ghostface ✧ heejake

Summary

En la apacible ciudad de Oakwood Falls, una noche de octubre se torna aterradora cuando un joven recibe una llamada misteriosa. La figura encapuchada y enmascarada que aparece en su jardín, no solo busca asustarlo. ╰►heeseung + jaeyun ❥ ╰►terror ; suspenso ╰►mención leve de jaywon ╰►inspirada en el personaje Ghostface ╰►historia completamente mía © angehee

Genre
Horror/Thriller
Author
Ange
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

uno

El aire en la pequeña ciudad de Oakwood Falls siempre tenía un frío durante las noches de octubre. Uno que no solo se colaba por las rendijas de las ventanas mal selladas de las antiguas casas, ni de la neblina densa que abrazaba los vastos campos de maíz. Era algo mucho más profundo, que provocaba cierto escalofrío.

Aquella noche, el silencio fue abruptamente cortado por el sonido del teléfono. Yang Jungwon saltó en el sofá, esparciendo un puñado de palomitas de maíz sobre su sudadera gris, que ya empezaba a mancharse. La pantalla del televisor mostraba a una actriz ochentera, gritando con poca convicción mientras un hombre con una máscara la acechaba. El sonido era casi insoportable, un recordatorio cruel del mundo exterior que, en noches como esta, preferiría enterrarse en su casa. Sus padres estaban atrapados en una cena tediosa en la casa del alcalde, dejándole la mansión más grande de la calle Elm solo a él, con su manta favorita y un maratón de películas de terror de bajo presupuesto. Con un suspiro pesado, extendió el brazo y tomó el teléfono fijo —una reliquia que su madre insistía en conservar pese a los años—.

—¿Hola? —su voz resonó en el lugar, guardó unos segundos, pero no hubo respuesta al otro lado de la línea— ¿Hola? —volvió a inquirir, ahora con un tono irritado—. Si es una encuesta, no estoy interesado.

Del otro lado, apenas se escuchó un susurro opaco de estática. Luego emergió una voz, pero aquella no era una voz común, esta se sentía mucho más profunda, melódica y ciertamente áspera, como si alguien hablara desde el fondo de un trapo húmedo o incluso algo más espeluznante. Aquel sonido le heló la sangre y le erizó los vellos de los brazos en un instante.

—¿Te gustan las películas de terror, Jungwon? —preguntó la voz, su tono cargaba una oscuridad inquietante que parecía deslizarse hasta lo más profundo de su piel.

Frunciendo el ceño, el rubio bajó el volumen del televisor con el control, intentando calmar el vuelco de su corazón que aún retumbaba en su pecho. En medio de sus pensamientos, Jay apareció. Seguramente era él, el capitán del equipo de fútbol con quien había salido un par de veces, conocido por su humor extraño y a veces inquietante. —Muy gracioso, Jay. Sí, me gustan las películas. ¿Qué quieres?

Pero la voz al otro lado permaneció inmutable, carente de cualquier emoción. —No soy Jay. Tengo una pregunta más interesante. ¿Sabes cuáles son las reglas?

—¿Las reglas? ¿De qué diablos hablas? —Jungwon se incorporó, el ligero atisbo de diversión desapareciendo de su rostro. La cadencia plana y fría de aquella voz no tenía nada que ver con las bromas pesadas de Jay.

—Las reglas para sobrevivir en una película de terror —continuó, con un tono de obviedad—. Todo el mundo las conoce. La víctima siempre grita: "¡Vuelve aquí!" o "¡Espera!". Nunca debe subir las escaleras cuando podría salir por la puerta principal. Y, bajo ninguna circunstancia, debe preguntar: "¿Quién está ahí?".

Un escalofrío recorría la espina dorsal del chico. Se levantó del sofá, enredándose en la manta, con las manos temblorosas. Su vista se desplazó hacia la ventana, donde la noche parecía una masa de tinta negra, rota solo por el tenue brillo de la farola de la esquina y las estrellas.

—Esto no es un juego. ¿Quién eres? —preguntó, con su voz ahora algo tensa.

—Estás rompiendo las reglas, Jungwon —respondió, aunque su voz por un instante se amortiguó un poco—. Ya empiezas con preguntas estúpidas. —Un suspiro pausado, casi una respiración lenta se coló por la línea, helándole la sangre—. Veo que estás viendo Halloween. Película interesante. Un asesino con una máscara algo ostentosa.

En ese instante, el corazón de Jungwon pareció detenerse un segundo, paralizado por el terror. ¿Cómo sabía eso? Se giró de golpe hacia otra ventana. Dónde las cortinas estaban abiertas de par en par, dejando al descubierto la oscuridad del jardín delantero. Posiblemente alguien, allá afuera, lo acechaba en medio de la oscuridad, contemplando el reflejo de la luz parpadeante del televisor que iluminaba su rostro con destellos fugaces.

—¿Estás… estás afuera? —su voz resultó demasiado temblorosa.

—No deberías hacer esas preguntas, Jungwon. Mejor vamos a jugar algo —la voz sonó fría—. Si respondes bien, vivirás. Si no… ya conoces el final de estas películas.

—Voy a colgar y llamaré a la policía —replicó, tratando de mantener el control.

—El oficial Park está a cuarenta minutos de aquí, en esa tediosa cena del alcalde. Y tu celular, con poca batería, sigue tirado sobre la mesa. Lo vi cuando pasé hace una hora —la voz destilaba un desprecio helado y casi condescendiente—. Primera pregunta, ¿quién suele ser el único superviviente en la mayoría de estas películas?

Jungwon jadeó, retrocediendo hasta chocar contra la pared. Sus dedos palparon el frío yeso. Estaba atrapado sin escapatoria. El pánico le invadió la garganta, un sabor amargo, se extendía en el fondo de su lengua, apoderándose de cada pensamiento.

—La… la persona virgen. La que no bebe, no fuma, ni tiene sexo… —musitó con la voz quebrada por el miedo.

—Muy predecible —replicó con algo de satisfacción—. Pero tú, Yang Jungwon, bebiste tres cervezas en la fiesta de Kang la semana pasada. Y en cuanto a la virginidad… bueno, Jay fue bastante explícito en los vestuarios.

Las lágrimas le nublaron la vista, y por primera vez comprendió que no era una broma. No podía pensar con claridad. Alguien lo acechaba, alguien que lo estaba observando con una precisión aterradora.

—Segunda pregunta —prosiguió, gustándole mucho el miedo que se sentía en la voz y en la respiración del chico. Sin dejar espacio a que intervenga, continúa—. ¿Cuál es el arma más icónica en el cine de terror?

—¡No lo sé! —jadeó, estaba exaltado y lleno de pánico—. ¡Un cuchillo! ¡Sí, un cuchillo!

—Un cuchillo —pronunció con voz fría y una pizca de emoción—. Es un arma bastante buena, permite estar bien cerca de la víctima. Obligándote a mirar a sus ojos y ver cómo acaba su vida —El estómago del rubio se revolvió con repulsión y miedo. Antes de que pudiera reaccionar, la voz continúo, helando cada fibra de su ser:— Tercera y última pregunta. La más importante. —suelta una risa perturbadora— ¿Quién crees que soy?

Jungwon sollozó, deslizándose lentamente por la pared hasta quedar encogido y temblando en el suelo. Las lágrimas surcaban sus mejillas heladas.— No lo sé… No te conozco… —la voz se le quebró aún más, se encontraba demasiado frágil.

—Mira bien por la ventana.

Un terror paralizante le congeló cada músculo mientras se enderezaba y levantaba la vista con extremo cuidado. Allí, plantado en el jardín, estaba él: una figura alta, encapuchada, completamente inmóvil. Una máscara cubría su rostro, pero no era la que aparecía en la película de terror que él estaba viendo. Era una máscara fantasmal, blanca como un cadáver, con ojos negros y huecos, y una boca torcida y abierta. La tela negra de su capa —o acaso una prenda de lluvia— se confundía en medio de la oscuridad, haciendo que aquella figura le provocara tanto miedo.

—Dios mío… —susurró.

—Incorrecto —respondió, y esta vez Jungwon la distinguió con una claridad aterradora. La voz no solo salía del teléfono, sino que también se filtraba, amortiguada por el cristal de la ventana, desde el exterior.

La figura en el jardín comenzó a avanzar hacia la casa. Caminando con una calma ominosa, cada paso era una sentencia. El chico soltó el teléfono, que golpeó el suelo abruptamente. Un grito —puro terror destilado—, escapó de su garganta mientras se lanzaba hacia la cocina. En medio de todo el caos, tomó su celular de la mesa tecleando con rapidez un montón de mensajes, para que luego este se apagara. Con el miedo a flor de piel, sus manos temblorosas rebuscaban frenéticamente entre los cajones de la cocina, hasta encontrar el cajón de los cuchillos. Lo abrió dando una patada, y un estruendo estalló en la habitación al caer los cubiertos de acero. Con desesperación, agarró el cuchillo más grande, sintiendo en su mano sudorosa el mango de madera.

—¡Aléjate de mi casa! —gritó hacia la puerta principal, su voz aún temblorosa por el miedo, resonando en la oscuridad.

Un golpe retumbó contra la puerta principal. Y luego, simplemente un silencio prevaleció. Jadeando, con el cuchillo temblando en su mano, se arrastró hasta la puerta y echó el cerrojo con desesperación. Giró la llave en la cerradura con dedos temblorosos, a punto de dejarla caer. Se apoyó contra la madera, sintiendo el corazón golpear salvajemente contra su pecho, preguntándose si el peligro se había acabado.

Un sonido vino desde atrás, un crujido leve. La puerta corredera de vidrio que daba al patio trasero se deslizaba lentamente, abriéndose sin que él lo hubiera notado. Se había olvidado por completo de ella.

Giró sobre sus talones, el grito ahogado atrapado en su garganta. La figura ya estaba dentro, erguida en el umbral que separaba la cocina del salón. La máscara blanca brillaba. En su mano derecha, reluciente bajo la tenue luz de la lámpara, sostenía un cuchillo. Largo, delgado, con un filo curvado, afilado.

—Las reglas, Jungwon —dijo la voz, ahora nítida, sin la distorsión del teléfono, bajo la máscara— Las reglas...

Para el rubio esa voz era tan familiar, la conocía de algún lugar, pero no tenía tiempo para pensar. Lanzó un grito y se abalanzó sobre la figura, blandiendo el cuchillo con una desesperación casi salvaje. Su ataque fue torpe, cargado de miedo y nerviosismo. Entonces la figura lo esquivó con facilidad, moviéndose rápidamente. Su brazo se alzó en un arco preciso para cubrirse, y el cuchillo relució bajo la luz. Un corte.

Jungwon sintió un dolor punzante y abrasador en el antebrazo. El cuchillo cayó de su mano, resonando sobre el suelo. Retrocedió tambaleándose, sujetándose el brazo ensangrentado, y chocó con una silla de la cocina que cayó.

—Por favor… —rogó, las lágrimas mezclándose con la sangre que empapaba su sudadera—. Tengo dinero… Mis padres…

—Shhh —susurró la figura mientras avanzaba, aplastando sin miramientos las palomitas esparcidas en el suelo—. No es por eso. Jungwon, solo debías hacer caso a mis reglas.

El chico no espero. Se incorporó y corrió, fue perseguido por la cocina, sin prisa, como un gato jugando con un ratón moribundo. Al llegar a la puerta del sótano, entreabierta, la empujó con un último estallido de desesperación y comenzó a descender a trompicones por las escaleras. Tropezó en el último peldaño y cayó de bruces contra el frío suelo de cemento. Sin perder tiempo, se arrastró hacia atrás hasta encerrarse en el espacio oscuro y polvoriento bajo la escalera, donde su madre guardaba las decoraciones navideñas. Contuvo la respiración, aferrándose al silencio.

Arriba, los pasos resonaban lentos, ahora bajando las escaleras. Uno. Dos. Tres. La luz del sótano se encendió. La bombilla desnuda colgaba de un cable, lanzando sombras largas y retorcidas que danzaban en las paredes. Jungwon logró distinguir los pies de la figura, calzados con pesadas botas negras.

—Caliente… caliente… —susurró la voz, con un tono burlón que recorría el aire.

Los pasos avanzaron lentamente, deslizando sobre el caos acumulado, su vieja bicicleta oxidada, las cajas amontonadas de libros viejos y el congelador descompuesto. Se detuvieron justo en el límite del espacio donde Jungwon se ocultaba. El chico apretó los ojos con fuerza, murmurando una oración a un dios olvidado desde hacía años. El aire estaba pesado con el olor a polvo, que le quemaba las fosas nasales. El dolor ardiente en su brazo latía horriblemente. La figura se agachó, y la máscara blanca apareció justo en el borde de su escondite.

—Frío —susurró la voz.

Jungwon abrió la boca para gritar, pero solo salió un quejido ahogado cuando la afilada hoja del cuchillo se hundió en su pecho. Un dolor insoportable, le robó el aliento, llenando sus pulmones de un líquido caliente y espeso. La figura actuó con una brutalidad, hundiendo la hoja una y otra vez, cada golpe se mezclaba con el sonido de los adornos navideños que se caían.

El último sonido que alcanzó a percibir no fue el cese de su corazón, sino el tintinear suave y casi musical de una campanita de plata, desprendida de un adorno del árbol de navidad, rodando lenta por el suelo de cemento cubierto de sangre, hasta detenerse contra la mano inmóvil del chico.

La figura se irguió, observándolo con la impasible máscara que ocultaba todo vestigio de emoción. Con un movimiento lento, sacó algo del bolsillo de su abrigo negro, una pequeña fotografía arrugada y doblada. La dejó caer sobre el charco de sangre que se expandía. En la imagen, Jungwon, Jay y un grupo de amigos —incluidos Heeseung y Jaeyun— posaban sonrientes frente al lago Woodboro durante el verano pasado. Todos felices.

Sin prisa, la figura ascendió las escaleras, deslizó un paño desde otro bolsillo y limpió meticulosamente el pomo de la puerta del sótano. Luego se deslizó hacia la puerta corredera y la cerró. Se esfumó entre la niebla espesa, dejando atrás solo el frío silencio, una lluvia intensa y el sonido de un grito ahogado que nunca sonó.

Al día siguiente, en Oakwood Falls la mañana resultó diferente. El sol, se reflejaba en los charcos de la lluvia nocturna, pero no podía disipar el frío que se había instalado. La noticia del asesinato del hijo de los Yang se extendió por toda la ciudad.

En un apartamento modesto pero cálido, cerca del campus de la Universidad, Jaeyun despertó con los primeros rayos de sol que se colaban a través de las persianas. Parpadeó, aún desorientado, hasta que la calidez junto a él le recordó dónde estaba. Heeseung dormía plácidamente, vuelto hacia él, con su rostro sereno y perfecto en la quietud del sueño. Una hebra rebelde de cabello negro caía sobre sus pestañas, y una oleada de ternura abrumadora golpeó el pecho de Jaeyun, esa misma que solo su novio era capaz de despertar en él.

Con cuidado, para no perturbar su sueño, se incorporó lentamente en la cama y fijó la mirada en su novio. Heeseung, el estudiante de medicina de tercer año con una sonrisa que podía iluminar una habitación, el capitán del equipo de baloncesto, la persona que siempre recordaba traerle su té favorito después de un día largo. Su hermoso compañero. Era difícil conciliar la imagen del chico que ayer le había hecho masajes en los pies mientras veían una comedia romántica.

Se levantó y se dirigió a la pequeña cocina, preparando un poco de café. El apartamento era su santuario. Lleno de fotos de ellos dos, en la playa durante el verano, haciendo el ridículo en una cabina de fotomatón, abrazados frente al letrero de bienvenida de Oakwood Falls. Libros de texto de arte y medicina se apilaban en la mesa del comedor, junto a los auriculares de Heeseung y la colección de tazas de té de Jaeyun.

Mientras el café goteaba, su celular vibró. Era una notificación de la aplicación de noticias locales. "Joven muerto en trágico incidente en la calle elm" Jaeyun frunció el ceño. Oakwood Falls no era una ciudad de incidentes. Abrió la noticia y su corazón se hundió. Yang Jungwon. Lo conocía, era su amigo. Estudiaba literatura. Habían estado juntos en su clase de inglés el semestre pasado y luego, compartiendo varias salidas en grupo.

—Es imposible —murmuró, con un temblor entre sus dedos mientras leía cada palabra de la noticia—. Jungwon…

—¿Qué pasa, amor? —La voz de Heeseung, ronca por el sueño, lo hizo girar. El chico se apoyaba en el marco de la puerta de la habitación, frotándose los ojos. Llevaba solo unos pantalones de pijama de franela, y su cabello estaba despeinado de la manera más adorable. Jaeyun sintió un nuevo impulso de querer frotar esos mechones oscuros que caían en su frente.

No obstante, su impulso se disipó y con voz temblorosa pronunció: —Es… Jungwon —murmuró mientras levantaba el celular—. Lo encontraron anoche en el sótano de su casa.

Heeseung se acercó, sus brazos rodeando la cintura de su novio. Enterró su nariz en el cuello de su pareja y suspiró, un sonido de preocupación y consuelo.— Dios, eso es horrible. —Su abrazo era fuerte.— ¿Estás bien?

—No realmente. Es… demasiado espeluznante, ¿sabes? —suspiró—. Justo ayer nos encontramos y hablamos...

—Bebé —Heeseung lo tomó de las mejillas suavemente y elevó su mirada. Sus ojos, oscuros y llenos de una preocupación intensa, escudriñaron el rostro de su pareja.— No te preocupes. No estés mal —Le besó la frente, un gesto tierno y reconfortante—. Encontrarán quien lo hizo y todo estará bien.

Jaeyun se dejó envolver lentamente en el abrazo, respirando profundo el aroma familiar que siempre le brindaba calma. En un mundo que de repente parecía un poco más frío y oscuro, el calor de su novio era un refugio.

—Ven —susurró, entrelazando sus dedos con los de su novio y lo guía hacia el sofá—. No dejes que esos pensamientos te atrapen ahora. ¿Tu primera clase es a las diez, no? Te ayudo a preparar el desayuno.

Mientras Lee se movía por la cocina, friendo huevos y tarareando suavemente una canción de moda, Jaeyun lo observaba en silencio. Captaba la sutileza natural de cada uno de sus movimientos, la concentración intensa que marcaba su rostro al sazonar la comida, y ese leve fruncir de ceja que revelaba toda su dedicación. Era encantador y perfecto. Demasiado perfecto, hasta el punto de resultar casi inalcanzable.

Más tarde, tras el desayuno, en el campus existía una atmósfera inusualmente densa. Las risas habituales y las conversaciones animadas se habían convertido en susurros nerviosos y tajantes. Pequeños grupos se agrupaban en los pasillos, con rostros pálidos, intercambiando teorías de lo ocurrido. La muerte de Jungwon era como un manto oscuro sobre todos, dejando una huella de intranquilidad que parecía retumbar en cada esquina.

En la biblioteca de la universidad, donde Jaeyun y Heeseung revisaban información tras las primeras horas de clase, el murmullo de algunos estudiantes no pasaba desapercibido, era una situación casi insoportable.

—…dicen que lo encontraron desnudo —susurró con voz temblorosa una chica desde una mesa cercana, misma que tenía un semblante de horror.

—...escuché que lo apuñalaron quince veces —añadió su amigo, bajando aún más la voz.

Heeseung, sentado frente a su novio en su mesa habitual, frunció el ceño mientras repasaba el contenido del libro de fisiología en sus manos.— Es asqueroso —dijo con voz firme que atravesó el murmullo del lugar—. Cómo la gente se alimenta de la tragedia, como si fuera un espectáculo. Deberían dejar que el pobre chico descanse en paz.

Shim asintió, nervioso, jugando inconscientemente con la manga de su sudadera.— Es imposible no pensar en ello —respondió—. El oficial Park estuvo en mi clase esta mañana, haciendo preguntas. Se notaba… muy serio.

—El oficial Park siempre parece serio —respondió, apartando la vista del libro para tomar la mano de su novio sobre la mesa, deslizando su pulgar con suavidad sobre sus nudillos—. No permitas que esto te afecte, Jaeyunie. Es una tragedia horrible, sí, pero probablemente solo un robo que salió mal.

Su calma, como siempre, envolvía a Jaeyun, brindándole un respiro en medio del caos. Él se esforzó por esbozar una sonrisa, aunque el peso de lo ocurrido seguía apretando su pecho.— Tienes razón —admitió finalmente—. Supongo que todo esto solo hace que me ponga aún más nervioso.

—Entonces te distraeré —comentó, sus ojos iluminándose con un destello travieso—. He alquilado el conjuro. Esta noche la vemos juntos, con mantas y palomitas. Yo seré quien te proteja de los sustos.

Shim soltó una risa, sintiendo cómo una ola de alivio le arrancaba el peso del pecho. —¿Tú? —replicó divertido—. La última vez que vimos una película de terror, estuviste escondido detrás de mi hombro durante todo el clímax.

Heeseung apoyó una mano sobre su pecho, fingiendo estar ofendido. —Eso fue una estrategia para conseguir más abrazos. Y funcionó, ¿no? —Su sonrisa se volvió suave—. Siempre funciona contigo, bebé.

Mientras salían de la biblioteca, los rayos del sol bañaba la ciudad, tiñendo sus sombras en la acera por donde caminaban entrelazados de la mano. Quedaban aún unas horas de clases para ambos, así que al llegar a la facultad del menor, Lee se inclinó, sujetando el mentón de su novio con ternura, y depositó un beso breve pero cálido en sus labios.

—Nos vemos luego, cariño.

—Te quiero, cuídate mucho —respondió Jaeyun con una sonrisa iluminando su rostro.

—¡Sabes que te quiero más! —gritó mientras se alejaba hacia su facultad, su voz llena de alegría.

Jaeyun rió, aunque aún el día le arrastraba como una sombra interminable. No podía apartar de su mente a Jungwon, la idea de que su amigo está muerto le arañaba el pecho una y otra vez, dejando un vacío frío y punzante que crecía con cada segundo que pasaba.

Cuando terminaron las últimas horas de clase, Shim se encontró con su amigo Sunoo en el pasillo principal de la facultad. Los ojos del chico estaban enrojecidos, como si hubiera llorado mucho.

—¿Me imagino que ya lo sabes? —preguntó en un hilo de voz quebrada—. Es... demasiado perturbador. Alguien lo llamó, justo antes de… ya sabes...

Jaeyun sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.— ¿Cómo lo sabes?

—Me había dejado un mensaje, pero como no estaba en casa no pude responderle —dijo con una mezcla de tristeza y culpa en la voz—. Se lo comenté a la policía, aunque no creo que sirva de mucho —suspiró, dejando caer el peso de la desesperanza—. Están interrogando a todo el mundo —bajó aún más la voz, acercándose a su amigo como para que nadie más escuchara—. A Jay, el chico con quien Jungwon salía, lo tuvieron toda la mañana en la comisaría. Dicen que estaba destrozado, hecho añicos por dentro, como si ya no fuera él mismo.

En ese momento, Heeseung se acercó con calma, su bolso de deporte colgando de un hombro y por otro lado, su mochila. Su ropa de entrenamiento se encontraba ligeramente húmeda y pegada por el sudor. Su semblante era sereno, casi indiferente al clima de pánico que rodeaba a los dos chicos.

—Hola, Sunoo —saludó con un leve asentimiento antes de fijar su mirada en su novio—. ¿Estás bien? Te ves pálido.

—Es todo esto —respondió en un susurro, haciendo un gesto vago, como intentando apartar el horror que lo atrapaba.

—Te lo dije, bebé. No permitas que esto te afecte —susurró, entrelazando su mano con la de Jaeyun, su palma caliente transmitiéndole calma y protección.

Kim los observó desde un costado, una triste sonrisa asomando en sus labios. —Ustedes dos… me alegra que se protejan el uno al otro.

Heeseung le devolvió la sonrisa, una luz cálida que iluminó su rostro, acentuando su belleza casi perfecta.— Jaeyun es todo para mí —murmuró con una sinceridad que caló tan profundo en el pecho de su pareja, quien sintió cómo su corazón se encogía, lleno de un amor abrumador y verdadero.

Después de despedirse de Sunoo, la pareja salió de la universidad y se dirigió a su departamento. Al llegar, el mayor se dirigió directo a la ducha. Mientras Jaeyun se hundió en sus pensamientos, no pudo evitar fijarse en un detalle que le llamó la atención, al sacar la ropa sucia de la bolsa de deporte de su novio, algo cayó al suelo con un tintineo. Era un llavero pequeño, una diminuta calabaza de plástico naranja, de esas baratijas kitsch que suelen regalar en Halloween.

Era extraño. Heeseung odiaba ese tipo de cosas —siempre decía que eran cursis, sin estilo—. Shim estaba a punto de preguntarle por el llavero cuando, con un movimiento rápido y casi instintivo, su novio lo recogió y lo guardó en el fondo del bolso.

—Tonterías de un sorteo en el gimnasio —dijo antes de que Jaeyun pudiera preguntar, encogiéndose de hombros—. Un regalo patético.

El menor asintió, dispuesto a aceptar la explicación, pero una pequeña semilla de duda, comenzó a germinar en su mente. Esa calabaza, la había visto antes, estaba casi seguro. ¿En la fiesta de Kang? ¿O tal vez colgando de la mochila de Jungwon? No lograba recordar bien, pero la imagen persistía, insidiosa, alimentando un extraño presentimiento que se negaba a desaparecer.

La noche cayó sobre Oakwood Falls, más pesada y oscura que antes. Jaeyun, acurrucado contra su novio en el sofá, intentaba concentrarse en un libro de creación teatral, pero las palabras bailaban frente a sus ojos sin sentido. Heeseung, en cambio, parecía extrañamente tranquilo. Estaba repasando sus apuntes de anatomía. De vez en cuando, alzaba la vista y sonreía a su novio, o le acariciaba la nuca con los dedos, un gesto que normalmente lo tranquilizaba por completo. Pero esta noche, no podía relajarse.

—¿Crees que podría pasar otra vez? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.

Heeseung dejó su cuaderno a un lado. —La policía hará su trabajo. Es probable que ya tengan a alguien en la mira.

—Pero, Sunoo mencionó algo de una llamada telefónica… todo es demasia-

Su pareja lo interrumpió con voz firme, pero con la calma paciente de un profesor que explica un tema delicado: —Los asesinos suelen obsesionarse con la cultura pop. Ya sabes, esa obsesión les brinda un ideas y una metodología propia —pausó un instante—. Es una manera de despersonalizar el acto, de convertir el horror en una narrativa estructurada en lugar de un simple asesinato. Desde un punto de vista psicológico —su voz se volvió casi reverente—, es fascinante y aterrador a la vez.

Jaeyun lo miró. A veces, los argumentos de su novio y su capacidad para analizar cosas horribles con tanta frialdad y seriedad, le resultaba demasiado desconcertante.

—¿Fascinante? —repitió el menor, con algo de incredulidad.

Lee se dio cuenta de su error. Su expresión se suavizó al instante. —Lo siento, cariño. No quise decir que lo fuera. Es horrible, lo sé. Solo intento entenderlo, desde otra perspectiva. —Se inclinó y besó suavemente su mejilla—. No pienses más en eso. Estás a salvo aquí. Conmigo.

Shim quiso creerle. Con toda su alma, quiso creerle. Pero aún tenía dudas y pavor.

—¡Terminé! —exclamó Heeseung aliviado, dejando los cuadernos y libros cerrados sobre la pequeña mesa. Por un instante, volvió la mirada hacia su novio—. ¿Vemos la película o tienes sueño?

—Veámosla —respondió, con una voz apenas audible.

Esa noche, después de que la película terminará, Jaeyun se había quedado dormido, la cabeza apoyada en el regazo de su novio. Con la delicadeza de un gato, el mayor se deslizó fuera del sofá, cubrió a Jaeyun con una manta, y depositó un beso suave en su frente. Lo tomó entonces entre sus brazos con ternura y lo cargó hasta la habitación, donde lo acostó lentamente sobre la cama, como si temiera romper su frágil momento de paz.

En el momento que Heeseung se preparaba para dormir, Jaeyun despertó y fijó la mirada en la puerta entreabierta del baño. Allí, la espalda de su novio se dibujaba bajo la tenue luz mientras se cepillaba los dientes. Su novio. Su amor. La persona a quien hubiera jurado como la más amable y protectora del mundo. Pero en el silencio de la noche, amplificado por el recuerdo de su amigo, aquella duda que había crecido en su mente comenzó a echar raíces más profundas. ¿Era realmente un regalo?

Lee salió del baño con el torso desnudo. Sin mediar palabra alguna, se deslizó en la cama y arrastró a Jaeyun hacia su pecho, atrayéndolo a un refugio que parecía prometedor, pero que ahora el chico veía con ojos teñidos por la incertidumbre.

—Duerme, Jae —susurró con su voz rozando sus mechones de cabello—. Mañana será un día mejor.

Jaeyun asintió, cerrando los ojos nuevamente y esforzándose por encontrar calma en el latido firme y constante del corazón de Heeseung junto a su oído. Ese sonido siempre lo había anclado, le aseguraba que estaba a salvo, que era amado. Tras media hora, cuando el mayor comprobó que su novio dormía profundamente, se deslizó con cuidado fuera de la cama. Se dirigió al balcón con paso silencioso, cerró la puerta corredera tras de sí y sacó un celular desechable. La noche envolvía todo en un silencio, inquietantemente tranquilo. Con un suspiro contenido, marcó un número guardado en su memoria.

El celular sonó dos veces antes de que alguien contestara. Y luego, las palabras finalmente fueron pronunciadas.

—Fue un éxito —murmuró con voz baja, distinta a la calidez que solía tener al hablar con Jaeyun. Sus ojos, clavados en el perfil dormido de su novio a través del cristal, brillaban oscuros y fríos.— Es hora de empezar con alguien más.

Del otro lado de la línea, una carcajada profunda y burlona resonó, rompiendo el silencio.— En esta ocasión, me toca a mí.