida hacia algún punto de las obscuras paredes de la sala. El juez y sus hermanos apartaron la vista de su rey y suspiraron con un dejo de decepción, procediendo con el veredicto — ...serás llevada al Tártaro, donde sufrirás el mismo dolor que hiciste sentir a tus hijos — ordenó Radamanthys, haciendo una seña a las Furias que se encontraban cerca de una de las puertas de salida del lugar.

La mujer, paralizada de terror, gritó desgarradoramente al ver las enormes alas de murciélago de las tres tenebrosas mujeres que se acercaban a ella de forma macabra. Tisífone, la vengadora de los asesinatos, levantó su látigo y lo enredó en uno de los tobillos de la mujer. Los chillidos de la condenada resonaban casi tan agudos como sus arañazos en el suelo de mármol negro, mientras la arrastraban camino las llameantes tierras del Tártaro.

Luego de tanto escándalo, al cual ya estaban acostumbrados, continuaron con los espíritus siguientes. Hades, el rey de los muertos, se había mantenido indiferente durante toda la jornada. Solía participar y hacer algunos cambios en los veredictos y sentencias de los jueces, pero desde hacía varias semanas que Hades se sentía cansado, frustrado, aburrido de su trabajo. Le dejaba todas las decisiones a sus jueces y él se mantenía al margen.

— Mi señor... — dijo Thánatos tímidamente, quien había sido el responsable de semejante cantidad de espectros ese día — …¿Se encuentra bien? Los jueces ya se marcharon, no hay más espectro por hoy.

El dios de la muerte se encontraba de pie junto al trono, esperando que el intento de sacarlo de su ensimismamiento no provocara la cólera de su rey.

— Sí... sólo cansado de la rutina — dijo Hades, cabizbajo. Confiaba lo suficiente en Thánatos como para expresarle cosas que no a todos les comunicaba — A veces desearía alejarme de todo esto. Necesito un cambio en mi vida.

— Pero este es su trabajo, señor. No hay quien lo haga mejor.

— Déjate de lambisconerías, Thánatos — No soportaría otro sermón de su mejor amigo sobre lo bueno que era en su trabajo y de cómo debía seguir adelante o el Inframundo sería un completo caos — Ve a descansar, fue un día muy largo.

El dios de la muerte se retiró con una tímida reverencia, caminando lentamente por el enorme y obscuro salón..

La Torre de Juicio se encontraba en las praderas de los Campos de Asfódelos, a donde llegaban los recién fallecidos. Allí permanecían aquellos que no eran suficientemente virtuosos para ir a los Campos Elíseos, ni tan malvados como para ir al Tártaro. El salón principal, de forma oval, tenía una puerta de entrada por donde llegaban todos los espectros desde el río Aqueronte, y dos puertas de salida: a la izquierda, la puerta dorada se habría camino hacia los Campos Elíseos; y la puerta plateada a la derecha, encaminaba a los espíritus hacia la entrada del Tártaro.

Hades quedó completamente solo en la oscuridad. Su respiración hacía eco entre las paredes de piedra pulida, así como sus lentos pasos mientras se dirigía con pesar de vuelta a su palacio. Sentía que en su palacio no habría diferencia alguna con ese lugar en ese preciso instante. Siempre, al final del día, terminaba solo en la oscuridad.


Al llegar a los terrenos de su hogar, una vigorosa voz le llamaba a lo lejos. Hades volteó con malhumor, pues ya lo había reconocido desde los primeros llamados, sólo lo estaba ignorando.

— ¡Su majestad! ¡Su majestad! — insistía el joven de rizos castaños y sandalias aladas.

— ¿Qué quieres esta vez, Hermes? Ya terminamos con los juicios del día.

— No vengo por eso. Tengo esta invitación para usted, su majestad

El joven le entregó un sobre blanco con bordes dorados. En el sello del sobre se podía distinguir el símbolo del tridente.

— Es una invitación a la boda de su hermano, el gran Poseidón. ¡Finalmente se casará con la bella Anfitrite, este sábado! ¿Puede creerlo? — El joven de ojos color ámbar estaba tan emocionado que las pequeñas alas de sus sandalias se agitaban cual colibrí.

— Mmm... — gruñó con desdén, abriendo de mala gana la carta y leyendo su interior — ¿Desde cuándo me quieren ver en el Olimpo? — preguntó sarcásticamente.

— No es que lo quieran ver o no, señor, sólo son órdenes de Zeus. Es la boda de uno de los grandes olímpicos, y usted está obligado a asistir - dijo Hermes con seriedad, como si Zeus estuviera reprendiendo a su hermano a través del dios mensajero.

— Yuupi... — dijo con un desganado sarcasmo.

Hermes se alejó rápidamente de la cueva subterránea con la velocidad de un colibrí. Hades ingresó a su hogar, dejándose caer sobre su trono de ébano. Su cabeza le daba vueltas en mil pensamientos.

Claramente sería otra fiesta a la que acudiría solo para beber y ver la dichosa vida de los demás dioses. Siempre era excluido e ignorado, salvo por un par de palabras de Hermes, con quien solo hablaba por cuestiones de trabajo. A veces, Zeus se dignaba a dirigirle la palabra, pero siempre para temas nada relevantes.

No era la primera vez que envidiaba la vida de los Olímpicos; no por sus cursis fiestas ni por sus famosas infidelidades, eso lo despreciaba con todo su ser. Pero una vida llena de oscuridad, con un trabajo duro y estresante, sin una familia con la cual compartir su vida, después de tantos milenios, se tornaba rutinaria.

Nadie en el Olimpo lo creería si supieran, pero así era, a veces envidiaba la dicha y la familia que tenían otros dioses. Si bien tenía amigos en el Inframundo, la mayoría le hablaban más por respeto y cortesía que por amistad genuina. El más cercano era Thánatos, pero a veces hasta él resultaba demasiado condescendiente para su gusto.

Estaba tan cansado que no llegó a su habitación, se quedó dormido allí en su solitario trono, con su rostro apoyado en su mano, observando la lúgubre habitación: tan majestuosa, tan imponente y tan vacía.


El día de la boda, en un lujoso palacio ubicado sobre las aguas de algún lugar del océano Atlántico, se desarrollaba la ceremonia de unión eterna entre Poseidón, el dios y rey de los mares y de todo lo que hay en él; y la ninfa acuática Anfitrite, hija de Océano, cuya belleza y carácter habían hipnotizado al gran dios desde su primer encuentro.

Como era típico entre los dioses olímpicos, todo era lujo en extremo, todo era fastuoso. Todo tenía oro, hasta los animales marinos falsos que Poseidón tenía de adorno sobre cada superficie de su hogar a modo de estatuas y estatuillas.

Hades permaneció sentado en uno de los asientos al fondo del salón ceremonial, el cual estaba adornado con algas, perlas y conchas de caracol de todos colores por doquier. Y en medio del salón se erigía una enorme fuente de agua de oro, donde dos delfines en la cúspide lanzaban suaves chorros de agua por sus espiráculos, y sus siluetas simulaban un corazón. Seguramente una fuente que Poseidón había mandado a construir para ese evento.

Hades observaba con poca alegría a Hera recitando las mismas palabras ceremoniales que en todas las bodas, y luego observó a la feliz pareja dándose su tan dichoso beso, el cual sellaba su compromiso de amor. Un compromiso que Hades sabía que no se mantendría por mucho tiempo, pues por más que amara a Anfitrite, la debilidad de su hermano por las ninfas acuáticas era ya conocida.

Durante la fiesta, como él ya suponía, se encontraba solitario en la barra de bebidas con el decimoquinto trago de néctar en su mano, y desde allí observaba a los demás dioses y ninfas que habían sido invitados.

Ninguno se mantenía cerca de él, ni le dirigían la mirada. Incluso el tritón que servía las bebidas evitaba hacer contacto visual con él. Pero eso no le afectaba al tenebroso rey del Inframundo, ya estaba acostumbrado a ser temido e ignorado.

Había muchas parejas en la fiesta y muy en el fondo, dentro de sí, sintió otra vez esa sensación de estómago retorcido por la envidia. Nunca había tenido una relación, no tenía mucho tiempo para darse ese lujo. Y aunque pudiera hacerlo, ¿quién se fijaría en él? Eso era algo muy poco probable, según su juicio.

Zeus y su esposa charlaban animosamente con los recién casados; Hermes estaba también en la barra, cerca suyo, tratando de coquetear con una ninfa acuática, aunque sin éxito ya que estaba bastante ebrio; Apolo estaba en un rincón oscuro, tratando de seducir a una de las Cárites, Talia, creyendo que nadie los ve. Afrodita junto a su esposo Ares, estaban charlando con Deméter y Hestia. Y así como todos ellos, estaba lleno de dioses y semidioses, algunos bailando al compás de las melodiosas canciones de las Musas, otros bebiendo y charlando.

Entre trago y trago, la vista de Hades se desvió hacia un grupo de doncellas bastante alejadas de él, cuchicheando entre ellas y lanzando carcajadas de vez en cuando. Alcanzó a distinguir a Harmonía, una de las hijas de Afrodita; Artemisa, la diosa cazadora y Atenea, la diosa de la guerra estratégica. Otra de las Cárites, Aglaia, también estaba en el grupo, y junto a ella el motivo por el cual se quedó petrificado, la única que no estaba de espaldas a él, la joven más hermosa que había visto jamás; incluso pensó que sería una hija de Afrodita desconocida, pues su belleza parecía incluso superior a ella.

De piel pálida y con algunas pecas en sus pómulos, cabellos cobrizos y ondulados que le llegaban hasta las caderas, adornados por un tocado de lilas de color blanco y violeta. Una túnica blanca ligeramente ceñida al cuerpo se ataba a su cuello, dejando ver su espalda de manera provocativa.

Hades había pensado en retirarse temprano de la fiesta, pero cambió de parecer. Su mirada se quedó fija en ella por unos momentos. Estaba perdido en su ensueño. Pero como si supiera que la observaban, de repente, ella también dirigió la mirada hacia la barra, más precisamente hacia el oscuro señor de los muertos, quien volteó rápidamente al ver que ella notó su presencia. La joven sonrió tímidamente, le pareció gracioso que alguien con un aspecto tan lúgubre le desviara la mirada nerviosamente.

— ¿Por qué sonríes, Kore? — preguntó Artemisa con curiosidad.

— Oh… — Kore volvió en sí y disimuló su sonrisa tomando un poco de jugo de frutas — ...es que me acordé de algo gracioso — mintió disimuladamente y retornó a la conversación como si nada hubiera pasado.

Hades se sintió muy extraño, como nunca se había sentido en su longeva vida. Le dolía el pecho, su estómago se sentía raro y tenía un nudo en su garganta. Aún de espaldas al grupo de chicas, tomó bruscamente el cuello de la túnica de Hermes, a quien tenía a su lado, y lo acercó lo suficiente como para susurrarle al oído.

— ¿Quién es la joven con flores en el cabello? La que habla con Artemisa y Atenea... — preguntó bruscamente entre dientes, tratando de disimular su nerviosismo.

Hermes giró la cabeza torpemente, sin soltarse del puño de Hades aún, y luego se echó a reír burlonamente.

— Esa... *hic*... es Kore... La hija de Zeus y Deméter... de una de sus aventuras hace cientos o miles de años atrás, claro... *hic* No recuerdo bien *hic*... Es diosa de las flores, la naturaleza o algo así... *hic* ¡Pero ni lo sueñes, viejo! — dijo abrazando a Hades por los hombros. Éste lo apartó de su lado de un empujón, obligándolo a sentarse nuevamente, se acercó a su oído una vez más.

— ¿Que no sueñe qué? ¡Sé más específico! — susurró molesto, clavando su mirada atemorizante en Hermes.

El joven tragó fuerte. De repente parecía que la borrachera se le había quitado completamente. No quería molestar al temible dios, pero estaba demasiado ebrio para conectar ideas, por lo que hizo un esfuerzo para articular bien sus palabras.

— Deméter es muy sobreprotectora con ella, no deja que se acerque a ningún dios. Sé que hace tiempo se iba a unir a la orden de las diosas vírgenes junto a Hestia y las demás, pero algunos dicen que Deméter le está buscando un pretendiente digno a su hija. Así que la veo difícil, viejo. — dijo Hermes dándole un golpe suave en el hombro y marchándose a perseguir a otra ninfa.

Hades quedó pensativo. Un suave escalofrío recorrió su cuerpo. Así que era una diosa, hija de Deméter y Zeus. Eso sí que sería un problema, Zeus era un idiota fácil de manipulae pero su hermana era un hueso duro de roer. De repente, se dió una suave cachetada a sí mismo. ¿Qué le sucedía? ¿En qué pensaba? ¿Por qué le interesaba tanto esa mujer? ¿Por qué sentía que tenía una conexión con ella que nunca había tenido con ninguna otra?

Durante gran parte de la noche, dió vueltas por los alrededores del salón, tratando de evitarla, de no pensar en ella. Pero siempre la volvía a ver entre la muchedumbre; a veces con sus amigas, a veces con su madre, a veces con Eros y otros jóvenes dioses que al parecer querían cortejarla, o al menos eso era lo que él creía ver. Una parte de él deseaba marcharse de la fiesta, pero ahora sentía que gran parte de él quería quedarse. Ahora tenía un motivo para quedarse.

Siempre que él la miraba, ella le mantenía la mirada. Sin temor, sin rechazo. De momentos, la joven diosa esbozaba una tímida sonrisa, y Hades lo notaba. ¿Le estaba sonriendo a él o acaso lo estaba imaginando? No podía creerlo. Ninguna mujer antes se había interesado en él, todas lo repelían como a una mosca. No podía apartar sus ojos de ella, ni ella de él. La única diferencia era que ella lo disimulaba mejor. Aunque, de todas formas, nadie se percataba de él, pues como siempre era ignorado nadie se fijaba en lo que hacía, en cómo la buscaba con la mirada.

Allí estaban ambos dioses, con sus miradas conectadas, como si se quisieran leer la mente, como si se quisieran conectar con su alma. La mirada de aquella joven le estaba causando sensaciones extrañas, sentimientos que lo inquietaban. Nadie nunca lo había mirado así, no de esa forma, como si lo estuviera llamando.

No se atrevió a acercársele, sólo se quedaron perdidos en un cruce de miradas. Ella, con sus ojos verdes llenos de vida, y él, con esos ojos celestes llenos de misterio, llamándose el uno al otro en la distancia.