ONE SHOT
Una Vida Entre Sábanas de Seda y Sombras
La mansión junto al río Chao Phraya era un santuario de silencio y lujo. Aquí, entre paredes de teca dorada y el suave murmullo del agua, existía una paradoja con nombre propio: Babe y Charlie.
La Calma Antes de la Tormenta
Babe, cuyo nombre aún hacía temblar a agentes de inteligencia de tres continentes, estaba sentado en el amplio balcón, una mano sobre su abdomen aún plano. El sol de la tarde bañaba su perfil afilado, ese mismo que tantas veces había sido el último rostro que decenas de hombres habían visto. Sus manos, capaces de desarmar una bomba o dislocar una vértebra cervical en dos segundos precisos, ahora acariciaban suavemente la seda de su bata.
Dentro, Charlie negociaba por teléfono satelital con tono suave pero mortal. El "Enigma", el arquitecto de un imperio que doblegaba gobiernos, colgó y apareció en el marco de la puerta. Su mirada, que podía helar la sangre en las venas de sus enemigos, se derritió al posarse en Babe.
Momentos Cotidianos, Vidas Extraordinarias
Mañanas en la Suite Principal:
Charlie, cuya fuerza sobrehumana le permitía partir huesos con sus manos desnudas, sostenía ahora la taza de té de jengibre para Babe con una delicadeza que hubiera sido inimaginable para cualquiera que lo conociera en sus facetas públicas.
—Para las náuseas.— decía, su voz grave convertida en un susurro.
Babe, cuyo cuerpo había sido durante años un arma perfectamente calibrada, se quejaba con sorpresa:
—Tus genes obstinados ya están dando guerra. Este hijo tuyo tiene más puntería que yo con mis náuseas matutinas.
Lecciones de Combate... Modificadas:
En el dojo privado,donde Babe había entrenado a los asesinos más letales de la organización, ahora adaptaba las técnicas.
—No, mi amor, así no.— decía Charlie, corrigiendo suavemente la postura de Babe en un movimiento defensivo.
—Tienes que proteger más el...bueno, ya sabes.
Babe soltaba una carcajada, un sonido raro y precioso.
—¿Temes qué tu heredero aprenda krav maga desde el útero?
—Temo que herede tu terquedad.— respondía Charlie, rodeándolo con sus brazos, esos mismos que podían inmovilizar a un oponente de 120 kilos sin esfuerzo.
La Paranoia del Padre:
Charlie había convertido la seguridad de la mansión en algo que superaba la del Palacio Real. Cuando Babe intentó preparar su propia comida (una costumbre de desconfianza profesional), Charlie apareció en la cocina con expresión de pánico.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Pelar un mango,Charlie. Aún recuerdo cómo usar un cuchillo.
—¡Pero ese cuchillo no ha sido esterilizado quirúrgicamente!¡Y el mango podría tener pesticidas!
Babe alzó una ceja, gesto que precedía a veces a decisiones mortales.
—He envenenado a personas con menos ansiedad de la que tú muestras por una fruta.
Confesiones Nocturnas:
Por las noches, cuando Bangkok se iluminaba como un joyero abierto, Charlie colocaba su mano sobre el vientre de Babe.
—¿Tienes miedo?— preguntó una vez, su voz más vulnerable de lo que cualquiera hubiera creído posible.
Babe, cuyo trabajo había consistido en sembrar el miedo, reflexionó.
—Tengo miedo de que herede nuestros...dones. Pero tengo más miedo de que no pueda protegerlo.
Charlie lo atrajo hacia sí.
—Nadie tocará a esta familia. He reordenado imperios por obvia razón.
La Comedia de Errores
La semana pasada, Babe tuvo un antojo de mango sticky rice de un puesto callejero específico a las 3 AM. Charlie despertó a medio sindicato. Al final, trajeron al chef del puesto (con su carrito completo) bajo escolta armada hasta los jardines de la mansión.
—Esto es ridículo.— murmuró Babe entre bocados, mientras el pobre vendedor temblaba al reconocer al hombre más peligroso de Tailandia sirviendo coco rallado.
—Es lo mínimo.— respondió Charlie, observando cada bocado como si fuera una operación de alto riesgo.
El Cambio Más Profundo
Ayer, Babe estaba revisando planos de seguridad (vieja costumbre) cuando Charlie entró con un libro absurdamente grande:
—Guía Completa del Embarazo Mes a Mes.
—¿Desde cuándo lees algo que no sean informes financieros o dossieres de objetivos?— bromeó Babe.
Charlie abrió el libro, mostrando las docenas de notas en los márgenes en su letra precisa.
—Desde que mi mundo entero cambió de eje.
En ese momento, comprendieron ambos la verdad más profunda: él, que podía doblar hierro con sus manos, se sentía completamente impotente ante este milagro.
Él, que había enfrentado a escuadrones de la muerte sin pestañear, temblaba ante la idea de un parto.
Así vivían, día a día, estos dos fantasmas de la noche, reinventándose en la luz.
Babe, el arma humana perfecta, cultivando vida donde solo había sembrado muerte.
Charlie, el titán implacable, desarmado por un futuro que pesaba apenas unos gramos.
Entre amenazas veladas y risas ahogadas, entre revisiones de seguridad y ecografías, estaban escribiendo su capítulo más improbable: no el de la conquista, sino el de la continuidad. Y en ese terreno desconocido, descubren que incluso los más duros, los más temidos, los más letales, podían redescubrirse tiernos, torpes, y completamente humanos.
El Despertar Nocturno
La habitación estaba sumergida en la oscuridad azulada que precede al amanecer.
Sólo el suave ruido del ventilador de teca y la respiración pareja de Charlie rompían el silencio.
Babe se movió contra él, su espalda contra el pecho de Charlie, sintiendo el calor de ese cuerpo que conocía mejor que el manejo de cualquier arma. Pero esta vez no se quedó ahí. Con un movimiento fluido —aún grácil a pesar de las semanas de embarazo—, giró y se colocó a horcajadas sobre los muslos de su hombre.
Charlie dormía profundamente, su rostro —tan temido en los bajos fondos de tres continentes— relajado en una rareza absoluta. Babe bajó la mirada, observando la línea de su mandíbula, la curva de sus labios, y sintió una oleada de deseo tan abrupta que le cortó la respiración. Las hormonas, pensó con un atisbo de exasperación. Pero era más que eso. Era el celo que había llegado antes de tiempo, avivado por los cambios en su cuerpo, por la vida que crecía dentro de él y que, paradójicamente, lo hacía sentirse vorazmente vivo.
Se frotó lentamente, deliberadamente, contra la entrepierna de Charlie, sólo cubierta por la fina seda de sus pijamas. Un suspiro escapó de sus labios.
Charlie gruñó, un sonido bajo y gutural que surgió desde lo más profundo del sueño. Sus brazos se tensaron instintivamente, los músculos ondulándose bajo la piel. Sus párpados se agitaban, atrapados entre el mundo de los sueños y la realidad tangible y caliente que se movía sobre él.
—Charlie…— Susurró Babe, su voz cargada de una urgencia que no podía contener. Se inclinó, sus labios rozando la oreja del hombre.
—Charlie, despierta.
Un par de ojos oscuros, nublados por el sueño pero que se aclaraban con rapidez alarmante, se abrieron. La mirada de Charlie —aguda, evaluadora, siempre analizando amenazas— se posó en él. Y se suavizó. Una mano subió para enmarcar el rostro de Babe.
—¿Babe? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿El bebé...?— La voz ronca por el sueño estaba teñida de preocupación inmediata.
—Estoy bien. El bebé está bien.— Babe se movió de nuevo, una fricción deliberada y lenta, y vio cómo las pupilas de Charlie se dilataban, cómo la preocupación se transmutaban en comprensión, luego en deseo concentrado.— Sólo que...tengo unas ganas terribles.
Un esbozo de sonrisa jugó en los labios de Charlie.— ¿Ganas?
Babe ladeó la cabeza, dejando que uno de sus mechones de su cabello cayera sobre su frente. Un gesto que sabía que volvía loco a Charlie.
—De ti. De tu peso sobre mí. De tus manos en mi piel. De que me tomes.— Su voz bajó a un susurro rocoso, un lloriqueo genuino que surgía de la necesidad física.— Charlie, por favor...necesito que me folles. Ahora. Como a ti te gusta. Como sólo tú sabes.
Charlie contuvo la respiración. Ver a Babe —su halcón letal, su igual en ferocidad— suplicando, vulnerable y exigente a la vez, era una de las cosas más poderosas que había experimentado. Sus manos se deslizaron desde el rostro de Babe hasta sus caderas, posándolas con firmeza, deteniendo su movimiento.
—Tranquilo, mi amor.— murmuró, su propio deseo creciendo rápidamente, alimentado por las palabras y la calidez de Babe.— ¿Las hormonas están jugando contigo?"
—Sí. No. No sólo eso.— Babe se inclinó más, apoyando las manos en el pecho duro de Charlie. Sus labios estaban a un centímetro de los de él.— Eres tú. Es querer sentirte dentro cuando todo en mí está cambiando. Es querer que me recuerdes que sigo siendo tuyo. Tuyo para que hagas conmigo lo que quieras.
La última frase, dicha con un hilo de voz provocador, rompió el último vestigio de la contención de Charlie. Con un movimiento fluido que demostraba su fuerza sobrehumana, volteó sus posiciones, dejando a Babe debajo de él, hundido en los pliegues de seda. Lo inmovilizó suavemente, pero con una firmeza que no admitía escape.
—¿Lo qué yo quiera?— Repitió, su voz ahora una oscura promesa. Sus ojos recorrían el rostro de Babe, luego bajaron hacia su cuello, su pecho, su vientre aún plano donde dormía su futuro.— Tú ya eres mío, Babe. Cada cicatriz, cada suspiro, cada latido. Y esto…— Una mano cálida se posó, con una ternura desarmante, sobre el bajo vientre de Babe.—...esto también es mío. Nuestro.
—Entonces demuéstralo.— retó Babe, arqueándose ligeramente.— Olvida que estoy embarazado por un rato. Trátame como tratas a tu posesión más preciada.
Charlie bajó la cabeza, capturando sus labios en un beso que no era dulce, sino posesivo, devorador. Un beso que hablaba de años de pasión, de peligro compartido, de una intimidad forjada en el fuego. Al separarse, jadeantes, sus palabras eran bocanadas calientes contra la piel de Babe.
—Jamás podría olvidar que llevas a nuestro bebé.— dijo, mientras sus manos comenzaban a desvestirlo con una lentitud deliberada, despojando la seda como si desenvolvieran un tesoro.— Pero eso no significa que no pueda amarte como mereces.
Su boca encontró un pezón, y Babe gimió, sus dedos enterrándose en el pelo negro como la noche de Charlie.
—Más duro.— jadeó.—No tengas miedo. Te necesito...
Charlie obedeció, la fuerza de sus caricias aumentando, calculada para provocar escalofríos de placer, no dolor. Sus manos, capaces de tanta destrucción, trazaban mapas de adoración en la piel de Babe.
—Tú pides que te tome a mi antojo.— musitó Charlie, su boca descendiendo por el torso de Babe, deteniéndose para dejar una marca amorosa justo debajo del ombligo.— Mi antojo es adorarte. Es recordarle a cada célula de tu cuerpo quién la despertó, quién la conoce, quién la posee.
Babe cerró los ojos, perdido en la sensación.
—Sí...eso.
Cuando Charlie finalmente lo penetró, fue con una lentitud exquisita y una profundidad que le arrancó un grito ahogado a Babe. Se quedó inmóvil por un momento, permitiéndole a ambos adaptarse, sentir la total conexión.
—¿Así?— Preguntó Charlie, su frente apoyada en la de Babe, los ojos entornados y oscuros de pasión.
—Perfecto.— susurró Babe.— Ahora muévete. Por favor.
Y Charlie lo hizo. Estableció un ritmo potente y profundo, cada embestida una reafirmación, cada retroceso una promesa de regresar.
Babe lo envolvió con sus piernas, animándolo, gritando su nombre entre jadeos y súplicas rotas.
—Eres mío— gruñía Charlie contra su cuello, el sudor uniendo sus pieles.— Siempre lo fuiste. Incluso cuando eras el fantasma que todos temían. Eres mi halcón. Mi amor. El padre de mi hijo.
Las palabras, combinadas con el movimiento implacable de sus caderas, llevaron a Babe al borde rápidamente.
—Charlie...voy a...
—Yo también.— jadeó Charlie. Sus movimientos se hicieron más erráticos, más urgentes.— Vente conmigo.
El orgasmo los golpeó casi al unísono, una ola que los hizo temblar, que borró todo lo que no fuera el calor compartido y el latido de dos corazones (tres, recordaron vagamente) sincronizados. Charlie se desplomó sobre él, pero inmediatamente se sostuvo con los codos, cuidando su peso.
Permanecieron así, entrelazados y jadeantes, mientras la habitación se iluminaba con los primeros tonos dorados del amanecer. El aire olía a sexo, a sudor y a la fragancia del jazmín que entraba por la ventana abierta.
Charlie finalmente se separó lo justo para acostarse a su lado, arrastrando a Babe contra su costado. Le besó la sien.
—¿Estás bien?— Preguntó, su mano volviendo a posarse, por puro hábito, sobre el vientre de Babe.
Babe asintió, una sonrisa satisfecha y adormilada en sus labios.
—Perfecto. Las hormonas están...momentáneamente calmadas.
Charlie soltó una risa baja y vibrante.
—Bueno, si se alborotan de nuevo, ya sabes cómo despertarme.
—Con mimos y arrumacos.— murmuró Babe sarcásticamente, ya hundiéndose de nuevo en la somnolencia.
—Con lo que quieras.— corrigió Charlie en un susurro, observando cómo los párpados de Babe se cerraban.— Siempre con lo que quieras.
Y mientras Babe se dormía, seguro en el en sus brazos, Charlie permaneció despierto un rato más, vigilante como siempre, protegiendo su mundo entero que ahora, milagrosamente, cabía en esta cama.
La Revelación
La clínica estaba escondida en un discreto edificio de Sukhumvit, tan elegante como anónima. Solo los más ricos y, a veces, los más peligrosos de Bangkok conocían su ubicación. La doctora Suthima, una mujer de mediana edad con ojos que lo habían visto todo y una discreción absoluta, los recibió en su consultorio.
—Señor Charlie, Señor Babe.— asintió con profesionalidad, aunque una leve sonrisa asomaba en sus labios. Había atendido partos de esposas de diplomáticos y amantes de magnates, pero esta pareja era única. La energía entre ellos —una mezcla de peligro latente y devoción feroz— era palpable.
Babe se recostó en la camilla, su cuerpo esbelto y letalmente tonificado bajo la bata de papel. A los cinco meses, en un Alfa especial como él, el embarazo apenas se insinuaba como una leve y firme curvatura bajo el ombligo, fácil de ocultar bajo la ropa holgada que hoy vestía. Solo Charlie, con sus manos que conocían cada centímetro de ese cuerpo, podía percibir el cambio con certeza.
Charlie estaba de pie a su lado, una presencia sólida e inmóvil como un acantilado. No se sentó. Su postura era la de un centinela, pero sus ojos, fijos en la pantalla del ecógrafo, estaban desprovistos de su habitual dureza. Contenían una expectativa apenas velada.
—Vamos a ver a su bebé.— anunció la doctora Suthima, aplicando el gel tibio sobre el vientre de Babe. Él no parpadeó, pero su mano buscó instintivamente la de Charlie. Los dedos de su hombre envolvieron los suyos con una fuerza que habría sido dolorosa para cualquier otra persona.
La habitación se llenó del sonido rápido y fantasmagórico de un latido. Thu-thump, thu-thump, thu-thump. Un ritmo fuerte, vital, que ahogó por un momento el zumbido del aire acondicionado.
Charlie contuvo la respiración. Por primera vez en años, Babe vio cómo la mandíbula del hombre más temido de Tailandia se tensaba por una emoción que no tenía que ver con la ira o la estrategia.
—El corazón late perfectamente.— dijo la doctora, moviendo el transductor.— El desarrollo es excelente. Miren...
En la pantalla, entre la estática gris, una forma se hizo clara. Una columna vertebral diminuta, un perfil de nariz pequeña, una pierna flexionada. Un ser humano en miniatura, nadando en su mundo privado.
Babe sintió un nudo en la garganta. Aquello dentro de él...era real. No era solo una idea, ni un síntoma. Era su bebé. Su bebé y el de Charlie. Sus dedos apretaron los de Charlie con más fuerza.
—¿Puedo...podemos saber el sexo?— preguntó Babe, su voz más suave de lo habitual.
La doctora sonrió.— Con cinco meses, debería ser posible. Déjenme buscar un buen ángulo...
La habitación quedó en un silencio tenso, solo roto por el latido constante. Charlie se inclinó imperceptiblemente hacia delante, su mirada devorando la pantalla. Babe podía sentir la concentración del hombre, tan intensa como cuando planificaba una toma de poder, pero dirigida ahora a un puñado de píxeles.
—Ahí está.— dijo la doctora Suthima, su voz triunfante. Detuvo la imagen.— Miren, justo aquí. ¿Ven esas tres líneas paralelas?
Babe entrecerró los ojos, su mente de estratega y observador agudo analizando la imagen.
—¿Qué significa...?
Charlie, sin embargo, lo había entendido un segundo antes. Un sonido escapó de sus labios, una exhalación brusca, como si le hubieran quitado el aire. No era un gruñido.
Era algo mucho más vulnerable.
—Es una niña.— dijo Charlie, la voz ronca, cargada de una emoción tan vasta que parecía no encontrar palabras. Sus ojos, aún clavados en la pantalla, se humedecieron por una fracción de segundo antes de que su férreo control se impusiera. Pero la grieta ya había sido visible.— Es una niña, Babe.
—Una niña…— repitió Babe, y la palabra le estalló en el pecho como una flor de fuego.
Una sonrisa, amplia y genuina, una que rara vez usaba fuera de estos muros, iluminó su rostro.— ¿Estás segura, doctora?
—Completamente segura. Felicitaciones. Tendrán una princesa.
La risa que salió de Babe fue una bocanada de pura alegría, mezclada con un ligero temblor. Miró a Charlie, buscando sus ojos.
—Una niña, Charlie. Vas a tener una hija.
Charlie finalmente apartó la mirada de la pantalla para clavarla en Babe. La devoción en su mirada era tan absoluta, tan desarmante, que habría hecho retroceder a cualquiera que la viera. Se inclinó, ignorando por completo a la doctora, y posó su frente contra la de Babe, un gesto íntimo y posesivo.
—Nuestra hija.— corrigió, su voz un susurro grave y cargado.— Nuestra pequeña guerrera.
Permanecieron así por un largo momento, compartiendo la misma respiración, el mismo latido acelerado de felicidad. El mundo exterior —las guerras territoriales, las listas de búsqueda, las sombras que los perseguían— se desvaneció. Solo existía este cuarto, este sonido de corazón latiendo, esta promesa de futuro.
La doctora Suthima, con discreción, imprimió unas imágenes y limpió el gel del vientre de Babe.
—Todo está perfecto. Sigan con los cuidados, la alimentación, el descanso. Y disfruten de esta noticia.
Charlie se enderezó, recuperando algo de su compostura, pero una luz nueva brillaba en sus ojos. Pagó en efectivo, un fajo grueso de billetes que no requirió recibo, y tomó las ecografías como si fueran los planos de un tesoro.
En el ascensor, de regreso a la privacidad de su blindado Mercedes, Babe miró las fotos borrosas. Una manita diminuta, el perfil. —Una niña.— susurró.
Charlie, al volante, extendió una mano y la posó sobre el muslo de Babe, justo donde suavemente se curvaba su vientre. Su palma era ancha y caliente.
—Va a ser hermosísima. Como tú. Y va a tener tu inteligencia. Y mi...perseverancia.
—Tu terquedad, querrás decir.— bromeó Babe, cubriendo la mano de Charlie con la suya.
—Eso también. Y vamos a protegerla, Babe. Contra quien sea y lo que sea.— Había un juramento de acero en su voz, una promesa que resonaba más allá de las palabras. No solo la protegerían del mundo. Quizás, en parte, la protegerían de su mundo, del que ellos mismos habían construido.
—Vamos a enseñarle a defenderse.— dijo Babe, su mirada ganando un destello familiar, el del estratega.— A ser fuerte.
—Pero primero.— dijo Charlie, llevando la mano de Babe a sus labios y besando sus nudillos.— la vamos a amar. Hasta que no quede más amor en ese cuerpecito.
El resto del día transcurrió en una burbuja de suave euforia. En la mansión, Charlie ordenó una cena especial —todo aprobado por la nutricionista— y sacó una botella de champán sin alcohol. Bebieron jugo de granada en copas de cristal, brindando por su hija.
Por la noche, acostados, Charlie pasó una y otra vez sus dedos por el leve abultamiento del vientre de Babe, como si pudiera transmitir su amor a través del tacto.
—¿Ya tienes nombres en mente?— preguntó Babe, recostado sobre su pecho.
Charlie reflexionó.— Algo que signifique 'luz'. Porque ella ya lo es. O 'fortaleza'. Pero...también 'paz'.— La palabra sonó extraña en su boca, un concepto ajeno a su vida. Pero lo deseaba para ella.
—Paz.— repitió Babe, sintiendo el peso del deseo. Era el regalo más difícil, el más peligroso de conseguir. Pero miró la determinación en los ojos de Charlie, sintió la mano protectora sobre su vientre donde dormía su hija, y supo que, contra todo pronóstico, lo intentarían. Por ella. Por esta pequeña vida que, sin saberlo, ya estaba reescribiendo su historia.
Esa noche, por primera vez, soñaron no con sombras y estrategias, sino con una risa infantil llenando los pasillos de su fortaleza de piedra. Y para dos hombres hechos de violencia y lealtades oscuras, ese sueño era el más revolucionario de todos.
Antojos de Medianoche y Mañanas Dulces
La mansión junto al río, por lo general un bastión de serenidad controlada, había entrado en una nueva era: la Era de los Antojos.
La Incursión de las Bayas de Goji a las 3:17 AM
Charlie se despertó por el más leve de los sonidos: el susurro de las sábanas de seda.
Al abrir los ojos, el lado de la cama de Babe estaba vacío. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, pasando de un sueño profundo a una alerta total en medio segundo. Se deslizó fuera de la cama, silencioso como un fantasma, y siguió un tenue rastro de luz hacia la cocina.
Allí, bajo la luz suave de la nevera abierta, encontró a Babe. Estaba de pie, con un albornoz desatado, contemplando el interior iluminado con la intensidad concentrada que solía dedicar a los planos de seguridad o a la mira de un rifle.
—¿Babe?— La voz de Charlie, ronca por el sueño, no lo hizo saltar. Babe ya lo había sentido acercarse.
—Las bayas de Goji.— anunció Babe, sin volverse. Su tono era grave, lleno de una urgencia absurda.— Las que importamos de Ningxia. Necesito que estén remojadas en agua de coco tibia, no fría, tibia, durante exactamente diecisiete minutos. Y luego quiero comerlas con una cuchara de plata pequeña, la que tiene el mango torcido.
Charlie parpadeó, procesando. El hombre que había negociado tratados de armas con señores de la guerra a media noche ahora evaluaba la logística de remojar bayas chinas.
Cruzó los brazos sobre su torso desnudo, una sonrisa lenta dibujándose en sus labios.
—¿Diecisiete minutos? ¿No quince? ¿No veinte?
Babe por fin se volvió. Su rostro, iluminado por la luz de la nevera, mostraba una mezcla de frustración y anhelo genuino.
—Diecisiete. Es el punto perfecto de hidratación sin que se pongan blandas. Lo sé.— Hizo una pausa y añadió, con un dejo de dramatismo que no le era característico: — Mi alma las necesita, Charlie.
Charlie no pudo contener una risa baja y cálida. Avanzó, cerró suavemente la puerta de la nevera y envolvió a Babe en sus brazos.
—Tu 'alma', eh, mi halcón mimoso? ¿Y dónde está la cuchara de mango torcido?
—En el cajón de la izquierda, detrás del pelador de mangos.— Babe se hundió contra él, el capricho inicial dando paso a una fatiga repentina.— Es ridículo, lo sé.
—Shhh.— Charlie le besó la coronilla.— Nada que necesites es ridículo. Diecisiete minutos. Agua de coco tibia. Cuchara torcida. Considera que ya está en marcha.
Y allí estaba, diez minutos después, el temido Charlie "El Enigma", con sueño y con el torso desnudo, vigilando un tazón de cerámica con un temporizador en su teléfono, mientras removía suavemente unas bayas rojas con una cuchara. Babe lo observaba desde la isla de la cocina, con una mueca de satisfacción en los labios.
—Te has convertido en mi chef personal de antojos nocturnos.— murmuró Babe.
—El trabajo más importante que he tenido.— respondió Charlie serio, cuando el temporizador sonó. Escurrió las bayas con precisión quirúrgica y las sirvió en un cuenco de cristal. Colocó la cuchara torcida con ceremonia.— Para el alma de mi hombre.
Babe se comió cada baya con delectación. El sabor era exactamente lo que su cuerpo —o su alma— había anhelado.— Perfecto.
Charlie limpió el único hilo de agua de coco que se le escapó por la barbilla a Babe con el pulgar.— Solo pido una cosa.
—¿Qué?
—Que si a las 4 AM anhelas caviar sobre galletas con forma de koala, me des un poco más de margen. Tendré que despertar a alguien en Vladivostok.
La Gran Búsqueda del Helado de Durian y Albahaca Santa
Fue un martes por la tarde. Babe estaba revisando informes (porque aunque estuviera embarazado, su mente no descansaba) cuando un pensamiento lo golpeó con la fuerza de una revelación. Dejó caer la tableta.
—Charlie.
Charlie, que estaba en una videollamada tensa pero silenciosa, levantó inmediatamente la mano para interrumpir a su interlocutor.— Un momento.— Muteó.— ¿Cariño?
—Necesito helado. De durian. Pero no cualquiera. Tiene que ser del puesto de la Sra. Chaluay, en el mercado flotante de Damnoen Saduak. Y quiero que le pongan hojas de albahaca santa fresca picada por encima. No albahaca normal. Albahaca santa.
En la pantalla del ordenador de Charlie, el rostro de un subjefe de la mafia japonesa se veía confundido por el repentino silencio y la expresión intensamente concentrada de Charlie.
—El mercado flotante de Damnoen Saduak está a una hora y media con tráfico. La Sra. Chaluay cierra a las 5 PM." Charlie consultó su reloj. Eran las 3:48 PM.— Y la albahaca santa...
—Crece en el jardín trasero del templo Wat Pho.— completó Babe, con los ojos brillantes.— Lo sé. Es específico.
Charlie asintió, su mente ya trazaba rutas, calculando tiempos. Se volvió hacia la pantalla.— Kobayashi-san, disculpe una urgencia familiar. Retomaremos en una hora.
Antes de que el sorprendido hombre pudiera responder, Charlie cerró la laptop. Se puso de pie, y en lugar de enfadarse, su expresión era de determinación divertida.— Vamos.
—¿Vamos?
—Tú vienes conmigo. No voy a dejar que te quedes aquí anhelando mientras un mensajero posiblemente comete un error con la albahaca. Además.— añadió, acercándose para ayudarle a levantarse.— necesitas aire.
El viaje fue una operación militar. Charlie condujo el SUV blindado con destreza agresiva, mientras dos coches de escolta, discretos pero letales, abrían camino. Llamó por delante para asegurar que la Sra. Chaluay no cerrará. Envió a uno de sus hombres más sigilosos (un ex-infiltrador que ahora cosechaba albahaca santa) al templo.
Babe, por su parte, disfrutó del paseo como un niño. Observaba el caos de Bangkok desde la seguridad de su burbuja de cristal blindado, una mano sobre su leve curvatura.
Cuando llegaron, el puesto de la Sra. Chaluay estaba abierto, y la anciana sonreía con curiosidad ante el despliegue discreto pero evidente de poder. Charlie compró tres porciones. El hombre de la albahaca santa llegó justo a tiempo, con unas hojas brillantes y aromáticas en una bolsita de seda.
Sentados en un rincón relativamente privado del embarcadero, Charlie le sirvió a Babe el helado de durian, coronado con las finas tiras de albahaca santa. Babe tomó el primer bocado y cerró los ojos, un éxtasis genuino en su rostro.
—¿Valió la pena la incursión?— preguntó Charlie, observándolo con una ternura que reservaba solo para estos momentos.
Babe le ofreció una cucharada.— Juzga por ti mismo.
Charlie, que detestaba el durian, comió sin vacilar.— Mmm. Definitivamente...única.— Hizo una mueca, pero sus ojos seguían riendo.
Babe se rió, un sonido claro que hizo que un par de guardias giraran la cabeza, sorprendidos, antes de volver a su vigilancia.
—Te amo, Cachorro. Hasta por esto.
—Por esto y por mucho más, mi amor.— respondió Charlie, limpiándole una mota de helve de la comisura del labio.— Solo espero que esta pequeña.— posó su mano en el vientre de Babe.— herede tu paladar sofisticado y mi capacidad de logística. Será imparable.
El Antojo que se Esfumó
La mejor escena ocurrió un domingo por la mañana. Babe se despertó con una chispa en los ojos.
—Panqueques. Con forma de elefante. Y sirope de arce, pero el que trajimos de Vermont, no el local. Y bacon extra crujiente. Y...fresas cortadas en corazones.
Charlie, ya despierto y leyendo informes en su tablet, bajó el dispositivo.— Elefantes, corazones y bacon. Entendido.— Se levantó, dispuesto a otra misión culinaria.
Veinte minutos después, Charlie regresó a la habitación con una bandeja magnífica. Los panqueques eran obras de arte con forma de elefante (había llamado al chef personal, que tenía habilidades artísticas), el bacon estaba perfecto y las fresas eran pequeños corazones rubí.
Babe se incorporó, olió el aire...y su expresión cambió. La urgencia se desvaneció, reemplazada por un asco repentino.
—El olor a bacon...No. No puedo. Quítalo, por favor.— Se tapó la nariz.
Charlie se quedó parado, con la bandeja en las manos.— Pero...los elefantes. Los corazones.
—Lo sé. Lo siento.— Babe parecía genuinamente apenado.— Ahora solo quiero...galletas de arroz. Simples. Y un té de manzanilla.
Charlie miró la elaborada bandeja, luego a la cara suplicante de Babe. Una carcajada, profunda y genuina, le brotó del pecho. Dejó la bandeja en la mesita de noche.
—Las órdenes cambian en el campo de batalla. No es la primera vez que improviso.— Le acarició la mejilla.—Galletas de arroz y manzanilla. Y yo me comeré este ejército de elefantes de panqueque, para que su sacrificio no sea en vano.
Babe sonrió, aliviado.— Eres el mejor hombre del mundo.
—El único para ti.— corrigió Charlie, besando su frente antes de salir, tambaleándose ligeramente por la risa, a buscar las galletas más aburridas del planeta.
En la cocina, mientras la tetera silbaba, Charlie miró los panqueques elefante y sonrió. Cada antojo, cada cambio de humor, cada hora absurda de la noche interrumpida, era un recordatorio. Un recordatorio de la vida que crecía, de la normalidad absurda y preciosa que estaban construyendo en medio de su mundo anormal. Y no cambiaría estos momentos de caos doméstico por todo el poder y el silencio ordenado del mundo. Eran, simplemente, suyos.
La Reconquista del Halcón
El aire en el estudio privado de Charlie era denso, cargado con el olor a pólvora residual y a ira contenida. Las persianas estaban semi-cerradas, cortando la luz del atardecer en franjas diagonales que iluminaban el polvo danzante. Charlie, de pie junto a la chimenea apagada, tenía la espalda recta como una lámina de acero. Babe, en el centro de la habitación, aún llevaba la ropa de combate manchada de tierra y un rasguño superficial en la mejilla que le hacía brillar la piel.
—Repítelo.— dijo Charlie. Su voz no era un grito. Era algo peor: un filo de hielo pulido, tranquilo y letal.— Repíteme lo que hiciste en el muelle.
Babe no bajó la mirada. Sus ojos, del color de la tormenta, chocaron con los de Charlie.
—Intervine. El flanco derecho estaba por colapsar, tenían a dos de tus hombres acorralados. Tú estabas ocupado conteniendo el asalto frontal. Actué.
—Actuaste.— Charlie dio un paso adelante.
La luz le cruzó el rostro, tallando su ceño fruncido y la línea tensa de su mandíbula.
—Mi orden fue clara. Quedarte en el vehículo blindado. Con los cerrojos echados. No era una sugerencia, Babe. Era una orden y la petición de tu pareja.
Babe levantó la barbilla, un gesto de desafío que había hecho temblar a hombres menos bravos.
—No voy a quedarme encerrado como un tesoro inútil mientras te llueve plomo. No soy eso. Nunca lo he sido.
—¡Ahora lo eres!— La explosión de Charlie fue controlada pero vibrante, llenando cada rincón de la habitación. Por un instante, la máscara del hombre implacable se resquebrajó, mostrando la grieta del puro terror que había sentido.— Eres la persona que lleva a nuestra hija. Cada bala que silba cerca de tu cabeza, cada esquina que atraviesas sin cobertura, cada maldita decisión imprudente que tomás…no es solo tu vida la que juegas. ¡Es la de ella!
—¿Y la tuya?— replicó Babe, su voz subiendo también.— ¿Qué pasa si esa bala te encuentra a ti? ¿Qué pasa si ese flanco cae y te rodean? ¿Me quedo sentado, protegido, viendo cómo te matan? ¡No puedo!
Charlie cerró los ojos, respirando hondo por la nariz. Cuando los abrió, la furia había sido reemplazada por una fatiga feroz, por una preocupación tan vasta que casi parecía dolor.
—Babe. Escúchame. Escúchame bien.— Su tono era más bajo ahora, pero cada palabra pesaba como plomo.— No importa si me quedo solo. No importa si me rodean. No. Importa.— Dio otro paso, acortando la distancia.— Tú. Y ella. Eso es lo único que importa ahora. Mi prioridad dejó de ser el territorio, o la venganza, o ganar cada pelea, el día que supe que existías. Hoy, viéndote correr hacia el fuego cruzado con mi hija dentro de ti…Babe, no puedo. No puedo pelear así. No puedo vivir así.
Babe sintió cómo las palabras de Charlie, duras pero impregnadas de un miedo genuino, traspasaba su propia armadura de orgullo. Sabía que tenía razón. Lo sabía en la parte lógica de su mente, la del estratega.
Pero el instinto, el de protector, el de compañero de batalla, rugía en su contra.
Vio la tensión en los hombros de Charlie, la desesperación bajo la furia. Y entonces, el halcón letal decidió cambiar de táctica.
Su expresión, feroz y desafiante, se descompuso. Sus labios comenzaron a temblar. Bajó la mirada y, con una habilidad que había usado para infiltrarse en incontables situaciones, hizo que sus ojos se llenaran de un brillo acuoso en cuestión de segundos. Un sollozo, perfectamente medido, le sacudió los hombros. Una lágrima solitaria, heroica y brillante, se deslizó por su mejilla sucia, limpiando un surco pálido en el polvo y la pólvora.
—Tienes…tienes razón.— murmuró con voz quebrada, forzadamente pequeña.— Soy un idiota. Un idiota imprudente. Solo…solo te veía allí, y el pánico me cegó.— Alzó la vista, sus ojos húmedos y aparentemente llenos de remordimiento buscando los de Charlie.— No puedo soportar la idea de perderte. Perdóname, Charlie. Por favor.
Hubo un silencio denso. Charlie no se movió.
No abrió los brazos. Su mirada, antes llena de tormenta, se volvió plana, de un escepticismo absoluto. Observó la lágrima, el temblor de los labios, la postura encogida.
Y luego, suspiró. Un suspiro largo, profundo, que parecía venir de los confines de su cansancio.
—Babe.— dijo, su voz ahora seca como el polvo del desierto.— Para. Por favor.
Babe hizo un pequeño sonido, supuestamente ahogando otro sollozo.
—Te he visto fingir tu propia muerte con una bolsa de sangre falsa y una convulsión que habrías ganado un Oscar. He visto你 (tú) convencer a un agente del gobierno de que eras un turista perdido y asustado mientras tenías un microfilm pegado bajo la lengua.— Charlie cruzó los brazos.— Deja de intentar manipularme con las lágrimas de cartón piedra. No funciona así. Y menos en esto. Mucho menos en esto.
El efecto fue instantáneo. La conmovedora expresión de Babe se congeló. El brillo de sus ojos se secó como por arte de magia. El temblor desapareció. Todo rastro de la actuación se esfumó, reemplazado por una mirada de fastidio puro, de un niño al que le han descubierto la travesura.
—Buf.— El sonido escapó de sus labios, un bufido exasperado y genuino. Se secó la falsa lágrima con el dorso de la mano con un gesto brusco.— Mierda. Pensé que aún funcionaba.
—No conmigo. No con esto.— repitió Charlie, aunque una chispa de algo que no era ira —¿diversión, quizás?— parpadeó en sus ojos por una fracción de segundo.
Babe miró al hombre que amaba, de pie, firme e inquebrantable en su preocupación. Y supo que había perdido esta batalla. No con artimañas, sino con la cruda verdad que Charlie había plantado entre ellos.
Con un movimiento fluido, cerró la distancia que quedaba. No con agresión, sino con una determinación silenciosa. Alzó los brazos y los enlazó alrededor del cuello de Charlie, hundiendo los dedos en el pelo corto de su nuca. Se aferró a él, apoyando la frente contra el hombro de su hombre.
Charlie permaneció rígido por un instante, pero no lo rechazó.
—Cachorro.— murmuró Babe contra su piel, usando el apodo raro, el que solo salía en momentos de extrema ternura o de rendición total. Su voz era baja, auténtica ahora, sin rastro de teatro.— Lo siento. De verdad.
Charlie no respondió, pero su cuerpo comenzó a ceder, imperceptiblemente.
—Te vi allí, y mi cerebro…se apagó. Solo pensé: ‘Él’. Y me moví. Fue estúpido. Fue egoísta. Tenías el control, y yo no confié.— Apretó más el abrazo.— No lo volveré a hacer. Te lo prometo. Así que…deja de estar enfadado conmigo. Por favor.
La última palabra era un susurro casi inaudible.
Charlie dejó escapar otro suspiro, pero este era diferente. Era la liberación de una tensión sostenida. Lentamente, sus brazos rodearon el cuerpo de Babe, uno en su espalda, el otro bajando para posarse con una cautela infinita sobre la leve pero firme curvatura de su vientre. Lo atrajo contra sí, enterrando la nariz en su cabello, inhalando el olor a sudor, a pólvora y a Babe.
—El enfado no es lo que importa.— dijo al fin, su voz amortiguada contra su cabello.— Es el miedo, Babe. Me aterrorizas. Me aterrorizas de una manera que ningún enemigo jamás ha logrado.
—Lo sé.— admitió Babe.— Y es mutuo. Verte luchar…es la única cosa que me hace olvidar cómo respirar.
Se quedaron así, abrazados en la penumbra, mientras el último resquicio de luz del día moría fuera. La batalla había terminado. No la del muelle, sino la de esta habitación. Y en la tregua, en el abrazo, había un nuevo entendimiento, un nuevo límite dibujado alrededor de su pequeña familia de tres.
—La próxima vez que te quedes en el vehículo.— murmuró Charlie.— te prometo que no estarás inactivo. Tendrás acceso a las cámaras de seguridad remotas, al canal de comunicación táctico. Podrás ser mis ojos en otro ángulo. Pero tus pies…se quedan donde estén a salvo. ¿Trato?
Babe consideró la oferta. No era una jaula.
Era un cambio de rol. De guerrero en primera línea a estratega en la retaguardia. Para proteger algo más grande.
—Trato.— dijo, apretando el abrazo.— Pero si el vehículo es alcanzado, todas las apuestas quedarán anuladas.
Charlie soltó una risa ronca y sin humor contra su cabello.— Siempre negociando, mi halcón.
—Es lo que soy.— susurró Babe. Y por primera vez desde que había regresado de la refriega, se sintió en paz. Habían peleado, se habían rendido, y habían encontrado un nuevo equilibrio. En su mundo, eso era tan bueno como un “te amo”. Y a menudo, era exactamente lo mismo.
La Tempestad de Celos en el Despacho
La puerta del despacho privado de Charlie se abrió de una patada que resonó como un disparo en la madera de teca maciza. Charlie, sentado tras su monumental escritorio, ni siquiera se inmutó. Había oído los pasos enfurecidos acercándose por el pasillo, el ritmo rápido e iracundo que solo una persona en el mundo tenía el valor de usar en su santuario.
Babe entró como un tifón humano. Su ropa, impecable y negra, parecía vibrar con la ira contenida. Su pelo, que usualmente llevaba de forma más peinada, caía en mechones sueltos alrededor de un rostro marcado por una indignación perfecta. Cerró la puerta de un golpe seco, echando el cerrojo con un clic definitivo.
Charlie reclinó suavemente el respaldo de su silla de cuero, cruzó los dedos sobre su pecho y esperó. Una chispa de anticipación encendió sus ojos oscuros.
—¿Tienes algo qué decirme?— rugió Babe, planteándose al otro lado del escritorio, las manos apoyadas con fuerza en la superficie pulida.— ¿Algo sobre tu encantadora reunión de esta tarde en los muelles? ¿Sobre la diplomacia qué practicaste?
Charlie mantuvo la compostura, aunque una comisura de su boca se torció imperceptiblemente.
—La reunión fue productiva. Conseguimos el acceso a los muertos del sur. Como planeamos.
—¡Productiva!— Babe soltó una risa corta y amarga. Dio un par de pasos laterales, como un depredador enjaulado.— ¡La vi, Charlie! La vi mirándote como si fueras un postre tailandés y ella se hubiera muerto de hambre. La Señorita Kanya, con su traje ceñido y sus sonrisas de víbora.— Imita una voz falsa y dulce.— Oh, Charlie, tu visión para los negocios es tan...poderosa. Debemos discutir los detalles en un ambiente más...privado.
Charlie observaba, fascinado. Babe no solo reproducía las palabras; capturaba la cadencia, la insinuación, hasta el ligero parpadeo de pestañas que la mujer había intentado. Era una obra maestra de la interpretación iracunda.
–Era una táctica de negociación, Babe.— dijo Charlie, su voz serena, un contraste deliberado con la tormenta frente a él.— Intentaba ganar ventaja. Una jugada débil y predecible.
—¿Predecible? ¡Te sostuvo la mirada durante tres segundos completos cuando le pasaste el maldito contrato!— Babe señaló a Charlie con un dedo acusador.— ¡Tres segundos! ¡Yo cronómetro las miradas que son una amenaza, Charlie, y esa no era de amenaza, era de invitación!
—Yo estaba contando los ceros de la cláusula de penalización.— replicó Charlie, pero ya no podía ocultar la sonrisa que se abría paso en su rostro. No era una sonrisa de burla, sino de un orgullo profundo, salvaje y posesivo.
Ver a su halcón, a su esposo, al asesino más letal que había conocido, reducido a un torbellino de celos irracionales por algo tan trivial como la mirada de una subalterna ambiciosa...era intoxicante. Era una prueba tangible, ardiente y ruidosa, de su pertenencia.
—¡No me sonrías así!— Babe le espetó, pero el efecto se perdió porque Charlie sonreía aún más, mostrando los dientes.— ¡Esto es serio! ¡Esa mujer quiere añadirte a su colección de trofeos!
—Babe.— dijo Charlie, su voz bajando a un registro más íntimo, pero cargada de diversión.— ¿Realmente crees qué una sonrisa barata y un escote pueden distraerme de lo único que deseo en esta vida? ¿De ti? ¿De saber qué estás en casa, llevando a mi hija, probablemente planeando cómo desmantelar mi sistema de seguridad solo por aburrimiento?
Babe vaciló, el fuego de su ira alimentado por la lógica de Charlie, pero aún no apagado.
—Podrías haberla hecho callar. Podrías haber sido más...frío.
—Fui profesional. La ignoré por completo. Mi atención estaba en el contrato, en las cifras, en asegurar un futuro más estable para esta familia.— Charlie se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.— Tú eras el único en mi mente. Pensando en si habías comido, en si el bebé te daba patadas, en lo mucho que odiaba estar allí en lugar de estar contigo.
El aire comenzó a cambiar. La furia de Babe, al no encontrar un verdadero antagonista contra el que estrellarse, empezaba a convertirse en algo más: en una frustración teatral, en la necesidad de ser reconfortado.
—Te miró.— insistió Babe, pero su voz perdió volumen. Era un gruñido ahora, no un grito.
—Sí. Y el mundo está lleno de idiotas con ojos.— dijo Charlie, levantándose de su silla con elegancia felina. Rodeó el escritorio hasta quedar frente a Babe, que retrocedió un paso, manteniendo la fachada de enfado, cruzando los brazos con fuerza sobre su pecho.
Charlie se detuvo a centímetros de él. Su sonrisa era ahora tierna, pero sus ojos brillaban con una mezcla de amor y pura diversión.
—¿Sabes lo qué vi hoy, mi fiera esposo? Vi al hombre que puede desmontar un rifle con los ojos vendados, que puede pasar desapercibido en una habitación llena de enemigos, que no le teme a nada ni a nadie...perder completamente los estribos porque una persona sin importancia me lanzó una mirada.
Babe desvió la mirada, un rubor sutil tiñendo sus mejillas.
—No perdí los estribos.
—Gritaste lo suficiente como para que mis guardias en el pasillo probablemente apuesten ahora mismo sobre sí voy a salir vivo o no.— murmuró Charlie, levantando una mano para enmarcar el rostro de Babe. Su pulgar acarició la línea de su mandíbula, aún tensa.— Y es lo más hermoso que he visto en semanas.
Babe dejó escapar un resoplido, pero se inclinó hacia el contacto.
—Es humillante.
—Es mío.— corrigió Charlie, su voz un susurro grave.— Esas llamas en tus ojos son solo para mí. Esa posesión rabiosa es solo para mí. Dame eso siempre. Grita, patalea, reclámame. Me encanta.— Se inclinó, acercando sus labios a la oreja de Babe.— Porque sabes, y yo sé, que nadie más en este planeta podría acercarse a tocarme. Porque soy tuyo. Tan tuyo como tú eres mío. Y esa mujer, y todas las que vengan, no son más que polvo en el viento comparadas contigo.
Babe dejó caer los brazos, su resistencia se desvaneció. Su frente cayó sobre el hombro de Charlie.
—Odio sentirme así. Es...irracional.
–Shhh.— Charlie lo rodeó con sus brazos, atrayéndolo contra su cuerpo.— Es amor. En su forma más feroz y menos domesticada.— Puso una mano sobre el vientre de Babe.— Y la pequeña guerrera probablemente está pensando: 'Vaya, mi Alfa padre es impresionante cuando defiende su territorio'.
Una risa, involuntaria y entrecortada, escapó de Babe.
—Eres insufrible.
—Pero soy tuyo.— repitió Charlie, besando su sien.— ¿Está satisfecho el tifón? ¿O necesito despedazar simbólicamente el contrato de la Señorita Kanya para demostrar mi devoción?
Babe lo abrazó con fuerza, hundiendo los dedos en la espalda de Charlie.
—Guarda el contrato. Es un buen negocio.— Hizo una pausa.— Pero si vuelves a tener una reunión con ella, quiero acceso a las cámaras. Y un botón para inyectar una sustancia que cause urticaria severa en su sistema de ventilación.
Charlie rió, una carcajada profunda y genuina que vibró en el pecho de Babe.
—Considerado. Ahora, ¿puedo besar a mi esposo celoso, o todavía está prohibido tocar a su majestad?
Babe alzó la cabeza, y finalmente, sus ojos se encontraron con los de Charlie sin ira, solo con una intensidad renovada.
—Puedes.— dijo, y fue una orden y una súplica a la vez.
El beso no fue suave. Fue una reclamación, una selladura, un recordatorio impreso en los labios. Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento.
—La próxima vez.— murmuró Babe contra sus labios.— ni siquiera la mires.
—No había mirado.— susurró Charlie.— Solo te miro a ti.
Y en ese momento, en el despacho donde se tomaban decisiones que cambiaban el destino de miles, la decisión más importante ya estaba tomada. Eran uno. Y ningún coqueteo barato, ni ningún peligro real, podría cambiar esa verdad que resonaba más fuerte que cualquier grito de celos.
El Límite Cruzado
El salón principal de la mansión, usualmente un espacio de serena opulencia, estaba cargado de tensión disfrazada de cortesía.
Varios jefes de facciones menores, aliados necesarios en la expansión hacia el sur, ocupaban los sofás de seda. Entre ellos, como una flor venenosa, estaba la Señorita Kanya, con un vestido rojo escarlata que parecía un desafío.
Charlie, sentado en un trono informal junto a la chimenea, observaba el juego silencioso.
Había notado cómo Kanya se desprendió de su séquito y se dirigió con una sonrisa de víbora hacia Babe, quien estaba junto a la barra, fingiendo interés en un vaso de agua con gas. Charlie no hizo movimiento. Solo observó. Confiaba en la compostura de hierro de su esposo.
Al principio, fue tolerable. Babe, con su postura impecable y una sonrisa fría que no llegaba a los ojos, aguantó los comentarios iniciales.
—Debe ser...reconfortante.— decía Kanya, con un tono meloso.— poder quedarse en casa ahora. Alejado del negocio más agotador.
—La perspectiva cambia.— respondió Babe, su voz neutra como el acero pulido.— Uno aprecia la eficiencia desde la distancia.
Kanya sonrió, sus ojos recorrieron el cuerpo esbelto de Babe, deteniéndose un instante de más en su abdomen, donde el tejido fino de su túnica negra apenas insinuaba una curva.
—Claro. Aunque algunos podrían pensar que te has vuelto...blando. Un halcón en una jaula dorada.
Babe tomó un sorbo de agua.
—Los halcones ven más claramente desde las alturas. Las serpientes, en cambio, se arrastran.
La sonrisa de Kanya se tensó. Pero no se detuvo. El alcohol y la envidia le nublaban el juicio. Bajó la voz, solo para Babe.
—Es curioso. Charlie siempre prefería socios...fuertes. No consortes decorativos. Aunque.— hizo un gesto despectivo con la mano.— supongo que un embarazo es una forma de asegurar el favor. Algo permanente.
Babe apretó el vaso. Su nudillos palidecieron, pero su rostro permaneció impasible.
—Ten cuidado con lo que insinúas, Kanya. Estás aquí por cortesía, no por mérito.
Ella soltó una risa seca.
—¿Cortesía? Charlie es un hombre de negocios. Sabe el valor de las alianzas reales. No de los caprichos sentimentales. Ese bebé.— dijo, señalando con la barbilla el vientre de Babe.— no es más que una herramienta. Una moneda de cambio para mantenerte útil. Cuando nazca, ¿qué serás tú? Solo la nana de la heredera. Una vieja noticia. Charlie volverá a donde pertenece: al poder real, no a cambiar pañales.
Fue entonces. La palabra "herramienta". La insinuación de que Malee, su hija, su pequeña luz ya amada con ferocidad, no era más que un peón. Un objeto.
La cordura de Babe, sostenida con hilos de profesionalismo, se rompió con un chasquido audible solo para él.
Todo sucedió en un parpadeo.
La mano de Babe, la misma que podía desarmar a un hombre en segundos, salió como un látigo. No fue un puñetazo. Fue un movimiento preciso, brutalmente eficiente.
Sus dedos se cerraron alrededor del cuello de Kanya, justo bajo la mandíbula, con una fuerza que cortó su risa y su respiración al instante.
Un grito ahogado, varios jadeos. El vaso de Babe estalló en el suelo.
Con un paso fluido y una potencia que desmentía cualquier noción de "blandura", Babe la levantó y la estrelló contra la pared de paneles de madera oscura. El impacto resonó en el salón silenciado de repente.
¡CRACK!
Todos los ojos se volvieron. La conversación murió. Los guardias personales de Kanya, dos hombres corpulentos, echaron mano a sus armas. Al instante, tres de los hombres de Charlie, que parecían simples camareros, se interpusieron, sus siluetas bloqueando cualquier ángulo. Las manos de todos estaban cerca de sus costados, pero nadie desenfundó. No aún.
Charlie no se movió de su asiento. Reclinó la cabeza ligeramente, los dedos entrelazados sobre su estómago. Su expresión era de interés sereno, como un científico observando un experimento inevitable. Solo sus ojos, fijos en la escena, ardían con una satisfacción profunda y oscura.
Kanya forcejeaba, sus uñas arañando la mano de hierro que la inmovilizaban. Sus ojos, saltones de pánico y falta de aire, buscaban a Charlie, suplicando.
Babe se acercó, hasta que su boca estuvo a centímetros de la oreja de ella. Su voz no era un grito. Era un susurro áspero, cargado de un veneno glacial que todos en la habitación, en el tenso silencio, pudieron escuchar.
—Te he aguantado, serpiente.— susurró Babe, cada palabra un clavo en su ataúd.— He aguantado tus sonrisas falsas, tus insinuaciones baratas, tu patética creencia de que eres algo más que polvo bajo su zapato. Podría haberte ignorado hasta el fin de los tiempos.
Apretó un poco más. Kanya emitió un sonido gutural.
—Pero cruzaste el límite.— continuó Babe, su tono se volvió aún más peligroso, más personal.— Mencionaste a mi hija. A Malee.— El nombre, tan preciado, sonó como un juramento en sus labios.— La llamaste 'herramienta'. La redujiste a un objeto.
Babe giró la cabeza para que sus ojos de tormenta, desprovistos de toda humanidad, se encontrarán con los de ella.
—Malee es la sangre de mi sangre. El corazón del corazón de Charlie. Es el futuro. Es sagrada. Y tú, puta barata de pacotilla, con tu boca sucia y tus piernas siempre abiertas para el mejor postor, ¿pensaste qué podrías manchar su nombre con tus labios repugnantes?
Una lágrima de terror rodó por la mejilla de Kanya.
—Pensabas que estabas en una reunión de negocios.— dijo Babe, su voz subiendo ligeramente, para que todos la oyeran.— Pero estás en mi casa. Respiras mi aire. Y acabas de poner tu miserable vida en mis manos.
Con su mano libre, Babe sacó algo del cinturón de su túnica. No era un arma. Era un estilete de acero damasco, fino como una aguja, que brillaba bajo la luz de la mansión.
Lo colocó suavemente, casi con ternura, justo debajo del ojo de Kanya.
—Podría clavarte esto en el cerebro a través de la cuenca del ojo. Morirías en segundos. O podría abrirte la garganta y dejarte ahogarte en tu propia arrogancia. O.— añadió, su voz un susurro siniestro.— podría entregarte a mis hombres, que tienen menos paciencia y más...imaginación.
Miró por encima de su hombro, hacia Charlie.
—¿Cariño? ¿Alguna preferencia?
Charlie finalmente se movió. Se levantó con languidez, arreglándose las mangas de su traje. Caminó lentamente hacia ellos, el silencio partiéndose a su paso como el mar ante un barco. Se detuvo al lado de Babe, mirando a la mujer aterrorizada.
—Mi esposo hizo una pregunta interesante.— dijo Charlie, su voz calmada, proyectándose en la habitación.— Personalmente, la opción del estilete es eficiente. Pero carece de mensaje.— Puso una mano en el hombro de Babe, no para detenerlo, sino para afirmar su presencia. Su toque decía: Estoy aquí. Continúa.
Luego, se dirigió a los otros jefes, que observaban, pálidos.
—La Señorita Kanya olvidó la regla más básica. En esta casa, en esta familia, hay cosas que no se tocan. Palabras que no se pronuncian.— Su mirada recorrió la habitación, imponiendo una verdad más profunda que cualquier contrato.— Esta niña es mi legado. Es su legado. Es la línea que nadie cruza. Ella lo cruzó.
Volvió a mirar a Babe.
—Es tu llamada, mi amor. Es un insulto que lavar.
Babe sostuvo la mirada de Charlie por un segundo, y en ese intercambio silencioso pasó todo: gratitud por el respaldo absoluto, una feroz alegría compartida, y una decisión.
Babe volvió a mirar a Kanya. Le retiró el estilete, pero no la soltó.
—Matarte sería un favor. Te daría un final rápido. Y Charlie tiene razón...no mandaría el mensaje correcto.
La soltó.
Kanya se derrumbó, tosiendo y jadeando, sus manos en el cuello magullado.
Babe se agachó, capturando su mirada de nuevo.
—Escucha esto, y escúchalo bien. ¿Tu territorio al sur? Ahora es de Charlie. ¿Tus barcos? De Charlie.Tu vida.— Hizo una pausa dramática.— Es un regalo que te doy hoy. Un solo regalo. Si alguna vez vuelvo a verte, si alguna vez escuchó que pronuncias el nombre de mi hija o el mío, si respiras en nuestra dirección...no habrá pared contra la que estamparte. Te despedazaré lenta, dolorosamente, y enviaré los trozos a todos los que alguna vez te hayan temido o respetado. ¿Entendido?
Kanya, llorando sin control, asintió frenéticamente.
Babe se levantó, limpiándose las manos con un pañuelo blanco que Charlie le ofreció silenciosamente. Luego, se volvió hacia los invitados, su respiración apenas acelerada, su ropa impecable salvo por el agua derramada.
—Mis disculpas por la interrupción.— dijo Babe, su voz recuperando una frialdad profesional perfecta.— ¿Dónde íbamos? Ah, sí. La distribución de los muertos del sur. Creo que, dados los acontecimientos, la participación de la Señorita Kanya en la empresa ha terminado. ¿Alguna objeción?
Nadie dijo una palabra. Los ojos llenos de miedo y nuevo respeto se clavaban en él, y en el hombre a su lado, que con una simple mirada había autorizado el juicio y la sentencia.
Charlie puso una mano en la espalda baja de Babe, un gesto posesivo y protector.
—Creo que la reunión ha terminado por hoy. Mis hombres mostrarán la salida a todos.
Y mientras los invitados salían rápidamente, escoltados, y los guardias de Kanya arrastraban a su jefa temblorosa, Charlie y Babe se quedaron solos en el salón destrozado.
Charlie giró a Babe para enfrentarlo. Sus ojos ya no mostraban solo satisfacción, sino una admiración feroz y amorosa.
—Malee, ¿eh? Es un nombre hermoso.
—Significa 'flor'.— dijo Babe, su tensión empezó a ceder ahora que la amenaza había pasado.
—Y su padre.— murmuró Charlie, acercándose hasta que sus frentes se tocaron.— es la tempestad que protege el jardín.— Lo besó, no con suavidad, sino con la misma intensidad feroz que Babe había mostrado.— Nunca dejes de defender lo nuestro así.
—Jamás.— prometió Babe contra sus labios.
Y en el aire, aún cargado de violencia y poder, florecía algo nuevo: el respeto absoluto. Todos ahora lo sabían. Tocar a la familia de Charlie "El Enigma" no era solo un error. Era una sentencia de muerte firmada por la mano más letal de todas: la de su propio consorte.
El Eclipse de la Rivalidad
La mansión era un campo de batalla silencioso. No con armas, sino con miradas cortantes, con puertas cerradas con más fuerza de la necesaria, con un frío que nada tenía que ver con el aire acondicionado.
Todo había empezado en la galería de arte, en una exposición privada que era, en realidad, una tapadera para mover dinero.
Charlie, en su papel de magnate, había sido abordado por un joven coleccionista europeo, Henrik, cuyos elogios hacia la "visión estética" de Charlie habían sonado, para los oídos envenenados de Babe, sospechosamente personales.
Por otro lado, Babe, mientras conversaba con un proveedor de seguridad, había recibido una propuesta directa y descarada de la hermana del mismo proveedor, una mujer audaz que no se había molestado en disimular su interés en el "halcón misterioso" que acompaña a Charlie.
Ahora, en el estudio, la tormenta había llegado a su clímax.
—¿Y sus manos? ¿Tocaron también tu 'visión estética' mientras te explicaba la pincelada del artista?— Babe espetó, recostado contra el escritorio, los brazos cruzados. Su tono es gélido.
Charlie, de pie junto a la ventana, dio la espalda a la ciudad iluminada para enfrentar la ira de su esposo.
—¿Hablamos de manos? Porque las de esa mujer parecían querer hacer un estudio topográfico de tus hombros, Babe. Parecía que iba a medirte para un traje...o para algo más.
—Ella es irrelevante. Un mosquito. Henrik, en cambio, te miraba como si fueras la última obra maestra sin dueño.
—¿Y eso te molesta? ¿Que alguien reconozca el valor de lo que es mío?— Charlie dio un paso adelante, su voz bajando a un registro peligroso.
—¡No soy tuyo como un cuadro, Charlie! ¡Soy una persona!— Babe se irguió, desafiante, aunque sabía que era una discusión absurda.
Ambos eran posesivos hasta la médula.
—Y yo, ¿qué soy? ¿Un trofeo para qué ese noruego pálido aspire a coleccionar?— Charlie dio otro paso. La distancia entre ellos se reducía, cargada de electricidad estática.
—¿Te gustó su atención? ¿Te halaga qué te desafiara delante de mí?
—¡No se atrevió a desafiarte! ¡Se deshizo en halagos!— gritó Babe, pero su ira comenzaba a transformarse. Había algo en la proximidad de Charlie, en la tensión palpable, que empezaba a enredar sus emociones.
Fue entonces cuando Charlie perdió por completo los estribos. No gritó. Al contrario, su voz se volvió un susurro áspero, cargado de una furia tan profunda que hizo que el aire se helara.— Babe, te juro por todo lo que soy que si ese hombre vuelve a mirarte como lo hizo hoy...
Pero Babe no oyó el final de la amenaza.
Porque los vio.
Los ojos de Charlie.
Esos ojos únicos, la marca de su linaje Enigma, que normalmente eran de un marrón tan oscuro que parecían negros, estaban cambiando. Una chispa de bioluminiscencia interna, un rasgo de su fisiología sobrenatural, se encendió en su ira. Un anillo tenue, de un rojo carmesí como brasas al viento, apareció alrededor de sus pupilas, iluminadas desde dentro. No era un cambio dramático, pero para Babe, que conocía cada matiz de ese rostro, era como ver arder un volcán.
Todo su enojo, sus celos, sus argumentos, se evaporaron en un instante.
Quedó hipnotizado.
Una vez, esos ojos lo llegó a detestar . Le recordaban que Charlie no era completamente humano, que había un poder en él que trascendía lo comprensible.
Ahora…ahora lo volvían loco. Eran la prueba física, íntima y feroz, de la pasión que Charlie podía albergar. Solo por él. Solo a causa de él.
Un calor repentino y vergonzoso inundó el vientre de Babe. Su respiración, que había sido jadeante por la ira, se tornó entrecortada por algo muy distinto. Sus propias feromonas, el perfume complejo de un Alfa especial embarazado, cambiaron de aroma sutilmente, pasando de la agresión a una invitación dulce y espesa.
Charlie, cuyo olfato era tan sobrehumano como su fuerza, lo detectó al instante. Se detuvo en seco, a medio paso de invadir el espacio personal de Babe. Sus ojos rojos, aún brillando, parpadearon con incredulidad.
Luego, con una frustración creciente.
—¿En serio?— La voz de Charlie era plana, desprovista de su furia anterior, llena ahora de un fastidio exasperado.— ¿En serio, Babe? ¿Ahora?
Babe no podía apartar la mirada de esos ojos.
—¿Qué?— murmuró, distraído.
—¡Mientras yo me estoy poniendo loco de celos, mientras estoy a punto de mandar a descuartizar a un idiota por haberte sonreído, tú…tú te excitas!— Charlie corrió una mano por su cabello, con un gesto de frustración casi cómica.— ¡Eres increíble! ¡Es patético!
Babe parpadeó, sacudiendo levemente la cabeza como para aclararla. La acusación era cierta. Una sonrisa lenta, culpable y seductora, se dibujó en sus labios.
—No puedo evitarlo. admitió, su voz ahora un susurro ronco.— Esos ojos…tus ojos rojos…me vuelven loco. Los odié en un principio. Ahora…— Tragó saliva.— Ahora son lo que más deseo ver cuando me clavas la mirada.
Charlie lo miró fijamente, una guerra interna librada en su rostro. La ira aún humeaba, pero era inundada por una oleada de deseo aún más poderosa, avivada por la admiración hambrienta en la mirada de Babe y por el cambio innegable en su aroma.
Babe no esperó a que ganara una u otra. Se movió. Con la decisión tranquila de un predador seguro de su presa, cerró la distancia restante. Alzó las manos y las posó en el cuello de Charlie, sus dedos pulgares encontrando el latido rápido bajo la piel caliente.
—Te enojas por mí.— murmuró Babe, acercando sus labios a los de Charlie, sin tocarlos aún.— Ardes por mí. Esos ojos se encienden…por mí.— Cada palabra era un acicate, una caricia verbal.
—Babe…— El nombre en labios de Charlie sonó como una advertencia débil.
—Shhh.— Babe inclinó la cabeza y, con una lentitud deliberada que hizo temblar a Charlie, capturó el labio inferior de su hombre entre sus dientes. No fue un mordisco, sino una presión sostenida, sensual, una promesa de posesión. Lo saboreó, sintiendo el temblor que recorría el cuerpo de Charlie.
Charlie emitió un gruñido bajo, una rendición.
Sus manos, que se habían mantenido a los costados, se alzaron para agarrar las caderas de Babe con una fuerza que habría dejado moretones en cualquier otra persona. Lo atrajo violentamente contra sí.
—Eres imposible,— respiró Charlie contra su boca, sus ojos rojos brillando como focos en la penumbra del estudio.— Un demonio celoso y provocador.
—Tu demonio.— corrigió Babe, frotándose contra la evidente excitación de Charlie.— Y tú eres mi Enigma. Mi hombre de ojos de lava.— Finalmente selló sus labios sobre los de Charlie en un beso que no era de reconciliación, sino de conquista mutua. Un beso que sabía a rabia transformada en lujuria, a celos fundidos en deseo puro.
Charlie lo giró y lo presionó contra el borde del pesado escritorio, haciendo temblar los objetos sobre él.
—¿Te gustan mis ojos, eh?— preguntó, su voz áspera mientras sus manos recorrían el cuerpo de Babe.— ¿Te gusta qué me vuelvan así por ti?
—Sí.— jadeó Babe, arqueándose.— Sí. Siempre.
—Pues prepárate— gruñó Charlie, su mirada carmesí fija en los ojos gris azulado de Babe, que ahora reflejaban puro deseo.— Porque voy a follarte hasta que lo único que veas sean estos ojos. Hasta que olvides el nombre de cualquier otro que no sea el mío.
Y en medio del caos de celos que ellos mismos habían creado, encontraron su tregua, su verdad, en el lenguaje más primitivo y honesto que compartían: una posesión tan feroz que borraba todo lo demás, excepto el hecho de que, enloquecieran de celos o de deseo, solo era el uno por el otro.
El Despertar Furtivo
La habitación estaba sumergida en un silencio profundo, sólo roto por el suave y rítmico sonido de la respiración de Charlie. La luna, una guadaña plateada, se colaba por las rendijas de las persianas, pintando franjas de luz sobre las sábanas de seda negra.
Charlie dormía profundamente, un lujo raro que solo se permitía en la fortaleza de su dormitorio, con Babe a salvo entre sus brazos. Su brazo pesaba sobre la cintura de su esposo, un ancla inconsciente.
Babe, de espaldas a él, estaba sumido en un sueño inquieto. O eso parecía. Porque, en un movimiento lento, casi onírico, su cuerpo se arqueó levemente. La curva firme de su trasero, apenas cubierto por la larga y suave camisa de algodón de Charlie que le llegaba a mitad de los muslos, se frotó contra la entrepierna del hombre dormido.
Charlie, incluso en sueños, registró el contacto. Un gruñido bajo, inarticulado, escapó de sus labios. Su mano en la cintura de Babe se cerró un poco más, un gesto instintivo de posesión. Su mente dormida lo clasificó como un movimiento casual, un ajuste en el sueño.
Pero luego, pasados unos minutos, sucedió de nuevo. Esta vez no fue un roce pasivo.
Fue una presión deliberada, un círculo lento y sinuoso de las caderas de Babe contra la creciente rigidez que comenzaba a formarse en la entrepierna de Charlie, separada solo por la fina tela de sus pantalones de dormir.
Los sentidos de Charlie, siempre en alerta incluso en el sueño más profundo, se activaron de golpe. La niebla del sueño se disipó al instante, reemplazada por una conciencia aguda y llena de calor.
No era un movimiento involuntario. Era una petición. Silenciosa. Urgente.
Sin abrir los ojos del todo, Charlie respondió.
Su brazo, ya en la cintura de Babe, se tensó.
No con fuerza bruta, sino con una firmeza absoluta, irrefutable. Tiró de él hacia atrás, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos, hasta que toda la espalda de Babe estuvo pegada a su torso desnudo. La curva del trasero de Babe encajó perfectamente contra su entrepierna, ahora dura y demandante.
Un gemido escapó de los labios de Babe. No era un sonido de sueño. Era claro, necesitado, un suspiro cargado de intención que se cortó en la quietud de la habitación. Al mismo tiempo, su cabeza cayó hacia atrás, ofreciendo la línea larga y vulnerable de su cuello a Charlie, como un acto de sumisión instintiva.
Charlie abrió los ojos. En la penumbra, vio el perfil de Babe, su párpado cerrado pero las pestañas temblorosas, su boca entreabierta.
Hizo un inventario rápido: la camisa de él holgada en el cuerpo de Babe, el tejido suave arrugado alrededor de sus caderas. Debajo, nada. Su propia piel desnuda contra la seda de sus pantalones, y contra la curva perfecta que ahora presionaba contra él.
—¿No puedes dormir, mi amor?— murmuró Charlie, su voz ronca por el sueño pero llena de una comprensión profunda. Su aliento caliente acarició la oreja de Babe.
Babe no respondió con palabras. En lugar de eso, presionó su trasero con más fuerza, frotándose con una lentitud agonizante. Un temblor recorrió su cuerpo. Era toda la respuesta que Charlie necesitaba.
Con su mano libre, Charlie deslizó la palma por el muslo liso de Babe, subiendo por debajo del dobladillo de la camisa. Encontró la piel caliente, la curva tensa de su nalga. Su otro brazo lo mantenía inmovilizado contra su pecho.
—¿Esto es lo qué querías?— preguntó Charlie, su boca ahora en la unión del cuello y el hombro de Babe. Mordisqueó la piel suave allí.— ¿Despertarme así? ¿Con tu cuerpo pidiéndome silenciosamente?
Un jadeo fue su respuesta. Babe giró la cabeza, buscando a tientas los labios de Charlie en la oscuridad. El beso fue desesperado, húmedo, lleno de la urgencia del sueño interrumpido y del deseo que no podía esperar a la luz del día.
Charlie le concedió el beso, dominándolo con facilidad, mientras su mano bajo la camisa exploraba más, encontrando el calor central de Babe, ya húmedo y receptivo. Un gruñido de pura satisfacción masculina vibró en el pecho de Charlie.
—Tan necesitado para mí.— murmuró contra sus labios.— Tan perfecto.
Con movimientos fluidos que hablaban de una intimidad absoluta, Charlie ayudó a Babe a deshacerse de la prenda que los separaba a él, y ajustó la posición de su esposo. No hubo preámbulos elaborados, no hubo juego prolongado. Solo la necesidad urgente que compartían.
Cuando Charlie lo penetró, fue en un movimiento profundo y posesivo que hizo que ambos contuvieran la respiración. Babe ahogó un grito en la almohada, sus dedos aferrándose a las sábanas. Charlie se detuvo, enterrado hasta el fondo, sintiendo cómo cada músculo en el cuerpo de Babe se ajustaba a él, lo aceptaba.
—Ahora duerme.— ordenó Charlie en un susurro áspero, comenzando a moverse con embestidas lentas y profundas que mecían todo el cuerpo de Babe.— O no duermas. Pero esto es tuyo. Yo soy tuyo. Tómalo.
Y en la oscuridad, entre susurros y gemidos ahogados, el sueño fue olvidado, reemplazado por un ritmo mucho más antiguo y vital. La camisa de Charlie, arrugada y empujada hacia arriba, fue la única testigo de su unión, un estandarte blanco en la noche que ondeaba con cada movimiento de sus cuerpos entrelazados.
Súplica y Posesión
La primera tormenta había pasado, dejando un silencio pesado y dulce, roto solo por el jadeo sincronizado de sus respiraciones.
Babe yacía de espaldas al colchón, completamente entregado a las sábanas de seda negra, su cuerpo esparcido como un banquete. La larga camisa de Charlie, ahora empapada de sudor, estaba abierta y arrugada, revelando el paisaje de su torso y el leve abultamiento de su vientre.
Pero lo que tenía a Charlie completamente embobado, hipnotizado, no era solo eso.
Eran las piernas de Babe. Abiertas.
Descansando con una languidez obscena y deliberada, las rodillas dobladas, los pies plantados en la cama, ofreciendo una vista de una intimidad aún roja, sensitiva y brillante por su posesión reciente. Era una invitación tan cruda, tan confiada, que le robó el aire a Charlie.
Charlie estaba de rodillas entre ellas, su propio cuerpo aún gloriosamente desnudo y cubierto de un brillo sudoroso. Sus ojos, oscuros y hambrientos, devoraban la escena.
Su erección, lejos de bajar, parecía endurecerse aún más, un tributo vivo al espectáculo que tenía frente a él.
Babe giró la cabeza hacia él. Sus ojos gris azulado estaban nublados, pero no de sueño.
De un deseo renovado, más profundo, urgente. Levantó ligeramente las manos, colocándolas a los costados de su cabeza, en un gesto de rendición total que era a la vez vulnerable y provocador. Un gemido, bajo y quebrado, le rasgó la garganta.
—Charlie...fóllame otra vez.
Las palabras, dichas con esa crudeza desesperada, vibraron en el aire como una cuerda tensa.
Una sonrisa lenta, cargada de diversión pura y de un amor feroz, se extendió por el rostro de Charlie. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a cada lado de la cabeza de Babe, encerrándolo sin tocarlo aún. Su mirada recorrió el rostro de su esposo, los labios hinchados, los párpados pesados.
—¿Tantas ganas tienes, mi amor?— preguntó Charlie, su voz un susurro burlón y seductor.— ¿Tan pronto? Acabo de reclamarte. Te llené. Y ya estás ahí, abierto para mí, pidiéndomelo otra vez.— Bajó la cabeza y lamió una gota de sudor que se deslizaba por el cuello de Babe.— Las malditas hormonas, ¿eh? ¿O es solo qué te encanta como te destrozo?
Babe cerró los ojos, un sollozo desgarrador escapando de su pecho. Arqueó la espalda, presionando su vientre contra el torso de Charlie.
—¡Ambas cosas! ¡No me hagas esperar, maldito Enigma! ¡Fóllame! ¡Necesito...necesito sentirlo otra vez, necesito que seas tú, sólo tú...!
La súplica, tan cruda y honesta, hizo que la sonrisa de Charlie se suavizara, transformándose en algo más tierno pero no menos posesivo.
—Shhh, mi halcón ansioso. Te daré lo que pides. Siempre.
Se colocó entre sus piernas abiertas, alineándose sin prisas, disfrutando del gemido anticipatorio que salió de Babe al sentir la punta caliente presionando contra su sensible entrada.
—¿Aquí?— murmuró Charlie, rozando sin penetrar.— ¿Es aquí dónde me necesitas?
—¡Sí! ¡Por favor, Charlie!
—¿Seguro? Parece que ya está muy usado. Muy mío.
—¡Es tuyo! ¡Siempre lo será! ¡Ahora, por favor!
La última palabra fue un grito ahogado cuando Charlie, finalmente, cedió. Se hundió en él de una embestida profunda y constante, llenándolo de nuevo con esa familiaridad abrumadora. Babe gritó, sus dedos se aferraron a las sábanas, sus piernas se cerraron alrededor de la cintura de Charlie con fuerza de tenaza.
—¡Así! ¡Así, Charlie, no pares!
Charlie comenzó a moverse, estableciendo desde el principio un ritmo potente y sostenido, diferente al anterior. Esta vez no era sobre la furia o la reclamación inmediata.
Era sobre la indulgencia. Sobre darle a Babe exactamente lo que su cuerpo y sus hormonas le exigían: una conexión profunda, repetida, que lo anclara, que lo hiciera sentirse poseído y amado en cada fibra de su ser.
—¿Te gusta?— gruñó Charlie, sus caderas moviéndose con una potencia controlada que hacía que el cuerpo de Babe se estremeciera con cada embestida.— ¿Te gusta qué te dé lo que pides cuando lo pides, así de desesperado?
—¡Sí! ¡Sólo tú! ¡Sólo tú me haces sentir así de...de necesitado!— Babe jadeó, sus manos soltando las sábanas para agarrar los bíceps de Charlie, sintiendo los músculos que se tensaban bajo su piel.
Charlie bajó la cabeza y capturó sus labios en un beso húmedo y desordenado.
—Y yo necesito verte así.— confesó entre beso y beso.— Hermoso. Deshecho. Lleno de mí. En esta etapa...Dios, Babe, estás perfecto.– Una de sus manos se deslizó entre ellos, posándose sobre su vientre.— Saber que ella está aquí, durmiendo, mientras yo te amo...es lo mejor que he sentido en mi vida."
La combinación de las palabras y el movimiento implacable de sus caderas llevó a Babe al borde rápidamente.
—¡Voy a...! Charlie, voy a...!
—Vente.— ordenó Charlie, acelerando el ritmo, sus propios límites cediendo ante la vista del éxtasis en el rostro de Babe.— Vente para mí. Déjalo ir.
Babe obedeció, su cuerpo arqueándose en un espasmo silencioso al principio, luego en un grito ahogado contra el hombro de Charlie mientras la ola lo arrasaba. Charlie lo siguió de cerca, con un gruñido profundo que era más un rugido de satisfacción, enterrándose hasta el fondo y liberándose dentro de él por segunda vez en una interminable ola de calor.
Esta vez, cuando terminaron, Charlie se desplomó sobre él, pero inmediatamente se sostuvo con los codos, cuidando su peso.
Jadeaban, pegados por el sudor, el sexo y algo más profundo.
Charlie miró a Babe, cuyos ojos estaban cerrados, una sonrisa de completa y exhaustiva satisfacción en sus labios.
—¿Contento ahora, mi amor?— murmuró Charlie, limpiando suavemente un mechón de cabello pegado a la frente de Babe.
Babe asintió apenas, sin abrir los ojos.
—Mmm. Las hormonas están...temporalmente en calma.
Charlie rió suavemente y rodó a un lado, llevando a Babe con él, envolviéndolo en sus brazos.
—Bueno.— susurró, besando su coronilla mientras el sueño los arrastraba a ambos de nuevo, esta vez hacia un abismo de agotamiento placentero.— sabes dónde encontrar el remedio. Siempre.
¡FIN!
Dedicado a @PanditaPooh41 me habías pedido este ONE SHOT….Que lo disfrutes…









amé, maravilloso, gracias de ❤️
Muchísimas gracias!! 😊 Estuvo fantástico y amó a Babe panzón.
Nunca ma cansaré de wata parejita