Revelaciones Bajo la Luz de la Luna

Summary

Penélope abrió la boca para decir algo, pero él se le adelantó. -¿Lo entiendes ahora? - preguntó Colin por primera vez, mirándola fijo para que ella viera lo que sentía en esos momentos sin censura en sus ojos. Ya se había dejado al descubierto y no tenía ánimos ni fuerzas para seguir fingiendo. La chica entonces, se llevo una mano a su boca en un gesto nervioso. El primer gesto de verdadera timidez que le había visto hacer desde aquel día en que ambos estaban practicando como acercarse y coquetear con un pretendiente en el tranquilo salón de su casa. En ese minuto, y pese a la sorpresa que le dio respecto al comentario de sus ojos, Colin pensó que se veía adorable ahí, intentando seducirlo de aquella forma tan sutil, tan propia de ella. Pero ahora, esa timidez estaba generando cosas en él de las cuales era mejor guardar silencio. -Colin... - susurró ella, apenas un hilo de voz que de no ser porque estaba tan cerca, él no habría sido capaz de escucharla - Yo....Pero....

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18+

Capítulo 1

-¡Penélope! ¡Detente en este instante!

-¡Aléjate de mí, Colin! – gritó ella por sobre su hombro.

Colin gruñó por lo bajo mientras seguía de cerca a la escurridiza y pequeña mujer de vestido plateado con cabello rojo moverse tan rápido como sus piernas le permitían. Los sonidos provenientes del baile se escuchaban cada vez más distantes en la medida que ambos se movían sin rumbo fijo por los jardines, completamente inmersos en este juego de cacería que Colin estaba seguro de que podía terminar muy mal, especialmente si Penélope se comportaba como una presa rebelde y poco cooperativa. Ja, como si huir de él fuese tan fácil, pensó. Ya había estado a punto de perderla una vez y solo sobre su cadáver permitiría una segunda.

-¡No hasta que me digas que fue eso! – bramó él sin importarle quién pudiera escucharle. Al diablo con la propiedad y las costumbres – ¡¿Cómo se te ocurre permitir algo semejante?!

-Realmente ha perdido usted la razón, Señor Bridgerton – respondió ella de forma directa y con arrogancia, esta vez sin mirarle mientras seguía avanzando a paso resuelto por el intrincado y oscuro jardín.

-¡Deja de llamarme así!

Entonces ella se rió. Colin apenas si podía creerlo. Se estaba riendo de él.

-Que es tan divertido – soltó él entre dientes sin que quisiera que fuese una pregunta. Exigencia se acercaba más a lo que tenía en mente.

-Tu reacción – respondió Penélope sin aminorar el paso – Quien hubiese creído que fueses tan sensible a que una señorita se dirigiera a ti con formalidad.

-Tu no eres cualquier señorita, Penélope – señaló Colin, seguro que le daría un puntapié al próximo árbol que se encontrara, ya que esta mujer estaba al borde de volverlo completamente loco.

-Ah, ¿en serio? ¿Y según tú como sería entonces? – le desafió ella.

Colin gruñó una vez más, algo que recién había notado que era capaz de hacer. Esto tenía que ser una broma.

-Tu eres Pen, mi amiga, eres especial – dijo, tratando de no sonar como una bestia a punto de destruir y aterrorizar medio Londres.

Penélope dejó escapar un resoplido.

-Ah, entiendo. A lo que te refieres es que soy Pen, tu amiga y no cuento, ¿no es así? – soltó ella de manera astuta así sin más y entonces, se echó a correr.

Apenas esas palabras salieron de su boca, Colin estuvo seguro de que algo se rompió dentro de él. Era inaudito. Esta debía ser la segunda vez que ella se atrevía a usar sus propias estúpidas palabras en contra suya. ¿Por qué?, pensó. ¿Por qué no había sido capaz de sostener su lengua cuándo tuvo la oportunidad? Él siempre se había orgullecido de su capacidad para hacer lo correcto incluso en las peores circunstancias, algo que sostenía con frecuencia sobre las cabezas de Anthony y Benedict debido a su historial de escándalos que habían estado al borde de enviar a su querida a madre a la tumba de manera anticipada. Pero en lo que respectaba a Penélope aún era incapaz de entender como no paraba de joderla una y otra vez, y la peor parte era que ella era excelente en recordarle y restregarle en su cara sus errores, algo que debía reconocer estaba empezando a agotar su paciencia a pasos agigantados.

Colin se pasó las temblorosas manos por su cabello en un intento de mantener la cordura, pero sus emociones no le estaban ayudando. Estaba furioso. Furioso con ella, consigo mismo, con todo en realidad. Ya no podía más.

Con los puños apretados al punto de tener los nudillos blancos, Colin echó su cabeza hacia atrás y gritó a cualquiera que pudiera oírle:

-¡Penélope Anne Featherington detente en este instante!

Él jamás usaba ese tono con nadie, pero tuvo que admitir que grande fue su orgullo cuándo vio que la chica a lo lejos se detenía en el acto junto a un pilar mientras se volteaba para enfrentarlo. Su silencio, algo que él no creía posible, le dio el suficiente tiempo para terminar de alcanzarla en solo cuatro simples zancadas hasta que la distancia que les separaba no superaba los dos metros.

Ambos se quedaron ahí, de pie, mirándose con solo el silencio que rodeaba el jardín acompañándolos. El ambiente se sentía tenso, pero a la vez cálido pese a la suave brisa que se dejaba caer que no ayudaba en nada a mitigar el fuego que Colin sentía en aquellos momentos y que amenazaba con volver cenizas hasta sus mismos huesos. Esto debía ser el infierno, pensó él, el infierno que se merecía por todo el daño que había provocado a la exuberante y pequeña mujer frente a sus ojos.

La escaneó con cuidado, inclusive con algo de descaro. Estaba hermosa, deslumbrante, como la luna que te visita de noche y que con su brillo inspira que la poesía surja desde los más profundos rincones del corazón. Su cabello, siempre sujeto por espirales apretadas, ahora se encontraba suelto cayendo en suaves ondas que enmarcaban su rostro tan dulce e inocente. A Colin le escocían las manos por retirar aquella frondosa mata de fuego de su cuello y así poder tocar su piel de alabastro, que, desde esa distancia, el tercero de los Bridgerton intuyó que debía ser tan suave y cálida como sus manos. Incluso más. Se imaginó a si mismo dándole un suave beso justo ahí, en la curva entre su cuello y el inicio de sus hombros, y aquel pensamiento hizo que su cuerpo se sacudiera haciendo que la sangre que debía estar en este momento en su cabeza migrara hacia otra zona menos manejable de su autonomía. Pero fueron sus ojos, sus ojos cual cielo en un día de verano los que estuvieron al borde de ponerlo de rodillas. Se veían tormentosos, sorprendidos e inclusive algo asustados y él debía ser un maldito, un maldito bastardo sin precedentes, porque debía admitir que el verla así por su causa le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Al final, fue ella la que decidió romper el silencio entre ellos.

-No entiendo – dijo ella con la respiración entre cortada y Colin tuvo que admitir que eso le gustaba, siéndole imposible el no imaginarse esa misma respiración, pero en otros...contextos – ¿Por qué....

-Que fue lo que te dijo, Pen – exigió saber Colin, dando un paso agresivo hacia ella, pero deteniéndose al darse cuenta de que ella instintivamente dio un paso atrás.

Penélope lo miró sin entender.

-¿A que te....

-¡Lo vi! – rugió él, el solo recordarlo hacia que sus ojos vieran rojo – Vi como te acercaba a su cuerpo cuando bailaban y luego tuvo la osadía de susurrarte algo en el oído. Así no se portan los caballeros Penélope, pero aún así tu....tu....

Ella le enarcó una ceja. Sus bellos ojos azules, cuales aguas en el mar griego, ahora le atravesaron de tal modo que Colin sintió un delicioso escalofrío recorrerle la espalda.

-¿Yo que, Colin? - le incitó, con fuego en su mirada e incluso en su voz.

-¡Sonreíste y además te ruborizaste! – explotó él sin una sola gota de vergüenza, comenzando a moverse de un lado a otro como animal enjaulado.

A su mente entonces llegó la imagen tan viva y fresca como la había captado en ese momento minutos antes de haber llegado hasta ese lugar. Penélope. Su Pen, en brazos de ese idiota de Debling. Sus asquerosas manos sobre ella, bailando un vals mientras ella le sonreía abiertamente, con esa sonrisa que solo le dedicaba a él y con sus ojos de cielo empañados de pura diversión.

Sus dedos habían apretado la copa que sostenía con tanta fuerza que por un momento creyó que el cristal se rompería bajo esa presión. Como se atrevía a intentar quitársela, pensó. Ella era su Pen. Suya y de nadie más. Se batiría a duelo por ella si era necesario, aunque en ese momento, la idea de rodearle el cuello con ambas manos hasta que los ojos se le salieran por sus cuencas se le cruzó por su mente y Colin no tardó mucho en darse cuenta de que eso sonaba mucho mejor. Si, así no estaría mirando a Penélope como si fuera el plato principal en un festín.

Pero Colin nunca creyó que lo peor estaba por venir. El vals había terminado y Debling se había llevado a Penélope a la mesa para servirle una limonada y entonces, fue cuando sucedió. Él se inclinó sobre ella, se acercó a su oído con toda la intención y le dijo algo que la hizo sonreír, y peor, se ruborizo. Ella se ruborizó y en ese momento, Colin supo que acababan de declararle la guerra.

Penélope lo miró incrédula.

-Esto es ridículo, Colin – ella se cruzó de brazos y Colin casi rogó que no lo hubiese hecho, ya que la acción había hecho que sus generosos pechos de alzaran más, llamando toda su atención - ¿No se supone que para eso estas ayudándome? ¿Para atraer un pretendiente? ¿Y ahora te molestas de que esta funcionado?

-Te ayudo para atraer un pretendiente, no para que permitas comportamientos inapropiados – le recordó Colin, sintiéndose frustrado y tan acalorado que poco le faltó para arrancarse la corbata de un tirón. Maldita sea, como odiaba esa tonta prenda – Así que voy a preguntártelo por última vez, Penélope. Que.fue.lo.que.te.dijo – recalcó cada palabra sin dejar de observarla, para que ella viera en sus ojos lo que había hecho. En la piltrafa en que lo había convertido.

Ella sin embargo, ni se inmutó.

-No tengo porque decirte nada, Colin – dijo, alzando su barbilla en un gesto desafiante que el tercero de los Bridgerton no pasó por alto – No tienes ningún derecho a involucrarte en mis asuntos con mis pretendientes.

-Tengo todo el derecho del mundo – le rebatió él, dando un paso, alegrándose de que ella estuviera tan enfocada en su propia indignación para darse cuenta de lo que había hecho.

-Porque – le cuestionó ella sin hacerle una pregunta. Buen Dios, no podía verse más hermosa – No eres mi hermano, ni mi padre, ni mi esposo como para creer que tienes algún derecho sobre mí.

-Pero lo tengo, te guste o no.

-¡Estas absolutamente demente! – le gritó ella ahora al borde de perder los estribos – No puedes estar hablando en serio.

-Pues lo estoy – respondió él seguro de cada una de sus palabras, rechinando los dientes.

-Entonces ilumíname, Colin – dijo ella con sarcasmo – Dime. Explícame porque crees que tienes derechos sobre mí.

-¡Porque eres mía!

Apenas esas palabras salieron de su garganta, una cadena de acontecimientos tuvo lugar en un parpadeo. Penélope dejó escapar un sonoro jadeo, trastabillando de tal modo que Colin estaba seguro de que, de no ser por el pilar a su costado, se habría desvanecido en el suelo. Ahí está, lo había dicho y pese a que el tercero de los Bridgerton pensó que su confesión debería haberlo aliviado, la sensación que le estaba recorriendo en ese momento tenía poco y nada que ver con el alivio. Furia pura, mezclada con un dejo de posesión parecía de pronto haber llenado cada rincón de su cuerpo, haciendo que un terrible deseo mezclado con la más pura hambre se alzara en su interior cual monstruo preparado para arrasar con todo su paso.

Oh, Dios querido, si ella supiera. Si supiera lo que se le estaba pasando por la mente en ese momento, posiblemente saldría huyendo despavorida y él, como la pobre excusa de hombre que era, saldría tras ella. La perseguiría hasta el fin del mundo si era necesario y que el cielo mismo ayudara a Penélope si es que conseguía atraparla, porque él sabía y tenia claro, que no pediría perdón por lo que le haría a su hermoso y exuberante cuerpo en esos momentos.

Penélope abrió la boca para decir algo, pero él se le adelantó.

-¿Lo entiendes ahora? – preguntó Colin por primera vez, mirándola fijo para que ella viera lo que sentía en esos momentos sin censura en sus ojos. Ya se había dejado al descubierto y no tenía ánimos ni fuerzas para seguir fingiendo.

La chica entonces, se llevo una mano a su boca en un gesto nervioso. El primer gesto de verdadera timidez que le había visto hacer desde aquel día en que ambos estaban practicando como acercarse y coquetear con un pretendiente en el tranquilo salón de su casa. En ese minuto, y pese a la sorpresa que le dio respecto al comentario de sus ojos, Colin pensó que se veía adorable ahí, intentando seducirlo de aquella forma tan sutil, tan propia de ella. Pero ahora, esa timidez estaba generando cosas en él de las cuales era mejor guardar silencio.

-Colin... - susurró ella, apenas un hilo de voz que de no ser porque estaba tan cerca, él no habría sido capaz de escucharla – Yo....Pero....

-¿Pero que, Penélope? ¿Qué vas a decir? – atacó él sin piedad mientras avanzaba hacia ella, detestando la distancia que los separaba - ¿Qué no eres mía?

La chica negó enérgicamente con la cabeza sin dejar de mirarlo.

-No le pertenezco a nadie, Colin – alcanzó a responder, pero no con la fuerza que mostraba al inicio.

La mirada de él se ensombreció de repente.

-Que te dijo Debling, Penélope – exigió una vez más él, ignorando por completo lo que había dicho.

-Colin...

-¡Dímelo ahora!

-¡Que me veía hermosa! – gritó ella con tanta fuerza, incluso con lágrimas en sus ojos, que Colin sin darse cuenta dio un paso atrás de la sorpresa – ¿Eso querías saber? Bueno, ahí lo tienes.

Por primera vez en todo ese rato, Colin sintió un nudo en la garganta. Había ido demasiado lejos.

-Pen...

-¡No! ¡Te callas, porque me toca a mi hablar! – su reacción lo dejó completamente mudo y antes de que pudiera decir algo, ella siguió - ¿Quién te crees que eres? Primero dices que soy Pen, tu amiga, que no cuento. Luego, dices que jamás me cortejarías a un grupo de hombres y ahora, que finalmente alguien me presta atención, que alguien me encuentra hermosa, tu vas y actúas como un demente, un niño a quién le quitaron su juguete favorito diciendo que soy tuya cuándo, y te repito, no le pertenezco a nadie.

Sus ojos eran una mezcla de tristeza y fuego que Colin no pudo ignorar. En ese momento, la admiró. Admiró su fuerza y coraje para plantarle cara una vez más pese a que parecía que estaba a punto de desmoronarse y si eso pasaba, el único responsable sería él. No, eso no era lo que él quería. No quería dañarla. Que le pegaran un tiro en la sien si se atrevía a lastimar a Penélope una vez más. Solo quería.....

-¿Tienes idea lo que significa para mí esto, Colin? ¿Qué un hombre atractivo como Lord Debling me encuentre hermosa? – continuó ella sin piedad, pese a que lo último hizo que el chico frunciera el ceño – He sido la burla de la sociedad durante años. Nadie toma en serio a la pequeña, rechoncha y tímida, Penélope. Cambié por fuera, mis peinados, mi guardarropa, incluso el como me muevo entre la gente, esa misma gente que me ha pasado por alto toda la vida y hoy, por primera vez, alguien me vio, Colin. Un hombre atractivo y de buen corazón que, además, disfruta de mi compañía. ¿Cómo no ruborizarme entonces frente a sus cumplidos? No soy tonta, Colin. Sabía que no era correcto. Sabía que no estaba bien que él se acercara tanto a mí, pero simplemente lo dejé porque no pude evitarlo – explicó como si se sintiera culpable. Comenzó a jugar de pronto con sus dedos, delatando así su nerviosismo - Sus palabras....me gustaron. Dios, que patética debo sonar, pero nunca un hombre me había hecho sentir así. Tan hermosa, tan mujer, tan.....deseable. Si me hubiera pedido que lo besara, yo...

Pero no pudo terminar, porque en ese momento, los labios de Colin se estamparon sobre los suyos de manera súbita y con furia, borrando toda posibilidad de pensar y mucho menos de hablar.


Continuará....