El despertar
Ulices, fue el último en retirarse del trabajo, pasó por el estacionamiento que estaba inusualmente oscuro, generalmente había más luces que iluminaban aquel sitio, notó además un silencio, un silencio inusual, que le causó cierta incomodidad.
El corazón le latía aceleradamente, amenazando salir por su boca, tenía esa extraña sensación de que alguien lo observaba, giró su cabeza en todas las direcciones en un intento de tranquilizar sus pensamientos, que por alguna razón le gritaban que estaba en peligro, pero no había nada, solo el eco de una alarma de auto sonando en la distancia.
Meneó la cabeza, probablemente se estaba imaginando cosas y expiró profundamente el aire que tenía atrapado en sus pulmones, sintiendo que el peligro solo estaba en su mente.
Pero, entonces un hombre moreno, alto con una cicatriz encima del ojo derecho, salió de su escondite ubicado tras una de las columnas del estacionamiento y con rapidez lo inmovilizó contra la pared y con un silbido llamó a sus otros dos compinches.
Luego lo jaló bruscamente e impactó con dureza el duro cemento; mientras trataba de procesar lo que estaba ocurriendo, los otros dos se apresuraron y lo sujetaron de brazos y piernas inmovilizándolo completamente.
Un tercero comenzó a golpearlo en la boca, golpes directos, precisos; luego la nariz comenzó a sangrar profusamente, se sentía como una marioneta a merced de un titiritero, a merced de un verdugo inmisericorde.
Su corazón latía a mil por hora y sentía la sangre llenándole la boca, ese sabor metálico que le subía por la garganta. No sentía dolor por la descarga de adrenalina en su sangre, veía cada golpe como si fuera en cámara lenta, casi deseando que se moviera más rápido, pero no era así, solo era su percepción alterada por el terror.
No puedo… no puedo con esto… son tres… tres contra mí… Su mente giraba sin orden mientras los golpes seguían cayendo. Cada impacto le hacía sentir que su cabeza se quebraba, que todo su cuerpo se rendía.
El aire se le hacía insuficiente. Cada respiración era un esfuerzo, un recuerdo de su propia fragilidad.
El hombre que lo golpeaba, no se conformó con eso, sentía que no era suficiente, así que esbozó una sonrisa torcida y extrajo un cuchillo brillante del bolsillo de su pantalón y lo pasó por la cara de Ulices, luego por su oreja y finalmente por el cuello.
Esto es el final. Esto es el final. Nadie va a salvarme… nadie…
Se sacudió con fuerza, intentando liberarse, pero era inútil. Sus brazos y piernas estaban atrapados como en una trampa. Los criminales sonrieron con sorna, y la risa de uno de ellos retumbó en su cabeza como un martillo.
No puedo… no puedo…
El hombre con la navaja apartó el cuchillo y sonrió en forma burlona.
—Podría quitarte la piel sin esfuerzo… pero soy un buen hombre —dijo, cargado de sarcasmo.
El cuchillo rozó su cuello. Ulices cerró los ojos y sintió un leve contacto, frío y breve, nada lacerante.
Estoy muerto… estoy muerto… y nadie lo va a notar… nadie va a recordar mi nombre…
La sangre que le llenaba la boca se mezclaba con su miedo. Cada golpe hacía que su corazón latiera como un tambor fuera de control. Sentía su propia fragilidad, cada fibra de su cuerpo gritando: corre, pelea, haz algo… pero no podía. No podía.
Ya no había agarres; solo el olor a orina vieja, que lo sacó de su estupor.
Abrió los ojos y vio al criminal sonriendo, mirándolo como si fuera una marioneta vieja y destruida.
—Esto es solo una muestra de lo que te puede pasar si seguís metiéndote con el señor Esteban.
Luego el jefe escupió y se alejaron, dejándolo en el suelo, sangrando y tosiendo.
Lentamente se incorporó, aunque estaba aterrorizado, por fin tomó una decisión que cambiaría el resto de su vida.
Mientras caminaba arrastrando sus pies, Ulices sentía que cada músculo le dolía, que cada hueso estaba a punto de romperse. La impotencia lo golpeaba más que los criminales: ¿cómo permití que esto llegara tan lejos? ¿cómo pude confiar en ellos? ¿cómo me dejé arrastrar por algo que me destruye?
Esteban era el otro joven que veía su novio Alexander, quien le había sugerido una relación abierta.
Esteban siempre fue agresivo y celoso y lo quería fuera, eso en realidad no era una relación abierta, era una relación en que le ponían los cuernos y él no protestaba. Una relación en que daba todo y debía agradecer que le permitieran respirar el mismo aire que su pareja.
Y yo… yo qué hice? Solo me dejé arrastrar. Me dejé humillar. ¿Por qué sigo atado a esto? ¿Por qué sigo queriendo a alguien que me lastima?
Ni siquiera intentó llamar a Alexander. Se quitó la remera verde, se secó la sangre del rostro y buscó un lugar más iluminado para pedir un Bolt.
Alexander… si supieras todo… si supieras cómo me dejaron… pero ni siquiera importará. Nadie quiere meterse en esto.
Llegó al hospital por su cuenta. Los doctores se alarmaron, le hicieron preguntas y lo instaron a denunciar. Negó con la cabeza.
La poderosa familia de Esteban solo lo destruiría. Él no era nadie.
¿Y denunciar qué? Que me rompieron la cara, que me golpearon como a un animal, que me humillaron frente a mi propio miedo? Nadie me salvaría. Nadie me creería. Nadie me escucharía…
La única decisión posible era terminar esa relación que había sostenido por años, nunca suficiente, pero lo haría limpiamente, sin dramas, con dignidad.
¿Por qué sigo sosteniendo algo que me destruye desde adentro? Qué estúpido fui… qué ciego… todo este tiempo… desperdiciado…
Alexander, sacó su movil y escribió avisando que saldría a bailar. En realidad, se quedó en un motel barato, solo, para recomponerse un poco antes de regresar al departamento que compartían y planear su próximo paso.
Al día siguiente, cuando llegó al departamento.Esteban estaba allí, tomando vino, sonriendo. Tal vez de él.
—¿Qué te pasó, querido? ¿Estás bien? —dijo Esteban, con una sonrisa torcida.
Ulices conocía los juegos mentales de Esteban. Si decía la verdad, el otro lo torcería y Alex saldría a defenderlo.
Sospechaba que eso era lo que esperaba, pero él sería más astuto. No le seguiría en sus sucios juegos.
—Solo un pequeño resbalón —respondió, seco.
Se fue al cuarto que compartía con Alex. A la madrugada, Alex llegó con olor a alcohol y sexo, como otras veces. Pero esta vez, no le importó.
Quiso despertarlo; Ulices fingió dormir.
A la mañana siguiente se levantó, cargó sus pocas pertenencias y suspiró arrepentido por el tiempo invertido en alguien que no valía la pena.
El cuarto seguía lleno de fotos de ambos, cualquiera diría que ambos estaban enamorados. Esa vista, le dio arcadas. Ahora solo veía lo que era. Manipulación y control, detrás de las máscaras.
Con el rostro enrojecido por la ira, recogió rápidamente cada una de las fotos y los junto en la cama, buscó una bolsa de basura y las tiró todas ahí. No dejó nada suyo en ese departamento.
Todo este tiempo… para qué? Para acumular recuerdos que me duelen más… que me humillan más…
Miró por última vez y cerró la puerta con la llave. La sacó y la empujó debajo de la puerta. Nunca más la usaría.
Lloró por años desperdiciados y se preguntó:
—¿Cómo dejé que me humillaran tanto?
¿Cómo pude ser tan débil? ¿Cómo pude dejar que me aplastaran, que me golpearan, que me borraran? Nunca más… nunca más.
Si, ya sé el amor. El amor justificaba todo lo que pasaba, pero ya no más. No se dejaría pisotear más, iría con Mateo su amigo heterosexual que siempre estuvo ahí, a pesar de todo.