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escondidas ✧ heejake

Summary

Heeseung quiere jugar a las escondidas, y Jake acepta gustosamente. ╰►heeseung + jake ❥ ╰►angst solo ╰►one-shot ╰►historia completamente mía © angehee

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

escondidas

El sol se filtraba a través de las persianas, impactando sobre sus párpados cerrados. Con una pesadez, Jake abrió los ojos uno por uno, lentamente, permitiendo que sus ojos se acostumbraran a la luz mañanera que bañaba la habitación. Giró su cuerpo con un quejido ahogado, buscando refugio del lado contrario, alejando su rostro del insistente rayo de sol que amenazaba con romper la frágil paz que siempre encontraba al despertar.

Entonces, lo vió. A unos centímetros de su rostro, un cuerpo familiar que conocía bastante bien, estaba allí. Una paz momentánea lo abordó. Sus labios, secos y agrietados, se curvaron en una sonrisa débil. Llevó su mano temblorosa al rostro adverso, sintiendo bajo sus yemas la frialdad de aquellas mejillas. Sus dedos trazaron el arco de una ceja, la línea de su pómulo, la suave pendiente de su nariz y el contorno definido de los labios. Observó detenidamente cada detalle del perfil de su pareja, como si intentara grabar una imagen que sentía, de manera inexplicable, se le escapaba entre los dedos.

Una risa baja y suave brotó de su garganta cuando distinguió cómo el rostro del pelirrojo comenzaba a arrugarse, perturbado por la caricia. Y su risa, se expandió un poco más al notar cómo se formaba aquella hermosa sonrisa, que a Jake le fascinaban.

Heeseung, por fin abrió los ojos. Sus ojos, de un negro intenso, miraron fijamente a su novio, a la persona que había interrumpido su sueño. Sin decir una palabra, se acercó. Jake pudo sentir el leve movimiento del colchón. Un suspiro se le escapó cuando sintió una densa sensación de paz depositarse en su frente. Un beso.

—Buenos días —su voz, aún ronca por el sueño, sonó para Jake como la melodía más dulce. Era un sonido que calmaba su alma. Lo amaba. Amaba cada cosa minúscula que fuera de él.

—Buenos días —respondió, y sintió el brazo del pelirrojo rodear su cintura con familiaridad, atrayéndolo hacia él. La mano de su pareja comenzó a trazar círculos lentos y reconfortantes en su espalda baja. A su vez, colocó su mano sobre la de Heeseung, entrelazando sus dedos y apretando con suavidad, sintiendo una unión de su piel que ya no podía recordar con claridad.

—Estuviste llorando de nuevo —comentó, su tono era una mezcla de preocupación y tristeza.

Jake asintió con la cabeza, hundiéndola en la almohada. No tenía un recuerdo concreto, ningún sueño que justificara la humedad que tenían sus mejillas. Solo un dolor persistente en su pecho, una opresión que siempre lo dejaba postrado en la cama, vacío y con la certeza desgarradora de que algo faltaba en su vida.

—No me gusta que llores —con el dedo índice, Heeseung realizó el gesto de limpiar los rastros de humedad. Jake sintió un fresco alivio en su piel.

—Olvidémoslo.

Jake se separó lentamente y se sentó al borde de la espaciosa cama. Las sábanas, frescas al principio de la noche, ahora guardaban el calor de sus cuerpos. En segundos, la presencia de Heeseung lo envolvió por detrás. Se inclinó sobre su espalda, rodeándolo con sus brazos y descansando la barbilla en su hombro. Su aliento era cálido contra el cuello contrario. Una postura tan familiar, tan grabada en su memoria, que podía sentirlo con una claridad dolorosa.

—Podemos jugar de nuevo —propuso la voz a su oído, con un susurro cargado de emoción.

Jake lo miró por encima del hombro, tratando de descifrar la expresión en esos ojos negros.— ¿A las escondidas? —preguntó, mientras sus propias manos acariciaban los antebrazos que lo rodeaban.

—Sí.

—¿Te vuelvo a buscar? —La voz de Jake era débil pero cargada de una emoción que no alcanzaba a comprender.

Asintió.— Yo quiero que siempre me busques —Heeseung se inclinó, y Jake sintió un leve frío en su mejilla, un beso fue depositado—. Siempre.

La declaración, hizo que el corazón del pelinegro diera un vuelco. Se giró completamente, enfrentándose a Heeseung, y le devolvió el beso en la mejilla.

—Y siempre será así —Jake unió su frente con la de su novio, cerró los ojos y se dejó llevar por la ilusión, dedicando y recibiendo miradas llenas de un amor que trascendía la realidad.

La joven pareja se levantó de la cama. Jake arregló las sábanas, enderezó su camiseta. Heeseung permaneció de pie, observándolo con una sonrisa tranquila. Porque antes de jugar, el pelinegro tenía que realizar su rutina matutina: cepillarse los dientes, lavar su rostro hinchado por el llanto, mirar al espejo y ver solo su propio reflejo, solitario y demacrado. Y finalmente, luego de una ducha helada y el cabello medio seco, estaba listo.

Ambos, volvieron a estar juntos en la habitación como en un inicio.— Ya, puedes comenzar —Jake cerró los ojos con fuerza, tapándoselos con sus manos. Lee, con una sonrisa que el otro no podía ver pero sí sentir, buscó entre los alrededores de la habitación un espacio donde no pudiera ser visto. El menor contó en voz baja, despacio, dando todo el tiempo del mundo.— ...nueve, diez. ¡Ahí voy!

Empezó buscando por el baño. Revisó detrás de la puerta, en la bañera. Después se arrodilló, sintiendo el frío del piso de madera a través de su pijama, y miró debajo de la cama. Solo encontró polvo. Continuó de esa manera. Hasta que se detuvo frente al armario de roble. Su mano se posó sobre el pomo. Al abrirlo, el corazón le dio un vuelco. Allí, entre abrigos colgados, estaba su novio, sonriendo, sus ojos brillando con un amor que parecía real. Jake lo abrazó con una fuerza desesperada, enterrando su rostro en su pecho.— Te encontré —susurró, y selló su encuentro con un beso breve en esos labios que solo existían en su mente.

—Siempre me encuentras —Heeseung rió. Con un gesto etéreo, alejó los mechones oscuros de cabello que caían sobre la frente de Jake.

—Es porque siempre te escondes ahí —hizo un puchero infantil, una queja tierna en medio de todo. Sintió que unas manos le tomaban sus mejillas y lo besaban dulcemente. El movimiento de sus propios labios, besando, resultaba tan irreal, que en un instante la sensación descendió con lentitud de sus labios al cuello. Jake inclinó la cabeza hacia atrás, dejando escapar uno que otro suspiro, entregándose por completo.

Hasta que el beso fue cortado.— Quiero que vayamos a un lugar.

—¿Ahora? —preguntó, desconcertado.

Lee asintió, su mirada tenía una determinación inusual, misma que era difícil de entender.

Sin más, ambos buscaron sus abrigos. Jake tomó el suyo, grueso y gris, del perchero. Heeseung permaneció de pie, sin abrigo, mientras el menor le ayudaba a ponerse uno. A pesar del sol que se veía por la ventana, un frío gélido, que no provenía de afuera, se colaba por sus huesos. Antes de salir del departamento, Shim tomó las llaves de su auto.

Pasaron por la recepción del edificio. Una joven sentada detrás del escritorio los miró. Sus ojos, inicialmente distraídos, se abrieron con pánico al fijarse en Jake. Él pasaba hablando animadamente con el espacio vacío a su lado, sus gestos vivos y sonrisas dirigidas a la nada. Rápidamente, antes de que él desapareciera tras la puerta principal, miró el reloj de su muñeca. Palideció aún más. Las manecillas marcaban la misma hora exacta de siempre, el mismo minuto, el mismo segundo en que el chico pasaba cada mañana.

—Esto no es normal —murmuró para sus adentros, estremeciéndose.

Lo observó un momento más, viendo cómo el chico hablaba animadamente con el asiento del copiloto vacío. La recepcionista suspiró, un sonido cargado de resignación y una pizca de miedo. Intentó sacudirse la sensación y volvió a su trabajo, fingiendo normalidad. Ya lo había hecho antes.

Eso no era su asunto. Pero sabía a quien debía llamar.

Desde otro lado, el viaje en auto fue silencioso, salvo por las ocasionales palabras que Jake dirigía a la otra persona. La ciudad pasaba por la ventana.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Jake, una vez que el vehículo fue estacionado en un lugar sombrío y demasiado familiar.

¿Era bueno pasar el rato en un lugar lleno de lápidas? La interrogante giró en su mente.

Se encontraban en el cementerio. Las lápidas se alineaban, bajo un cielo que de pronto se había nublado. A Jake nunca le habían gustado estos lugares. Le producían una ansiedad, un dolor en el pecho que no sabía explicar. Pero al ver la sonrisa de su pareja, una sonrisa que ahora le parecía tensa, casi forzada, saliendo del auto y caminando entre las tumbas, hizo que el pelinegro apagara el motor y lo siguiera. Apenas puso un pie en el sendero, sintió un punzada aguda en el pecho. Las ganas de llorar lo asaltaron, pero las lágrimas, se negaban a salir, atascadas en un nudo de angustia en su garganta. Sacudió la cabeza, como si pudiera desalojar el malestar, y procedió a caminar tras la figura de Heeseung.

Lee detuvo sus pasos, frente a una lápida.— Listo —volteó a mirarlo, y su sonrisa no llegaba a sus ojos— ¿podemos jugar aquí?

—¿Por qué tiene que ser aquí? —la voz de Jake sonó temblorosa.

Heeseung no respondió. Su mirada se había tornado opaca, distante, y Jake, siempre tan dispuesto a complacerlo, prefirió dejar su interrogatorio de lado y sumergirse una vez más en su fantasía. Comenzó a contar tan despacio, arrastrando cada número, dando todo el tiempo del mundo para que el chico encontrara un buen escondite. Una sonrisa trémula se dibujó en sus labios mientras lo hacía. Solo que, una vez llegó al final, un viento helado, antinatural, cruzó sobre él, erizando la piel de sus brazos. Anunció el término de su conteo.

Al iniciar su búsqueda, ese viento frío lo acompañó. Lo buscó por cada rincón. Revisó detrás de los mausoleos más grandes, de los pequeños árboles que se alzaban. El pánico comenzó a crecer en su interior. Estaba asustado de no encontrarlo. Su nombre escapó de sus labios primero como un susurro, luego como un grito desgarrado que reverberó entre las tumbas.— ¡Heeseung!

Una lágrima, finalmente recorrió su mejilla. Intentó calmarse, respirar hondo, pero el aire frío no ayudaba.

Sin embargo, una leve y aliviadora sonrisa figuró en su perfil cuando lo vio de espaldas, unos metros más adelante, frente a una lápida. Su figura parecía más translúcida que de costumbre, casi desapareciéndose. Jake intentó acercarse, con los brazos extendidos, pero el primer comentario del pelirrojo lo detuvo en seco, helándole la sangre.

—Me dejaste.

El sonido de su voz, entrecortada y cargada de un dolor milenario, le causó un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. Jake, aún sin comprender, dio otro paso, tambaleante.

—Dijiste que llegarías pronto, pero... nunca llegaste.

—Hee...

—Estuve esperándote... —la voz reflejaba dolor, demasiado frágil que parecía a punto de romperse.

Aunque no podía ver el rostro de su pareja, Jake sabía, con una certeza que le partía el alma, que estaría bañado en lágrimas. El temblor en su voz lo delataba.

—¿Qué... qué estás diciendo?

—Nunca atendiste mis llamadas —continuó.

—Hee... por favor.

—Esa noche, iba a hacer algo especial para ambos —la voz se quebró—. Tenía que preguntarte algo, estaba demasiado feliz y nervioso... Pero, pero tú nunca llegaste...

Y entonces, como si un velo grueso y pesado se rasgara de repente, Shim entendió. La memoria, largamente reprimida, irrumpió en su consciencia. La lluvia torrencial, las llamadas perdidas en su teléfono, la prisa, el desvío inesperado, la promesa, el último mensaje... "Espérame, cariño, en un momento llego." Y luego, la oscuridad. La llamada de Jay. La sala de espera del hospital. La palabra "lo siento" pronunciada por un doctor.

Sus ojos se cristalizaron de inmediato. Una gota gruesa y pesada recorrió su mejilla y cayó al suelo, absorbiéndose en el polvo de la lápida que aún se negaba a mirar.

—Heeseung, ¿podemos hablar de esto? —suplicó, su voz cada vez más quebrada.

Un suspiro profundo, seguido de una risa forzada y amarga, fue lo único que los oídos de Jake escucharon. —No hay nada que hablar. Ya todo acabó, todo.

El chico iba a acercarse, a abrazar a su novio, a negar la realidad, pero al ver que Heeseung se alejó un paso más, se detuvo en seco. Sus miradas se cruzaron por un instante, ambos tenían lágrimas recorriendo cada rincón de sus rostros. Pero el mayor la desvió a otro lugar, Jake siguió la dirección de su mirada, que observaba con una nostalgia la lápida gris a sus pies.

Y en ese instante, al dejar caer su vista hacia la losa bien pulida, sintió que todo su mundo, el mundo de fantasía que con tanto esfuerzo había construido, se le venía encima en mil pedazos. La fecha. 15 de abril. Seguida del nombre grabado en la piedra: Lee Heeseung. Un grito ahogado se le escapó. El dolor en su pecho se volvió insoportable, una angustia que lo dobló por la mitad se hizo presente. Las lágrimas comenzaron a caer sin control, un torrente imparable de dolor y culpa.

—¡Esto es una mentira, ¿verdad?! —gritó, sorbiendo con dificultad, ahogándose en su propio llanto.

—Te esperé durante mucho tiempo —la voz de Heeseung era ahora un susurro lejano, como si ya estuviera despidiéndose de él.

—¡Es una mentira! ¡Tú no estás...! —cayó de rodillas al suelo, la gravilla clavándose en su piel a través de la tela del pantalón. Intentó volver a levantarse, pero sus fuerzas lo abandonaron. Sus manos se cerraron con furia sobre la superficie de tierra, formando puños que no podían golpear más que a la realidad. Sus lágrimas siguieron recorriendo sus mejillas, bañando todo su rostro, su vista cada vez más borrosa, manchada de sal y desesperación.

—Esa noche no pudimos encontrarnos —sonó demasiado triste.

—¡No es cierto! —aulló, negándose a aceptar el peso de los hechos verdaderos.

—Lo es, bebé. Es mejor que ya me sueltes. No puedo seguir si te sigues aferrando a mí.

—Pero...

—¿Pero?

—Estás aquí, justo ahora... —susurró, aferrándose a la última hebra de realidad que supuestamente veía.

Heeseung no habló. Solo miró los alrededores del lugar, y luego soltó un suspiro de resignación cuando vio a alguien que conocía muy bien acercarse por el sendero. Era Jay, su mejor amigo, con un semblante pálido y los ojos enrojecidos.

—Te amo —dijo Heeseung, y por primera vez, su voz sonó clara, como si estuviera justo a su lado.

Jake alzó la vista. —Yo... lo siento... yo no quería, lo juro que no quería —balbuceó, la culpa devorándolo por dentro, aunque no fuera suya.

—Te amo —repitió. Se acercó, y Jake sintió una paz, un calor fugaz que le recorrió el cuerpo cuando unos labios que no podía tocar besaron su cabellera negra.— No sigas pensando más en mí, no quiero que te pase nada.

La sensación de unos dedos helados limpió sus mejillas, dejando un último y etéreo beso en su frente, para luego alejarse, desvaneciéndose en la luz de la mañana.

—Heeseung, no te vayas —Jake intentó levantarse, sus piernas no cedieron y cayó de nuevo al suelo—. ¡Heeseung! —Fue lo último que gritó antes de ver la figura de su amor desaparecer completamente de su vista.

Ya no había nadie.

Las lágrimas continuaban, incontenibles. Una lluvia fina comenzó a caer, mezclándose con su dolor, lavando sus lágrimas pero no su pena. El dolor en su pecho aumentaba segundo a segundo. El nombre de Heeseung no dejaba de repetirse en sus labios. Lo necesitaba. Lo necesitaba con una urgencia que lo consumía.

Estaba demasiado sumergido en su dolor, que apenas sintió cuando unas manos reales, lo tomaron de los hombros y lo presionaron contra un pecho.

—¡Suéltame! —gritó, forcejeando débilmente—. ¡Tengo que ir a buscar a Heeseung! —Sus golpes contra el pecho de Jay eran débiles, ineficaces, la última resistencia de un corazón destrozado.

—Jake...

—¡Cállate! ¡No quiero escucharte! —aulló, tapándose los oídos con las manos, manchadas de tierra y lágrimas.

—Pero, Heeseung él está... —insistió, sujetándolo con más fuerza.

—¡Heeseung no está muerto! ¡Él no me ha dejado! —gritó, pero su voz perdió fuerza a mitad de la frase.

—Por favor, escúchame —suplicó, acunándolo como a un niño.

Shim bajó un poco la guardia, el agotamiento físico y emocional venciéndolo. Se desplomó contra su amigo, llorando con más fuerza que antes, aferrándose a la calidez de su cuerpo. Mientras Jay acariciaba su cabellera empapada y lo abrazaba contra su pecho, repitió las palabras que ya eran una trágica costumbre. La verdad que Jake se negaba a aceptar.

—Esa noche, Heeseung te esperó en el parque de siempre. Iba a proponerte matrimonio. Llevaba el anillo pero no llegaste.

Jake se estremeció, un nuevo sollozo sacudiéndolo. Jay continuó.— Heeseung siguió sentado, esperando que llegaras. La lluvia empezó y él no quiso irse. Creía que aparecerías en cualquier momento. Esa noche, había estado hablando conmigo por teléfono... estaba tan emocionado y tan nervioso... hasta que tú... hasta que dijiste que ya llegabas. Estaba cansado de esperar, pero feliz. Seguía en la línea, cuando de pronto... la llamada se cortó. Seguí llamando a su teléfono, una y otra vez, pero no volvió a contestar... —Los sollozos de Jake se transformaron en un gemido de dolor, tenía los ojos hinchados y un nudo demasiado doloroso en la garganta—. Hasta que recibí una llamada del hospital... Heeseung... esa noche... un conductor ebrio... lo...

—Hee... —tragó saliva, ahogándose— Hee dijo que siempre estaría conmigo... —sus palabras eran un susurro desesperado, la última defensa de su corazón roto.

—Y siempre lo estará, Jake —dijo con suavidad, aunque su voz temblaba—. Aunque ya no esté presente. —Entonces, Park miró tristemente la lápida de su amigo, la evidencia final de su ausencia—. Siempre lo estará, pero no así. No de esta manera.

Un día después, en el apartamento de Jake, la atmósfera se volvió más pesada y escalofriante.

—Ya no puedo con esto —confesó Jay, pasándose una mano por el rostro. Estaba pálido, con ojeras profundas. Había estado turnándose con otros amigos para vigilar a Jake, pero el desgaste era inmenso.

—Yo tampoco —admitió Sunghoon, quien estaba de pie junto a la ventana, observando la calle—. Pero no quiero dejarlo solo. No después de... de lo de ayer en el cementerio. En esta ocasión, terminó peor.

—Hay que hacer algo —insistió—. Le estamos haciendo más daño si dejamos que continúe así. Esta fantasía... se lo está comiendo vivo. Cada mañana que despierta y lo busca, lo va a terminar matando. Y a nosotros también.

—Pero... —Sunghoon se volvió, sus ojos llenos de conflicto—. Es lo único que tiene.

—No —negó con la cabeza—. No lo es. También tiene sus recuerdos. Tiene a sus amigos. Tiene que aprender a vivir con el dolor, no a negarlo. Las cosas seguirán repitiéndose, una y otra vez, en este bucle, si no le ponemos un alto.

Sunghoon observó durante un largo minuto la figura de su amigo dormido en la cama. Shim yacía en posición fetal, sus facciones aún tensas, marcadas por el rastro seco de las lágrimas. Finalmente, asintió con tristeza.— Tienes razón. No podemos seguir dejándolo matarse de esa forma.

Con esa determinación, al otro día, el aire en la habitación estaba tenso. Jake se despertó con un sobresalto, el corazón acelerado. Como cada día, giró su cuerpo, buscando el calor que ya no estaba. Pero esta vez, su mano no tocó la frialdad de las sábanas vacías, sino que se encontró con la silueta de Heeseung, ya despierto, mirándolo con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar la tristeza en sus ojos. Pero Jake sonrió, feliz. Llevó su mano a la mejilla del chico, quien por instinto cerró los ojos, ambos totalmente ahogados en emociones. Los ojos de Heeseung se abrieron, y le regaló una de sus tan bellas sonrisas, pero esta vez, el pelinegro notó algo extraño en ella. Era una sonrisa de despedida.

—¿Jugamos? —preguntó. Shim asintió con entusiasmo, pero entonces el chico alzó una mano.— Otra vez, estuviste llorando —susurró. Pasó el dorso de su mano frente a la mejilla de Jake, dejando que la yema de sus dedos limpiaran sus ojos.

—Juguemos —determinó. Necesitaba perderse nuevamente en ese círculo, sentir que aún lo tenía con él.

Jake cerró los ojos y comenzó a contar.— Uno... dos... —Oyó el leve crujido del piso, la puerta del armario abriéndose. Esperó, contando hasta diez con el corazón apretándole. Antes de que pudiera gritar "¡voy!", y con su semblante feliz, la puerta de la habitación se abrió. Jay y Sunghoon estaban allí. El primero tenía los ojos enrojecidos y cansados. Mientras que el segundo lo miraba con una lástima.

—Jake... —llamó Jay.

El nombrado parpadeó, confundido. —Sí, ¿ocurre algo? —preguntó, al notar la expresión de sus amigos. Su mirada se desvió hacia el armario, impaciente. —Tengo que buscar a Heeseung.

Jay sacudió la cabeza, una lágrima escapándole por fin y recorriendo su mejilla. —No. No hoy. Hoy tenemos que ir a un lugar.

—¿A un lugar? —la confusión del chico se mezcló con el pánico. Esto no era parte de lo que quería. Esto arruinaba todo lo que creía correcto—. Pero, ¡tengo que buscar a Heeseung! ¡Se va a impacientar!

—Luego podrás buscarlo —mintió, su voz temblorosa—. Y yo te ayudaré, Sunghoon también. Te lo prometo. Pero ahora, Jake, ahora tenemos que ir a un lugar. Es muy importante.

Entonces, los labios del chico se curvaron en una sonrisa inocente. Una sonrisa que partió el corazón de los dos jóvenes en la puerta. Sonrió muy feliz porque, en su mente confusa, creyó que por fin tendría ayuda en su búsqueda. Que ya no estaría solo.

—Está bien —dijo finalmente, con una alegría que helaba a los otros chicos—. Vayamos. —se dirigió hacia la salida como si fuera a una aventura.

Y sin mirar atrás, sin siquiera dirigir una última mirada al armario donde su amor y su dolor estaban encerrados, Jake fue el primero en salir de la habitación, dejando a un Jay completamente sumido en una nostalgia y una culpa carcomiéndolo. Sunghoon se acercó y puso una mano en el hombro de su amigo.— Teníamos que hacerlo. Es por su bien.

Jay asintió, incapaz de hablar. Cerró sus ojos con fuerza, mordiendo fuertemente su labio inferior para contener un grito de dolor y frustración.— Lo siento, amigo —susurró, hacia la habitación vacía, hacia una realidad que próximamente se desvanecía.

El juego, por fin había terminado. Y ahora, la dolorosa tarea de vivir con la verdad, comenzaba.

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Compelling Plot

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Strong Dialog

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lo peor fue que desde el inicio sabía que Hee estaba muerto y aún así seguí leyendo 😞

a month

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