Una mujer armada
Hallan muerto… con arma blanca… Sangriento asesinato… A solo diez días de las elecciones… El director de campaña del exdiputado… una posible estrategia contra…
Ilse apagó el televisor y caminó lentamente a la cocina. Estaba molesta. Las piernas todavía le dolían por el ejercicio y su intento de distraerse un rato con la televisión había sido rápidamente arruinado por los noticieros, que repetían, como si se tratara de un mantra, la noticia del asesinato: Fermín Bueno, director de campaña del candidato por la derecha a la gubernatura de Veracruz: Augusto Reyna, el gran Reyna, tío de Ilse.
En medio del silencio de su departamento del quinto piso de la torre Gala, Ilse mezcló agua mineral, tequila y un poco de refresco de toronja; una paloma era lo único que podía despejar su mente en momentos como aquellos. Se la bebió de tres tragos, sin despegarse ni un segundo del celular. La ciudad estaba inusualmente callada, lo cual la puso nerviosa, acostumbrada ya al asedio interminable de los cláxones. Se arrepintió de no haber leído su horóscopo por la mañana. Ya estaba pensando en ir a buscar el periódico al estudio cuando por fin, luego de haber esperado tanto, la pantalla del aparato se encendió.
No lo dejó sonar dos veces.
—¿Ya te enteraste?
Después de tanto tiempo, quizá incluso años, a Ilse le alegró escuchar nuevamente la voz de su prima, pero no era momento para nostalgias.
—Salgo para allá mañana a primera hora….
—Gracias —la voz del otro lado de la línea dudó, como si hubiera querido decir algo más pero no estuviese lista.
—Priscila, no te preocupes, me haré cargo —dijo Ilse antes de colgar.
Se acomodó en el sillón y respiró hondo. Durante su tiempo como periodista había aprendido a no mezclar el trabajo con la vida personal. Sin duda una gran decisión. Ilse Baumann Reyna había visto familias enteras deshacerse en pleitos por empresas; primos —al mismo tiempo adversarios políticos—, utilizar lo más íntimo de sus adolescencias para atacarse en enormes ruedas de prensa, hermanas, empujadas por la envidia o la pura maldad, a los más horrendos ataques en público. Durante el día Ilse había escuchado en los noticieros por lo menos cuatro teorías sobre el asesinato del empleado de su tío y tuvo miedo de que la vida estuviese empujándola a algo parecido: los lazos de sangre unen, pero cuando están demasiado apretados también pueden ahorcar. “Las personas a quienes crees conocer más son las únicas que pueden sorprenderte, las únicas que pueden tomarte con la guardia baja”. Sin embargo, no iba a darle la espalda a su prima, no después de todo lo que la familia Reyna había hecho por ella.
Terminó la bebida y se sirvió una más, para apaciguar la mente (la hora y media diaria en la caminadora le permitía darse ciertos gustos). Luego encendió su laptop y buscó más sobre el asesinato de Fermín. Imaginó a su tío encerrado todo el día en su despacho dándole vueltas al asunto. Así era él: terco, cuando algo se le metía en la cabeza era imposible hacerlo pensar en otra cosa. ¡A sus hijos no les va a faltar nada!, casi podía escucharlo. Después de todo, no habría sido la primera vez que el viejo Reyna se hacía cargo de algo así. Augusto Reyna era un hombre con el corazón muy grande, tal vez demasiado, lo que en el ámbito de la política era algo parecido a tener una diana en la espalda. Ilse sabía que en tiempos de elecciones mucha gente quiere probar su puntería.
Queriendo ahondar tanto como fuese posible en lo que se sabía al respecto, se pasó toda la tarde navegando en internet. La primera nota que encontró sugería un posible ajuste de cuentas por parte del candidato del partido político rival; vio también comentarios sobre el narcotráfico y el crimen organizado, incluso algunos sitios web aseguraban que el propio Augusto Reyna había planeado todo con la intención de culpar a su oponente y así quitarle votos. Se sorprendió al leer las opiniones que los visitantes de la página dejaban en la noticia. En esta época se puede confiar más en el internet que en los noticieros, recordó con una sonrisa. Sí, lo que tú digas. No le tomó más de cinco minutos reservar un boleto de ida a Veracruz para el día siguiente, a primera hora. Se levantó satisfecha, recogió su bolso de la silla y salió del apartamento entregándose al calor del mundo, cerciorándose antes en el espejo, por supuesto, de que su cabello estuviera perfecto.
Las luces de las cafeterías y restaurantes, el aroma a grasa de las cocinas de los locales y el bullicio de la gente la hicieron sentir incómoda. Era como si nada estuviese pasando, como si ni ella ni su tío ni el tipo hombre muerto existieran realmente, como si todos los muertos del mundo ocurrieran en un sitio diferente, lejanos, desconocidos, imposibles. Todavía pensaba en eso cuando el mesero del Noirot, su cafetería favorita, le entregó su Croque Monsieur en una bolsita de papel para llevar. Habían hablado un par de veces. El muchacho era argentino, actor, guapo: un egocéntrico de lo peor. Y también un estúpido, otra obviedad. ¿Todos los meseros de la Condesa son argentinos y actores?, le había preguntado ella una vez, cansada de sus impertinentes sonrisitas. La cara redonda del tipo siempre le había recordado a aquel novio a quién había tenido que terminar porque el tono nasal de su voz le parecía ridículo.
Fermín Blanco, recordó mientras volvía a casa. ¿Qué iba a decirle a su tío? ¿Estaba preparada para volver a verlo? Nada puede ocurrir dentro de un partido político sin que los dirigentes sepan de qué se trata. Él era bueno, sí, pero, así como una vida de desgracias destruye a la gente, también podían hacerlo las virtudes y la suerte. Ilse hablaba de su propia experiencia: las ansias de cambiar al mundo terminaban por cambiarla a una. Su vuelo salía a las nueve de la mañana. Siguió caminando hasta que las calles comenzaron a volverse solitarias. Quiso seguir, andar por ahí sin rumbo para distraerse de lo que vendría, pero se detuvo en una esquina concurrida y pidió un uber, las calles de la ciudad de México eran inseguras para una mujer, incluso para una mujer armada.