«La Quema».
Para mí empezó un viernes, mientras muchos gozaban el comienzo del fin de semana. En la calle había unos chicos que se pasaban la pelota, imitando una jugada del mundial pasado. La gente caminaba entre ellos como si fuesen invisibles, pero yo no podía apartar los ojos de esas piernas flacas que corrían por la vereda del frente. En determinado momento, uno de los transeúntes se cruzó en la trayectoria de la pelota y la jugada se diluyó. Uno de los chicos corrió detrás de ella y ese fue el principio de todo. De todo el horror.
Dos hombres con máscaras y sopletes se les echaron encima, a los dos chicos. El visor del tipo reflejó la cara de uno de ellos, reprodujo su miedo y su desconcierto. Luego solamente duplicó el color del fuego. Un fuego azul e impersonal, ávido. Esa tarde, pero en otra parte del barrio, quemaron más.
Les miento si les digo que alguna vez vi cosa semejante, pero las noticias me sorprendieron aún más. El asunto fue así: Corea del Norte tuvo un brote masivo de neumonía infantil. Lo repentino del brote lo hizo incontrolable, y no tardó en llegar a la frontera. Además de mutar con una rapidez asombrosa, no tenía cura. Con el paso de los días y la desesperación propia de un clima adverso, había bastado para que los de siempre lo distribuyesen. Todos querían sacar a sus hijos de Corea. Desde allí se prolongó hacia el resto del mundo.
En menos de un mes llegó a nuestro continente. El contagio era rápido como un estornudo. Primero se transmitió por la saliva y demás, cómo una gripe cualquiera. Después por aire, y por agua, y sabrá Dios qué otros medios. En ese momento se volvió verdaderamente incontrolable.
Las teorías tocaron todos los registros conocidos, pero nadie supo decir con claridad qué había provocado una epidemia semejante. Fuera como fuese, los organismos de salud se pusieron a trabajar de inmediato en una solución temporal para tapar los agujeros mientras durase.
Por eso aparecieron ellos, los tipos de la máscara con filtro. Ellos y sus sopletes, y los detectores de espectro pulmonar. Los hombres que habían quemado a mis vecinos traían uno. Iban de casa en casa. Si el medidor mostraba que la zona torácica del menor tenía una temperatura distinta del resto del cuerpo, te quitaban a tu hijo y se lo llevaban. En situaciones muy puntuales lo quemaban en la calle, pero el procedimiento regular solía ser “menos traumático”. Lo regular era apilarlos en una fosa común, lo bastante profunda como para que nadie los viese (ni pudieran escaparse) y prenderles fuego.
Muchos quemaron a sus propios hijos a escondidas, mayormente en sus patios, para que no lo hiciera un desconocido. Pero pronto, ni siquiera esa solución fue bastante. Tuvo que instaurarse un nuevo procedimiento, mayor en tamaño y eficiencia. Así se abrieron las clínicas de limpieza.
Un vocero de la Organización Mundial de la Salud fue el indicado para inaugurar el nuevo método de contención. Nos leyó un folletín titulado “El Manual de la Quema”, que se emitió en vivo por todos los medios del mundo civilizado. Teníamos que colaborar entre nosotros. La neumonía estaba fuera de control y exigía medidas drásticas. Numerosos hospitales se convirtieron en mataderos, y numerosos ciudadanos hicimos lo propio para convertirnos en los matarifes. Todavía recuerdo la cara que puso mi marido cuando llegué a casa del trabajo y le dije que había renunciado para quemar chicos en un horno gigante. Yo tampoco estaba orgullosa, pero había que escoger un bando.
Me presenté al voluntariado en mi ciudad por dos motivos: el primero era que los enfermos vivían muy poco, y además eran muy infecciosos. Tenerlos deambulando por ahí era el peor de los escenarios posibles. El segundo estaba relacionado con el futuro. ¿Quería un mundo de enfermos para mis hijos, si es que alguna vez los tenía? Como yo, hubo un montón de gente que se unió por lo mismo. El futuro se decidía a partir de nuestras elecciones, no había alternativa.
La OMS lo sabía. Los humanistas lo sabían. Las organizaciones por los derechos de los niños lo sabían. Tuvieron que tragarse sus Derechos Humanos como una deliciosa pieza de sushi, y sonreír mientras tanto.
Las clínicas abrieron las veinticuatro horas. Veíamos entrar gente todo el tiempo. Gente conocida, gente desconocida, gente con la expresión descompuesta. Traían a sus hijos como quien los lleva al dentista. Los chicos se portaban bien, sin berrinches. Esperaban en una sala común y después los íbamos llamando por orden de llegada. Lo cierto es que ninguno sabía para qué habían venido; ellos creían que la raza humana iba ganando la guerra. Para muchos era una visita al médico, una visita de rutina.
La enfermera los llamaba por el altavoz y marchaban junto a sus tutores por enfermería para firmar una planilla de consentimiento. Después los dejaban en la puerta de la cámara. Ahí entrábamos nosotros.
Un chico me preguntó una vez si las cosas que se decían de las clínicas eran ciertas. Yo estaba ajustando las llaves de gas y revisando las boquillas del horno. Aquella pregunta me dejó pensativa.
—¿Vos cómo lo sabes? —le pregunté. El chico se encogió de hombros y me lo contó, sin rodeos. Al parecer, la madre no lo quería mucho y le había contado el proceso con lujo de detalles, solo para atormentarlo. ¿En qué momento habíamos pasado de mortificar a un chico con tonterías a decirle esa clase de cosas? Traté de prestarle poca atención y seguí preparando la cámara.
Aquella charla todavía me eriza los pelos. Pese a todo, mi temor era que alguien lo normalizara. Estaba prestando un servicio comunitario, no era una forma de saciar mis perversiones. Pero yo era un número más, y bien podía ser uno negativo. Después del episodio del chico, empecé a padecer casi a diario de mareos, vómitos, y una pesadez mental que me hacía la vida imposible.
Supongo que el hecho de ser mi propia supervisora también contribuyó en mi ruina. Aunque era voluntaria, tenía que cumplir con ciertas aristas de un contrato; una de ellas implicaba que me quedara con los chicos hasta que el fuego los convirtiese en cenizas. Por si alguien se lo pregunta, también me encargaba de entrar al horno y barrer las cenizas. Si la cámara no hubiese estado insonorizada, creo que me habría vuelto loca.
—¿Cuándo piensan parar? —quiso saber Mariano, mi marido. Él trabaja para una ONG, y encarnaba básicamente el otro extremo de la vara. La quema le parecía un delito de lesa humanidad. Las cifras le daban exactamente lo mismo.
Teníamos un sistema de salud quebrado, pero él y sus amigos subsidiados pensaban que todo se podía arreglar con un poco de amor y otro poco de aceite de cannabis. Mariano no comprendía la magnitud del problema.
—Cuando se pueda controlar la pandemia —le dije.
—¿No será cuando se acaben los chicos? —respondió.
Lo cierto es que no se acabaron. La quema se prolongó unos cuatro o cinco años, pero un día cerraron los mataderos. Hubo cadena nacional y de repente volvimos a ser libres. Algún dios misericordioso había apretado el botón de reseteo, y el mundo empezaba de nuevo. Rueda la rueda y rodamos…
El Ministro de Salud levantó el teléfono, mandó a llamar un inspector y este vino a poner la cinta amarilla durante sesenta días. Los matarifes nos vestimos de limpiadores, con uniformes a cuadros y cofias y toda esa pompa. Desmontamos los hornos, derribamos las paredes de las cámaras e instalamos de nuevo todos los aparatos del hospital. Devolvimos las camillas a sus habitaciones, restituimos los despachos. Echamos desinfectante y pasamos la fregona por cuanto pasillo nos pusieron por delante.
Una tarde, cuando el trabajo estuvo consumado, nos quitamos los guantes y nos fuimos por la puerta de atrás. Esa misma noche sonó el himno nacional, y se declaró el “Cese a La Quema”. Dos meses más tarde, volvieron a pintarse los rótulos hospitalarios y los edificios comenzaron a funcionar para el propósito que estaban destinados: salvar vidas, tratar enfermedades, cultivar esperanza.
La neumonía no desapareció, fueron las medidas las que lograron contenerla. Extremas o no se consiguió el objetivo. La vida volvió a ser más o menos cómo antes y los ojos que lloraron por los muertos se terminaron secando. Hubo algo de místico en la quema, una suerte de catarsis, o al menos eso dijeron. Me quedo con una frase que leí en un pasacalle cuando regresé a casa la noche de aquel último día: el infierno está lleno de buenas intenciones.
Todavía hay chicos en las veredas y todavía juegan a la pelota. No creo que las máscaras les molesten. En todo caso, hay cosas mucho peores que un eczema en el tabique. Nadie quiere otra quema, pero uno nunca sabe. A veces me digo que incluso con toda la protección, con todas las precauciones, el peligro acecha justo a la vuelta de la esquina. Sacrificar la comodidad en nombre de la longevidad, un trueque de lo más justo. Sacrificamos cosas a cada segundo.
Es el mundo que nos queda.
Fin.
¡Gracias por leer!